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Michel Nieva, arte y barbarie

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Fue reconocido en Estados Unidos como una de las mejores y nuevas voces de la ciencia ficción, pero su mirada se sitúa en el sur: en su última novela, La infancia del mundo, retrata un futuro distópico en el Caribe Pampeano, protagonizado por niños dengue en un territorio dominado por la violencia de las virofinanzas… El grotesco, con guiños desde Mansilla y Sarmiento a Philip Dick y los videojuegos: ideas sobre cómo parar el fin del mundo hoy, con la literatura como forma de crear otros imaginarios.

Texto: Franco Ciancaglini

Fotos: Sol Tumi

Michel Nieva, arte y barbarie
Michel Nieva. Foto: Sol Tunni

La historia transcurre en Argentina, más precisamente en una zona en donde la naturaleza se transformó de cuajo: la Pampa ha dejado de ser un desierto árido y despoblado para transformarse un hermoso sitio de playas de aguas cálidas. Y Victorica, esa geografía donde el coronel Mansilla escribió sus excursiones a las tolderías ranqueles, ha pasado a ser uno de los pueblos cabecera de este Caribe Pampeano.

Estamos en 2227 y el libro de Michel Nieva comienza situándonos en este terreno a través de un mapa. En él se ve cómo la Patagonia se ha descongelado como un cubito al sol -¿o al calentamiento global?- para pasar a ser un conjunto de archipiélagos más o menos aislados; páginas más adelante otro mapa nos mostrará más transformaciones geográficas en la Antártida, donde brotan otros destinos turísticos de aguas cálidas: Nuevo Cariló, Nuevo Mar Azul, Punta del Este Antártico.

Pero como todo mapa es geográfico-político, lo que importa es lo que estos territorios definen sobre ¿nuevas? formas socialización, desigualdad, relaciones capitalistas y trans-humanas en una distopía transgénica cuyo germen ya está entre nosotrxs hoy.

Tal vez por algo de esto el libro del joven Nieva se llama La infancia del mundo.

El editor

La historia es protagonizada por niñxs, por infantes: el niño dengue y la niña dengue (infantes que kafkianamente en vez de bocas tienen pico, zumban y causan entre asco y terror), y un “malandrín” experto en bullying llamado El Dulce.

Primero nació la historia del Niño Dengue en el Caribe Pampeano, un protagonista y un territorio que Nieva creó para una revista de cuentos de ciencia ficción; multiverso que creció y tomó vida propia, gran parte por la (i)responsabilidad del editor Miguel Villafañe que promovió la continuación de un cuento a una serie de relatos y de ahí, a la urdimbre de la trama de una suerte de novela fragmentada con un territorio común.

Villafañe fue para Michel un lector privilegiado de sus relatos por entregas, germen de este libro, pero también fue el lector de sus anteriores libros que publicó bajo la editorial que el excéntrico editor comandó hasta su precipitada muerte: la editorial Santiago Arcos Editor.

Bajo ese sello Nieva publicó, entre otros, Ascenso y apogeo del imperio argentino y ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, título que emula a la célebre obra de Philip K. Dick… Ciencias ficciones que llamaron la atención de los curiosos del género y más allá (de Argentina), desde una editorial para lectores de nicho, personas que pululan por Puan, y fuente de experimentación de autores nuevos y diversos para los que editar se vuelve una posibilidad, y un camino de ida. Todo gracias a Miguel, incluso La Infancia del mundo.

Nieva: “Tengo un método que yo lo llamaba “atado con alambre”, en el cual  iba escribiendo distintas historias  que de alguna manera se conectaban con algún punto o lugar o personaje y después lo ataba con alambre y armaba una novela; pero eran historias conectadas. Esta es la primera vez que escribí de una manera más convencional una novela de personajes. Yo ni pensé que iba a ser así. El personaje del mosquito y el Dulce aparecieron de casualidad, y Miguel dijo que quería seguir leyendo sobre el Dulce y por eso seguí”.

Para Michel, escribir es escribirle a alguien. La infancia del mundo, así, se armó como una serie de entregas o cartas a Miguel. 

“Ahora me quedé sin lector”, dice Nieva, un poco en chiste y muy en serio, ya que mientras terminaba La infancia del mundo, el cuerpo de Miguel decidió terminar su vida.

Corría 2021, el mismo año en que Nieva –ya radicado en Estados Unidos, beneficiado con una beca de investigación académica- fue elegido por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español y en 2022 ganó el O. Henry Prize, uno de los galardones más antiguos y prestigiosos que se conceden a ficciones breves publicadas en yanquilandia.

Iluminado por los premios, ya sin Miguel, un cazatalentos lo fichó para publicar en la reconocida y española editorial Anagrama. 

Su novela La infancia del mundo es el primer texto del catálogo de esa editorial bajo la colección “ciencia ficción”.

El autor

“Nadie es profeta en su tierra” dice Nieva de paso por su país natal, sentado delante de una biblioteca que contiene algunos de sus títulos en el Café Artigas, un espacio cultural que contiene una biblioteca de ciencia ficción única en el país. “Desde chico, con amigos escribíamos como guiones paralelos de juegos de Family, o comics, y yo no lo pensaba como escritura. Pensaba que la escritura de verdad era una novela realista, pero de alguna manera ese fue un origen, incluso de escribir ciencia ficción, pero era sin pretensiones. Bueno, hasta que llegué a Faulkner”.

El Michel de los 14 años leyó Luz de agosto y quedó flasheado. “Pensé: quiero producir ese efecto en alguien. Y ahí empecé a leer de manera compulsiva”.

Desde entonces Nieva empezó a escribir “con pretensiones” y ya en su estancia como estudiante de Filosofía en Puan envió sus cuentos a distintos concursos: “Nunca quedaba nada. En mi opinión, no piensan en la individualidad de cada obra sino en algo que encaje en el concurso, en algo genérico, y como yo escribía medio bizarro en ese momento, nunca gané nada. Pero igual seguí escribiendo”. 

Nieva habla de la escritura con frases arltianas como “con fuerza de voluntad”, de un “camino de resistencia” tal vez a las frustraciones o al mercado, y asegura, en una especie de aliento a jóvenes escritores: “Si seguís intentando, alguna vez, alguna te va a salir. Jugando a tirar dardos, uno va a entrar”.

Casi cuando Nieva se había resignado, el dardo entró. 

Tal vez como con sus protagonistas de La infancia del mundo, que buscan evitar la (mala) suerte con creatividad en un mundo violentísimo donde las “virofinanzas” hacen estragos para sobrevivir a costa de los humanos y los recursos naturales. 

La obra

La historia de La infancia del mundo está protagonizada por niños que intentan sobre-vivir en una atmósfera contaminada y empobrecida a fuerza de videojuegos y robo de tesoros que pasan por el canal de Victorica, una suerte de Canal de Panamá donde se trafica todo tipo de objetos ilegales… muchas veces a costa de sus propias vidas, desangradas en una sangría de recursos en manos de la colonia británica y de empresas fantasmagóricas lideradas por gurúes…

Si hay algo que reina en La infancia del mundo es la violencia. Violencia directa, violencia sangrienta, violencia de bullying, violencia financiera, violencia pobreza y violencia opulencia. “La relación de tecnología y violencia es un poco el germen de la ciencia ficción”, dirá Nieva en su tesis desarrollada en otros de sus libros, Tecnología y barbarie, una especie de manifiesto punk donde re-formula la crítica literaria sobre las re-fundaciones de las literaturas argentinas desde el punto de vista del género. Como filósofo egresado de Puan, Nieva se dedica además de a escribir ficción, a teorizar sobre los cruces de literatura y política.

Su obra se nutre de eso cruzando hábilmente mundos, fronteras y tiempos: “Me interesaba pensar la violencia como un virus, en el sentido de que es algo que no está vivo ni muerto y puede estar congelado en un glaciar durante millones de años y se descongela y se activa de vuelta. Es una violencia que era igual en el siglo 24 que en el siglo XIX”.

Las violencias se cristalizan a través de las inclemencias  climáticas, con base en una desigualdad originaria: el genocidio indígena aparece en el videojuego Cristianos versus Indios. “Este lugar completamente devastado por las inundaciones y la contaminación para poner un videojuego, que es una violencia análoga en la conquista del desierto”. 

Violencia originaria, la infancia como origen: las resistencias se arman frente al embate de las microfinanzas, que parecen chuparse todo. Estas plagas, devenidas en monstruos o en ficciones de videojuego, no terminan de encajar ni se normalizan frente a lo que propone ese esquema. 

El límite –la venganza- puede proyectarse en la naturaleza deshielada que también tomará la forma de otros malones/enjambres: los dengues. Porque si el fin del mundo llega, los humanos no tienen ningún contrato firmado para permanecer, pero los mosquitos sí.

El fin y el origen

La mutación que propone Nieva tal vez sea otra forma de sobrevivencia que aleja de una ciencia ficción “pesimista” para advertir a tiempo y con humor las tecnologías y barbaries que pueden hacernos despertar hoy.

La pregunta puede ser: ¿qué pasará con el mundo cuando sea (más) grande?

La respuesta está hoy (la infancia): el calentamiento global está entre nosotros, y según Nieva eso ya rompe la posibilidad de un orden, de un realismo, también en sentido literario: “Que el clima siga igual ordenadamente permite dar hechos por supuesto. Entonces me interesaba como jugar un poco con esta cuestión de qué pasa con el calentamiento climático en la ficción, sobreponerlo, sobrecargarlo, y un poco la historia tiene algo de ese grotesco”.

La cuestión del clima, parida desde una mirada del Tercer Mundo, hace que la ciencia ficción que representa el fin deje las máquinas y las idas a la Luna: “La cuestión de cómo el cambio climático va a destrozar el planeta está narrado desde las utopías capitalistas de cómo se va a solucionar ese problema, que son los motores ideológicos del capitalismo: colonizar otros planetas, transformar desiertos. El libro es una parodia de esas soluciones”. 

Con la llegada de Elon Musk y Jeff Bezos a nuestras vidas, Dick y Bradbury ven cumplidas sus profecías. Entonces aparece el joven Nieva: “Sobre esta representación del fin quería contar el origen, una distopía donde hay algo que se escapa a ser mercancía”. 

Tal vez el propio arte, la literatura, sea n un camino de salvación para escapar a esa captura, e imaginar otras cosas: “La imaginación del Norte siempre está sobre representada, entonces un poco mi intención fue dar vuelta y producir una imaginación que sea que esté situada acá”, dice Nieva de paso por Buenos Aires. 

Otra cosa que no podrán atrapar, además de los niños, los indios, los dengues y el arte, serán los espectros que nos trajeron hasta acá.

Ahora que no está Miguel, ¿a quién le vas a escribir?

-Es un dilema que tengo actualmente. Hay una frase que dice que uno escribe para fantasmas y me parece una frase más poética que literal, pero ahora la pienso un poco.

Nota

Bajotierra: una obra conmovedora sobre la muerte por asbesto en el subte

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Es interpretada y dirigida por la hija de un operario fallecido a causa de contaminación del material: Camila Pacci concibió esta obra en pleno duelo de su padre, Jorge Pacci, y logró una pieza artística sensible y potente que le da otra difusión a un tema silenciado. “Jorge, mi papá, trabajaba en el subte. Limpiaba 36 vagones por día, a puerta y ventana cerrada. Trabajó 7 años, a sus 56 años fue enterrado en Chacarita, a dos cuadras de su trabajo: el Taller Rancagua de la Línea B”, dice en escena y afirma a lavaca: “Para mí lo más importante es que se sepa, que se entienda claramente lo que pasó. Del asbesto nadie sabe nada, pero es importante decir que es peligroso y que te quita la vida”. Última función este domingo, a las 19hs en Área 623 (Pasco 623, CABA).

Por Anabella Arrascaeta

Primero, la respiración. Suave, casi imperceptible. El aire entra sin esfuerzo, y sale.

Pero la música sube, 

y la respiración 

crece 

de 

poco. 

Y ahora se mueve la espalda, imaginamos que lo hace también el tórax pero no lo vemos de frente. El impulso llega hasta los omóplatos, se traslada a los brazos, recorre las manos. El ritmo ya es frenético y toma todo el cuerpo de Cristian Franco, uno de los dos intérpretes de la obra teatral Bajotierra. 

En escena entra ahora Camila; se para en el centro de la caja negra, escenario de Área 623. Estamos en la Sala Ventana, y Camila nos permite mirar artísticamente un proceso personal: ella es hija de Jorge Pacci, trabajador del subte fallecido por mesotelioma de pleura en marzo de 2021, una enfermedad producida por la exposición al asbesto en el subte de Buenos Aires. 

Camila está a punto de recibirse de licenciada en composición coreográficas en la Universidad Nacional de Artes (UNA), donde ganó el Premio Estímulo a la Creación 2023 con esta obra de danza que además de interpretar, dirige. Y sí: en Bajotierra Camila relata la muerte de su papá. 

Los 36 vagones de la muerte

Bajotierra fue el proyecto de tesina de Camila, quien comenzó primero a investigar sobre otros temas; corría el 2022 y se encontraba en pleno duelo cuando empezó a pensar en crear una obra que pudiera ser también una despedida a su padre.Se puso a investigar sobre el asbesto. 

¿Qué encontró? El asbesto es un mineral natural que se emplea como aislante en revestimiento de construcción; por ejemplo, en los vagones de subte que en 2011 la Ciudad de Buenos Aires, con Mauricio Macri como jefe de Gobierno, compró a España. 

Fueron 36 vagones de subte para la Línea B que en habían sido retirados de circulación once años antes. Siete años después, notas periodísticas del país europeo dieron a conocer que había un trabajador del Metro de Madrid enfermo de asbestosis por la inhalación de asbesto que desarrollaba tareas en una flota de los mismos vagones comprados por Macri.

Las fibras del asbesto son flexibles y se descomponen con facilidad; y cuando esto sucede el material queda en el aire, puede ser inhalado, lo cual provoca graves patologías en el cuerpo. Trabajadores de la línea B manipulaban diariamente piezas de esos vagones para adaptarlos a la estructura porteña; en seguida al sindicato argentino se les prendió la alarma y gracias a su lucha el 20 de febrero de 2018 Subterráneos de Buenos Aires (Sbase), dispuso sacarlos de servicio ante las sospechas. 

Ya era tarde.

Desde entonces, la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro (AGTSyP, conocida como Metrodelegados) realizó cientos de paros (el sindicato los llama medidas de autodefensa) para denunciar la exposición a asbesto de los trabajadores y trabajadoras del subte. Es que la situación es alarmante y trágica: al día de hoy en el subte hay 3 trabajadores muertos, 6 trabajadores con cáncer y 86 trabajadores afectados con neumoconiosis por exposición a asbesto. Además 2.150 ingresados al Relevamiento de Agentes de Riesgos para que les realicen estudios. 

Uno de ellos es el papá de Camila.

Camila se acercó al sindicato que la acompañó en el proceso creativo, y hasta le consiguieron un lugar para poder ensayar la obra. Ella recogió el guante para visibilizar desde otra perspectiva esta misma problemática. Dice en el escenario: “Jorge, mi papá, trabajaba en el subte. Limpiaba 36 vagones por día, a puerta y ventana cerrada. Trabajó 7 años, a sus 56 años fue enterrado en Chacarita, a dos cuadras de su trabajo: el Taller Rancagua de la Línea B”. 

Hay arte, pero no hay metáfora.

“Ellos se llaman familia subterránea. Y realmente son personas muy cálidas, muy familiares. Así me recibieron. Conocerlos me cambió”, dice a lavaca Camila, que tenía como objetivo poner en escena lo que pasó. “Para mí lo más importante es que se sepa, que se entienda claramente lo que pasó. Del asbesto nadie sabe nada, pero es importante decir que es peligroso y que te quita la vida”. 

Debut y despedida

En los costados del escenario el asbesto está representado: parece ser algodón o espuma, algo pesado, denso. “Mi nombre es Camila, no es que me interese no morir pero, como todos ustedes, quisiera que sea sin dolor”, dice en el centro de la escena. Después, el otro intérprete, Cristian Franco, representa la muerte de Jorge. Entonces Camila pregunta: “¿Cómo hacer aparecer algo que es invisible y letal?”

Camila lo lleva a escena, como una forma de memoria y también de justicia a la vida de su padre. Relata a lavaca: “Hay algo de mi viejo que se hace presente, aparece el peso de su muerte. Desde ya que tiene un peso enorme para mí, pero también lo tiene para los trabajadores del subte. La obra es un punto de encuentro: lo quise así, un puente hacia ellos. La obra era una despedida, pero cuando empecé a leer todo lo que hacen y lo que hicieron, me inspiraron, la obra cambió por ellos”. 

Bajotierra: una obra conmovedora sobre la muerte por asbesto en el subte
El asbesto, representado en Bajotierra. Foto: Micaela Novoa / Bajotierra

Cuando Bajotierra se estrenó, el gremio se encargó de garantizar entradas gratuitas a dos de las funciones funciones para todos los trabajadores y trabajadoras que quisieran ir. En las funciones llenan toda la primera fila del teatro, mínimo.. El resto se distribuye por las butacas de más arriba, y muchos están con sus familias. Cuando la obra termina aplauden de pie, emocionados, con lágrimas de dolor pero también de orgullo.  

  • La última función de Bajotierra es el domingo 17/12, 19hs en Área 623 (Pasco 623 – Balvanera)
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