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La nuestra: Mónica Santino, referente del fútbol femenino

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Una historia increíble de militancia feminista, lesbianismo y fútbol, de San Isidro a la Villa 31. Cómo distribuir el juego y empoderar los cuerpos. POR DELFINA CORTI
Mónica Santino creció en una casa fanática de Vélez. A los tres años, en el 68, festejó junto a su papá y su abuelo el primer campeonato del equipo de Liniers. Las canciones de cancha y de Vélez están dentro del repertorio de sus primeros recuerdos felices. “Mi primer recuerdo que tiene que ver con la felicidad tiene relación con el fútbol”, recuerda.
A los 6 años, el fútbol dejó de estar centrado únicamente en las salidas domingueras para ir a la cancha. A Mónica le atrajeron los picaditos que se armaban en la esquina de su casa, en las calles de La Calabria, un barrio italiano que quedaba en San Isidro, el barrio donde creció. El amor por el fútbol, según ella, se fue armando así: picadito tras picadito. Y, ya de chiquita, se hizo un lugar en esos partidos de hombres.
Cuando creció, jugar al fútbol dejó de encajar en los patrones culturales. Pero nunca dejó de jugar. Primero, rodeada de hombres donde se autopercibía como la única mujer que jugaba al fútbol. Más tarde, como jugadora de All Boys, donde cumplió el sueño de jugar cuatro campeonatos de AFA. Y más tarde como entrenadora, profesión que tiene su última parada en la Villa 31, con el equipo de fútbol femenino La Nuestra.
¿Cuándo tomaste conciencia de que jugar al fútbol no era tan solo un deporte, sino también un lugar de militancia?
Cuando fui creciendo empecé a tener las primeras resistencias, incluso contradictoriamente, de los mismos que me habían impulsado a jugar,: mi viejo y mi abuelo. Cuando mi cuerpo cambió ya no quedaba tan bien jugar al fútbol. A ellos les daba vergüenza la mirada ajena y yo lo sufría, me escapaba para jugar igual, pero no tenía conciencia política. La conciencia política la adquirí con la vuelta de la democracia, cuando me empiezo a enterar de muchísimas cosas que yo no sabía que habían pasado por vivir en una burbuja como era en aquel momento San Isidro y el colegio de monjas al cual fui. A medida que tomo conciencia de eso, me doy cuenta de que mi orientación sexual también era diferente. Entonces, la primera conciencia política la tengo cuando me doy cuenta de que enamorarme de mujeres era un problema. Para mí, era una situación de aislamiento como lo que me ocurría con el fútbol: soy la única jugadora de fútbol, soy la única mujer a la que le gustan las mujeres. No tenía vínculo con ninguna realidad parecida o similar. La conciencia política la empiezo a adquirir en aquellos años, precisamente cuando en el 89 me uno a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA).
En ese espacio y durante seis años, Mónica arrancó una militancia que la distanció del fútbol hasta 1995, cuando se juntó con un par de compañeras y armaron plantel en All Boys. Durante cuatro años compitieron en AFA: “Yo usaba la 5. Como jugadora, me gusta tratar bien a la pelota. Distribuía el juego y ordenaba al equipo adentro de la cancha”.
En 1999 dejó de jugar al fútbol y estudió para ser directora técnica. Cuatro años después, luego de varios intentos por abrir sus propias escuelitas de fútbol femenino, le llegó la oportunidad de ser entrenadora en el Programa de Fútbol Femenino de la Municipalidad de Vicente López. “Fue mi primer laburo rentado como directora técnica porque hasta ahí yo había tenido intentos de poner escuelas de fútbol, pero nunca pude sostenerlo durante mucho tiempo”, cuenta. “Ese programa se ideó en el 94 con un estudio de trabajadoras sociales quienes descubrieron que en las zonas de pobreza las pibas elegían jugar al fútbol pero no tenían dónde jugar. Y cuando recorrían los clubes, la oferta para las mujeres era patín. Por lo tanto, se elaboraron entrenamientos de fútbol y cuestiones de grupo sobre cómo deconstruir el estereotipo de género. Esa experiencia me sirvió para pararme desde otro lugar y para empoderarme como directora técnica, porque si no parece que es un hobby, cuando ser entrenadora es una profesión. Fue una bisagra porque pude mirar el fútbol con perspectiva de género. Ahí adquirí conciencia política y pude comprender cómo el fútbol podía, puede, emparentarse con el feminismo”.
Su segunda experiencia como entrenadora llegó en 2007, cuando en un certamen de los Juegos Evita el equipo de Vicente López se cruzó con un equipo de la Villa 31 dirigido por una entrenadora norteamericana: “Estaba terminando su tesis como socióloga y no le entraba en la cabeza que en un país futbolero como el nuestro las pibas en el barrio no tuvieran acceso al deporte. Se tenía que volver a su país ese año. Le encantó lo que hacíamos en Vicente López y me pidió que me hiciera cargo de ese grupo. Le dije que sí”.
La norteamericana se fue ese mismo año y dejó a Mónica en medio de una cancha de tierra con cascotes y sin alambre, pero con 15 chicas con ganas de fútbol. “Me llevó un año generar un vínculo. En el barrio es muy importante no dejar de ir, generar una presencia: la gente está harta de quienes vienen y se van, que prometen y se van, de la no construcción: el laburo social merece otro compromiso”.
En ese primer año en la 31, además de generar un vínculo, se abrió otro desafío bien concreto: apoderarse de una cancha. Mónica: “Al principio, mientras jugábamos, los pibes jugaban alrededor nuestro, pateaban por arriba de nosotras o pasaban en bicicleta. Nos fuimos convenciendo de que el lugar nos correspondía. Nos parábamos martes y jueves de 18 a 20, horario histórico que todavía conservamos, lloviera o saliera el sol. Y cuando empezamos a ser más, los hombres empezaron a correrse. Hoy hay veces que tenemos que pelear con los pibes, pero está instalado en el barrio que el Güemes es la cancha de las mujeres ese día y ese horario.
¿El nombre La Nuestra Fútbol Femenino cómo nació?
En un comienzo, el equipo se llamaba Las aliadas de la 31. En 2014, hicimos una alianza importante con un colectivo feminista Comunidad de Conchudas Insurgentes que son las que se hacen cargo de la parte de educadoras y trabajadoras sociales. Pudimos sistematizar así el laburo en una asociación civil y le pusimos La Nuestra. El nombre surgió de un diario que hacíamos con dos compañeras más en la época en la que jugábamos en AFA, año 97 más o menos, cuando no existía dónde enterarte lo que ocurría en el fútbol femenino. Lo repartíamos gratuitamente los miércoles en las reuniones de delegados en AFA. El diario se llamaba La Nuestra y refería a ese dicho de “morir con la nuestra, con nuestro estilo de juego, no importa ganar o perder”.
¿Cómo contribuye el fútbol en la autopercepción del cuerpo en las mujeres de la Villa 31?
Las mujeres en el barrio están educadas,en formato de maternidad. Lo primero que aprenden son tareas domésticas o tareas de cuidados a hermanitos más chiquitos, por ejemplo. Después, el tipo de alimentación en el barrio es de mucha harina, mucho frito, entonces los cuerpos pasan en la adolescencia a una especie de adultez donde la tendencia es a amatronarse. Y no hay una libertad en absoluto sobre ese cuerpo. El fútbol ahí tiene un rol fundamental porque podés interpretar que tenés el cuerpo para otra cosa, que hay cosas que siempre te dijeron que no podés hacer, y podés hacer. Entonces las pibas llegan, la mayoría tiene la cabeza agachada, mira al piso. Ahí ya el fútbol funciona como algo descontracturante porque lo primero que tenés que hacer es levantar la cabeza para pasar la pelota. Cuando le das un pase a una compañera también entendés que podés construir con mujeres, que las transformaciones son colectivas, que no dependen de vos sola: ganar la cancha, echar a los varones para jugar, que en caso de tener un hijo, la pareja se puede quedar cuidando a los pibes mientras vos jugás. Tenemos un cuerpo que puede hacer más cosas y quizás la maternidad no sea el único destino. Y también un cuerpo empoderado que aprenda a ser agresivo. El fútbol te da herramientas para interpretar que ese cuerpo está hecho para un montón de otras cosas.

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