Nota
Red de mujeres solidarias: «Peleamos por nuestros derechos y también por un país mejor»
«Las que luchamos por nuestros derechos pero también peleamos por un país mejor, contra el ALCA y la ilegítima deuda externa, contra el hambre y la desocupación, por salud y educación para todos, realizaremos una serie de actividades en conmemoración del Día Internacional de la Mujer», convoca para el 8 de marzo la Red de mujeres solidarias, una organización que nació con la idea de que sus integrantes llevaran la discusión de género hacia adentro de los propios movimientos y que éstos la sumaran a sus reivindicaciones.
«Las que luchamos por nuestros derechos pero también peleamos por un país mejor, contra el ALCA y la ilegítima deuda externa, contra el hambre y la desocupación, por salud y educación para todos/as, realizaremos una serie de actividades en conmemoración del Día Internacional de la Mujer», convoca para el 8 de marzo la Red de mujeres solidarias, una organización que nació con la idea de que sus integrantes -universitarias, profesionales, militantes barriales, asambleístas- llevaran la discusión de género hacia adentro de los propios movimientos y que éstos la sumaran a sus reivindicaciones. Lo que se plasmó -en el marco del Foro Social Mundial de Porto Alegre de 2002- fue una militancia femenina insuflada por los nuevos aires sociales: inmersa en lo cotidiano, flexible, desestructurante, que trabaja en red, sin dogmas ni apuros para conseguir los cambios, tal como desarrolla Cecilia Merchán en esta entrevista. «Desde diciembre de 2001 la problemática doméstica se transformó en pública», sostiene.
– ¿Por qué la agrupación se organizó como una red?
– Porque nosotras tenemos la concepción de que las mujeres nos organizamos centralmente en otros movimientos, por determinadas necesidades. Por ejemplo, en las agrupaciones barriales, la organización de la mujer viene de la mano de la necesidad de resolver el alimento de los niños, la escolaridad, la salud… Por eso lo que nosotros creemos es que la discusión de género tiene que darse al interior de esas organizaciones. Que la tomen las mujeres y que la tomen los hombres. La Red la integran desde movimientos piqueteros hasta un grupo de documentalistas u otro de egresados de la Universidad de Córdoba, entre todos acordamos las discusiones que se van a llevar a cada una de esas organizaciones y también las estrategias de trabajo conjunto. En el caso de Barrios de pie por ejemplo, que tiene distintas áreas (salud, comunicación, cultura) la idea es que el tema del género las cruce a todas ellas.
– ¿No hay, en Barrios de Pie, un área específica de la mujer?
– Hay una delegada por barrio que toma específicamente el tema para encargarse especialmente de que la temática de género sea una parte más de las políticas de las áreas y del movimiento. Por tomar otro ejemplo: la idea es que en la universidad no sean solo las cátedras que tocan la problemática de género las que incorporen estas temáticas. De hecho, tenemos organizadas médicas que se ocupan del género en una materia como patología. Aislarse en una discusión solo entre nosotras, no sirve para avanzar e ir conquistando espacios… Hay que tratar de que las mujeres, desde los lugares donde participan, puedan llegar a ocupar roles de decisión, puedan salir al espacio publico… Esto sin perder de vista que tenemos que sostener espacios solo nuestros cuando creemos que es necesario, cuando se discute un problema de violencia se necesita de un lugar exclusivo para nosotras.
– Tradicionalmente, en la Argentina, la discusión de género se dio en ámbitos exclusivos para mujeres…
-Sin desvalorizar en absoluto esas luchas, nosotros creemos que ese tipo de organización ha tenido un límite en la discusión argentina. En la Argentina, ciertos movimientos de mujeres han estado desvinculados del resto de las mujeres. No pensamos que las mujeres tengamos que tener un montón de definiciones antes de poder avanzar en nuestros derechos. Por el contrario, nosotras muchas veces partimos de menos diez, ni siquiera de cero…
– ¿El modelo tradicional de roles se reproduce en los nuevos movimientos?
– Por supuesto que se da, se da todo el tiempo. Mujeres que en los movimientos ocupan roles de dirección y toma de decisiones, en sus casas crían a sus hijos con el clásico patrón de que las nenas lavan los platos y los nenes no. Estas son cosas que se trabajan a partir de muchísimos debates, de talleres, de una enorme acción. Nosotras creemos que la transformación de género es una transformación sumamente compleja, los roles femeninos y masculinos están tan marcados culturalmente que cambiarlos no es una tarea sencilla, que se vaya a resolver haciendo talleres un par de años seguidos. Es un debate que tiene que ir dándose, paralelo a los otros debates políticos y sociales. Hay mujeres que tienen polenta, que dirigen a 150 personas y les dan de comer a 300 chicos y en sus casas son golpeadas por sus maridos. Por supuesto que la experiencia que hacen de organización y dirección las fortalece tanto, que en un punto logran romper con esa situación. Pero no es de un día para el otro. Es una ruptura más lenta y muy profunda en las vidas privadas de las personas.
– ¿Se logran modificaciones?
– El problema de género es un problema de poder y como todo poder hegemónico nosotras creemos que aunque parezca enorme, no es eterno. Están tan naturalizadas ciertas relaciones de género, que parece que las cosas siempre van a ser siempre así, porque están internalizadas como esquema de poder. Por eso el cambio es un trabajo de hormiga, que a veces es más silencioso y que a veces nos despierta, como pasó con la participación de la mujer en el 2001. La Argentina tiene una tradición de lucha femenina -no feminista- que nosotras reivindicamos absolutamente: Juana Azurduy, La Peñaloza, Evita, las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, Norma Plá, que no es muy recordada pero fue muy importante en la lucha contra el menemismo. Y detrás de esas figuras siempre hubo muchas otras mujeres.
– ¿Las mujeres ocupan lugares de dirección dentro de los nuevos movimientos?
-A partir de las transformaciones estructurales que hemos pasado en la Argentina y que hicieron su ebullición en diciembre de 2001, la problemática doméstica se transformó en pública: qué comen los chicos, cómo se los educa, cómo vivir… La política pasa hoy por un debate que, hasta hace pocos años, era del ámbito doméstico.
– ¿Eso hizo que la mujer se volviera protagonista?
– Exactamente, que se volviera protagonista de las luchas y las nuevas expresiones políticas y sociales en la Argentina. Eso no significa que las cuestiones de género estén resueltas. En un comedor popular, la mujer es seguramente la que hace la olla. Esas son las discusiones que nosotros llevamos a los movimientos. Para que podamos compartir tanto las tareas domésticas de nuestros propios movimientos, como las decisiones públicas. Nosotras creemos que desde diciembre de 2001 ha habido un gran avance en la participación pública de las mujeres, pero con grandes límites también. No porque lo privado haya pasado a ser público como eje de la discusión política, se rompieron completamente los esquemas de discriminación, de desigualdad, de roles…Cuando todo el movimiento popular logre entender que lo privado no está distanciado de lo público, habremos dado un salto cualitativo enorme
– ¿Por qué el protagonismo de 2001 no se tradujo en mujeres que aparecen como las caras visibles de esos movimientos?
– En el movimiento Barrios de pie, la mayoría de los coordinadores son mujeres y tienen referentes mujeres muy importantes.
– Pero no son los que aparecen en los medios ni se reconocen socialmente…
-Sí, en ese sentido el referente de Barrios de pie sigue siendo (Jorge) Cevallos. De hecho hay una situación que nosotras no desconocemos sino que por el contrario, sobre eso tenemos que trabajar. Y creo que esto tiene que ver, también con limitaciones propias que tenemos las mujeres; las que participamos tenemos triple jornada de trabajo: la militancia, el empleo -las que lo tienen- y la casa.
– ¿Qué problemáticas aparecen en las mujeres de los movimientos?
-Son múltiples…Nosotras nos abocamos fundamentalmente a algunas cuestiones como la violencia familiar, doméstica, y también la institucional: desde la mala atención en los hospitales hasta la situación de humillación y vejación cuando visitan a sus familiares en las cárceles o cuando, para entrar a la cancha o las bailantas, las palpan varones porque no hay personal femenino. Después está la problemática del trabajo, que tiene varios niveles: por un lado la desocupación, pero también que la mayoría de las mujeres se incorporan al ámbito laboral en peores condiciones que los varones y por un salario más bajo. También la cuestión de la salud, fundamentalmente ligada a la anticoncepción, el aborto, el cuidado de enfermedades venéreas, hiv, cánceres de útero y de mamas y la descalcificación. Aunque parezca mentira hay compañeras que han hecho marchas para exigir dentaduras postizas, además de calcio para el embarazo. Otro tema que nos ocupa es la educación; fundamentalmente son mujeres las que van a los talleres a alfabetizarse
– ¿Por que hay más mujeres analfabetas o porque los hombres no van a los talleres?
– Por las dos cosas. Hay más mujeres analfabetas que hombres analfabetos y también hay una predisposición más alta de las mujeres a ir a aprender, sienten menos vergüenza, a pesar de que a veces los maridos no las dejan, los hijos se les burlan… La división tan marcada que hubo durante mucho tiempo en el mercado laboral, hizo que algunos hombres tuvieran cierto tipo de acceso a la educación.
– ¿La estrategia de acción es siempre a través de talleres?
-Sí, pero no solamente. Los talleres son el trabajito de hormiga, experiencias prácticas, a partir de disparadores…. En Neuquén, por ejemplo, hicimos uno alucinante, cuya consigna era que los hombres tenían que pensar cómo usarían los métodos anticonceptivos si fueran mujeres y las mujeres cómo los usarían si fueran varones… Aparte de reírnos y pasarla bien, se discutió y se fue hasta el fondo. A la vez, tratamos de producir hechos que repercutan en la vida de la sociedad, hacia fuera de nuestros movimientos. Así, por ejemplo, dimos apoyo público a la designación de Carmen Argibay. Salir a apoyarla fue apoyar su trayectoria, apoyar el hecho que hubiera una mujer en la Corte pero centralmente fue acompañar sus opiniones respecto a los derechos de las mujeres, en particular en el tema del aborto. Con el mismo sentido participamos del último Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario. Y también organizamos las actividades públicas en torno del 8 de marzo.
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema
Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.
Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini

La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
Por Lucas Pedulla

Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela

Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
por María del Carmen Varela

Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
Nota
MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
Por Francisco Pandolfi

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
Por Lucas Pedulla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
Por Evangelina Buccari

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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