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La hora del estoico

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Crónicas del más acá

Llegó mi escritor preferido a la Feria del Libro y, por supuesto, resigné ir a verlo. Hice bien, porque leí las pavadas que dijo, como si no pudiera sobreponerse a la imagen frívola y estereotipada que con tanto trabajo construyó para conseguir hacer mucho dinero.
Para conocer realmente a Wolfe no hay que ir a la Feria del Libro, sino revolver las librerías de usados, que ofrecen por 10 pesos su mejor novela, Todo un hombre. Wolfe escribió esas 762 páginas como la crónica de una caída. Narrativamente, ésa es su hazaña. Lograr que un hecho vertiginoso pueda transformarse, a su vez, en un relato minucioso. Sin embargo, esa fascinación que puede ejercer su estilo tiene en este libro un objetivo concreto: describir (y aquí hay que darle a la palabra toda su acepción y méritos) el estado de los hombres y de las cosas.
“El honor son las cosas que tienes”, dice en algún momento Charlie Croker, 60 años, sureño, musculoso, millonario, tosco y poderoso protagonista de esta novela. Su contracara es Conrad Hensly, un noble y hermoso ejemplar de 23 años, casado, dos hijos, que gana 14 dólares la hora doblándose la espalda en los frigoríficos de Croker. Todo lo que añora Conrad es una casita y para lograrla está dispuesto a soportar lo insoportable. Por supuesto, no alcanza. Como no alcanza la fortuna de Croker para ponerlo a salvo de los tiburones bancarios que lo acechan.
Hombre rico y hombre pobre se sumergen en una loca carrera hacia el vacío hasta encontrarse, cara a cara, a diez centímetros del piso cuando el impacto ya parece inevitable. Hasta tanto, Wolfe ha apuntado cada uno de sus padecimientos, humillaciones y bajezas. Cada capítulo es un match sangriento y desesperado que degrada, a mazazos y a su turno, a Croker o a Conrad. Como una picadora de carne, el estilo Wolfe es implacable y mecánico. Siempre preciso. A veces, irónico. Jamás tierno.
Por cierto, no es Wolfe, sino la sociedad que retrata la que produce semejantes sufrimientos. Si para ser más hombre hay que tener más y más, ¿cómo evitar dejar de serlo cuando se tiene cada vez menos? Wolfe tensa la cuerda para poner la construcción de esa identidad en un aprieto. Entonces, cuando sus personajes están a diez centímetros del piso y abajo ya no queda ni quien sostenga una escoba para barrer sus añicos, aprieta el detonador y logra, no ya destruir a sus personajes, sino el precipicio.
Es probable que el recurso al que echa mano Wolfe parezca delirante. Es más que probable. Porque con una excusa arbitraria (un error que coloca en manos de Conrad un libro que nunca pidió y que devora en la cárcel a la cual fue a parar luego de un episodio injusto) convierte a los filósofos estoicos, en general, y a Epícteto, en particular, en los grandes subversivos modernos. Es como si Wolfe dijera: si este pensamiento sirvió para soportar y desafiar a Nerón, ¿cómo no va a ser útil para enfrentar al imperio moderno?
Según el Diccionario filosófico de Ferrater-Mora, el estoicismo –un conjunto de doctrinas filosóficas, un modo de vida y una concepción del mundo– es una escuela que conquistó gran parte del universo intelectual y político romano. El primer imperativo ético de los estoicos es simple: vivir conforme a la naturaleza. El segundo imperativo es aun más sencillo: hay que distinguir entre las cosas que dependen y las que no dependen de uno. “El hombre debe concentrarse en las que dependen de su voluntad para conseguir la verdadera dicha y sosiego frente a las falsas opciones y a la intranquilidad producida por la apetencia de bienes”.
Así las cosas, es fácil entender por qué Croker y Conrad se unen para convertirse en modernos discípulos de Epícteto, capaces de enfrentar a todos (jueces, políticos, banqueros, familia) con la tranquilidad de aquel que ya no le importa perder todo porque no necesita nada. La hombría o, mejor dicho, sus íconos más promocionados (valor, coraje, honor) se reducen así a la capacidad para enfrentar el oprobio, la escasez, incluso el ridículo sin perder, por eso, la identidad más íntima y verdadera. Como le hace resumir Wolfe a Conrad: “Todo lo demás es temporal y pasajero. Si uno comprende esto, ya no se queja, ni gime ni le echa la culpa a los demás de sus propios problemas”.
La sospecha de una política de la resignación es algo que desde siempre persiguió a los estoicos y que el propio Ferrater-Mora se encarga de aclarar en su diccionario: “Se podría hablar de toda una teoría de la resignación si los estoicos no hubiesen contribuido a ejercer la crítica social y abogar por cambios en los períodos más duros de la historia”. Wolfe no aclara nada al respecto. Sólo arriesga que hay dos finales posibles. En un comentario refiere a Croker como un predicador que recorre las ciudades llamando a la gente a desoír la tiranía de la sociedad de consumo. En otro, menciona que el Canal Fox le propuso un programa que llamaría La hora del estoico.
Entre la opción épica y la paródica ya no hay ningún abismo.
Así de frágil es el futuro según Wolfe.

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