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Tierra extraña

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Crónicas del más acá. Por Carlos Melone.

Saavedra es un pueblo ligeramente recostado sobre el Sistema de las Sierras de la Ventana. Hay distancia entre pueblo y Sierras, pero no demasiada.

Sus pobladores dicen que están “del otro lado” del Sistema de Ventana, pero como nunca entendí qué significaba, me mantendré en silencio.

En el pasado, hasta la llegada del califato de Carlos Saúl I, Saavedra fue un importante centro ferroviario. Una enorme playa de maniobras es un testimonio silencioso de aquello. 

En el presente hay una pequeña plaza junto a la estación adonde trasladaron una vieja locomotora a vapor que se mantiene muy bonita. Una vieja dama ya retirada, elegante y robusta.

Todo es un recordatorio más, no solo del tiempo pasado sino de la tragedia que sucedió con el califato del que te dije, hoy reivindicado por algunos como si se tratara de un héroe nacional.

Una tierra extraña la nuestra, de oleajes y susurros que confunden a propios y extraños.

Saavedra es pequeño y muy tranquilo. No diré que parece desierto, pero estoy tentado de hacerlo.

Nos alojamos en un hotel de porte venerable, piso de granito impecable, mampostería de un grosor para enfrentar terremotos y fuimos atendidos amablemente por una señora que nos ofreció diferentes precios por la habitación: con factura, sin factura, con tarjeta o rabioso efectivo, negro como la noche tormentosa.

Adivinen cuál era el precio más económico.

Nos dieron una habitación tan pequeña que para respirar había que hacerlo por turnos, pero sobrevivimos.

Al menos eso creo.

A la noche cenamos en una pizzería tan desabrida como masticar una hoja de lechuga.

Después uno anda rezongando de las pizzerías del Conurbano Sur. 

La injusticia y la valoración equívoca se abrazan en la pampa rota por las serranías modestas de la Provincia de Buenos Aires.

A la mañana siguiente salimos a pasear. Se abría un hermoso camino de tierra que conducía a una ermita de la virgen de no sé cuánto y al Abra de no sé dónde. Fuimos en esa dirección.

Al costado del camino, las nubes se recostaban sobre las cumbres del Sistema Serrano, un manto gris y esponjoso fascinante mientras el sol intentaba abrirse camino sin éxito. Nos detuvimos a admirar el paisaje en medio de un silencio atronador.

Unos instantes para detenerse en el mundo y para detener al mundo.

En un desvío, un cartel indicaba la presencia cercana de la ermita.

Ninguno de los dos que habitábamos el auto somos gente religiosa ni siquiera por error, pero la curiosidad suele producir efectos alucinógenos.

Eso me dijeron.

Fuimos.

Un complejo turístico muy coqueto y completamente cerrado al pie de una pequeña elevación donde no había nadie. Algunos caranchos sobrevolaban el cielo por lo que la cosa se ponía inquietante si uno es sugestionable.

No diré más al respecto.

Dejamos el auto y subimos con alguna dificultad entre una arboleda poco hospitalaria y piedras y desniveles del piso que generaban condiciones propicias para la rotura de la carrocería personal.

Tras un corto pero intenso trayecto llegamos a la ermita mientras me preguntaba como harían en las peregrinaciones las personas con dificultades motrices ante un trayecto tan accidentado.

Una amplia y cómoda escalera con una rampa a su costado, a unos 20 metros de donde subimos, nos ofreció la respuesta.

Me pareció que la virgencita sonreía ligeramente. ¿Habrá lugar en el paraíso para los pelotudos?

Nunca se sabe.

Al purgatorio lo cerraron hace un tiempo.

Disfrutamos un rato de la soledad y una vista muy bella y bajamos (por la escalera) a nuestro auto.

Los caranchos parecían un poco decepcionados.

Nunca cruzamos humano alguno.

Retomamos el camino rumbo al Abra de no sé dónde. El camino empezó a angostarse y aparecieron tramos de un barro blando, fresco que hizo poner el auto de costado en más de una ocasión.

La cosa se ponía divertida porque eran tramos cortos y la base del camino estaba firme así que se surfeaba un poco. A los márgenes del camino aparecían entradas a estancias y algunos bosquecillos muy cerrados cuya sombra volvía al barro más intenso.

Tras unos kilómetros los tramos de barro chocolatoso se empezaron a poner desafiantes por lo que resolvimos pegar la vuelta. Tampoco era para hacerse el piloto de rally o un experto en off road con un Renault Stepway.

Por supuesto que ocurrió lo que ocurrió: en un suave subida, el auto se quedó en el mismo lugar. No se afirmaba y por lo tanto no subía. Ni bajaba.

Como alguna gente que conozco, se quedaba siempre en el mismo lugar.

En los alrededores no había ni un perro que ladrara.

No estábamos encajados: simplemente el auto no subía la suave trepada embarrada. A 50 metros estaba la tierra seca.

Marcha atrás y luego adelante. Nada.

Bajamos la presión de las gomas. Nada.

Metimos ramerío de un bosquecito a la vera del camino bajo las cubiertas. Nada.

Metimos unos cartones que tenía en el auto, también bajo las cubiertas. Nada.

Entonces recordé que tenía una vieja manta en el baúl. Probamos y con mucho trabajo, el auto trepó con un pequeño detalle pintoresco: mi amigo estaba atrás del auto y cuando se acercó a empujarlo, yo aceleré y en escasos segundos quedó convertido en el Golem.

Y yo, astuto como una ardilla consumiendo sidra, bajé la ventanilla del auto de mi lado, vaya uno a saber por qué.

Las malas lenguas dicen que para ver cómo se agarraba la cubierta lo cual tenía una utilidad equivalente a cero.

Pero no hagan caso de todo lo que escuchan. Hay gente malvada en el mundo.

Sospecho de la virgencita y una revancha por mi agnosticismo.

Aproximadamente media tonelada de barro entró en un instante dentro del auto.

Cuando trabajosamente detuvimos el auto en la parte de tierra seca, el aspecto compartido era completamente extraterrestre.

La tentación de risa fue tan grande que durante unos cuántos minutos no hicimos nada, ni siquiera el ademán de limpiarnos.

Como corresponde a cualquier mala película, unos 10 minutos después apareció un enorme tractor y su conductor, rigurosa boina y bombachas al tono, se detuvo para preguntarnos que necesitábamos, además de una ducha.

Tarde, amigazo.

Empezó a lloviznar suavemente por lo que sin dudar y hechos un asco, nos subimos al auto y volvimos rapidito, cruzados y a las chapas porque si se largaba fuerte no volvíamos nunca más.

No ocurrió.

Unos minutos de llovizna y luego, finalmente, el maldito sol se abrió paso.

Vírgenes con media sonrisa.

Caranchos decepcionados.

Dos marmotas de barro hasta el ocote.

Un toque de naturaleza.

Una tierra extraña donde siempre pasan cosas.

Como todas.

Como ninguna.

Qué se yo…

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Las cosas que hay que hacer para trabajar: el nuevo documental de lavaca

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Así se llama esta nueva realización que retrata el mundo de la autogestión a través de ocho capítulos en los que se abordan experiencias recientes de diferentes cooperativas que lograron recuperar empresas vaciadas o quebradas por las patronales. ¿Cuál es su relación con lo político, lo económico, lo social, lo cultural y la actualidad? Con producción integral de lavaca y dirigido por Patricio Escobar (autor del documental La crisis causó 2 nuevas muertes, entre otros), el trabajo refleja a un movimiento que después de más de 20 años crece, se proyecta en nuevas generaciones, genera empleo donde no lo hay y presenta propuestas para hacerle frente a la crisis, los monopolios, el individualismo y la desesperanza. Este y todos los artículos de esta edición sobre la actualidad de las empresas recuperadas fueron investigados, producidos y elaborados por Lucas Pedulla.

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La combustión del aceite: Cooperativa Aceitera La Matanza

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Alberto Fernández la visitó en 2022 como símbolo de un apoyo al movimiento autogestivo que después no se terminó de concretar. Su historia: recuperaron una empresa de tres hectáreas y media durante el primer año del macrismo, soportaron la violencia del desempleo, y el costo de poner en marcha el sueño cooperativo. Hoy cosechan sus frutos: mayor producción, más fuentes de trabajo y retiros que están por sobre el convenio de los aceiteros.

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Dulce de lucha: Cooperativa de Trabajo Mielcitas

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Fabrica alfajores, galletitas y dos populares golosinas: los Naranjú y las Mielcitas. De 88 integrantes, 66 son mujeres. Fue vaciada a partir de 2018 y después, para colmo, la pandemia. El rol de los sindicatos, la izquierda y los medios visto desde quienes quieren volver a trabajar. Frase patronal: “¿Cómo hacen estas negritas para seguir viviendo?”. La cooperativa mejoró la calidad de la producción, y recuperó el apoyo de los clientes. El secreto del orgullo. 

Las mujeres, al frente de la producción. Resistieron al vaciamiento y a la inacción del Estado. Formaron una cooperativa. Celebran que ahora pueden ir al baño y tomar mate cocido mientras trabajan. Apuestan a dejarle la empresa a sus hijos y familiares, para seguir criando autogestión. Fotos: Sebastián Smok
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LA ÚLTIMA MU. Crecer, crear, cooperar

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