MU 211
La Kalo: drag, antifascista, y la pelea contra la tristeza

Es actriz, performer, canta, baila y agita en las calles y en las redes para combatir al fascismo y a la política tibia. Es drag y “vieja bruja”. Habla sobre dopamina, lucha de clases, therians, cultura, haters y kiosqueros. Historia y terapias para pelearle a la tristeza.
Por Franco Ciancaglini
Nació en Morón con un nombre (y un género) que ella define como “muerto”. Hoy se llama (y en su DNI figura) Milena Kalo y, como drag, le agregó el “la” a su apellido. Milena para los amigos, La Kalo para el mundo.
De familia adventista, militó en la izquierda hasta los 15; fue echada de la casa a los 18; y ahora que tiene 33, ya no vive en el oeste sino en Capital Federal.
Tiene su estudio y base de operaciones en el barrio de Once, donde reparte su tiempo entre su taller de drag y su rol de marketing de la empresa Medusa Colores.
Pasa música, desfila, actúa, canta.
Acaba de sacar un tema llamado Politizate, y prepara un disco.
Ah, y también se va a estrenar una película con su vida.
Bienvenides a La Kalo.
Método Kalo
La conocimos en la Asamblea Antifascista del Parque Lezama, un espacio que brotó como respuesta al discurso de odio de Milei en Davos, y que tal vez sea la primera semilla de un cambio silencioso que ya está en marcha. Un cambio que, como La Kalo, le escapa a los binarismos políticos, a las internas y a la tibieza de turno.
Dijo ese día La Kalo, micrófono en mano ante miles de personas que buscaban en esa marcha una brújula: “Reconozcamos algo: no es que un día nos despertamos y nos estaban gobernando los fascistas. Esto fue un proceso y ese proceso tiene responsables. No nos olvidemos ahora quiénes se pintaron la carita con glitter para la foto. Esto no nos sorprendió, pero sí nos descolocó. Necesitamos entonces volver a nuestro eje. Como vieja bruja que soy les digo: elijan las batallas que hay que dar. No se dejen llevar por la agenda de los fachos. Esto no es solo contra nosotres. Esto es una lucha de clases. Esto es contra los jubilados, contra la universidad y la salud pública, contra la cultura, contra los derechos humanos. Y con todas esas personas tenemos que estar en la calle hoy. Si queremos que nos acompañen, tenemos que acompañar”.
Ese día, también, se gestó lo que luego fue la marcha antifascista y antirracista que llenó las calles del Congreso el 1° de febrero de 2025. Fue la primera gran marcha contra este gobierno. Ese llamado se repitió este febrero, con menor convocatoria, pero igual potencia. Un año después, La Kalo ya estaba parada en el lugar de una referente de la comunidad. Dijo ese día La Kalo a lavaca: “En los barrios de todo el país se están organizando, se están uniendo y se están creando otras formas de hacer política. Ahí hay que estar y eso hay que escuchar. Lo que yo veo en la política partidaria es mucho viejo cansado, mucho viejo gastado a los que hay que decirles gracias. Ahora, dejanos. Y a partir de ahí nos tenemos que poner a hacer un reconocimiento: vernos las caras, escuchar, entender qué les pasa a las personas y a partir de ahí saber con qué contamos. Y es una tarea que hay que hacer barrio por barrio de todo el país. Bien federal. Hasta construir una flecha que atraviese todo transversalmente, una real comunión de personas: esa es la fuerza electoral que necesitamos”.
Tal vez La Kalo represente precisamente esa flecha en permanente movimiento, y esa fuerza. ¿Por qué?

A brillar mi amor
Hay algo energético en su figura que llena de energía y claridad en tiempos de apatía e incertidumbre. Algo que, de movida, desencaja con su maquillaje que brilla en la oscuridad, pero que no evade tampoco al discurso político y los temas coyunturales. Y además, porque en tiempos de fachos ella es especialista en molestar.
En sus redes los libertarios la han elegido como blanco de todo lo que odian: mujer trans, drag, morocha del conurbano, pobre. Por su lengua partida en dos, el retoque en sus ojos y sus tatuajes la acusan de todo y hasta de satánica, pero ella se ríe: como un golpe de kung fu usa ese odio para hacerse conocida. “Los mayores haters de mi vida fueron mi familia, así que nadie lo va a superar jamás”. Lo importante, dirá, es no pasar desapercibida. “Siempre estuve inconforme con el género, digamos, y con la performatividad que uno muestra. Y de chiquita siempre fui muy mariconcita, y me lo marcaron toda la vida. A escondidas me montaba con una toalla, o sábana, o lo que tenga. Y de grande tuve que aprender a sacarme esas capas para volver a esa feminidad nuevamente, y el drag me ayudó muchísimo”.
Para Milena el drag fue una herramienta que le permitió de alguna manera transicionar y convertirse en la mujer travesti trans que es hoy. Y desde esa transformación y el acercamiento político a ese universo de la transformación, como una mujer maravilla trans, cuenta la potencia que hay en el juego de disfraz: “Drag es la personificación interna sacada al exterior: todos los deseos y las necesidades artísticas y performáticas que tiene el ser. El drag, la drag, le drag se construye desde su propia base: lo que le gusta, lo que le interesa, lo que quiere sacar. Es muy personal: es una creación de un personaje único y personal, que no es cosplay; no estás copiando a…, sino que vos te estás construyendo en base a tu deseo. Y La Kalo nace así. La Kalo es mi propia fantasía hecha realidad”.
Otro concepto que la define es la de freak, una identidad que ella saca del closet de lo peyorativo para apropiarse: explica, tiene que ver con la modificación corporal no hegemónica, con su retoque en los ojos, su lengua cortada, los tatuajes, lo alternativo y darky. “En la oscuridad me siento re bien”, sintetiza y plantea que muchas personas niegan la oscuridad porque no pueden enfrentarla. “Esas que están todas santas, ‘viva la luz’, no, amor, no te creo. Son las primeras que después te ponen el pie”, plantea. “Yo soy frontal: si está todo bien lo vas a saber, y si está todo mal también”.
De lo performativo y de la expresión de una identidad, La Kalo hizo de ser drag y ser freak, su trabajo. Porque, aparte de ser drag, también es hija de dos personas que tuvieron seis hijos: “Mi mamá, que no se pudo jubilar; mi papá, que le cortaron una pierna y trabaja desde los 10 años”, cuenta y sigue:
“Soy hija de las políticas públicas que no llegaron a distintos lugares.
Soy parte de ese 20% de pobreza que nunca se solucionó.
Soy parte de esa generación que no fue a la universidad.
Soy el resto que sobra de un montón de victorias que muchas se han puesto en los hombros,
¿Me entendés?”.
Esa es La Kalo.
Y esto es Argentina 2026.
Vuelve a la necesidad de autocrítica, para entender dónde estamos parados y proyectar a dónde ir: “Milei es un proyecto que nació también como contracara de un pseudopopulismo… y bueno, ahora ha llegado a la derecha, y yo siento que son espejos, como los binarismos: bueno y malo, Dios y el diablo, peronismo y antiperonismo, Milei y anti Milei…”.
La Kalo salta por arriba a todo eso. Y con su tema Politizate tira una flecha que atraviesa todo. Ella lo tiene claro: eso que atraviesa lo define no como la identidad, sino como clase. “Si vos me ponés a mí al lado de Flor de la V y me ponés al lado de un kiosquero, yo tengo más en común con el kiosquero, seguramente. Porque tomamos tal vez el mismo bondi, porque podemos contar historias bastante parecidas, actuales”.
¿Y si el kiosquero votó a Milei? “De hecho me pasó hasta tener cosas en común con gente que votó a Milei, porque no divido en buenos y malos: ‘votaste a Milei y sos malo’, ‘votaste al otro y sos bueno’. Para nada. Entiendo la frustración y el enojo de cómo se generó todo esto y cómo se llegó acá, y empatizo también. No le voy a decir fascista a la pobre persona que está intentando, que no está feliz”.
Vos decís “quieren que estemos tristes”. ¿Cómo peleamos contra eso?
Yo hago terapia hace un montón. No soy evangelista del psicólogo pero sí creo que tenés que hacer algo: drag, terapia, un soporte… algo que te genere dopamina. La comida de mierda que comemos, la harina, el azúcar… te hacen re mal. Y todo es re químico en el cerebro. Yo como persona hormonadísima –tomo hormonas hace seis años– entendí que la felicidad es un proceso químico. Tenés que buscarla para que no te mate. Porque no te voy a negar que tuve intento de suicidio, pensamientos suicidas todo el tiempo, y a la vez es lo que quieren. Entonces también es identificar qué te hace estar como estás. Cambios chiquitos y concretos todos los días.
¿Cómo ves lo colectivo en este momento?
Cuesta más. Cuesta porque también pasa esto: hacemos una marcha y después todos quedan enojados. “Ah, al final la marcha fue al pedo, que no hicimos nada”. ¿Y qué querés hacer? Si vos a mí me preguntás: “Me encantaría agarrar una piedra y que seamos 3000 tirando piedras”, pero no pasa. Yo no voy a ser carne de cañón para que otros estén contentos también. Y por otro lado: no siento que estemos en un contexto en donde la violencia hacia la policía sea la solución. No significa que no esté enojada por lo que hacen los miércoles las policías con los viejos. Pero Patricia Bullrich tiene el monopolio de la violencia y además tiene mucho presupuesto para meter presos a todos. Está muy fea la cosa.
¿Y cómo manejás esa ansiedad, la tuya y la de las que te rodean, de ver cambios urgentes?
El arte. Yo soy artista: el drag me salva siempre. El paraguas siempre es el arte. Y es el mío.
Después cada quien tendrá que tener sus herramientas. Porque otra de las maniobras que hacen, aparte del proceso de deshumanización, es eliminarte el alma: chuparte la alegría. Quieren que estemos tristes. Y la tristeza y el miedo son las armas de manipulación más grandes que hay. Porque en cambio la ira y el enojo es movimiento: hace que lo que está apretado salga. En cambio el miedo y la tristeza te meten adentro, te hacen chiquito. Y yo siento que tenemos que luchar contra eso también. Y yo, como travesti, no te voy a decir que alguna vez pensé que el mundo estaba bien: jamás. Sí, está peor, seguro. Pero también, así como está peor, mi carrera me está yendo mejor que nunca.
Danos algún truco…
Moverse. Y, también, nosotras sabemos generar, hacemos economías circulares. Mi ropa la compro en ferias o a mis amigas que tienen emprendimientos. No compro afuera. Y eso hace que la economía circule entre esa gente. El otro día conocí a una trava que hace la olla popular de Once, La Emperatriz, y estoy tejiendo con ella para ayudarla con la olla. Y a mí esas cosas me mantienen viva, me mantienen en movimiento y me mantienen diciendo: “No, no me van a comer”. Las travas tenemos esa especie de superpoder marginal tercermundista de convertir la basura en belleza. Antes las drag se hacían las plataformas con cemento, o rallaban ladrillo para usarlo de maquillaje: de la basura hacemos el negocio. Eso es lo más anticapitalista que hay. Porque, aparte, soy zurda: yo creo en otro mundo. Mientras sostengan que el capitalismo es el sistema que nos va a hacer felices, yo te voy a decir que no. Porque el sistema de competencia –lo dicen en la misma definición– necesita al pobre para que haya un rico. Y yo nunca voy a estar a favor de eso, porque históricamente nos toca el lugar del pobre, el del que tiene que intentarlo.
¿Cómo hacer para que el imaginario no sea Flor de la V 2.0?
Yo no quiero que haya una nueva: quiero que todas podamos tener carreras y casas, sobre todo. Es necesario volver a retomar la discusión de la casa como base: techo y trabajo. Corta. Y después se quejan de que los pibes quieren ser therians, que quieren ser perros. ¿Y cómo no? Si ser humano no da más. ¿Qué tiene para ofrecerle a estos pibes? Fascismo por un lado, neonazis nuevos… por otro lado la progresía que te dice “estábamos mejorando”. Cómo: ni uno ni otro. Prefiero ser un perro.
¿Cómo te ve hoy tu familia, como Kalo y como Milena?
Para la película que se viene tuve una charla que yo nunca la había tenido con mi vieja. Está grabada, y cuando la volví a ver me shockeó. Ahí entendí el valor de algo que no solo me pasa a mí y que es parte de la historia que nos pasa a muchas: ¿cuántas pudieron tener una charla con su mamá diciendo “¿por qué me echaste?”, y la madre diciendo “yo estaba sin herramientas”? Ahí te das cuenta de que es lo mismo: somos las dos víctimas de un sistema de mierda: un sistema que presiona a una madre a echar a su hijo porque es diferente y presiona a una hija a odiar a su madre porque no la apoya. Y yo no quiero jugar ese juego: lo miro desde arriba. Entiendo que mi vieja no es el problema, mi papá no es el problema. Pueden perpetuar el problema, pero no son ellos: es más grande el enemigo. Y todo eso está ahí. Ahora ellos cambiaron, y me aman. Mi mamá es re fan de La Kalo. Una vez me monté en General Rodríguez y le mostré a La Kalo. Y ella estaba como: “Wow, no puedo creer”. Sos otra persona”. Y le digo: “No, mamá: soy La Kalo”.
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Tierra del Fuego: Renacer es posible

Fue la fábrica Aurora Grundig, la del televisor “caro, pero el mejor”. Colapsada tras el menemismo, sus trabajadoras y trabajadores organizados en cooperativa la recuperaron para resistir el abismo del desempleo. Hoy enfrentan más de lo mismo. Pero son 133 personas, crearon un bachillerato, consiguieron 60 viviendas. El industricidio visto desde la óptica de quienes logran llevar adelante lo que la patronal hundió: otra forma de crear y sostener trabajo, en una isla que el gobierno busca despoblar.
Por Francisco Pandolfi. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org (Enviados especiales a Tierra del Fuego)
La asamblea la empieza el presidente de la cooperativa, René Mamani. Dice simple, sin preámbulos ni monopolización de la palabra: “Si alguien tiene alguna propuesta, levantemos la mano y acordamos entre todos”.
Al día siguiente se vota en la Cámara de Diputados la ley de modernización de la explotación laboral. La asamblea definirá sumarse al paro con movilización por las calles de Ushuaia, pero antes plantea visibilizar el reclamo cortando la calle en la puerta de la fábrica.
Una fábrica que tiene toda una historia.
La Cooperativa Renacer, antes de ser recuperada por las y los trabajadores en agosto de 2003, llevaba como nombre Aurora Grundig y se dedicó –desde su apertura en 1983– a la producción y venta de electrodomésticos. En la memoria colectiva quedaron sus originales avisos publicitarios y su slogan (“Grundig, caro pero el mejor”), pero no su desenlace: la liberación de los productos importados en el menemismo y la desindustrialización como política de Estado quebraron en 1996 a la empresa que llegó a tener 1.500 empleados. Los laburantes, sin indemnización, tomaron los talleres para evitar su vaciamiento. Primero como sociedad anónima y luego como cooperativa –forma que se sostiene hasta el día de hoy– nació Renacer.
Culito con culito
La cooperativa arrancó como prestadora de servicios de otras electrónicas en la isla, hasta que produjo sus propios microondas, televisores, aspiradoras. “Poco a poco se fue confiando en nuestro trabajo, que no solo era puertas adentro: la prioridad era mantener el empleo, pero no podíamos quedarnos solo en eso”, recuerda Mónica Acosta, que tiene 55 años e ingresó a Aurora en 1993. Fueron por más. Por un lado, la tierra: lograron que el Instituto Provincial de la Vivienda les entregara 60 casas para quienes necesitaban una solución habitacional. Por otro, el estudio: armaron un bachillerato popular para completar el secundario.
Inés es una de las fundadoras-recuperadoras y pisa este suelo fabril desde hace 38 años. Cuenta que cuando empezaron a pensar la toma tenían en contra al gobierno provincial, al sindicato y también a gran parte de la población. “Nadie daba dos mangos por nosotros, decían que estábamos locos, que éramos ignorantes y vagos, que no sabíamos ni leer”. No hubo estigma ni violencia que los frenara. “Sufrimos amenazas de muerte, amenazaron a nuestras familias, pero aguantamos. No podíamos quedarnos sin trabajo y para eso había que poner de pie a este monstruo”.
El monstruo tiene 24 mil metros cuadrados divididos en tres plantas. Es un laberinto que parece no tener fin, donde conviven distintas áreas de la línea de producción: clasificación de materiales, soldadura, carpintería, tornería, molienda, inyección de plástico, reciclado, ensamble, reparación, inspección, administración, etcétera, etcétera. “Haber conseguido la expropiación de la fábrica fue un gran juego de ajedrez, de estudiar el pensamiento de los políticos que nos querían joder. Aprendimos a gestionar para sobrevivir con una receta que nos sigue acompañando: estar juntos los trabajadores, siempre ‘culito con culito’”.
Ahora es marzo de 2026 y parte de la historia se repite: apertura de importaciones e industricidio a gusto y piacere del gobierno de Javier Milei. “Día a día nos golpea el plan económico de apertura indiscriminada de importaciones, el contexto de fuga y de patín económico de divisas. Mientras, se aprueba una reforma para que el costo laboral sea cada vez más ínfimo y tenemos el peor salario de la región”, dice Mónica, dos veces presidenta de esta cooperativa que tiene como condición la rotación de cargos. Ahora está en la administración. Y le toca administrar el caos: “Esta es la peor de todas las crisis, no recuerdo una de mayor magnitud ni en la provincia ni en el país, por el descarte total de la industria y la velocidad que va descomponiendo todo”.
Todo no, en realidad.
Contará Mónica dos proezas cooperativas para recomponer lo esencial: la solidaridad en tiempos mileianos:
1) “Sostenemos una regla: donamos el 10% de lo que producimos a alguna institución que lo necesite”.
2) “A los mayores que fundaron la fábrica les pagamos una complementación de su salario, porque con la jubilación mínima no podrían sobrevivir”.

Macri, Fernández y Milei
Inés arranca el recorrido por la fábrica emplazada en la capital de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. “Esta es la parte del armado de las plaquetas, que terminará en el empaquetado del televisor”. Seguirá el área de soldadura y el de control de calidad. Si hay un defecto, vuelve para mejorar la puesta de estaño; si no, continúa la línea de producción hacia el área de inspección como segunda instancia de verificación. “Nos fijamos si tienen algún cortocircuito, si vienen materiales levantados y hacemos la prueba de la plaqueta, porque a veces a simple vista no se distinguen ciertas fallas. De acá va a un sector donde insertan el chip y se conecta a 220”, describe Mayra, que traza un paralelismo entre el adentro y el afuera.
Adentro: “Trabajamos en paz. Si nos pasa algo, hay un área de recursos humanos que entiende. Somos operarios, pero también somos familia, conocemos lo que están atravesando nuestros compañeros; sabemos quiénes son madres solteras o sufren por la enfermedad de algún familiar”. Afuera: “Como toda crisis económica tiene repercusiones en la vida social y personal. Se agudiza cuando no te alcanza para vivir y repercute en el día a día de la fábrica”.
Gerardo tiene 58 años y entró cuando tenía 21. Ahora trabaja donde se ensamblan los televisores para luego embalarlos. “De acá salen listos al consumidor final, en su caja adecuada para la exportación”. Los “listos” y las “cajas” se redujeron exponencialmente. “En estos últimos años la industria electrónica fue para atrás y, como ya nos pasó en los 90, no hay manera de competir con la mano de obra baratísima de China y otros países, con los impuestos que acá son muchos más caros. En un país tan grande como Argentina, de 48 millones de habitantes y con tantas posibilidades para producir, no podemos vivir de lo importado como sí subsisten naciones más chicas”.
Los problemas para la industria provincial no empezaron con Javier Milei. El gobierno de Mauricio Macri eliminó en febrero de 2017 los aranceles a la importación de notebooks, netbooks y computadoras (del 35% a 0%) para, en teoría, bajar los precios. “Esa era la idea, pero los precios no bajaron porque en Argentina no bajan los precios por abrir importaciones. Ahora está pasando lo mismo con los celulares. O sea, se destruye la industria con conocimiento de causa para darles beneficio a los importadores, que nunca pierden”.
Otro obstáculo se originó en el gobierno de Alberto Fernández. Renacer era la primera productora de microondas, fabricando lo propio y haciendo trabajos para terceros. Subraya Mónica: “Hasta que nos vimos interceptados cuando Matías Tombolini –secretario de Comercio– no garantizó la ley antidumping (para evitar la competencia desleal de importaciones). Y cuando asumió Milei nos sepultó definitivamente con un decreto que erradicó la medida. A partir de allí, 11 fábricas dejamos de producir microondas y nosotros fuimos los más afectados”.


Despoblar la isla
enacer lleva adelante una osadía: mantener en la era libertaria un plantel de 133 personas. A principio de mes cada uno obtiene como retorno 750 mil pesos por trabajar 6 horas por día –de 6 a 12– de lunes a viernes. La cooperativa necesita entre 120 y 140 millones al mes para sostener los gastos de estructura y el pago de salarios. Un dato: antes de Milei, pagaban un millón y medio de luz. Ahora, seis millones, con una fábrica al 40% de lo que producía antes. Otro dato: más de dos millones y medio de agua. Y otro más: 3 millones de gas.
“Debimos reducir las jornadas de trabajo. Hay un parate recesivo de economía y no vendemos, laburamos a costos esclavos que no nos permiten la planificación de nuestras vidas. La apertura de importaciones logra que la inversión del capital privado, en lugar de generar el valor agregado en nuestro país, se vaya a otro lado, como China o Brasil”, analiza Mónica.
Y plantea una hipótesis: “Estas medidas tienen como objetivo despoblar la isla. En Río Grande hace poco cerró una fábrica que fabricaba celulares. Y así sucesivamente”. El “así sucesivamente” no es una frase al aire, sino una descripción del industricidio que azota a una provincia que tiene en la ciudad de Río Grande un parque industrial enorme donde los edificios vaciados, cerrados y abandonados aumentan a la par de la suba del desempleo. En los últimos dos años bajaron las persianas ocho fábricas: 6 textiles y 2 metalúrgicas. ¿Los motivos? A la liberación de importaciones se suma la quita de aranceles (bajaron del 16% al 8% en 2025 y desde enero de este año al 0%) que liquida a la producción local de celulares.
Cómo reinventarse
Para sostenerse en el tiempo la cooperativa debió reinventarse y diversificarse. Además de televisores y microondas, están fabricando sillas de plástico y baldosas con material reciclable. “Desde septiembre de 2025 nos metimos en la industria del reciclado, que transformamos en una materia con valor agregado”, dice Gerardo mientras muestra espacios de la fábrica hasta hace un tiempo vacíos y que ahora, por la necesidad de ampliar la producción, se ocupan con máquinas y cuerpos en acción. “Probamos permanentemente. Si no funciona algo, no nos quedamos, seguimos porque la cooperativa no puede parar”, y señala una matriz en la que figura el respaldo de una silla: “Estamos mejorando la butaca para hacerla más dura y resistente, con polipropileno. Hasta ahora la veníamos haciendo con polietileno, con esas bolsitas de nylon comunes que tenemos en nuestras casas. Nuestras sillas son 99% de material reciclado”.
La máquina inyectora de plástico transforma materias primas sólidas en piezas tridimensionales. Ella fue la responsable de ir más allá de lo conocido: “Dijimos, ‘che, tenemos la inyectora, ¿por qué no hacemos una silla duradera, y no esas que están en el mercado y tenés que sentarte arriba de tres para no caerte?’”.
¿Cómo es hacer autogestión en el fin del mundo?
Gerardo: “No es fácil en ningún lado la autogestión y menos a 3.000 y pico de kilómetros de los centros industriales del país, con un frío de 10 o 20 grados bajo cero. Nos costó un montón sostener esta fábrica desde 2003 y la clave fue el reinventarnos, aunque no siempre fue fácil”.
En la pandemia, Renacer propuso hacer un concentrador de oxígeno, aparato que produce el 94% de oxígeno puro. “Pero no tuvimos la ayuda necesaria. A las fábricas autogestionadas siempre nos toca la más difícil”.
Sobre corazones y cabezas
El edificio de Renacer se encuentra frente a un paraíso: el Canal de Beagle, ese espejo de agua que conecta los océanos Atlántico y Pacífico.
Una vista que da calma ante tanta turbulencia, interna y externa: a menos de 3 kilómetros se emplaza el puerto de Ushuaia, recientemente intervenido por el gobierno nacional.
La cooperativa sostuvo durante muchísimos años una producción de 1.000 unidades diarias, entre microondas y televisores, algo lejano en estos tiempos de encargos esporádicos, como los 600 televisores que están produciendo para una fábrica de San Luis: “No pasa todos los meses, es una cuestión excepcional porque estamos en un año de mundial de fútbol”, explica Mónica.
El trabajo fijo que hoy sostiene a la cooperativa es la fabricación a fasón (una empresa terceriza la producción a otra) de entre 8 mil y 10 mil placas de aire acondicionado para la empresa Newsan. Agrega: “Para sostenernos como necesitamos, debemos volver a la productividad de mil unidades por día, aunque hoy estamos muy complicados. Los que queremos seguir perteneciendo a la isla y la hemos defendido siempre tenemos una doble obligación: acá nacieron nuestros hijos y acá tenemos nuestro hogar. Resistiremos como ya es costumbre, no será una tarea sencilla despoblarnos de un plumazo”.
Inés escucha y su mente se va hacia los años noventa. “Yo siempre le decía a Mónica: ‘corazón frío y cabeza caliente’ para pensar, porque si no, no salíamos. Y ahora es lo mismo. Esta cooperativa es mi sueño, el de mis compañeros y el de los hijos de mis compañeros. Por eso no quiero jubilarme, acá voy a seguir estando hasta que tenga salud”, dice inmersa en su guardapolvo azul, con su pelo crespo y brilloso.
A Inés se le llenan los ojos de lágrimas, de cooperativa de trabajo, de fábrica recuperada. “Mi marido siempre me dice: ‘Yo te admiro, a vos y a tus compañeros. Siempre tienen proyectos, plan A, plan B. Hacen y no se cansan nunca”. Hace un silencio. Y vuelve a decir: “Mi marido se llama Luis Quintana y es un excombatiente de Malvinas. Fue uno de los soldaditos que tenían 18 años cuando los mandaron a la guerra”. Otro silencio y entonces finalmente dirá Inés:
–Mi marido siempre me dice: “Si las hubiéramos llevado a vos y a toda la gente de la cooperativa, no tengo dudas de que ganábamos la guerra”.
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El bordado: Beatriz Blanco, la “jubilada patotera”

Fue agredida por un policía y cayó de nuca al asfalto durante una manifestación de jubilados. La escena se hizo viral como símbolo de la represión de cada miércoles. Beatriz pensó que había muerto pero sobrevivió al golpazo. Una causa instruida por la jueza Servini de Cubría avanza para condenar al policía que la atacó. Fue acusada por Bullrich de “jubilada patotera” y ella lo lleva con orgullo en una remera creada por sus hijas. Tiene 83 años, sigue yendo a la Plaza con su bastón y hace bordados para reflejar cosas alegres.
por Lucas Pedulla
Beatriz Blanco está de pie.
Se presenta como jubilada, 83 años, con problemas en la cadera, en el fémur, con “toda una historia” en sus huesos, con “aportes a la Patria” desde sus 14, un hijo, tres hijas, ocho nietos y con gente que la quiere, lo cual “no es poco”, se ríe, pensando en que un filósofo contemporáneo describió que el poder es que la gente te quiera.
Y a Beatriz la gente la quiere.
La abrazan.
Le piden fotos.
Beatriz, ergo, tiene poder, y es también una sobreviviente del 12 de marzo de 2025, el día en que el inspector de la Policía Federal Nicolás Emanuel Céspedez la golpeó y la tiró al suelo.
Ese día las hinchadas de muchísimos clubes del fútbol argentino se habían autoconvocado para apoyar la protesta de jubilados y jubiladas por el recorte de sus haberes. Dos semanas antes la policía había reprimido a Carlos Dawlowski, el famoso jubilado de Chacarita, por lo que al miércoles siguiente fueron hinchas del equipo de San Martín a apoyarlo. También los reprimieron. Ese hecho desató un efecto en cadena que provocó una convocatoria extraña que el Gobierno temió por varios motivos:
- 1. Por lo insólito, ya que las hinchadas salían del radar de cualquier plataforma partidaria;
- 2. Por lo masivo;
- 3. Por lo solidario, porque hinchas de polos tan opuestos como de Boca y de River, de Racing y de Independiente, o de Almirante Brown y Chicago iban a verse abrazados con abuelos y abuelas que el Gobierno reprimía con violencia todas las semanas.
Ese tríptico entró como alerta en el Ejecutivo, que tomó la decisión de desatar la represión muy temprano, cuando la plaza recién se iba llenando. Para tener una idea, las marchas de jubilados eran a las 15.30, la convocatoria ese día estaba prevista para las 17, y el golpe a Beatriz fue a las 16.10.
Beatriz cayó de nuca. La imagen paralizó corazones, porque esa caída que se replicó por millones de visualizaciones en redes, en televisión y en cualquier soporte de época no presagiaba nada bueno: esa señora cayó seca y no se movía. “En ese momento, me desmayé. No sentí dolor. Lo que sentí, cuando estuve en el piso, es que había una señora que me agarraba las manos. Creí que había muerto, porque no veía nada. ¿Será la forma de morirme?, pensé. Y bueno, soy feliz, porque no sufría”. Esa persona, esa ángel de la guarda, se llama Mabel, y la acompañó en la ambulancia del SAME hasta el Hospital Argerich. “Siempre creí que estaba en el cielo. Si me lo merezco o no, no lo sé”.
Lo que sí sabe Beatriz es que la jueza federal María Servini pudo describir con precisión esa imagen surreal de ensoñación y de muerte en el auto de procesamiento de Céspedez:
Ni el llamado inspector ni ninguno de los otros policías intentaron ayudarla.
Beatriz fue rociada con gas pimienta y luego empujada “sufriendo un traumatismo cefálico en la región de la nuca (occipito-parietal derecha/izquierda) que derivó en el diagnóstico de traumatismo encefalocraneano sin pérdida de la conciencia con herida cortante en región occipital”.
“El imputado hizo uso desmedido, desproporcionado y exagerado de la fuerza contra una mayor de 82 años de edad, indefensa que no presentaba peligro para la autoridad, lesionándole y apartándose así de la normativa vigente que rige en la materia”.
Servini encuentra probado que existió en Céspedez “dolo directo, o sea este tuvo la voluntad de atacar físicamente a la Sra. Beatriz Blanco, y habiendo tenido tiempo para reaccionar con otra conducta no lo hizo”.
“Sobre la especial calidad del sujeto activo que prevé la fórmula legal, corresponde indicar que: ‘El fundamento es que no solo se atenta contra la vida humana, sino que además el autor omite cumplir con el deber de otorgar seguridad y protección a los ciudadanos, defraudando así las expectativas depositadas en el correcto desempeño de su cargo o función’”.
Cabe destacar que, para la justicia, el delito se agrava cuando el hecho se comete “abusando de su función o cargo, cuando fuere miembro integrante de las fuerzas de seguridad, policiales, o del Servicio Penitenciario”.
Y por si quedaran dudas, concluye Servini: “Todo ello me permite concluir que las lesiones sufridas por Beatriz Blanco, derivadas de la conducta del imputado que se juzga en este acápite, efectivamente implicó una acción totalmente arbitraria por parte de Céspedez y en un claro abuso de su función, en carácter de miembro de una fuerza de seguridad”.
A Beatriz, sin embargo, otras personas con otros apellidos y cargos le dijeron otras cosas. El entonces jefe de Gabinete, Guillermo Francos (hoy miembro del directorio de YPF con sueldos de 80 millones de pesos), opinó que “la señora se cayó sola”, mientras que la entonces ministra de Seguridad (hoy senadora) Patricia Bullrich describió que Beatriz le dio “diez bastonazos a un policía hasta que él se dio vuelta y la señora se cae”. Bullrich también la convirtió en un símbolo e inició el mito, solo al decirle: “Señora patotera”.
Esa señora se ríe: “¿Cómo le voy a pegar diez bastonazos si apenas puedo manejar el bastón? ¡Apoyo mal y me caigo!”. A la semana del ataque, Beatriz volvió con un ejército de ángeles que la acompañaron con una remera que tenía como dibujo un bastón ortopédico frenando una tonfa policial, sintetizado por una frase y una bandera argentina: “Jubilada patotera”. Beatriz dice que todos le decían que estaba loca por volver a ir: “Pero me sentí con más fuerza. Con otra actitud. Muchos me decían Norma Plá”.



Cosas alegres
Esa jubilada patotera con lo que cobra, vive. A los 14 años empezó a trabajar en una tejeduría. Luego, en una cooperativa de fletes, que cerró por el terror económico en la dictadura. Ya en democracia, trabajó en una villa: ayudaba a los chicos en las tareas de la escuela y con los vecinos hacían tapices que salían a vender. Cuenta que trabajó más de 60 años e hizo todos los aportes, pero su jubilación mínima arranca en marzo en $369.600, a lo que se suma un bono extraordinario (nombre un poco pomposo) de $70.000. Beatriz le agrega, apenas, una pensión de viudez. “Vivo raspando, me ayudan mis hijas”, dice, como una de las tantas razones por las que ese 12 de marzo eligió marchar, y como una de las tantas razones por las que a su edad, miércoles a miércoles, sigue marchando. Empezó a ir hace seis años, cuando una señora le dijo que le iba hacer bien no estar sola, sino con otra gente. Y Beatriz va, sigue yendo, a veces acompañada, muchas veces sola, como una más: “No voy a dejar de venir hasta que me muera”, afirma, seria. Muy seria.
Piensa entonces qué le diría al oficial Céspedez que la atacó: “Le diría que, por su edad, tiene que tener padres como yo. Que piense en ellos. Que pague por lo que hizo”. Beatriz recuerda con puntualidad ese día: “Estaban como envenenados. No puedo concebir a quien tenga ese espíritu de matar”. El mismo espíritu se repitió muchos miércoles más, desde ese 12 de marzo hasta el cierre de esta edición. Por qué, entonces, seguir yendo: “A veces veo que nos siguen pegando, y pienso: ¿nos gusta que nos peguen?, ¿somos masoquistas? Pero nos ven con otra cara, no nos ven con amor, con cariño, con respeto. Con nada”.
Beatriz tiene dos pasiones. Una es el tango. Si bien por problemas de salud no está bailando, es habitué de El Pial, en la calle Ramón Falcón. Le encanta Pugliese y su clásica Yumba. Su otro amor es el arte del bordado: hay ornamentaciones en varios puntos del departamento del barrio de Congreso. Algunos tienen 20 años. “Trato de hacer cosas alegres, nunca tristes. Hago un punto y paro para ver e imaginar qué imagen poder representar. Me gustaría bordar los miércoles en la plaza. Bordaría mucho cielo. También bordaría una banderita de papel en la Antártida, que diga: ‘Acá vivió Argentina’”.
Beatriz, de pronto, decide revelarnos un método.
Puntada y parar, para ver e imaginar.
Puntada y parar, para ver e imaginar.
Así, hasta lograr puntada a puntada el bordado que queremos.
¿Qué le diría a Pablo Grillo si pudiera verlo?
Beatriz borda una sonrisa: “Le diría que no sufra. Que se puede sentir libre. Que va a tener una recompensa, porque todo el mundo lo conoce y lo siente. A todos nos dolió lo que le pasó. Ojalá nos podamos ver pronto para alentarnos y brindar porque seguimos vivos”.

MU 211
Pablo Grillo: la mejor noticia

El fotógrafo Pablo Grillo recibió el alta de su internación este viernes, un año y un día después del ataque que sufrió por parte de la Gendarmería al dispararle un proyectil de gas lacrimógeno que literalmente le partió el cráneo el 12 de marzo de 2025. La familia hizo conocer la noticia con el título: «A Pablo le dieron el alta de internación-Continúa con su rehabilitación ambulatoria» al día siguiente del Festival realizado en Congreso. El mensaje familiar plantea: “Después de la hermosa jornada de ayer y de días de mucha angustia, queremos agradecer profundamente a ese Estado humano y empático, conformado por los profesionales de la salud pública que le salvaron la vida y a las organizaciones de la sociedad civil y a cada ciudadano/ciudadana que siempre nos acompañaron. Gracias a cada una/uno por ser y estar. Hoy tenemos una certeza: la solidaridad y la empatía colectiva siempre le van a ganar a la violencia disfrazada de orden. Una nueva etapa comienza».
Desde la Cooperativa lavaca hemos tenido el privilegio de realizar la primera entrevista periodística brindada por Pablo, y el documental en el que lo reunimos con otras dos de las víctimas de la represión de 2025: la jubilada Beatriz Blanco (82 años, agredida por la policía que la golpeó y la tiró al piso) y el hincha de Chacarita Jonathan Navarro (que perdió la visión del ojo izquierdo cuando le dispararon a la cara). Compartimos ahora la producción Salvar la vida, publicada en la reciente edición de MU.
Salvar la vida
¿Qué le salvó la vida al joven fotógrafo atacado por la Gendarmería? La gente que lo ayudó tras el disparo, la que lo atendió cuando se preveía que lo suyo era quedar en estado vegetativo. A un año del ataque que sufrió, compartimos aquí la nota publicada en la nueva MU: los familiares y amigos y la red que estuvo en los momentos más difíciles y armó un mapa de cuidados para salir con solidaridad y energía de la violencia y la oscuridad. Detalles de casi un año destinado a volver a ver esa sonrisa. La recuperación continúa: la vida le ganó a la muerte.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Lina Etchesuri
Todo lo que le salvó la vida al fotógrafo Pablo Grillo es lo que hoy está en juego. Juntos configuran lo que algunos llamarán tejido social, comunidad organizada o pueblo –a secas–, pero todo lo que transcurrió en este año desde la granada de gas lacrimógeno disparada por el gendarme Héctor Guerrero hasta la picardía de Pablo en la rehabilitación en su casa, cobró la vida por la que el joven luchó desde aquel 12 de marzo:
- La amistad, la verdadera red social que fue apoyo y sostén de la familia (Fabián, el papá; Mary, la mamá; y Emiliano, el hermano), con festivales todos los meses y semaforazos en Remedios de Escalada todos –todos– los viernes, sostenidos como un rezo pagano por los vínculos amorosos que Pablo sembró: el barrio, el club Villegas, Independiente, el Hospital Evita de Lanús.
- La militancia, entendida también como un saber hacer social.
- La salud pública –hoy desfinanciada–, por la intervención del Hospital Ramos Mejía.
“Hay una cuarta punta primordial: la plaza llena”, dice Nicolás Chiarini, 34 años, uno de los ángeles de Pablo ese día. “Sin esa masividad no hubiésemos podido atender a Pablo, porque hubo gente que hizo un cordón para cuidar la escena y que se defendió mientras la Gendarmería seguía disparando. Si no hubiera ocurrido eso, la policía habría avanzado y Pablo estaría muerto, y quién sabe quién más”.
El otro ángel se llama Jorge Taranto, 37 años, su amigo: “Hay algo del principio de solidaridad que también quieren atacar. Surgió espontáneamente en la plaza: personas, como Nico, que se acercaron a sacarlo sin que lo conocieran. Eso sucede cuando la gente está motivada por algo. Lo humano. Y eso, en la comunidad, surge enseguida”.
Ambos no se conocían. Se vieron los ojos por primera vez arriba de la ambulancia del SAME que trasladó a Pablo al hospital. Lo que sigue entonces puede entenderse como un homenaje, una valorización de todo ese amor o tan solo como el mapa de acción que Pablo nos reveló en este año tremendo, sobre qué significa sobrevivir y ganarle a la muerte.
El método Pablo.
La hora dorada
Jorge y Pablo se encontraron sobre Hipólito Yrigoyen, en la esquina de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Pablo tenía la cara roja por los efectos de los gases: había estado fotografiando la represión, ya desatada. En un momento Jorge dejó de verlo. Cuando lo ubicó, lo vio caer. Eran las 17:18 del 12 de marzo de 2025. Por la brutalidad de la herida pensó que eran balas de plomo. Se organizó con otros para sacarlo. Dos lo llevaban de los pies, dos de las manos, con una sensación: “Pensamos que estaba muerto”. Como la cabeza colgaba, Jorge tomó una primera decisión fundamental: “Vamos a dejarlo acá”, dijo, y lo apoyaron sobre el asfalto. Él salió corriendo por Virrey Cevallos a buscar desesperado una ambulancia.
En ese momento entró Nico. Había llegado desde 9 de Julio con su camiseta de Temperley. Sabía, por represiones anteriores, que las fuerzas apuntaban a los ojos y se resguardó detrás de una línea de árboles. Allí vio a un grupo cargando un cuerpo. Sabe de primeros auxilios porque a los 16 años entró a los bomberos voluntarios, siguiendo a su tío y a su papá: “Alguien, con una remera, había tapado la herida. En primeros auxilios, eso se llama presión directa: lo primero que se pone en la herida para cohibir la hemorragia no se saca. Después, se removerá en quirófano. Le pongo entonces la mano para contener. Alguien decía vamos, pero no: había que conseguir una tabla y una ambulancia”.

Lo primero fue asegurar la escena. “Significa que se pueda trabajar y que no le pase nada a quien esté atendiendo”, dice Nicolás.Pero del otro lado seguían disparando, y la escena se aseguró con toda esa solidaridad de militantes y fotógrafos que arriesgaron su vida. “Héroes anónimos”, los llaman. A todo esto, Jorge había corrido por Cevallos, doblado en Alsina y vuelto a meterse en la plaza por Saénz Peña gritando a todo el mundo por una ambulancia. Ninguno puede determinar quién de todas esas personas entendió la urgencia y efectivamente la llamó y la encontró, pero la ambulancia llegó. Nicolás le explicó a la médica la situación y dispuso la forma de subir a Pablo al móvil y cómo atenderlo. Nunca le soltó la cabeza. Hay un saber que da el estudio, otro que da la calle, y la combinación de ambos es lo que ocurrió esa tarde. La médica estaba nerviosa y es entendible: no es una situación común cargar una persona con fractura de cráneo mientras escucha el repiqueteo de las balas sobre la carrocería de una ambulancia. Nico indicó cómo poner el oxígeno. Allí notó que había una persona con la camiseta de Independiente con él.
Era Jorge. Ambos se fueron en el móvil, que no pudo doblar por Solís porque había un cordón de efectivos. Nico le preguntó a Jorge el nombre de este chico que aun en la camilla no soltaba su cámara de fotos, para informar en los grupos de derechos humanos que conoce y milita. “Pablo Grillo”, le dijo. El nombre empezó a correr y, con las horas, el video de La Tribu, donde se ve el momento del disparo. Luego, las fotos de Kaloian Santos y la reconstrucción del Mapa de la Policía ubicarían el nombre del que disparó: el cabo de Gendarmería Héctor Guerrero, cuyo procesamiento fue confirmado por la justicia.
La distancia al hospital es de aproximadamente 10 minutos en vehículo. Nico: “Se cumplieron dos conceptos importantes. Uno son los ‘10 minutos de platino’ que tiene el socorrismo de actuar en el lugar, subir al paciente en la ambulancia y que se vaya. Y, después, ‘la hora dorada’, desde el momento en que pasa la lesión grave y entra al quirófano”. Nico le sostuvo la cabeza hasta que Pablo entró en el shockroom: “Ahí recién lo solté, me corrí y me fui diciendo en shock: Llegó con vida, llegó con vida, llegó con vida”.
Al entrar, Jorge llamó a Fabián, el papá de Pablo: “Le dije que estaba lastimado y que viniera al hospital, que ya lo estaban atendiendo”. No dio más detalles. Al llegar, le tuvo que explicar la gravedad. “El panorama era pésimo. Nos decían que, con suerte, iba a quedar en estado vegetativo. La doctora nos decía que era como si hubiera tenido mil ACV juntos”. Jorge se quedó acompañando a la familia y, hasta bien entrada la noche, Fabián fue el encargado de entrar y salir para informar sobre el parte médico.
Lo último que dijo es que Pablo seguía con vida.

Las buenas noticias
En sus casi 30 años de servicio en el Hospital General de Agudos Ramos Mejía, la médica de terapia intensiva Fabiana Robert recibió una “incontable” cantidad de pacientes con traumatismo de cráneo, por razones tan diversas como tremendas. Por esa experiencia, cuatro pisos arriba de esa calle –Urquiza al 600– que de a poco se iba llenando de periodistas, jubilados y vecinos que querían saber el estado de salud de ese fotógrafo, la forma de atender a Pablo fue acorde a un caso de traumatismo agudo de cráneo grave, es decir: “Con urgencia, con premura y poniendo todo a disposición y lo que está a nuestro alcance, independiente de que el panorama era crítico, oscurísimo y con muy poca expectativa”.
De las 400 camas del hospital, 16 están en terapia, y de ellas Pablo era quien estaba más al límite. Fabiana: “Era el más agudo. A la familia le dijimos la verdad: la situación era crítica, las posibilidades eran muy pocas y el cuadro era desesperante”. La acompañó Ángeles Casale, 34 años, médica de neurocirugía con siete años en la institución: “Ingresó descompensado hemodinámicamente. No solo la parte neurológica estaba inestable, sino otros signos vitales. Hubo que estabilizarlo y hacerle la tomografía rápido. Tenía pocos reflejos vitales, que son los que determinan si hay que operar o no, porque sangró mucho. El reflejo de las pupilas no lo tenía, y eso habla a veces de un peor pronóstico. Lo operamos. El primer momento es muy crítico: no se sabe cómo va a evolucionar después”.
Fabiana apunta: “No se sabe, y si una se tiene que basar en lo que está diciendo, en ese momento tiene que decir que no tiene sentido hacer nada porque va a evolucionar mal. Aun así, una hace todo lo posible, siempre pensando que todo va a tener un buen resultado, que va a salir bien”. Ángeles: “Si te soy sincera, de los pacientes que llegan en un estado como el suyo, el porcentaje que se recupera es muy poco. Hay que agarrarse de eso y hacer todo”. Fabiana: “Ahí empezó un largo camino. A las familias les decimos que, en casos tan graves, las buenas noticias vienen despacio. La noticia que viene rápido es la mala”.
El equipo estuvo conformado por mujeres: Fabiana lo recibió y Ángeles lo operó asistida por una residente, las instrumentadoras y las anestesistas. La neurocirujana describe la violencia que ocasionó el disparo de Guerrero bajo las órdenes de Patricia Bullrich: “El procedimiento se llama craniectomía descompresiva, que es sacar la mitad del cráneo para que el cerebro, inflado y edematizado por el traumatismo, se pueda expandir a través del espacio que el hueso no deja. También se le hizo una limpieza, porque había fragmentos de hueso que pueden lesionar algún vaso sanguíneo”. Al día siguiente, la operación se repitió del lado izquierdo, porque un hematoma que habían visto chiquito en un comienzo, había aumentado. Todo lo posterior requirió nuevas intervenciones –como las dos placas impresas en 3D que le colocaron en ambos hemisferios–, pero la buena noticia, como dijo Fabiana, se fue construyendo: a la semana Pablo le dijo a su papá las primeras palabras (“hola, viejo”) y 83 días después recibió el alta para iniciar su rehabilitación en el Hospital Manuel Rocca. El subdirector del Ramos Mejía, Juan Pablo Rossini, aclaró en el alta: “La gravedad fue mucho más allá de lo que decían los medios. Pablo estuvo cerca de la muerte”.
¿Cómo describen ese saber que se llama salud pública?
Fabiana: Esfuerzo, sobre todo.
Ángeles: También, ganas de trabajar en equipo.
Fabiana: La salud pública es un paciente que entra en una situación desesperada y crítica y que, en cuestión de minutos, ya está recibiendo todo el tratamiento que necesita, sin que importe de dónde viene ni qué tiene.

El hospital es un símbolo. Ocupa dos manzanas, sus laberintos recorren su complejidad y capacidad, tiene un parque precioso, y su primera versión data de 1868 como una respuesta a la epidemia del cólera en Buenos Aires. Al principio era un lazareto de adobe en una antigua quinta. La calle, en ese momento, se llamaba Caridad. Pasada la epidemia, brindó alojamiento para pacientes que no tenían cama de internación en otros lugares. En 1871 fue el abrazo ante otra crisis: la fiebre amarilla. Una década después, en 1883, la Municipalidad crea el Hospital San Roque, luego rebautizado Ramos Mejía. Sus 240 camas de entonces eran exclusivas para hombres. Tres años después, la atención empieza a ser mixta. Este hospital, que por ubicación intervino en otras tragedias como Cromañón y Once, es el que resume un saber que salvó a Pablo Grillo.
Ángeles sonríe, y antes de volver al agitado día de trabajo, dice con sus ojos: “Los casos como los de Pablo son por los que una piensa que todo el esfuerzo vale la pena”.
El símbolo
Tres días después del disparo –15 de marzo– Jorge le dijo a lavaca, sentado en las escalinatas del hospital, mientras esperaba un nuevo parte: “Tengo una certeza, algo instintivo por así decirlo, y es que no lo veo saliendo de acá al cementerio. Lo veo saliendo de acá, en el tiempo que tenga que ser. Pero bien”.
Todavía se acuerda de esa frase: “Hay una alegría muy grande porque mi amigo sigue acá. Sigue habiendo ese tufo a dolor, a bronca, porque cómo puede ser que la decisión de quien hoy nos gobierna trastoca la vida de alguien para siempre”. Se ríe Jorge al recordar el video que filmamos con Pablo, en el que con mucha lucidez dice: “Qué decirte, Bullrich. Sos una re compañera, te hago los dedos en V, te saludo. Acá estamos en el barrio con la cabeza intacta”, mientras se levanta su gorro Piluso.
Jorge: “Me pone contento porque se lo tomó como esperaba. Nunca lo traté a él como un pobrecito, como una víctima. Entendí que era lo que tenía que hacer como amigo. Y le decía: el día que te hagan una entrevista, hacele a Bullrich un corte de manga. En una situación cargada de dolor, Pablo le vuelve a poner eso que él tiene. Esa luz que te llena, aun cuando todo sigue siendo injusto. Generaron un símbolo en contra suyo, que les juega en contra. Es Pablo siendo Pablo, su esencia: molestando y buscando molestar”.
¿Qué simboliza?
Jorge: La resistencia, inclusive, ante la muerte. Se quedó acá. Gracias a todos. Al humanismo de esas personas en levantarlo en la calle, a los que lo atendieron como Nico, a que hubiera recursos para que llegáramos rápido y lo operen. Después, para cada uno simboliza algo más. Pero es la satisfacción de tenerlo, de que no es un mártir. Y que más allá de todo lo que hicimos, el que más le puso fue él.
Nico: Tenemos que hacer las buenas lecturas. Estamos bajoneados por todo, pero hay que sacarse el agua del hidrante y mirar bien: a Pablo le salvamos la vida colectivamente. Como pueblo. Le salvamos la vida todos. A mí me tocó hacer eso, pero me protegieron y me cuidaron y me tocó la suerte de que no pasó lo que le pasó a Darío Santillán, que fue a socorrer a Maxi Kosteki y le costó la vida. Ese 12 de marzo yo era un encapuchado, importante decirlo para el momento en que hoy son malos, feos e infiltrados. Son cuestiones que hacen que maduremos como pueblo, no sólo en la calle sino con respuestas más profesionales. Estamos muy mal a nivel representantes, pero las cosas por abajo no vienen saliendo tan mal. Pablo me llevó a entender que me la tengo que creer: empecé los estudios de Enfermería, por ejemplo. Cuando decimos que los derechos se construyen en la calle, a veces suena abstracto, pero acá lo abstracto se fue al carajo: acá es totalmente concreto. El pueblo en la calle fue lo que le salvó la vida a Pablo.
Jorge: Los milagros quizá suceden, pero lo ayuda esa construcción del pueblo. La organización vence al tiempo.
Nico: No fue un milagro: fuimos nosotros.

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