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Pollerapantalón: La banda de la esquina

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A falta de lugares para tocar decidieron tomar las calles, haciendo de la esquina de Florida y Diagonal Norte su propio estadio. Y allí grabaron su cuarto disco.

Viernes, cinco y pico de la tarde, Diagonal Norte y Florida. El sol todavía pega fuerte sobre el majestuoso portón del ex Banco de Boston, aun cubierto con chapas abolladas, recuerdo de cacerolazos y protestas de ahorristas. La gente sale de las oficinas, se amontona frente a la senda peatonal y aguarda el semáforo para moverse en malón, como una masa amorfa que tiene como único objetivo irse de ese lugar lo antes posible. Ceños fruncidos, caras transpiradas, camisas que se pegan al cuerpo. Faltan sonrisas, alegría…, falta música.
Pero ahí mismo, en el monumento a Roque Sáenz Peña, dos chicas pelan saxos (Andrea y Melina), un pibe saca unos platos (Limón) y otro una guitarra (Juan). Mientras ellas se quedan armando las artesanales ediciones de los discos, ellos van al bar de la esquina a buscar los equipos. Todo sea para elevar el sonido de las canciones por sobre las bocinas y los ruidos de los bondis. Llega el quinto integrante de la banda Simón (se pronuncia como en inglés: Saimon) con su bajo a cuestas. Todo listo para que empiece un nuevo show.

Prehistoria
Pollera Pantalón nace en octubre de 2005, “producto de una crisis existencial y económica de todos” dice Andrea. “Veníamos de tocar por separado en la calle y en diferentes bandas y necesitábamos seguir. Nos juntamos a ver qué pasaba y salimos a la calle. Empezamos por necesidad y hoy lo seguimos tomando así, como un laburo”, dice mientras el resto asiente con la cabeza. Y es que la banda tiene elementos característicos de cualquier trabajo “normal”, empezando por los horarios: tocan en esa esquina los lunes, miércoles y viernes entre las 18 y las 20, con un break en la mitad de la jornada.
El nombre no ofrece mensajes crípticos ni secretos a develar. Lo eligió Melina, y aunque las mujeres ocupen el primer lugar de la fórmula y sean las caras más visibles al momento de tocar, la cuestión de género no ocupa un espacio primordial. “Le pusimos así porque el grupo tiene hombres y mujeres, las mujeres usan pollera y los hombres pantalón”, dice Meli con una simplicidad envidiable.
Apenas formada la banda grabaron su primer álbum, Funk Latino a GoGo, “un disco bien caserito”, recuerdan. Y ese verano decidieron irse a tocar a la Patagonia. El destino fue El Bolsón, donde no podía haberles ido mejor: vendieron más de trescientas copias del disco, tocaron en la Fiesta del Bosque que convocó a 15 mil personas, y allí mismo grabaron su segundo disco, Vivo Lago Puelo. A fines de 2006 grabaron en estudio Como Loco, su tercer álbum, y también lo foguearon en el sur. Para este verano piensan tener nuevo disco, otro vivo, aunque esta vez lo grabaron en la misma esquina donde habitualmente tocan. “Nos gusta tocar en la calle porque podemos llegarle a gente que de otra manera nos sería imposible, podemos vender los discos en la calle sin tener de por medio una compañía, y además es una vidriera muy copada”, dice Andrea.
Todos coinciden en que la acción directa es la solución a un montón de problemas: la falta de lugares para tocar, lo difícil que es firmar contratos favorables con las discográficas, y los buitres que están a la orden del día cuando una banda empieza a convocar público. “Se puede hacer lo que a uno le gusta y se puede vivir de eso. Ésa es nuestra bandera: salir a hacer lo que tenemos ganas. Los espacios están, hay que buscarlos y ocuparlos”, arengan.
La masacre de Cromañón también tiene su lugar en esta historia. Cuando Pollera Pantalón empezó a tocar se escuchaban varios discursos. Entre ellos estaban quienes repartían culpas, y estaban quienes decían que no había lugares para tocar. “Frente a este panorama la mejor opción es organizarte vos mismo. Entonces nos dimos cuenta de que la calle era la mejor opción”, recuerda Meli. ¿Decisión política? ¿Último recurso? Sea como sea, no se quedaron quietos.
Me pregunto qué sentirá una banda cuando toca para oficinistas. “Está bueno, podemos cambiarles la cara de culo con la que salen de las oficinas”, dice Meli. Y Limón plantea una categorización curiosa: “Ojo que acá no hay sólo oficinistas, también hay mucha gente normal que se queda a vernos”. Lo cierto es que la música logra reunir en perfecta armonía un abanico de personajes bien diverso: vendedores ambulantes, jubilados, turistas, estudiantes y hasta vecinos (sí, en el microcentro también hay vecinos) que forman una suerte de anfiteatro alrededor de la banda. Claro que no todo es color de rosas. Siempre hay alguien que en lugar de cerrar la ventana tiene la pésima idea de levantar el teléfono y hacer una denuncia por ruidos molestos. “Nos labraron un acta contravencional. No conformes con eso nos quitaron los equipos por orden de un fiscal y recién los pudimos recuperar cuando llegamos a una mediación, en la propia fiscalía, con la persona que hizo la denuncia. Ahí tenés que ir a un acuerdo sí o sí porque la alternativa es un juicio que tarda mucho tiempo y nosotros sin los equipos no podemos trabajar”, relata Meli con lujo de detalles. Es que, como la mayoría, conocieron el Fuero Contravencional una vez que se vieron involucrados en uno de esos proceso kafkianos que el fuero exhibe como carta de presentación.
La música de Pollera Pantalón es bastante variada. Los temas son instrumentales y cruzan géneros disímiles como funk, ska o folklore nacional. Entonces un tango de Piazzolla se vuelve música disco, o la famosa pieza de Henry Mancini (el tema de La Pantera Rosa) muta a una chacarera. Todo con la energía de los saxos de las polleras acompañadas por un power trío de pantalones que marca los tiempos, formando un combo irresistible. “A veces pasa alguien con un instrumento y se pone a tocar o la misma gente que nos sigue se pone a bailar. En la calle puede pasar cualquier cosa”, dice Meli. Una de ellas es encontrarse con esta banda que, a pura potencia, logra sacar de la alienación a los peatones. Y les recuerda un detalle que no es menor: se puede trabajar feliz y vivir de lo que a uno le gusta. Sólo es cuestión de proponérselo y arremangarse los pantalones (y las polleras) para lograrlo.

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