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El Mundial de Borges y Bioy

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Un cuento protagonizado por Bustos Domecq le da marco a lo que pasa con la pelota (o con la televisión) en Rusia.

Por Ariel Scher desde Moscú

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron el Mundial de Rusia.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares lo escribieron, a diferencia de tantas cosas que escriben y que escribimos las personas del país de Borges y de Bioy Casares, muy bien.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares lo escribieron inventándose un nombre compartido, Honorio Bustos Domecq, un poco para agregarle juego al juego de la literatura y otro poco porque quizás intuyeron que para estar a tono con lo que que escribimos y se escribe del Mundial de Rusia había que andar inventando cosas aunque, gente que ciertos pruritos, lo que no hicieron ni Borges ni Bioy Casares -y sí algunos escribientes y charlatanes de esta época- fue mentir. 
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (en su alias Honorio Bustos Domecq) escribieron un cuento que se llama «Esse est percipi», lo que significa «ser es ser percibido», lo que, hasta más sencillo, quiere decir que sólo existen las cosas que percibimos, que es la teoría del filósofo y sacerdote irlandés George Berkeley (desde luego, la ciudad californiana se llama así por él), un tipo clave para descular el Mundial de Rusia aunque, claro, como murió en Oxford en 1753, al Mundial de Rusia, y al entusiasmo ruso por la pelota, y a las gambetas de Neymar, y a los vaivenes de la Selección Argentina, y a la gestualidad indominable de Cristiano Ronaldo, se los perdió.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el hombre más antifutbolero de los antifutboleros y el hombre que amó más al tenis que al fútbol, eligieron trabajar desde la literatura sobre esa idea de Berkeley apelando al fútbol, un poco porque les caía como un pretexto fenómeno y otro poco porque tal vez no registraron que el fútbol está habitado por las gracias de este mundo pero sí advirtieron que en el fútbol se cuelan las mierdas de este mundo.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron en «Esse est percipi»: «No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman».
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron en «Esse est percipi» lo que se verifica el 24 de junio (o el 23 o el 25 o casi cualquier día) de justo 81 años después, en la era en la que la industria de la comunicación trajina estrategias y prácticas de embobamiento y de domesticación masiva, una descripción que acaso convenga tipear de nuevo: «Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña?».
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en «Esse est percipi», denunciaron, con su delicadeza consecuente, que lo que tenemos en nuestra percepción puede ser una nada disfrazada de algo y que no hay casualidades en que el fútbol retrate eso.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entonces, tocaron el timbre de la conciencia de Claudia, una argentina que camina cerca de los edificios con más historia de Moscú pero se alarma por las minucias que le dicen que se dicen del Mundial de Rusia en las pantallas de Buenos Aires; y Borges y Bioy Casares golpearon las puertas de la lucidez de Tito, un argentino que entre los subtes infinitos de la capital rusa lee una falsedad publicada en una red social y le consulta a otro argentino al que no conoce pero va en el subte de Moscú «¿eso que está acá puede ser verdad?»; y Borges y Bioy Casares percudieron las vísceras de Magda, una argentina más que marcha lejos de casa y cerca de la Selección, que en su celular oye los dichos de un histórico operador argentino de negociados bajo la careta del periodismo y, de cara al Obelisco del Museo de la Segunda Guerra Mundial, murmulla: «¿De dónde sacará este tipo algo así?»
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en «Esse est percipi», adelantaron tanta máscara de noticia para lo que no es noticia pero retumba alrededor de los hechos mundialistas: «Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos».
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, sutiles y literarios, entretejieron a Honorio Bustos Domecq y a su «Esse est percipi» cuando la televisión no era la televisión, y cuando el espectáculo de las canchas no funcionaba como el contenido central de un tiempo en el que todo es un espectáculo, y cuando haceren privado o en público, el show de brutalidades, de griteríos y de agresiones que ocupan parte de las pantallas daba tanta vergüenza que a los que lo desplegaban se los denominaba sinvergüenzas.
 
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares publicaron sus «Crónicas de Bustos Domecq» en 1967 y constituye una tarea tentadora ver qué versiones de ese libro circulan en las bibliotecas de Rusia porque en ese libro hay un cuento, «Esse est percipi», que hace foco en lo que ocurre en el Mundial que precisamente fue organizado en Rusia.
 
Se les puede reprochar a Jorge Luis Borges, a Adolfo Bioy Casares y a su Honorio Bustos Domecq que no calcularon que el 24 de junio iban a nacer Lionel Messi y Juan Román Riquelme, o que omitieron que el 24 de junio de 1906 Alumni se impuso a Sudáfrica en el primer triunfo de un equipo nacional sobre uno integrado por súbditos de la corona británica, o que otros dos 24 de junio habría goles monumentales y mundiales de Claudio Caniggia (1990) y de Maxi Rodríguez (2006), o que el 24 de junio cumplía años Juan Manuel Fangio, o que en dos 24 de junio se mataron Carlos Gardel y Rodrigo Bueno.
 
Se les puede reprochar eso. Lo demás los escribieron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, los que ubicaron al «último partido real» el 24 de junio de 1937, los que ahí, en «Esse est percipi», además anotaron: «El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla».
 
A lo demás, incluido el Mundial de Rusia, lo contaron todo.
 

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