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Letras con mística

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Fabián Casas. Escritor de poesías, novelas y ensayos, karateca, periodista deportivo y artesano. Su estilo es la suma de todos esos riesgos que lo mantienen “en estado de pregunta”.

Fabián Casas, por teléfono, nos dice que sí, que está todo bien para hacer la entrevista pero que tiene que ser un martes o un jueves que son los días que no va a clases de karate. A lo largo de Ensayos Bonsai, su último libro, una especie de compilado de columnas publicadas en diversos blogs de amigos y en el Diario de Poesía, entre otros, ya aparece este interés por el milenario arte marcial. Una de las primeras cosas que dice en la charla es que la práctica del karate lo ayuda a controlar su melancolía.
Casas tiene 42 años y nació en Boedo. Fue al secundario en el Colegio Nacional 10 y se integró a un grupo del pc: “Nuestro jefe de círculo era Fabián Polosecki, yo entré porque era toda gente muy inteligente y me estimulaban, pero era un pc pro soviético. Si te querías fumar un porro, te expulsaban”. De esta experiencia vivida entre los años 80 y 83, Casas sacó La reacción, uno de sus ensayos bonsai. Allí explica que cuando el dieron el carnet de pertenencia al partido, le dijeron: “Cuidado, que no caiga en manos de la reacción”. El no sabía qué significaba eso y por temor a quedar como un tarado tampoco preguntó. Un día su padre descubrió el carnet y le dijo que se alejara, que era peligroso. Y ahí Casas entendió todo: su padre era la reacción. “Al tiempo me fui del pc porque tenía intereses múltiples que no se contemplaban. Había una vertiente más esotérica mía, de más incertidumbre. Las ideologías te impiden pensar; es mucho más fácil vivir en estado de respuesta que en estado de pregunta. Yo ahora vivo en estado de pregunta”.
A los 21, emprendió un viaje por el norte argentino, siguió hasta Bolivia, Perú, Colombia y se quedó seis meses en el Amazonas. Durante ese tiempo aprendió –entre otras cosas– a fabricar aros, pulseras y otras artesanías que vendía para vivir. Cuando volvió, se puso un puesto en el Parque Centenario e intentó seguir con la vida que había empezado en el viaje tres años antes, pero se dio cuenta de que quería tener una profesión. El recorrido sucedió entre 1986 y 1988. “Ya venía escribiendo para el Diario de Poesía y ahí estaba Jorge Aulicino, que me llevó al diario Clarín para que tenga un oficio”. En Clarín, Casas y unos amigos desarrollaron el diario Olé. Se fue cinco años después para la reinvención de El Gráfico y renunció cuando le pidieron que echara gente. Para la crisis económica post 2001, en bicicleta, Casas fue cadete en la fábrica de toallas de la madre de su mujer.
En su último libro dice que lo que hace interesante a un escritor es que tenga algo para decir. En el periodismo es parecido, ¿no? Aburre sólo contar lo que pasa y se vuelve más interesante cuando además hay una mirada sobre lo que pasa.
A pesar de que no me gusta dar talleres, di dos hasta ahora. En la primer clase del año pasado les dije: “Miren chicos si ustedes lo que quieren es ganar concursos, premios, vayan a Gran Hermano, no vengan acá. Yo quiero que trabajemos con riesgo, con peligro, con dudas”. Estaría bueno que exista un periodismo que se permita dudar, generar incertidumbre…

Escuchar la musiquita

Casas es un estudioso permanente: filosofía en la UBA, múltiples lecturas de filosofía china, rock, fútbol, literatura, cine, periodismo. Al escribir usa todo. Ahora está leyendo una biografía de León Tolstoi, autor de la célebre Guerra y paz y a raíz de esa lectura se le ocurrió escribir sobre las relaciones de pareja. Junta testimonios de sus amigos y empieza a “escuchar la musiquita”. Casas escucha una musiquita que es la que le indica que está listo para empezar un nuevo libro. Hay algo asombroso en Casas. Es un tipo místico, sentimental, real. No se avergüenza de decir ante sus amigos críticos de rock, que a él le gusta Joan Manuel Serrat. No le avergüenza que le digan que es grasa por eso. (Sí señores, los críticos de rock odian a Joan Manuel). “A mí me gusta porque lo escuchaba mi mamá cuando baldeaba el patio”, dice Casas. Así es: místico y barrial. En uno de sus ensayos dice: “Con la primavera llegó a mi vida un regalo de Dios que se llama Rita. Tiene tres meses. La otra noche estábamos en el parque y se puso a cavar un pozo, lo hacía con un convencimiento milenario, lo hacía con el corazón de la especie. De esa manera me gustaría escribir”.
¿Por qué dicen que es el último escritor de izquierda?
Estar a favor de la redistribución de la riqueza, a favor de que la seguridad es más educación y no más policía, que la gente tenga libertad para desarrollarse en lo que quiera, ésos son para mí pensamientos de izquierda. En mi caso, la lucha es por salir de lo que está etiquetado, glosado. A la derecha la asocio con el miedo. Cuando vos te convertís en una persona en estado de temor, te convertís en una persona de derecha. Intentás estar con gente que te dice todo que sí, que te da certidumbre de que vos sos alguien o algo, en vez de preferir estar con alguien que te cuestiona…
El encuentro
Hablamos de los celulares, de la publicidad y del mercado. En un momento Casas dice: “Algunos quieren ser esclavos”. Nos detenemos ahí. ¿Cómo es? “Es como dice Castaneda: a un guerrero nunca nadie le hace nada. No dice: el mundo me hizo esto, o lo otro. La autoindulgencia es uno de los peores males”.
¿Y cómo se hace para fugar de ese lugar de víctima del sistema?
Me parece que lo que ayuda es encontrarte con gente que te diga estas cosas, a mí me sirvió eso. Solo no aprendés nada. Siempre es con otros, el aprendizaje es algo colectivo y la literatura es algo colectivo.
¿Cómo sería una literatura colectiva?
Yo escribo con mis contemporáneos, con los muertos, escribo con todos. Por ejemplo Pedro Mairal sacó una novela que se llama El año del desierto, para mí es una novela hermosa, a mi eso me estimuló y me dieron ganas de escribir…

Algo parecido le pasó a muchos con Ensayos Bonsai, cuenta Casas: se inspiraron. “Para mí hay que atravesar todo, animarte a cometer errores. No tener miedo a hacer el ridículo, decir realmente lo que vos sos de verdad, escribir lo que vos querés decir. Los únicos que deberían estar preocupados por tener un público cautivo son los políticos y el Papa, porque sobreviven de eso, todos los demás no lo necesitamos”.
A Casas no lo va a encontrar en mesas redondas ni en la Feria del Libro. Está en contra de todo eso. Le parece que es una farsa “la retórica de la literatura”. Además no quiere ser un escritor de póster. Prefiere ser un escritor de la calle: “Quiero que me encuentren ahí”.

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