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Insurrectas: activismo gorde

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La coquetería, la industria, el amor propio, el consumo. La sanción de la Ley de Talles llevó diez años y puso en evidencia un tema eterno: la discriminación y el ataque a los cuerpos gordos que no cumplen la norma establecida. Pichi, Insurrecta y Lemon son modelos, actrices, performers. Sus historias, tristezas, rupturas, y la reivindicación de la libertad de ser y expresarse. ANABELLA ARRASCAETA

Usan bodys negros de encaje y transparencias, polleras, aros grandes, maquillaje. Caminan juntas por un pasaje angosto a menos de 300 metros de Plaza Congreso. Y posan ante la cámara. Saben cómo hacerlo. Usan su cuerpo como herramienta de comunicación. Así también eligieron lo que llevan puesto. “Vestirse es una manera de mostrar identidad”, dice una de ellas, días después de la sanción de la Ley de Talles. Buscan los ángulos y las curvas que quieren mostrar. Clavan la mirada y afilan la lengua.

Son un tiempo presente en el que tuvieron que aprender a convivir con la discriminación y, cuentan, hasta con el odio. Son un futuro que llegó y que muestra de qué modo muchas veces la sociedad, el mercado y la cultura han sido capaces de ensañarse. Como lo personal es político, Jimena Carol, o Pichi, explica: “Con el activismo gorde elegimos visibilizar lo que pasa desde lo social y lo político en torno a tener un cuerpo disidente”. Tiene 32 años, es cocinera, bailarina, actriz, performer y modelo.

Y define: “La sociedad y la industria piensan solamente en un determinado tipo de cuerpo. El activismo gorde es la posibilidad de decir: ‘hola, estamos acá y queremos vestirnos, sentarnos en el bondi, naturalizar el deseo’. A partir de que una empieza a aceptar la posibilidad de otros cuerpos, y a aceptar el propio, es mucho más fácil poder pensarse socialmente no como una disidencia, sino como una ciudadana”.

Coquetería en cofre

Se suman al encuentro Corina Lagos (que prefiere llamarse a sí misma Insurrecta, 26 años, actriz, performer, modelo) y Ariadna Huergo Dubini (o Lemon, 25 años, modelo, fotógrafa y poeta). Las tres comparten el ritual de elegir qué body usar, cuál peinado hacerse, cómo maquillarse.


Es mediodía en casa de Pichi, podría ser una noche de fin de semana de amigas adolescentes, pero no: para ellas, de adolescentes, compartir la ropa no era opción. Entonces Insurrecta saca un pequeño cofre con todo tipo de accesorios. Pichi redobla la apuesta, saca un cajón, y dice: “Cuando una piba es coqueta, si es de talle regular puede tener muchos vestidos, jeans, tops. Pero cuando sos gorda, y en los comercios no encontrás nada para vos, ser coqueta se traslada a objetos que no dependan del talle. Es más probable que puedas elegir tus zapatos o tus aros, y no tu ropa”.

Un ejemplo: Lemon empezó a comprarse maquillaje mientras sus hermanas elegían vestidos. “Fue mi manera de sentirme linda. Hoy, nosotras tres somos modelos y nos cuesta más estar con ropa que sin ropa. Estamos más cómodas con nuestra corporalidad que con algo que no nos entra”, sentencia.

Mientras se prestan y prueban polleras, todas coinciden: “Queremos que exista una adolescencia que admita amigas gordas”. Hasta la palabra amistad entra en juego en esta historia. El relato hilvana recuerdos, dolores y rabias.

Lemon y el corazón roto: “De adolescente no era gorda pero tenía una corporalidad grandota. Sin embargo me sentía más disconforme con mi cuerpo. De eso hablábamos con mis amigas. Pero pensaba: ‘si ellas que son flacas se ven gordas, ¿cómo me ven a mí?’. Siempre fue la mirada del otro lo que jodía. A los 19 años sufrí mi primer corazón roto, mi papá me dijo: ‘Así de gorda no vas a volver a tener novio’. Me puse muy mal. Mis tías me dijeron que podía ir a un lugar para bajar de peso. Bajé 20 kilos en tres meses. Me pesaba todos los días. Empezás a volverte obsesiva. Fue una época fea. Me siento mucho más liviana ahora”.

Insurrecta y una biografía: “Cuando nací mi mamá había comprado todo talle cero, porque tengo dos hermanas mayores que habían pesado dos kilos y medio. Yo pesé cuatro kilos y medio. La ropa talle cero me duró un día. Eso me marcó toda la vida. En el jardín de infantes les llevaba una cabeza y cinco rollos a mis compañeritos. Tuve una existencia gorda que se fue transformando por dieta y depresiones pero nunca tuve un cuerpo hegemónico. Cuando era adolescente quería seducir para pertenecer. Me fajaba la panza, tenía fajas de todos colores y tamaños. En un momento adelgacé mucho porque me separé: birra y pucho todo el día. Y la gente me decía: ‘qué linda que estás’. Yo estaba muy mal, pero lo único que me importaba era la mirada del otro y no cómo me sentía. Tenía cero registro de mí misma. Miro para atrás y no me reconozco. Pero con el tiempo adquirí herramientas, construí comunidad, activismo, cosas que en nuestra adolescencia no existían”.

Pichi y el culo prominente: “No reconocí mucho mi sobrepeso aunque vengo de una familia que suele estar pendiente de su cuerpo. Mi abuela los crió a todos desde ese lugar. Tuve mi primer nutricionista a los 8 años. Cuando iba a comer a la casa de mi mejor amiga ponían un plato de milanesas en el medio, y yo podía decidir cuánto comer. En casa eso no existía: lo decidía mi abuela, que nos educó con todo el amor que pudo. Mi mamá me mandó a Dieta Club. Me hacía sentir decadente que ella pensara que yo tenía que estar en ese lugar. Toda mi adolescencia fui culo prominente, mucha boca, teta, el estilo de cuerpo de mi familia. Una vez una amiga me prestó su cuaderno de dieta. Lo leí y me puse a llorar porque a la pregunta: ‘¿qué querés cambiar cuando cambie tu cuerpo?’ ella había contestado: que en la calle me dejen de gritar gorda. Me partió el corazón, porque me di cuenta de que a mí también me gritaban gorda”.

Cuerpos que mutan

¿Cómo pensar la adolescencia? Insurrecta: “Creo que la Educación Sexual Integral es fundamental en todo sentido, no solamente para aceptar las disidencias sexuales sino también las disidencias corporales. Y como lo digo por los gordos, lo digo también por gente a la que le falta una pierna, que está en sillas de ruedas. Para eso se necesita la autoaceptación, y eso se hace con amor, con cariño”.

Pichi aporta: “Es importante enseñarles a les niñes a tener una relación amorosa con el cuerpo y con la comida. Que el límite no sea la porción que los adultos deciden que los va a llenar. Que puedan pensar: ‘¿quiero más?, ¿esto me gusta?’. Gordo o flaco no es malo o bueno, no puede ser esa la valoración. Estamos en un momento social e histórico que empieza a dejar de lado los binarismos. El cuerpo es algo que muta. No es algo que siempre va a ser así. Sea flaco o gordo, no podemos creer que hay un solo modo de existir”.

Rupturas y odios

«¿En serio soy un ejemplo por subir mi culo a Instagram? A la flaca no le dicen valiente, le dicen linda”, escribe Lemon en un largo texto llamado La caballera de la armadura gorda.

Lo cierto es que las tres se muestran valientes y muestran el culo en Instagram, sin que una cosa y la otra tengan necesariamente relación. Cosechan en la red social miles de seguidores con quienes comparten fotos de sus producciones como modelos. “Estas profesiones me eligieron a mí: modelo, poeta, fotógrafa, todo comunica, siempre estoy contando algo”, dice Lemon.

Desde hace años Insurrecta estudia teatro y talleres de performance a los que ahora suma también de clown. “Me encontré ahí con mi cuerpo, fue un despertar total poder ver cómo mi cuerpo se traslada por el espacio. Estar arriba de un escenario o delante de una cámara no tiene comparación con nada, son momentos en los que no paro de sonreír”.

A las profesiones que comparte con sus compañeras, Pichi le suma el arte de cocinar. Pero recuerda la hiperactividad previa: “Empecé a estudiar danza clásica a los 7 años, y a los 11 comedia musical. Los doctores le decían a mamá que tenía que ponerme más actividades. Hice gimnasia artística, natación, básquet, danza jazz, tenis, todo lo que se te ocurra, pero mi cuerpo siempre fue el mismo. Se piensa que ante más actividades, más delgadez, por ende más salud. Pero a veces se trata de entender que hay corporalidades diferentes. Mi cuerpo tendrá más o menos kilos, estará acompañado de una alimentación más o menos amorosa, pero nunca fui muy diferente: es mi estructura”.

¿Cómo fue amigarse con esa estructura? Lemon: “Empezó cuando pude mirarme. Me bañaba todos los días, pero no conocía mi cuerpo desnudo. Al mirarme pude ver que soy linda, que tengo mis modos, mis maneras, y también mis marcas. Venía de una pareja estable, él era más grande y no acompañaba mucho mi despertar sexual. Empecé a salir con un grupo de chicos gays, y no hubo vuelta atrás. Iba a bailar y me sentía hermosa bailando con el mismo cuerpo que estaba reprimido en mi propia casa. Empecé a romper con muchas cosas: la sexualidad, los ideales de pareja, la relación con mi cuerpo. Cuando se suelta algo se habilita todo”.

Insurrecta: “Mi click fue conocer a otras modelos gordas, ver que había algo que para mí era un mundo paralelo. Vi gordas en Internet que estaban diosas: era lo mejor que me pasó en la vida. Pero cada día hay que destruir el odio de todo un sistema. En Instagram puedo tener gordas diosas pero salgo a la calle y no hay ninguna. Están tapadas. O escuchás el comentario: ‘ese vestido no te va a entrar’. Hay que deconstruir”. ¿Qué es deconstruir? “Sacarse el odio con una misma. Poder verse y decir: ‘soy lo que soy, la sociedad me va a tener que aceptar así o me voy a imponer’. No va a haber otra manera”.

Pichi: “Siempre le di mucho lugar a lo que decían las personas sobre mi cuerpo y en un momento dije basta. Es importante deconstruir el parámetro de belleza: al ver gordas modelos, o tener como referentes de estética pibas con un cuerpo parecido al nuestro, también quitamos el eje. Lo que nos parece lindo no es solo lo que el mercado nos ofrece”.

El talle de la ley

Entre sesión y sesión de fotos Pichi explica que más allá de toda esta apertura existe lo que ella llama, en el modelaje, “hegemonía gorda”. Explica: “Siguen teniendo todas las normativas del modelaje, pero para gordas que no tengan papada, que sean blancas, que no estén tan fuera de la hegemonía del concepto de belleza. En general las marcas grandes que suman modelos ‘plus size’ eligen una gorda con vientre chato, con cadera pero que sea armónica. Las marcas independientes, eligen cuerpos más diversos, para mostrar el cuerpo real”.

Cuerpos reales: el 20 de noviembre se aprobó en la Cámara de Diputados la Ley de Talles que tenía media sanción de Senadores y se venía construyendo desde hacía dos décadas en la calle. El lema fue “Vestirse es un derecho”. Tuvo 163 votos a favor, 8 abstenciones y ningún voto en contra.

La norma establece la creación de un Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria, utilizado por comerciantes y fabricantes, basado en un estudio antropométrico a realizarse en todo el territorio cada diez años que permita obtener las medidas y proporciones reales de la población. Esos estudios deberán ser exhibidos por cada comercio, y las etiquetas deben mostrar entonces las medidas y talles a los que corresponden las prendas. Quien no cumpla será sancionado de acuerdo a la Ley de Defensa del Consumidor y a la de Penalización de Actos Discriminatorios.

La ley es un avance, ¿qué creen que falta? Pichi: “Vi muchas personas enojadas por esta cuestión, que no le hace mal a nadie. Y vi un Congreso que durante años sucesivamente bochó la ley. No les parecía necesario regularlo, ni pensaban, hasta ahora, que había un margen de personas por fuera del mercado, que no conseguía ropa”. Insurrecta: “Falta aplicar la ley. Eso no va a pasar si no hay un Estado presente”. Lemon: “Hay un tema de incomprensión. Fue impresionante la cantidad de ataques que leí. Decían ‘por qué no van a bajar de peso, qué se vienen a quejar’. No nos quejamos. Logramos algo. Vestirse no es algo superficial, es también poder concretar un derecho: exteriorizar lo que soy”.

La Ley fue impulsada hace 10 años, en buena parte por Any Body Argentina. El año pasado realizó una encuesta entre casi 9.000 personas: el 65,55% planteaba problemas para encontrar talles. “De a poco la lucha fue popularizándose”, dice Pichi, quien reconoce que le costó entender el activismo gorde en un principio. Reconoce también el contagio generado por la marea verde, desde la lucha contra la violencia contra las mujeres, como por el aborto seguro, legal y gratuito: “Todo nos influyó, porque el fondo es similar: que haya otros cuerpos que sean visibilizados y elijan mostrarse y decidir sin pudores, para empezar a tener aceptación y amor propio”.

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