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Represión en la República de Cromagnon: Matanza de jóvenes a manos del Estado y el mercado

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Reaparecieron cuatro palabras: Que se vayan todos. Un local llamado República de Cromangnon se convirtió el 30 de diciembre en la tumba de 182 jóvenes y niños, sin contar 800 heridos, miles de chicos psicológicamente schockeados por lo que les tocó vivir, y una sociedad herida en el alma. Los empresarios del local habían vendido el triple de entradas autorizadas para maximizar sus ganancias. Maximizaron la muerte. Además, clausuraron las puertas para evitar que alguien entrara sin pagar, convirtiendo al lugar en una trampa de fuego y gases venenosos. El gobierno de la Ciudad fue cómplice de todo esto, pero su peor cara es la de deslindar responsabilidades. Los familiares y amigos de los muertos marcharon cantando: “¿Dónde está/ Kirchner dónde está?” e insultando profusamente al empresario Omar Chabán y -fundamentalmente- al jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra.

«Se va a acabar, esa costumbre de matar» cantaban saltando unos chicos con remeras de Callejeros y La Renga.

«Andate Ibarra, la puta que te parió» precisaba el resto de la movilización.

Era una marcha rara, a contramano por Rivadavia, supuestamente la avenida más larga del mundo. Adelante iba el trueno de una docena de motoqueros que agitaban sus cascos cantando: «se siente, se siente, los pibes están presentes».

Cuando la marcha comenzaba, en Once, la gente detectó la presencia de Juan Carlos Blumberg, a quien el diario Clarín califica como «referente social en materia de seguridad» (no consta si el autor de tal hallazgo es el rosarino Roberto Fontanarrosa). Blumberg fue insultado y algunos jóvenes se trenzaron a golpes con sus guardaespaldas. Todos se escondieron en el hotel Star, que tuvo que a su vez ser custodiado por la policía. Blumberg adujo que lo habían invitado padres de las víctimas, cosa que no pudo confirmarse.

Los motoqueros llevaban en una de las motos a Aurora Cividino, sobreviviente de la cacería en Puente Pueyrredón que el 26 de junio de 2002 terminó con las vidas de otros jóvenes: Maximiliano Kostecki y Darío Santillán. Al acercarse a Congreso los motoqueros, Aurora y el resto entonaron, como en 2001:


– «Que se vayan todos, que no quede ni uno solo».

Todos somos callejeros

Mirando al Congreso los manifestantes (eran unas seis cuadras colmadas) gritaron además: «Asesinos» e «Hijos de puta», lo que demostraría que en este grupo, al menos, la opinión sobre la clase política es idéntica a la de siempre. Una letra del conjunto Callejeros, justamente, hubiera venido al caso:

Y siempre las mismas caras
y siempre el mismo dolor.
El hombre llora con ganas
y solo, le grita a Dios:
«Ojalá se los lleve el viento
y no vuelvan más»

En las cebras de cruce peatonal, en las paredes, sobre las publicidades, chicas y chicos pintaban: «Justicia para nuestros callejeros».

La marcha tuvo como distintivo las remeras rockeras, algunos peinados raros, muchísimos adolescentes, chicas y chicos de no más de 14 ó 15 años, metiéndose con mirada clara y desconfiada en el extraño universo que los mayores les estamos dejando. Calzado ganador: zapatillas de lona blanca marca Topper, que muchos padres y madres de adolescentes habrán sabido oler, y que los chicos saben cuidar como símbolo de identidad.

Marcha rara. Mucha gente, mucha, iba llorando. Algunos con sus cartelitos escritos a mano, con una foto, un nombre:

«Lucas Pérez, 12 años, tu familia te ama».

«Jacquie Santillán».

«Guido Musante».

«Pablo y Carol, víctimas de la masacre».

Las pancartas eran llevadas por las lágrimas. La marcha tuvo momentos de silencio.

Esos momentos eran los más insoportables.

Argentina, Cromagnon

«Ibarra, Chabán, la tienen que pagar» fue otro de los cantos. La gente se movilizaba con desconfianza hacia los supuestos periodistas, luego se entendería con cuánto acierto.

Otro letrero sencillo, escrito bajo quién sabe qué niveles de dolor: «Nuestros hijos pasaron por el infierno. Ahora están con Dios en el cielo».

Nuevamente el silencio insoportable. Una chica de unos 15 años iba con sus bellísimos ojos verdes derrotados por el llanto. El alivio de unas consignas: «Atención, atención, no los mató el incendio los mató la corrupción».

En la misma línea, uno de los más entonados:

– «Escuchenló, escuchenló, ni la bengala, ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción».

Un chico iba con una bandera de Callejeros: «Ese miedo a estar mejor». Le pregunto de qué canción es. El nombre del tema parece un editorial sobre ciertas apariencias políticas: «Tan perfecto que asusta».

La Argentina política, en muchos sentidos, es la República de Cromagnon.

– Sus autoridades tienen discurso pomposamente «moderno» y hasta progresista, que choca con sus actos e intereses concretos.

– No logran ocultar cierta inutilidad, o negligencia casi criminal.

– Si es necesario, se fugan, o se mantienen alejados de los conflictos dándose por desentendidos.

– Hay una asombrosa tendencia a cometer las mismas torpezas, brutalidades y crímenes las veces que sea necesario.

– La vida vale poco y nada. La de los jóvenes, cotiza un poco menos todavía.

– A los chicos se los considera básicamente como un ejército de consumo. Se los acorrala en un puro presente, sin futuro.

– La mezcla de negocio opaco, corrupción y mafia es la que suele orientar las principales decisiones.

Tan perfecto que asusta.

Kirchner, Ibarra y la culpa

Frente a la jefatura de gobierno, custodiada por una veintena de policías, la gente cantó: «Yo sabía que a los asesinos los cuida la policía». Además se gritó «Asesinos» mirando a los uniformados. Mucha gente golpeaba cacerolas o tachos.

En Plaza de Mayo hubo un primer encontronazo con los medios. Había un móvil de Crónica TV que impedía el paso del público hacia la plaza. Recién cuando la gente empezó a empujar el vehículo, el conductor aceptó moverlo. «Manga de hijos de puta, se creen que la gente tiene que ir por donde ellos quieren» dijo un joven de remera roja, en lo que resultó otro inesperado acierto sobre la actitud de muchos de los llamados medios de comunicación.

Allí, con la Casa Rosada al frente, custodiada por vallas azules desde mitad de la Plaza de Mayo, volvió a surgir: «Que se vayan todos, que no quede ni uno solo». Y además: «¿Dónde está, Kirchner dónde está?» gritaba una señora.

«En El Calafate está», le dijo otra. «Es increíble. Los chicos que se salvaron sienten culpa por estar vivos. Kirchner e Ibarra, en cambio, no sienten culpa».

«Olé olá, si no hay justicia qué quilombo se va a armar» pasó a ser el nuevo canto. Un cartel: «Nos mataron a Pato, hoy venimos del cementerio. Justicia para nuestros chicos». Otro: «Justicia para nuestras almas perdidas».

Sobre el vallado azul se instalaron chicos con velas y carteles. Uno tenía la remera de Los Ratones Paranoicos, y una bandera: «Jóvenes de La Matanza x Justicia». La gente cantó: «Kirchner-Ibarra, el pueblo da la espalda», y todo el mundo, en efecto, dio la espalda a la Casa Rosada.

«Salta salta, pequeña langosta, Chabán, Ibarra y Kirchner son la misma bosta», cantaron

Un joven, pero no tanto, se trepó parcialmente a la Pirámide de Mayo con un megáfono, y comenzó a arengar al público con un discurso claramente de partido de izquierda. El chico de Los Ratones empezó a gritar: «Sos un político hijo de puta, bajate de ahí que nadie te llamó, mandate mudar». Los abucheos e insultos convencieron al señor del megáfono a dejar en paz a la Pirámide y a sus congéneres.

Se reunieron los familiares junto a una camioneta con parlantes. Habló primero la tía de Sergio Escobar: «No fue un accidente. Fue una masacre. Que renuncien todos los culpables. Los chicos iban a divertirse. Tienen derecho a divertirse. Ni si quiera están los políticos para decirnos ‘la acompaño en el sentimiento’. Que se vayan todos».

Otra mujer tomó el micrófono llorando: «Soy la mamá de Sebastián Fernández. Justicia, justicia, justicia. Nada más. La Tierra es el Infierno».

Los fotógrafos y periodistas arrinconaban a los familiares que empezaron a pedir que se alejaran. «No busquen acá una primicia» les informaron.

La hermana de Mariano Benítez fue más profética aún: «Que todo esto sea sin violencia, para que no nos agarren. Acá no solo los dejaron morir -dijo, y se le partió la voz- dejaron que se pudran los cuerpos. Yo no quiero que se vayan. Quiero que los metan presos».

«Mi hermanito es André Funes. Dijo ‘es’ porque no murió. Es nuestro solcito. Justicia, más que nunca, justicia».

Es un dato de la realidad, a esta altura, que para buena parte de la sociedad Argentina, la justicia es una especie de utopía extravagante.

«Yo no tengo fe en este gobierno hijo de puta» dijo la hermana de Rubén Belzunce. «Vamos a enterrarlos junto a los nuestros para que les den explicaciones».

Apareció ante el micrófono un hombre que dijo llamarse José Soto, quien dio comienzo a una proclama -mezcla de delirio y psicopatía- contra los padres de las víctimas «que dejan a los chicos sin ayuda», y contra el rock en general. Los silbidos cortaron lo que no pareció ser otra cosa que una provocación.

Hubo otro incidente con un fotógrafo que seguía empujando y molestando a los familiares. En ese horno que era la Plaza de Mayo, en ese ambiente caldeado, la discusión con el reportero subió de tono y los familiares decidieron retirarse. Otro triunfo de los medios.

Los que estaban sobre las vallas azules cantaron: «Eo, Eo, esto es para los chicos que nos miran desde el cielo», encendiendo velas y mirando, efectivamente, hacia la noche azul y estrellada. Uno de los chicos, ¿15 años? tiraba besos al cielo con la vela en alto, tocándose con la otra mano el corazón, y llorando.

Adriana, mamá de Fernando (15 años) contaba que su hijo se salvó de milagro pero que ella estará junto a sus compañeras: «En las dos horas que estuve buscando a mi hijo, sin saber qué le había pasado, vos podés creerme o no, pero te juro que en lo único que pensaba era de qué manera iba a matarme si él no aparecía vivo. Lo único».

Siguió diciendo: «Ibarra se preocupa mucho por el cinturón de seguridad para salvar vidas, pero aquí no hace lo más sencillo. Decir: señores, les pido perdón a todos, y renuncio. Acá no hubo negligencia, hubo criminalidad».

Un diagnóstico: «La gente les tiene miedo, porque son chicos. Yo te reconozco que a veces son contestadores, se enojan con una. Pero son puro corazón. Mirá la cantidad de chicos que lo único que hicieron fue ayudar a salir a los otros. Mi hijo se quedó esperando a un amigo que no salía, y mientras tanto no paraba de sacar gente. Cuando salió el amigo, sangraba de la nariz y mi hijo lo acompañó al hospital. Son re rockeros y no nos quieren ver ni cerca, pero el chico iba llorando porque no encontraba a su mamá».

Adriana cuenta una hipótesis: «A los que van a los recitales los revisan para que no lleven bengalas, para que después la compren adentro». Uno de los chicos que la está escuchando, aclara que el 26 de diciembre había habido un incendio en el lugar, fueron los bomberos, lo apagaron, y todo siguió igual. «La culpa no es de la bengala».

En diálogo con lavaca Adriana cuenta que alguien del Partido Obrero les dijo a las madres: Si ustedes no se organizan con nosotros, se van a quedar solas. «Y le contestamos: entonces, nos vamos a quedar solas, no te hagás ningún problema. Yo los conozco de lejos, porque de chica milité. Cuando un tipo en vez de caminar en la marcha va caminando hacia atrás, mirando a la gente y haciendo gestos para que cante, ya lo tenés calado. Mirá, el que nos hizo la advertencia es ese de remera azul» dice señalando hacia un joven pero no tanto, que movía los brazos como un director frente a su coro.

«Le pregunté para qué vinieron, si nadie los llamó. Y me dijo: para organizar. Así, con esa idea, rompieron todas las asambleas en las que entraron».

La represión

La desconcentración volvió a reunir a mucha gente frente a la jefatura de Gobierno porteña, pero los padres y madres ya se habían retirado. Allí estaban los policías. Un grupo muy pequeño de manifestantes les tiraba botellas de plástico. De pronto se armó un remolino y alguien gritó: «¡Está armado!» Se trataba de un policía, en la entrada al edificio sobre Bolívar y Diagonal Norte. Allí se dirigieron varios de estos manifestantes, y comenzaron a arrojar piedras contra la puerta, con estuidado oficio. Detalle técnico: no usaban las zapatillas de lona sucia, u ojotas como muchas de las chicas y chicos rockeros (para hablar de los manifestantes más espontáneos, no tan expertos ni tan organizados) sino marcas más poderosas de zapatillas de cuero.

La mayoría de rockeros empezó a alejarse, los chicos les avisaban a las chicas, y la cosa quedó en una típica agresión de un grupo contra la policía. Por la vereda de Rivadavia de la Plaza, se asomaron carros de asalto e hidrantes que marcharon velozmente hacia la manifestación.

Todo el mundo corrió, y frente a la jefatura de Gobierno la gente empezó a arrojar objetos a las denominadas fuerzas del orden, que hicieron funcionar el camión hidrante con un líquido azul que manchó los trajes de más de un movilero.

Los manifestantes encendieron basura más adelante, los camiones siguieron avanzando. Todos iban rumbo a la 9 de Julio pero los rockeros ya se habían ido tras el grupo de padres, veloces en sus zapatillas de lona. En la Embajada del Café, sobre Avenida de Mayo, los parroquianos salieron a insultar a los policías, que los observaban sonriendo sobradoramente.

En ese momento un grupo de jóvenes de remera y jeans que podían haber pasado por manifestantes, surgido quién sabe de dónde, se abalanzó sobre alguien en la vereda de enfrente. Lo llevaron una cuadra agarrado de las piernas y el cabello. Así lo depositaron en un vehículo policial, y salieron corriendo hacia delante.

Esos policías de civil habían estado infiltrados en la marcha todo el tiempo. Al verlos juntos, con esas caras, esos tamaños y esas zapatillas, resultaban evidentes, pero en medio de la marcha eran invisibles. Al 800, en una panchería, se abalanzaron sobre un chico de rulos que empezó a gritar: «¡Díganles que yo estaba comiendo!». El dueño del local se puso como loco: «Es un cliente mío, estaba cenando desde hace una hora, no hizo nada, y lo llevaron. Se llama Gustavo. ¿Cómo pueden ser tan mal paridos?»

Una chica morocha que le gritó «boludos» a los policías corrió igual suerte.

Los carros de asalto seguían a los manifestantes. Otros vehículos aparecieron desde el otro lado de Avenida de Mayo, a contramano, y otros desde el Obelisco. Habían preparado una trampa perfecta con epicentro en la Avenida Nueve de Julio, donde la tenaza se cerraría sobre la movilización. Pero los manifestantes habían sido demasiado rápidos. Ya no estaban. De todos modos la información sobre la medianoche consignaba quince detenciones, que tal vez hayan sido igual de arbitrarias.

Quince. Como en la Legislatura, en julio pasado.

Los camiones policiales, incluso el que seguía lanzando espásticamente un chorrito de pis azul, y los policías, se quedaron mirándose los unos a los otros. Los periodistas también.

Todos, un poco desconcertados.

La gente, como suele ocurrir, estaba en otra parte.

El jueves el grupo Callejeros convoca a otra marcha, a las 18 desde el Congreso. «Ünicas consignas: llevar una vela, marchar en paz y no llevar banderas de ningún partido político».

Habrá que ver, hasta entonces, cómo sobrelleva cada uno la compañía a veces insoportable del silencio.

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