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Con la esperanza entre los dientes

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Del gesto de un niño ruso a la renovada ilusión Argentina.

Por Ariel Scher desde Moscú

Andrei es de lo mejor del barrio. Pide la pelota, la para, se le resbala, la pide de nuevo, se le resbala de nuevo, hace un jueguito, dos, intenta tres, pero la bola se le va piso. Reitera: hace un jueguito, dos, intenta tres, pero la bola se le va al piso. No importa. No importa porque Andrei es maestro del lenguaje. Bah, no maestro del lenguaje en el sentido ortodoxo que tiene esa actividad. Andrei no es alguien que oficia de maestro del lenguaje en ninguna cátedra de ninguna parte porque, entre otros límites, anda por el cumpleaños ocho o nueve. Con los pies fallando pero reincidiendo sobre una cancha hermosa de piso oscuro y jugadores valientes, con la boca abierta para tragarse los aires cálidos de los suburbios de Moscú en junio, Andrei es maestro del lenguaje porque delante suyo pasa un argentino recubierto por la camiseta argentina y, entonces, actúa. Así actúa: se lleva las manos a la boca, empuja para abajo los extremos de los labios con los índices como haciendo el gesto de la tristeza y luego mueve la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha para decir no; un segundo más tarde, esos mismos índices le permiten desplazar los extremos de los labios para arriba, dibuja una sonrisa y, con la cabeza, hace que sí, que sí, que sí.
Es maestro del lenguaje este Andrei chiquito y entrañable porque no necesita apropiarse de un solo vocablo del castellano para darle ánimo a ese argentino que transita el Mundial con fútbol desanimado. Avanza el largo atardecer del viernes, el sol avisa que, aunque tenue, permanecerá hasta que se hagan más de las diez y cuarto y una pareja joven acurruca a su bebé en uno de los bancos próximos a la cancha donde Andrei ensaya. El maestro del lenguaje acredita ser eso mismo por otra razón: a pesar de que está lejos de ser jugador de selección y de Mundial, miró por la televisión muchas caras de los jugadores argentinos en el partido que fue caída con Croacia y también percibió, a través de ese lenguaje potente, que les hace falta recuperar la alegría.
La situación emocional de la Selección fluye como tema principal de los argentinos que deambulan sobre el suelo de Moscú con la ilusión de que su equipo perviva en el Mundial y con los boletos de tren para avanzar hacia San Petersburgo, donde el martes y con Nigeria como contrincante estará colgada la última llave para abrir las puertas de un presente mejor. Ninguno es maestro del lenguaje como el pequeño Andrei y ninguno, tampoco, se reivindica como terapeuta especializado en equipos que extraviaron las confianzas en que el futuro será portador de buenas noticias. Igual, unos cuantos opinan. «Nos hicieron un gol y ya sabíamos que perdíamos», rotula, más preocupado que embroncado, Roberto, alguien que en Buenos Aires se dedica al comercio y que unos 12.000 kilómetros más al noreste se fascina con las arquitecturas que enmarcan a la Plaza Roja. «Pregunten por acá, que está lleno de argentinos, pregunten y van a ver que muchos creen que esta es una Selección que no transmite energía cuando pasa malos momentos», invita Ricardo, otro argentino hasta ahora más cautivado por las luces de la calle Arbat que por el juego en celeste y blanco.
¿Son las tres finales alcanzadas y no ganadas en los últimos años el motivo por el que el equipo no ofrece reacciones como las que desearían Roberto y Ricardo? ¿Son las lluvias de insultos que ciudadanas y ciudadanos anónimos desparramaron en esos mismos años hacia estos futbolistas -«el paraíso de los brutos» denominó el periodista español Rafa Cabeleiras a esa conducta- la causa de que quieran estar en la Selección pero no consigan disfrutar de ese querer? ¿O la causa son las groserías semiviejas y siempre nuevas de individuos que, en el nombre del periodismo pero a larga distancia del periodismo, las lanzaron y las lanzan hacia los futbolistas porque no salieron campeones, porque no les conceden privilegios o porque, como frente a Islandia y frente a Croacia, no juegan bien? ¿O los fundamentos de esa actitud residen en el comportamiento y en el tipo de expresividad de Lionel Messi, el mejor de todos y el capitán, que no convocan (a la vista, vaya a saber qué sucede en otras dimensiones) a la energía colectiva o al contagio del compromiso?
Si algunos de esos interrogantes pueden formularse es porque, sin propósitos feos, los plantean muchas personas que ejercen un afecto hondo hacia la Selección. Las respuestas, en cambio, no pueden conjeturarse, al menos en la arena pública que supone un material peridístico. ¿Sólo los profesionales expertos, si efectuaran un estudio específico, estarían en condiciones de dar respuestas o de detallar el cuadro emocional de un grupo que, al menos de acuerdo con el registro de los hinchas, no exhibe rebeliones?
De idéntica e inédita manera a lo que ocurría en su país, argentinos y argentinas en Moscú (montones retornando de la mala noche con los croatas en Nizhni Novgorod), se descubrieron en las últimas horas festejando goles nigerianos ante Islandia, no como desenlace de un brote loco sino porque las cuentas testimoniaban que un triunfo de Nigeria en ese encuentro habilitaría la clasificación de la Selección hacia la siguiente fase si vence, paradójicamente, a Nigeria. «Creo que los muchachos saben que les renació una posibilidad inmensa y que todo depende de ellos», presume Laura, con una bolsita en la que lleva inscripta la palabra «Argentina» y con una promesa de que, si Argentina obtiene ese triunfo, emprenderá con la familia que la rodea una visita al Teatro Bolshoi.
¿Cómo se sale de un pozo en la alta competición deportiva? Cómo se reinstaura en los protagonistas la idea en que no todos los finales son desencantantes? ¿Cómo se internaliza que la frase «nos merecemos bellos milagros y ocurrirán» es más que un acierto poético del Indio Solari? ¿Cómo sale la Selección de esa supuesta debilidad emocional que muchas y muchos identifican como un problema que escala a la altura o aun más arriba que ciertas limitaciones futbolísticas?
Dan ganas de indagar sobre ese eje entre los argentinos que pululan por Moscú o, con más calma, en las adyacencias del banco en el que, además de la pareja que acurruca a su bebé, se van posando otras gentes. Una mujer que podría ser la madre de Andrei lee allí cerquita un libro del inglés John Berger. Coincidencia, mandato, señal, lo que sea: Berger es autor de un ensayo maravilloso que se llama «Con la esperanza entre los dientes».
Nadie conoce cómo se hace para jugar al fútbol con la esperanza entre los dientes. Pero es imposible negar que se trata de un hermoso desafío. Para cualquier que juegue. Para la Selección Argentina.
Maestro del lenguaje pero acaso además maestro precoz de otras cuestiones esenciales de la vida, la esperanza entre los dientes es lo que interpreta Andrei, que se concentra, otra vez, en el argentino de fútbol desanimado y le obsequia una sonrisa que sostiene con los índices mientras la cabeza le oscila para decir que sí, que sí, que sí.
Luego, la esperanza entre los dientes es exactamente suya: pide la pelota de nuevo y hace jueguito una vez, dos veces y, por fin, tres.

Que sea lo que sea

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Para quienes la ven de lejos

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por Claudia Acuña

Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.

Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.

Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.

En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.

Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.

Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.

Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:

“Estos jugadores son como indios”, definió

“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.

Ajá.

Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.

Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.

Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.

Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.

Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.

Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.

Ajá.

Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.

Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:

“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.

“Esto” es Messi.

La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.

La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.

La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.

El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.

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El corazón en la Copa

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Por Lucas Pedulla

Fotos en Buenos Aires Juan Valeiro/lavaca.org

Hay que hacerle caso a las entrañas, dice un amigo pasado el mediodía, y se puso a pintar una pared en su casa de Ensenada para colorear la ansiedad. Faltaban unas pocas horas para El Partido –nunca mejor llamado así, tanto por las referencias del general Lionel Scaloni en la previa para bajar los humos como por la película del mismo nombre de Juan Cabral y Santiago Franco sobre el Argentina-Inglaterra de 1986 que hay que ver y estudiar en escuelas–. Pero de partido, en realidad, sólo tendrá el pitazo inicial, más de noventa minutos, demasiadas emociones, un gol sufrido, dos goles celebrados hasta la afonía callejera, porque todo lo que rodeaba este Argentina-Inglaterra  –llamesé ansiedad, geopolítica, colonialismo o dolor– queda sintetizado en la bandera que Giovani Lo Celso despliega al final ante sus compañeros en la que se lee, pese a las prohibiciones de la FIFA y de la ministra del gobierno de Milei Alejandra Monteoliva: «Las Malvinas son argentinas».

Porque sí.

Porque de repente entiendo la taquicardia de mi mamá ante el zapatazo de Enzo Fernández. Porque de repente entiendo el llanto de mi papá, arrodillado frente a un mueble que sostiene un televisor, luego del cabezazo de Lautaro Martínez. Se cierra un círculo de cuarenta años, dice un amigo que cruzo en calles matanceras, ya de festejo, alguien que tenía 12 años cuando vio por televisión la Mano de Dios y el Mejor Gol de Todos los Tiempos en 1986, en México, y que hoy trae a la celebración a su hijo de 12 años, y me explica así esa taquicardia y esas lágrimas que tantas veces nos narraron como una película, desde las entrañas mismas, como una herida aún lacerante, por la memoria de un pueblo que sufrió tanto y hubo que reconstruir en muchas rondas, a los ponchazos, sufriendo, como este equipo mismo que llegó a la final.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Ojalá podamos concientizar soberanía, dice otro amigo desde las calles. Cerca, alguien escribió y abandonó un cartón que dice: «Saltemos mañana también. Se juega por la soberanía de nuestro país en el Congreso». La referencia es a la ley de inviolabilidad de propiedad privada que le allana el camino a la concentración y colonización de nuestras tierras.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Otro cartel es más borgeano: «Inglaterra la concha de tu madre».

Los excombatientes dijeron: «Los argentinos no somos una multitud reunida únicamente por una camiseta. Somos el resultado de una historia, de una educación, de una cultura y del sacrificio de generaciones que levantaron esta Nación con trabajo, sangre y esperanza. La identidad nacional no se suspende durante noventa minutos».

El corazón en la Copa

Afuera llueve y los bombos siguen.

¿Qué significan estas entrañas?

No tengo idea.

Pero hoy esa bandera en esa cancha sostenida por esos jugadores y en medio de esas prohibiciones resignifica el mito con el que nos criaron.

Ahora nos toca una responsabilidad hermosa.

Está en nuestras manos.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

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“Si gana la Selección pierde Milei”

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Daniel Guzmán, ex combatiente de Malvinas, vecino de Tierra del Fuego y creador del sitio web Agenda Malvinas sobre geopolítica y soberanía: sus reflexiones a horas de la semifinal entre Argentina e Inglaterra. El embajador inglés, Scaloni, Milei, el ministerio para Julián Álvarez y lo que puede pasar si se gana, o si no.

Por Sergio Ciancaglini

Una de las principales producciones nacionales de estos tiempos es la adrenalina. Por si faltaba algo, se viene Argentina-Inglaterra con todos los debates que eso incluye. ¿Es solo un partido de fútbol? ¿Influyen Malvinas, “los pibes que jamás olvidaré”, toda una historia con ínfulas imperiales que se remonta desde las invasiones inglesas y los despojos económicos además de territoriales? ¿Y Maradona, y el 86? ¿Cómo tomar todo esto?

Daniel Guzmán es uno de aquellos pibes, ex combatiente de Malvinas en el Comando del Regimiento de Infantería 25. Hoy vive en Tierra del Fuego, fundó el sitio web Agenda Malvinas y es una referencia para hablar sobre soberanía y temas geopolíticos. Está impulsando además el Proyecto Curricular Malvinas para todos los niveles educativos, como Pedagogía para un territorio usurpado.  

¿Cómo vive y cómo toma esta sobreproducción de adrenalina futbolera con puntos de intersección con la historia del país y la que le tocó vivir como soldado? “Argentina tiene una confusión de la patria con el fútbol. En términos personales me pasó, y a muchos compañeros, que había amistosos previos al Mundial 1982, ya estábamos en Malvinas y medio que nos obligaban a escuchar los partidos. Cuando volvimos de la guerra a Buenos Aires, la sociedad estaba muy metida con el tema del mundial y muy poco con lo sucedido en Malvinas. Así que tengo una contradicción con el tema. Cuando era pibe veía mucho fútbol pero después de eso quedé alejado. Te diría que recién en 2022 recuperé un poco las ganas de ver un partido”. Daniel es hincha de Boca y Belgrano de Córdoba.

¿Y en el 86, con la mano de Dios, el barrilete cósmico y el trofeo? “Muchos estábamos muy ajenos. No podíamos con nosotros mismos. La verdad es que no lo disfrutamos en esas condiciones. Las cosas que nos sucedían cuatro años después de la guerra eran tremendas”.  

“MILEI ES LA THATCHER”

Sobre la confusión patria-fútbol: “Se sublima en el fútbol la energía que debería estar enfocada en la defensa nacional. Entonces todo lo que pasa en el fútbol tiene valor emocional pero no tiene un correlato en la vida cotidiana de los argentinos. Pero para los argentinos es muy fácil confundir esas cosas. No quiero decir que es un defecto, prefiero no calificar: pero es una condición”.

¿Un ejemplo? “Tenemos mucha unidad en el fútbol y muy poca unidad para la defensa nacional. Sobre todo en esta instancia del país, donde la patria que fuimos a defender en 1982 ya no existe. Este gobierno está destruyendo lo poco que quedaba de la identidad nacional en todos sus conceptos: industriales, laborales, científicos”.

Daniel se queda pensando. “Lo que te puedo decir es que si gana la Selección pierde Milei, porque Milei es la Thatcher”.

Además de sus declaraciones públicas respecto de Margaret Thatcher, primera ministra británica durante Malvinas, Milei tiene el retrato de tal señora en su despacho junto a uno de Ronald Reagan, el presidente norteamericano que apoyó a Inglaterra en aquel conflicto.

“Si pasa que gana la Selección sería un logro pequeño pero emotivo. Porque querés ganar después de ver al embajador británico con la camiseta argentina, como si estuviera saludando a los jugadores que están en distintos equipos de Gran Bretaña”. Victor Cairns hizo armar un video en el que todas las imágenes son de IA mostrándose con la camiseta argentina y saludando a Emiliano Dibu Martínez, Enzo Fernández, Cuti Romero, Alexis Mac Alllister y Lisandro Martínez.

“Si gana la Selección pierde Milei”
Imagen no real, realizada con IA y difundida por la embajada británica en Argentina, que muestra al embajador Victor Cairns en un supuesto encuentro con Dibu Martínez. Para Daniel Guzmàn, «es parte del colonialismo simbólico».

Explica Guzmán: “Es parte del colonialismo simbólico. Por eso es una tristeza que no podamos enfocar toda esa energía del fútbol que es muy poderosa en comprender el tema Malvinas. Lo que pasó en el 2022 con millones de personas en la calle es una muestra profundísima de la diferencia que hizo Argentina en ese aspecto emotivo frente a otras naciones”.

Frase para alguna antología: “Nos gusta el circo romano, pero no nos gusta lo que pasa afuera del circo”.

NO SE DEFIENDE LO QUE NO SE CONOCE

¿Y cómo tomar las canciones que en el ámbito del fútbol son las que más frecuentemente remiten a Malvinas? “Eso es el pueblo. Eso nace de las barras. Entonces a mi juicio lo que salva al pueblo es la identidad que está mucho más allá de una Cancillería pro británica, y de todo el poder real que está en plena expansión en este momento con Milei”.

“Aunque no entiende exactamente cómo defenderse frente a esta situación, el pueblo sabe. Y lo manifiesta cada vez que puede”. Ejemplo que sorprende en el exterior: las multitudes y el ya célebre “el que no salta es un inglés”.

“Pero a su vez la herida y el dolor de la posguerra y de la muerte está presente en todo eso, como un homenaje. Entonces hay un pueblo apagado en lo estratégico por lo que considero lacayos que viven en este país”.

Sobre ese apagón dice Guzmán: “Eximo a los jóvenes, y de hecho estamos trabajando en la construcción de una Pedagogía para un territorio usurpado, un proyecto curricular adecuado a los diferentes niveles de enseñanza. Porque la responsabilidad es del Estado, de los gobierno y de los adultos. No le podemos pedir a la juventud que haga algo que no le hemos transmitido ni mostrado”.

“Porque nadie puede defender lo que no conoce. Entonces conocer una pedagogía de la realidad es lo que te permite entender. Ni los jóvenes ni los viejos entienden la profundidad de colonialismo británico en Malvinas. Saben que son argentinas y las defienden a los gritos. Es como la camiseta. Malvinas es la camiseta, con ese nivel de significado popular. Pero si a esa camiseta no la impregnamos de conocimientos, terminamos sabiendo más de los jugadores que de la guerra por la que pasamos”.

Lionel Scaloni planteó que el miércoles solo se tratará de un partido de fútbol: “Es que si no, le ponemos una carga… Messi presidente y listo. El Dibu a Economía y que ataje todos los pelotazos. Al Toro en algún lado hay que ponerlo. Y Julián al ministerio de Desarrollo Social. Le veo cara de tan buen pibe que digo: este tiene pueblo. Pero entonces, podés empezar con Rattin (Antonio Rattin era capitán del equipo argentino que en 1966 jugó contra los ingleses en el Mundial organizado en ese país, fue expulsado por un referí alemán y pelado llamado Kreitlen y salió tironeando un banderín inglés y sentándose en la alfombra del palco de la reina). Y desde ahí hubo siempre demostraciones de oposición a lo británico. Pero no le podemos exigir a la Selección que haga lo que la política argentina no hace”.   

CHARLANDO DE FÚTBOL

Daniel no está ajeno a las taquicardias de este Mundial: “Me encanta esto. Me gustó mucho el del 22 y se está replicando. Eso de ganar en la adversidad. Creo que la Selección refleja algo que nos pasa, que es funcionar a presión. El partido con Egipto fue épico, el de Cabo Verde tremendo. Y el otro día nos salvó Julián con ese golazo cuando parecía que íbamos a los penales. Es todo casi literario. Por eso no estoy de acuerdo con los que quieren que pierda la Selección. Ni que el fútbol condicione la política”.

¿Y hacia adelante? “Bueno, si gana la Selección pierde Milei. El grado de entrega y cipayismo que tiene el gobierno con los británicos es feroz. Que gane la Selección pondría en ridículo a Milei. Y lo real es que terminado el Mundial, en agosto, empieza el proceso electoral 2027. Y ese va a ser otro partido”.

¿Y si la Selección pierde? “Hablo siempre desde lo personal. Nosotros perdimos una guerra, no un partido. Y acá estamos. Nada puede modificar la lucha. A la Selección no le exijamos que resuelva la entrega colonial de la Argentina desde Menem a la actualidad. Si perdemos será una forma de repensar algo: cómo ganar”.

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