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Miguel Bonasso, periodista y escritor: Realismo máximo

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Militó en los 70’, escribió los recuerdos de la ESMA, lloró a Walsh y escribió contra la minería. Fue amigo de Fidel hasta el final e íntimo de Kirchner hasta la mitad. Su último libro mezcla al “banquero de los Montoneros” con la CIA y los narcos. Por Facundo Pedrini.

1 de julio de 1974: muere Perón.

La redacción del diario Noticias permanece en silencio pero no se reconcilia con su último perseguidor.

-Que titule Populevich -sugiere el hombre de los testimonios definitivos.

Rodolfo Walsh se apoya sobre su escritorio e insiste:

-Vamos, Populevich, te toca.

Bonasso lo observa.

-El viejo nos volvió locos, pero el pueblo está solo. Hay que hablarles a los huérfanos. Vos escribí lo demás.

“Lo demás” fue un copete de 8 líneas que acompañó la edición de mayor tirada en la historia del periódico montonero. El título, una sola palabra:

Dolor.

¿El muerto que vive?

2017. Rodolfo Walsh está desaparecido desde hace 40 años. “Era un descuerdo. Era un Dios. Era un Dios lúcido”. Miguel Bonasso lo recita como una gloria mientras escucha llorar a Camilo, su hijo de 3 años, en la habitación del primer piso.

Después del 83, Bonasso enseñó a sentir en voz alta los gritos de la ESMA con la novela Recuerdo de la Muerte. Ayudó a fundar Página/12, diario del que fue corresponsal en Londres. Publicó El presidente que no fue y años más tarde El Mal: el modelo K y la Barrick Gold. Fue diputado Nacional por el Partido de la Revolución Democrática en 2003 y presentó diversos proyectos de ley, en su mayoría vinculados a causas ambientales. Ahora acaba de publicar El hombre que sabía morir, un thriller político que rescata un misterio resuelto por la historia antes de tiempo: plantea que David Graiver, el banquero dueño de Papel Prensa y financista de Montoneros, está vivo. Dice: “No se mató cerca de Acapulco. Fue reconocido por un torso velludo sin cabeza, jamás le practicaron un análisis de ADN y fue rápidamente cremado. Su cuerpo no era reconocible. El fiscal Morgenthau en Estados Unidos da fe de eso. A mí me lo confesó un ex jefe de Interpol México: Graiver no estaba en el avión que se estrelló en México. Se bajó en Houston”.

Con precisión de anestesista combina secretos de Estado, primicias y rumores en un texto que también incluye la historia del secuestro de una joven argentina en las playas de Cancún, que a su vez despierta una vorágine de espionaje que une Buenos Aires, México, La Habana y varias ciudades de Estados Unidos. En este ejercicio, Bonasso juega a ser Alejandro Dumas, mezclando figuras históricas con personajes inventados. Tal vez por eso su última obra es el único texto en donde -su amigo- Fidel Castro aparece como un personaje de ficción, y no como una figura de la Historia.

No pasarán

No hay pasado imperfecto, no hay pretérito perfecto simple si hay algo pendiente. El testimonio de Bonasso da cuenta de la necesidad de creer en una continuidad, aunque su voluntad quedó encerrada en los 70: “No puedo escribir sobre el Mago de Oz. Si escribo ficción lo vinculo con la historia, con mi propia historia y con la memoria. No se puede soslayar el dolor de perder a tus amigos de armas o de palabras. No eran solo desaparecidos: eran con los que ibas a morfar casi todos los días. Por eso a todos nos costó romper con la organización, porque era la fractura del alma lo que estaba en juego, no solamente Montoneros”.

Los tipos que titularon con sangre no tienen ojos: tienen portadas que no se reconcilian con nada: “Se intenta igualar las acciones delictivas con las acciones terroristas de Estado. Esto no es un fogón en donde todos tienen la culpa de que el fuego crezca: la reconciliación nacional es una invención de la derecha. No hay rencor, hay genocidio. La marcha del 2 x 1 es lo que más me alentó en los últimos años en la República Argentina. Hay un sector sano, que no va a dejar pasar a los monstruos. La sociedad nunca estuvo a favor de la dictadura. Fue un golpe cívico–militar constituido por sectores dominantes, no populares”.

De ninguna parte

No trabaja en ningún medio. “Eso se lo debo a la grieta. Primero me persiguió el kirchnerismo a raíz de la bronca con Cristina a partir de la Ley de Glaciares. Sacamos leyes como la de bosques que fueron fundamentales, y ella nos bajó el precio diciéndonos montoneros verdes, como si fuésemos militantes de Greenpeace. El desarrollo social no puede ser a cambio de veneno. La Barrick Gold nació como fachada de la CIA, y han perseguido y exiliado a todos los autores que han reparado en ellos. Soy el Trotsky del subdesarrollo. A su vez tampoco estuve con Macri y el macrismo también me persigue, desde la obturación. Tienen un ministro de Cultura que es un ex editor de Planeta y escribió un artículo que hablaba del relato falseado de los 70, que ahora venía uno autentico. ¿Cuál? ¿El de los represores? ¿El de Lopérfido?”

La casa de Bonasso no tiene estampitas: tiene calcomanías: “No al ALCA, Viva la Unidad de los Pueblos Latinoamericanos”, reza una pegada sobre la puerta que da a la biblioteca. Pegadas con cinta adhesiva cuelgan de su nuca las tertulias de 1973, en el restaurante De La Cruz con el fundador del diario Crónica, Héctor Ricardo García. Después de cada cierre, cuenta, comparaban tapas: la más alejada del pueblo pagaba la cuenta. “El gallego pedía que le lleven el teléfono a la mesa para putearse con toda la redacción”. Timerman, director de La Opinión, lo acusó de ser el “contrabandista de ideas” porque sus interlíneas se justificaban lejos de las editoriales: “Jacobo hacía diarios de derecha con gente de izquierda. Jamás me echó porque ese contrabando lo favorecía”. Con Walsh llegan las valoraciones definitivas, los entredichos judiciales con Verbitsky y su gran cuenta pendiente: “Rodolfo era el mejor de todos. Era diamantino. Su lealtad iba por un lado y su inteligencia, por otro”.

Remata: “Trato de dialogar desde el realismo. Eso no es volverse pragmático: el realismo es transformar. Han variado las formas, pero no el comportamiento. Ser viejo no me hizo conservador, no podés cambiar la realidad si no la intentás entender. Al horror se llega antes de lo que uno piensa y para lidiar con eso necesitamos periodismo. El periodismo molesta, el resto son relaciones públicas. Lo que no molesta, es canapé”.

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