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Trans andina

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Claudia Rodríguez, poeta. La academia, la izquierda, el feminismo, el arte y más, desde la mirada de esta artista chilena que se cayó del modelo. Por María del Carmen Varela.

«Mis amigas dicen que soy la Marilyn. Pero me llamo Claudio. Así me puso mi mamá cuando nací. Nací niñito hace más de cuarenta años en el Hospital San Joaquín. No nací ni en Holywood ni en Estados Unidos, nací en Chile, pobre, en una familia de campesinos que llegaron a la ciudad para hacerse obreros invisibles. Pero mi mamá me dice que eso no es lo peor, que lo peor es que soy tonto, travesti, que no sé leer y eso es un pecado”.

Travesti filosófica, resentida, loca, rubia teñida, monstruosa: así se autodefine la poeta chilena Claudia Rodriguez, con este rompecabezas perturbador que la identifica, la abarca y la sostiene.  Así expone su experiencia vital sin eufemismos, con una crudeza que se empeña en permanecer en la superficie, impregnada con la dulzura de su voz y  una sonrisa.

Cuando Claudia emprendió la búsqueda de un taller de escritura para trasladar al papel todo lo que tenía atragantado, conoció a un joven poeta chileno que le dio algunas consignas:

Hay lindos libros que no dicen nada. Hay escrituras en las paredes que son maravillosas.

No importa dónde escriban, pero escriban.

No esperemos que una editorial nos venga a buscar para publicar: seguro nos va a robar o a censurar.

Publiquen ustedes mismos, propiciemos las fotocopias.

Su poesía fue brotando sin pausa y en fotocopias, dobló, pegó y armó su libro artesanal. La calle se convirtió en su salón de ventas. Luego, necesitó dinero para pagar la universidad y se le ocurrió organizar la presentación del libro con la complicidad de La Perra, su amiga travesti. Fue un éxito: vendió 84 ejemplares. “Comencé hace diez años, no tenía tetas, no tenía cadera, estaba en proyección”. Escribía con faltas de ortografía, con problemas de redacción. “Fui mejorando: ahora leo más porque  me interesa que mi palabra salga, vomite y aborte cosas”.  Otra herramienta que descubrió y aplica es la performance.

El éxito del fracaso

Hace pocos días hizo un viaje fugaz a Buenos Aires para presentar su libro Cuerpos para odiar. Conversamos. ¿Por qué Claudia se declara monstruosa? “Mis compañeras sólo hablaban de éxitos. Éxito con los clientes, todos con maravillosos autos, pagaban bien, eran buenos… y yo estaba leyendo a Pedro Lemebel, que habla del fracaso. Entendí así que ese discurso de mis compañeras  de que todo era exitoso es parte de este sistema. Cuando una habla del fracaso se vuelve un monstruo, se cae del modelo. Estoy harta de que mis compañeras no hablen de sus enfermedades de transmisión sexual, de los problemas que tienen con el amor, de que los clientes no son tan buenos. Los que te suben a sus autos quieren traspasar su violencia, casi no hay contacto sexual, hay que aguantarse y subordinarse al desborde de su violencia. Hablar del fracaso es ser desobedientes a este modelo. Es un fracaso que hombres que digan que son padres de familia paguen para vertir su miseria sobre nosotras. Hablar de eso es ser monstruosa. No hablo de belleza sino de que somos peludas, hediondas. Esas cosas quiero decir porque siento que en mis compañeras libera, sana, reconcilia”.

Sus padres vivían en una región alejada y se mudaron al centro de Santiago. Primero se trasladó su padre, consiguió trabajo en una gran empresa y al tiempo se mudaron madre y hermano mayor. El sindicato ilustró políticamente a su padre.  “Qué bonita la niñita”, le decían sus compañeros de trabajo. Él aclaraba que era niño y tironeaba a Claudia para esconderla. “Se avergonzaba y hacia que yo también me avergonzara de mí. Con los años quiso que me fuera de casa. Mi mamá le dijo que se fuera él. La nuestra fue una relación sin reparación y yo lo relaciono a él con la izquierda: no me protegió. Yo era una existencia desechable, vergonzante. Y eso duele y marca. La izquierda no me ha perdonado ser travesti. Ahora reflexiono que el primer contacto con la izquierda fue con mi papá y fue con vergüenza, sin reconocimiento. Triste.  La izquierda es parte de una maquinaria que coincide con la derecha: es conservadora y patriarcal. Si me pongo mala, puedo decir que la academia, el gobierno, el Estado, los partidos políticos, las instituciones, son misóginos. Odian a las mujeres. Ellas me cuentan que en proyectos de género muy importantes en la academia, siempre hay un hombre al cual pedirle permiso y ese hombre lo primero que dice es ‘no’. Después escucha la propuesta, pero primero dice ‘no’. Igual que mi papá”.

Burocracia de género

Trabajo social fue la carrera que Claudia eligió para estudiar en la Universidad. También llevó adelante un Diplomado en Género en el que la recibieron con alegría y compañerismo. “Todos me decían ‘Claudia, yo no te discrimino’, pero yo no era parte del amor, había actitudes y prácticas que me excluían. Un compañero se fijó en mí, pero me dijo: ‘No te puedo amar porque tú no podrás tener hijos’. ¿Qué le respondo?, pensé. No supe.  Si nunca he escrito una carta de amor, si el amor para nosotras no está permitido, tampoco para los revolucionarios. Ni siquiera llegan a pensarlo. La revolución en la que piensan es esa en la que todo cambia, pero ellos se quedan en el mismo lugar. No hay una práctica de pensar lo sexual y lo íntimo como revolucionario. Me di cuenta de que las expectativas de mis compañeras eran titularse, casarse y tener hijos, mientras que para mí tendría que ser seguir en la calle corriendo el riesgo de morir. Nuestros cuerpos eran construidos por el hombre, porque son ellos los que nos dicen que les gustamos rubias, tetonas, potonas, que seamos finas y delicadas, más producidas que las mujeres. Son ellos los que construyen ese monstruo para tratarnos como muñecas. Los clientes de las travestis odian a las mujeres y nos tratan como muñecas a las que pueden asfixiar, estrangular, maltratar, para ver qué pasa. Esa experiencia con este compañero me hizo elaborar todo eso y pensar que somos cuerpos para ser odiados”.

¿Cómo ve Claudia a la academia? ¿Qué le critica? “Aunque hay presencia de mujeres, es misógina y clasista. Me llaman académicas feministas para que sea parte de investigaciones, pero como objeto de estudio, no como parte de la investigación. Les digo: oye, tengo un diplomado de género, soy egresada de Trabajo Social, soy activista, tengo experiencia, creo que ya pasé de ser un mero sujeto referente, por lo tanto podría ser parte de la investigación y que se me pagara un sueldo. Pero insisten en ponerme en el lugar de víctima. Desde el feminismo creo que debe haber un reconocimiento de ese saber, de esa experiencia. Esta metodología de investigación es responsable de nuestra pobreza. En Santiago hay una calle que se llamó San Camilo, de casas pobres, donde mis compañeras travestis se prostituían. Vivían ahí y a partir de las nueve de la noche salían todas a desfilar, a mostrar sus looks, a recibir  a los clientes. Y venían fotógrafos, sociólogos, antropólogos, periodistas, gente del arte, elaboraban sus regios proyectos, los paseaban por todo el mundo, ganaban dinero y mis compañeras se morían de Sida ahí, sin ninguna devolución, sin ninguna retribución. La academia ha generado un vicio: se apoderan de un conocimiento y no lo traspasan. Y la información es poder. Nosotras en la calle no lo sabíamos, hasta que llegó el feminismo y empezamos a problematizar todo esto. No voy a ser parte de la academia nunca, porque voy a sostener esta oblicua mirada crítica, esta escritura travesti, porque voy a estar hablando de la práctica y no de la teoría. La critico porque es clasista, racista, misógina, homofóbica, patriarcal, capitalista y mantiene la exclusión. Es todo lo contrario por lo que yo trabajo”.

Evita, un resentimiento

Soy resentida, resume Claudia, sin afligirse. Dice que le recomendaron en Buenos Aires investigar sobre Eva Perón,  porque  el resentimiento se puede convertir en motor, en estímulo y en política.  “Podemos ser desafortunadas, pero nos exigen  ser buenas. ¿Me tienes en una esquina y encima quieres que me porte bien? No:  te voy a pasar la cuenta. Por todas las situaciones  injustas, yo estoy rabiosa y resentida. Ya no creo en la justicia, pero creo que algo puedo hacer cuando lo expreso. Mi resentimiento ahora es que la Claudia Rodríguez diga que es un monstruo pobre y sidoso. Eso ensucia mucho la mente de quienes me escuchan porque se sorprenden que una travesti diga este tipo de cosas: me caí del catre, me caí del modelo,  soy un fracaso, no soy ni hombre ni mujer, todo me cuesta y además escribo sobre esto. Soy como una explosión sorpresiva y quiero que esa sea mi venganza”.

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