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Lo que se dice estilo
¿Por qué perdió Argentina? ¿Por qué ganó España? ¿Por qué los medios hablan sólo de ganar y de perder? Ariel Scher propone en este texto una mirada sobre el juego de España. De campeones del mundo en 2010 a perder en primera ronda cuatro años después, y ahora a golear en un amistoso, cuál es el secreto que perdura más allá de los resultados.
Por Ariel Scher* para lavaca.org
Un amigo español que mira y piensa los partidos de fútbol que se juegan en el centro y en los costados de la Tierra avisa que, luego de mirar y de pensar el triunfo de la selección de su país sobre Argentina, tiene una duda sola: no está seguro de si el mediocampista Koke, uno de los constructores de esa victoria, juega como el mediocampista que maneja los hilos del equipo de su hijo menor o si es el mediocampista que maneja los hilos del equipo de su hijo menor quien juega como el mediocampista Koke. No le asoma ni una duda de otra cosa: los dos juegan como juegan porque son futbolistas españoles y porque el fútbol de España, en las buenas y en las malas, hace rato que es dueño de un estilo.
«El estilo es todo», suele enfatizar Jorge Valdano, alguien que creció en un país, la Argentina, en el que el fútbol, a pesar de que abultaba problemas estructurales diversos, guardaba la memoria y verificaba en más de un presente la existencia de un estilo. Y es alguien, además, que migró a otro país, a España, donde fue testigo, como jugador, como entrenador y como dirigente, de la modelación de un estilo. «La forma de ganar de España es un duro golpe a la vanidad argentina», evaluó César Luis Menotti, justo uno de los mentores de Valdano, pero no en la instancia de un trompazo deportivo de marzo del 2018 sino ya en el 2011, en horas en las que la Argentina procuraba resurgir de otro trompazo mundialista, cuando lamentaba una ecuación invertida: consideró que la España que obtuvo el título mundial en Sudáfrica 2010 jugaba como lo hacía Argentina muchos años antes y que, por el contrario, Argentina había embrutecido su juego hasta volverlo parecido al de la España de tiempos viejos.
Mientras mira y piensa todos los partidos que puede, el amigo español desmenuza su mirada y su pensamiento sobre la España de los seis goles y asegura que lo reconocible no radica en los seis goles ni tampoco residiría en la eventualidad de no haber metido ninguno. Miles y miles de seguidores de fútbol en el planeta que vibraron por televisión y, por supuesto, los jugadores argentinos que enfrentaron a España el martes en el estadio Wanda de Madrid reconocieron lo mismo: un abordaje del juego, una posición en la cancha, una relación con la pelota, una paciencia distintiva, una convicción con los ojos en el otro arco, un modo de ser sobre el césped. En la gloria del 2010 o en el desencanto de migrar del Mundial de Brasil en la primera rueda cuatro años después, España perduró en eso: un estilo. No el único estilo posible. Sí un estilo.
Es que un estilo no es sinónimo de un esquema o de un sistema. Un estilo es un sello, una suma de marcas, una continuidad de huellas que dibujan tan nítidamente a algo o a alguien que hasta tornan factible que esquemas y sistemas en mutación quepan dentro de él. Algunos de los goles que España consiguió frente a la Argentina -los últimos, en especial- no representan emblemas del juego de España pero se dieron, más allá de la contribución de los errores adversarios, dentro de un desempeño en el que el estilo nunca se esfumó. La historia de la forja del estilo futbolístico de España (una idea a la que, por supuesto, no le ponen la firma ni todos los equipos ni todos los mediocampistan que habitan en España) que reconocen miles de televidentes, jugadores que se paran del otro lado y, ni hablar, el amigo que mira y piensa partidos en España fue narrada muchas veces: el antecedente largo de un fútbol furioso, sin pausa y sin reivindicación del arte, la gravitación del gran Johan Cruyff y la escuela holandesa en el Barcelona que rompe con ese antecedente, la consolidación de esa escuela en divisiones mayores y menores, la interpretación magistral de esa escuela a través de cracks como Xavi, Iniesta, Busquets o Piqué, la profundización de esa herencia en los años del Barcelona esculpido por Pep Guardiola, el traslado de esa matriz a otros clubes y a la selección nacional bajo la mano de los entrenadores Luis Aragonés y Vicente Del Bosque, la persistencia en todo eso cuando el estilo no fue suficiente para vencer y, a tono con la vulgaridad mediática de tantas geografías (una vulgaridad que llueve e inunda en la Argentina), hubo embates (los seguirá habiendo) contra esa larga, dinámica y bella construcción.
Hace poco, después de una tarde sonriente del Manchester City, su espacio de estos días, Guardiola sostuvo: «Estoy contento por cómo hemos jugado. Podemos ganar, empatar o perder, pero el estilo siempre es importante». Más de una vez lo proclamó con la misma desenvoltura: «El estilo es más importante que los éxitos». Primera lectura: sabe Guardiola como sabe tanta gente que el éxito, ganar partidos, disfrutar de campeonatos, es una perspectiva no descartable con esquemas sólidos, sistemas que rueden y, más que nada, con conjunción de buenos jugadores y que no por eso hay estilo. Segunda lectura: asume Guardiola lo que, por encima de su deseo gigante de victoria y de su condición de competidor voraz, proponía Cruyff, su maestro, un convencido de que se puede ser campeón sin enarbolar un estilo, pero, inclusive así, no hay nada como tener estilo: «Hay muchos buenos entrenadores pero pocos buenos maestros. Hay entrenadores que consiguen resultados, pero es lo único que consiguen, no dejan nada en el alma de nadie. Enseñanzas, legado, estilo».
Una de esas declaraciones de Guardiola germinó en los minutos que continuaron a un partido feliz del City contra el Manchester United, su antagonista más clásico. Precisamente, en los vestuarios del Manchester United alguien estampó esta frase: «No hay mejor medalla que ser aclamado por tu estilo». A Marcelo Bielsa, otro reivindicador del estilo, nada de lo que vivió en ese vestuario, cuando dirigió a su Athletic Club triunfal, lo impresionó tanto como esa frase. El estilo ni asegura vueltas olímpicas ni caídas estrepitosas porque su sentido es otro: una definición, una cédula de identidad, algo vecino a una declaración de principios.
Bielsa aportó cal y cemento para que Chile comenzara con los cimientos de un estilo de juego que sostuvo durante unas cuantas temporadas. Pero allí hay una de las exigencias del estilo: la edificación requiere tiempo, un ciclo educativo, decir y ejercer en mil sitios y con unos cuantos maestros «el fútbol es ésto» o, aunque sea, «queremos que el fútbol sea ésto», una apuesta ideológica que no se siembra en un soplido ni en dos ni en tres. Jorge Sampaoli, el actual director técnico argentino, le añadió ladrillos a esa obra, fue clave en la solidificación del estilo y se dio el gusto de, estilo contra estilo, conducir a Chile en el 2-0 con el que dejó a España afuera del Mundial brasileño. Parece complejo que Sampaoli, quien sufrió una manifestación del esplendor del estilo de España en el tránsito hacia el Mundial de Rusia, pueda, en lo inmediato, fundar o retomar un estilo para la Argentina en tanto le toque actuar en un escenario institucional, futbolístico y comunicacional en el que, con aspiraciones y con cachetazos, todo es urgente. A Vittorio Pozzo, entrenador y fundador de un estilo del fútbol en Italia, le tocó perder por 5 a 1 contra Austria en uno de sus primeras presentaciones al frente de la selección de su país. Unos cuantos años después -en el contexto del fascismo, pero esa es otra historia- lideró la aventura en la que, con un estilo propio, Italia se convirtió en bicampeón mundial. Dinámica es la existencia: Austria, contraparte en este caso, se distanció de los perfiles que le cincelaba Hugo Meisl, su orientador, el técnico de aquel 5-1 y un empecinado arquitecto del estilo, y diluyó su peso en el escenario del fútbol internacional.
Leer a las apuradas y sólo con criterio coyuntural a un resultado 1-6 suele ser un pasaporte al error según comprueban los archivos del fútbol. Ausente en los mundiales entre 1934 y 1958, Argentina jugaba al fútbol con un estilo. El 1-6 ante Checoslovaquia en el tercer y doloroso partido del Mundial de Suecia rompió el estilo. Eso quedó plasmado en la Memoria de la Asociación del Fútbol Argentino de ese año: «El Consejo Directivo que finaliza su mandato y que tuvo la responsabilidad de la conducción en este amargo trance, ni la rehuye ni la distribuye. Señala, solamente, que una superioridad no demostrada alentaba a todos. Los hechos evidenciaron la necesidad de rectificar conceptos, modificar sistemas y adecuar la marcha al ritmo que fijan nuevas concepciones sobre el fútbol. Quienes sucedan en la acción tendrán que llevar a cabo la tarea». El intento de «adecuar la marcha al ritmo que fijan nuevas concepciones sobre el fútbol» no significó agregar elementos sino distanciarse del estilo e ingresar en una etapa de desconcierto que, como otras etapas desconcertantes del deporte y de la vida, tampoco sería eterna.
Paradojas del fútbol o de lo que sea, a la Argentina, que encadena el mérito de tres subcampeonatos en competiciones internacionales, que ilumina con Lionel Messi cada porvenir haya o no haya estilo y que conserva el derecho a ir por otro sueño en el Mundial que espera, se le extravió el estilo hace rato. El amigo español que mira y piensa fútbol también mira y piensa esa realidad sin comprender por completo. Al cabo, recuerda que cuando algunos argentinos le consultaron a Guardiola cómo jugaba su Barcelona, no necesitó contestar con un teorema y sólo empleó tres palabras: «Como jugaban ustedes».
Por eso el amigo español que mira y piensa partidos puede dudar entre el mediocampista Koke y el mediocampista que maneja los hilos del equipo de su hijo menor. Por eso sabe de lo que habla. Ya lo sintetizó Andrés Iniesta, artista español del concepto y de la pelota, cuando le preguntaron qué es el estilo: «El estilo es algo que no se cambia».
*Ariel Scher es periodista y escritor. Su especialidad es el cruce entre literatura y fútbol. Después de una decena de títulos, está por editar el libro de cuentos Todos mientras Diego, que ya se puede reservar con descuento si se lo compra durante marzo: ttps://goo.gl/EMbPR7
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Infierno Infantino

Desde Europa, la visión de una escritora y dramaturga sueca sobre el conflicto FIFA-UEFA y quiénes son los dueños del fútbol.
Por América Vera-Zavala
Para lavaca.org, desde Suecia
Mientras el resto del mundo se ocupa de teorías conspirativas sobre «La Selección» y de firmar una petición para expulsar a Argentina del Mundial para siempre -la campaña «Argentina Out» ya reunió más de 23 millones de firmas-, los argentinos hacen aquello en lo que son campeones mundiales: componer cánticos de fútbol. Nosferatu 2.0 se define como una ópera rock villera y está dedicada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una de sus frases dice:
«Le robaste el fútbol a los pobres
y se lo diste a los ricos
a cambio de un sobre con dinero».
Infantino, desde luego, no se queda de brazos cruzados. Cuando leo sobre la propuesta de poner a la venta los torneos de fútbol, acudo a mi estantería y saco el libro de portada rosa de Erik Niva, el periodista de fútbol más destacado de Suecia. Busco la sección dedicada a Eric Cantona y leo la historia de aquel futbolista que, tras su primer entrenamiento con su nuevo club-el Manchester United- le pidió a su entrenador que le prestara dos jugadores.
«¿Para qué?», se preguntó Alex Ferguson.
«Para entrenar», respondió Cantona.
Corría el año 1992 y la Premier League aún no existía.
Cantona hizo historia en el fútbol. Infantino también está haciendo historia.
La FIFA ha sido un infierno desde hace décadas. Infantino la ha conducido hacia los círculos más profundos del Infierno de Dante, con particularidades específicas que nos permiten llamarlo el ”Infierno Infantino”. Un ejemplo basta: instituir un premio de la paz solo para otorgárselo a un asesino. Otro ejemplo, que en realidad es el mismo: durante el Mundial aceptó perdonar una tarjeta roja por pedido del presidente de Estados Unidos.
Si el Mundial de 1978 en Argentina se celebró en un país gobernado por una dictadura militar —donde la tortura se intensificó durante el torneo mientras el mundo exterior fingía que todo era normal— el Mundial de 2026 en Estados Unidos se celebra en un país regido por una democracia parlamentaria que, durante el torneo, bombardeó Irán y fue cómplice activa del genocidio en curso en Palestina. Ese era el panorama geopolítico cuando comenzó el Mundial, y nada ha cambiado. Durante unas semanas, hicimos exactamente lo mismo que el mundo hizo con respecto a Argentina en 1978. La diferencia fue que, esta vez, era imposible decir que no sabíamos nada.
Como dice la ópera villera dedicada a Infantino
”Tu nombre sabe a sospecha,
hasta en las cosas bien hechas”.
¿Por qué queremos politizar aún más el fútbol cuando ya es tan político? El fútbol es una pasión, el deseo se impone al intelecto. Puedo entenderlo. Así es como debo entenderme a mí misma y mi persistente atención hacia el campo de juego menor, plenamente consciente de que el terreno de juego mayor dicta que no debería estar mirando el pequeño. Porque se trata de una elección.
Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que el sentimiento que albergo hacia la selección argentina es pura pasión, algo totalmente ajeno al razonamiento intelectual. Pero esta vez y por alguna razón explícitamente política con la Selección se abrieron las compuertas: un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Hablé con personas y leí publicaciones que afirmaban que la FIFA había decidido que Argentina ganaría la Copa del Mundo. La razón aducida era que el Presidente del país apoya a Israel y el genocidio. Vi imágenes del primer ministro de Israel vistiendo la camiseta de la selección argentina, presentadas como prueba de que el país es sionista. Vi publicaciones que aseguraban que hay una gran cantidad de nazis en Argentina —que fue allí donde huyeron tras la Segunda Guerra Mundial, y que eso explica el racismo. Leí que Argentina es un país extremadamente racista del que se ha expulsado a la población negra. Escuché a amigos decir que Messi es detestable porque representa al capitalismo. Como suele ocurrir con las teorías conspirativas, algunos elementos pueden ser ciertos mientras que otros son mentiras, pero la mezcla resultante es tóxica y exige constantemente nuevos ingredientes. Aquello no cesaba y, por momentos, me dejaba totalmente atónita y desconcertada. ¿Por qué existe la necesidad de buscar agendas ocultas cuando todo está a la vista? ¿Qué necesidad de buscar lo oculto en un mundo donde todo se exhibe descaradamente ante nuestros ojos?
Ahora, la noticia es que la FIFA quiere vender acciones en todos sus torneos.
Luego, la noticia es que la UEFA, la federación europea de fútbol que está jerárquicamente bajo la FIFA, ha declarado que boicoteará todos los eventos de la FIFA.
En tanto, canta la ópera villera:
“Infantino
llagara tu hora
no importa si no fue ahora”.
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¿Por qué miramos fútbol?
¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.
Por América Vera-Zavala

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.
Igual fue lindo.
Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.
Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?
Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.
En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.
Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.
¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?
¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?
He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.
En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.
Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.
Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.
Quizás el fútbol, más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.
Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.
Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.
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Para quienes la ven de lejos

por Claudia Acuña
Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.
Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.
Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.
En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.
Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.
Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.
Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:
“Estos jugadores son como indios”, definió
“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.
Ajá.
Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.
Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.
Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.
Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.
Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.
Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.
Ajá.
Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.
Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:
“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.
“Esto” es Messi.
La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.
La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.
La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.
El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.
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