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Ciudad futura: Urbanismo feminista

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Dos colectivos que proponen ideas hacia un urbanismo feminista se reunieron en MU para presentar un libro y germinar ideas sobre ciudades inclusivas, cuidadoras y participativas, con menos cemento y especulación. Propuestas, y cómo usar lo abandonado para vivir mejor. LUCÍA AÍTA

«Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra”, nos advertía Italo Calvino en Las Ciudades Invisibles. Varias décadas después, estamos en Mu Trinchera Boutique y literalmente no entra un alfiler. La convocatoria es por la presentación de un libro con título en turquesa: Urbanismo Feminista. El 90% del público abarrotado aparenta poder ser etiquetado como mujer. Como planteaba Calvino: toda cosa oculta otra. La presentación es en realidad un encuentro entre dos colectivos feministas y múltiples seres con un interés y una preocupación común: la transformación radical de los espacios de vida que habitamos.
Los colectivos convocantes, hermanados y enredados son entonces: la Ciudad del Deseo y Col-lectiu Punt 6 (autoras del libro).

El primero es un grupo de más de veinte profesionales de distintas áreas (arquitectas, geógrafas, historiadoras, antropólogas, etc.) que trabajan alrededor de la ciudad desde su dimensión física, política, simbólica y en clave transfeminista y se juntaron al ritmo del último 8M porteño.
El segundo, como delata su nombre, es catalán. Col-lectiu Punt 6 es una cooperativa de arquitectas, sociólogas y urbanistas (formada por Roser Casanovas, Adriana Ciocoletto -foto-, Marta Fonseca, Sara Ortiz Escalante y Blanca Valdivia -de negro en la foto-). Con más de quince años de experiencia, Punt 6 es actualmente una de las referencias fundamentales de la crítica y la práctica de lo que llaman urbanismo feminista. “La colectiva es una cooperativa de trabajo feminista. Para nosotras es una pata política muy importante ser cooperativa porque queremos intentar transformar la realidad desde otra economía. Somos amigas, vecinas, parejas, familia. Somos intensas, nerviosas, relajadas, inseguras, rigurosas, entusiastas, motivadas, somos colectivas”, se presenta Adriana Ciocoletto, arquitecta argentina recibida en la FADU pero radicada hace más de veinte años en España. Adriana explica cómo llegaron a autodenominarse feministas: “Teresa del Valle, una antropóloga con la que compartíamos una charla, un día nos dice casi enojada que lo que hacíamos no era perspectiva de género. Esto es feminismo, nos dijo tajante casi como un reto. Nosotras todavía nos sentíamos muy ninguneadas en el mundo de la arquitectura planteando esta transformación. Así comenzamos a plantarnos desde el feminismo. Por suerte, al libro lo escribimos en un momento dulce de nuestra historia en el que ya podemos nombrarnos convencidas de que esto es necesario”.

En estos últimos años dieron talleres, elaboraron guías, ofrecieron auditorías y consultorías urbanas. Todo con la idea de impulsar “transformaciones para vivir en ciudades más inclusivas”, como afirma Blanca Valdivia al tomar el micrófono.

¿Cuándo es el momento?

Es muy emocionante esta convocatoria, algo impensado hasta hace muy poquito”, dice emocionada Ana Falú. “En el 86, nuestra red de América Latina era sospechada de proponer algo imprudente. Eran temas de los bordes. Estudiar el vuelo de la mosca era más importante que visibilizar a las mujeres y otros cuerpos no masculinos como sujetos sociales”. Ana es tucumana, activista de derechos humanos, investigadora de CONICET en gestión habitacional y una de las pioneras en Argentina en reflexionar sobre la posibilidad de crear y planificar ciudades sin violencias. “Pero la nueva ética se impuso y ustedes son las que empujan la ética del feminismo en la calle”, continúa Ana con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Qué significa esa nueva ética? Define: saber articular los derechos no solo desde elaboraciones académicas sino desde la acción social colectiva.

La charla parece por momentos una asamblea más que una presentación. Todas las que toman el micrófono aclaran en palabras más o menos similares que “urbanismo feminista” es un concepto aún (y en sintonía con el tema) en construcción. Y que lo feminista implica la búsqueda de igualdad de oportunidades en un mundo cruzado por la violencia y la desigualdad. Coinciden en que “ahora es el momento”, como titula su prólogo Zaida Muxi, directora del Máster Laboratorio de la Vivienda del Siglo XXI de la Universidad Politécnica de Cataluña.

El cuidado y lo público

Qué significa en términos prácticos el urbanismo feminista? De la charla y el manifiesto, algunas posibles respuestas:
Se trata de una planificación urbana que pone la vida en el centro sin que sean más importantes las ganancias financieras que la vida de las personas. “El enfoque es el urbanismo comunitario porque si no parece que solamente los ingenieros y arquitectos pueden hablar. El urbanismo se hace en la calle. Proponemos desjerarquizar, despatriarcalizar y recién ahí territorializar las ideas. Que puedan decir qué es lo que necesitan las personas que van a vivir allí”, dice Blanca.

Se debe contemplar la diversidad de realidades, no en estadísticas universalizadoras. Las consultas populares y sus propuestas son fundamentales.

La creación de conocimiento es colectiva, no individual. “Somos cinco mujeres elaborando juntas cosas que serían imposibles de manera solitaria”.


El urbanismo feminista busca romper la dicotomía público-privado. “No es algo novedoso pero ese dualismo es el que ha provocado una distancia social y territorial que hay que cuestionar para cambiar. Que no tengas ningún tipo de espacio donde relacionarte es un problema. Si no hay espacios de apoyo y encuentro es muy difícil, por ejemplo, hasta la relación entre feministas”.

Otra idea incipiente: la ciudad cuidadora. Blanca imagina: “Una ciudad que permita cuidarte a ti misma, a otras personas y que ellas te cuiden. Que se comprenda que movilidad, vivienda, participación y seguridad son variables que se entrelazan. Es necesario hacer un cambio radical del paradigma urbano actual y superar el sistema de valores patriarcal y colonial que solo piensa en cemento y ganancias”.
Otro rasgo: la autocrítica permanente. Blanca abordó el porqué: “No podemos ser autocomplacientes. Tenemos que seguir en continua transformación y no considerar que ya tenemos todas las respuestas. Nuestro manifiesto intenta ser propositivo pero aclara eso. Y también hay varias batallas: ir de la mano de movimientos ecologistas; integrar temas de salud en la arquitectura; ser abiertamente antirracistas; y superar el binarismo de género. No es poca cosa”.

No se pueden dar muchos ejemplos de políticas estatales que hayan tomado los postulados del urbanismo feminista. Pero un comienzo en esta línea es implementado en Uruguay: el Proyecto FINCAS establece que una propiedad abandonada cuya deuda municipal supera el valor impositivo, da derecho al municipio de reclamar la apropiación. “Así se usaron propiedades abandonadas para conventirlas en viviendas para mujeres y diversos tipos de mixtura de familias. Permite nuevos criterios. Pensar, por ejemplo, en la existencia de una casa trans y en lugares para la juventud” dice Ana, para mostrar que ese futuro es algo posible, y que ya llegó.

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