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Las master chef: comedores (y cocineras) populares frente al virus

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Esta producción es un homenaje y una invitación a debatir el sentido histórico, político y estructural de una receta que se cocina en los barrios latinoamericanos: las ollas comunitarias como forma de pensar el presente y hacer posible la vida, también en plena pandemia. ¿Cómo se ve el mundo desde los ojos de las mujeres –y algunos hombres– que sustentan la alimentación cada día? La toma del poder, las risas y los “voceros” de lo social. ¿Con qué se cocinan terminologías como “empoderamiento” y “género”? La ingeniería cotidiana de las resistencias, y cómo se amasan utopías calientes y sabrosas. Por María Galindo.

Fotos: Nacho Yuchark

Puedo decir sin miedo a equivocarme que las mujeres –y de entre todas, las mujeres más pobres– hemos servido históricamente como colchón de amortiguación de la guerra, del colonialismo y, cómo no, también del neoliberalismo.

Cuando se aplicó el ajuste estructural inaugural del neoliberalismo en el continente nos llamaron una a una para endeudarnos, para convertirnos en delantales y brazos capaces de sostener a los ejércitos de desempleados, para sostener las pérdidas de las empresas y los Estados, para que nuestras hijas abandonaran el colegio y nosotras abandonáramos nuestros sueños.

A ese proceso que no fue ni más ni menos que chuparnos la sangre para transformarla en dólares, a ese proceso de endeudamiento, le llamaron “EMPODERAMIENTO”, “EMPRENDEDURISMO”, “DESARROLLO CON PERSPECTIVA DE GÉNERO”. Claro que fue con perspectiva de género que se utilizaron las energías de las mujeres como colchón amortiguador de la crisis económica y el hambre.

Fue a partir de esas políticas que las mujeres a escala continental, en unos países más que en otros, desplegamos un inmenso tejido social de subsistencia creativo, colorido, sorprendente y autosostenible. El empoderamiento fue endeudamiento, el emprendedurismo fue autoexplotación, la perspectiva de género fue descargar en nuestras espaldas y nuestras vidas el costo social de todo.

Sin embargo, ese lugar de colchón amortiguador ha jugado también de forma ambivalente la función de constituirse en soporte logístico de las luchas más importantes del último tiempo. No ha habido marcha, jornada de debate, ni resistencia popular que no haya tenido en las mujeres su soporte logístico imprescindible para el cuidado de las wawas, para la alimentación y para la “contención” emocional y sexual. Ese proceso también tuvo un costo muy alto para las mujeres. Una y otra vez cuando se deliberaba el “¿qué hacer?”, cuando venían los medios a hablar con los portavoces de la resistencia popular, cuando el cuerpo pedía descanso, las mujeres estábamos concentradas en las ollas comunes que garantizan la resistencia real. Fue a costa nuestra; a costa de nuestra palabra y a costa de nuestra visibilidad que luchamos contra la privatización del agua, por la defensa del territorio, contra la minería a cielo abierto, contra las trasnacionales y una larga lista de las luchas esenciales de este tiempo. Así es como por ejemplo en Bolivia un cocalero protagonista de las mil marchas terminó como presidente del país sin haber jamás pelado una papa en una olla común, pero habiendo sabido acomodarse como el eterno portavoz. Fuimos, como se dice popularmente, escalera de una infinidad de dirigentes que se convirtieron en diputados y ministros o en consignatarios de los grandes acuerdos a la hora de lo que ellos mismos llamaron “triunfo”.

Aun pienso que a todos y cada uno de esos convenios, de esas conclusiones y de esas luchas, no les faltaba “la perspectiva de género”, sino el sentido mismo de las luchas que tenemos las mujeres cuando nos juntamos alrededor de una olla común y hacemos alcanzar para tod@s, con risas y alegrías, comida caliente y no fría, cocida y no cruda, sabrosa y no insípida. A las luchas sociales les faltaron en las conclusiones y las vocerías nuestros sabores y nuestros saberes. Estábamos ausentes porque nos estábamos ocupando de lo más importante: la vida, las alegrías y la cotidianeidad.

Fotos: Nacho Yuchark

Sentido y olla común

En 50 años de neoliberalismo no nos hemos sacado los delantales y no hemos descuidado la vida ni para tomarnos un mate. Pero hemos cambiado mucho; unas hemos desarrollado un tercer ojo que está en la nuca, otras hemos desarrollado una cola con que sujetar al bebé, los financistas envían doctorantes a escudriñar nuestra creatividad financiera. Hemos aprendido a leer en nuestros puestos de venta no solo el alfabeto, sino a la sociedad. Somos sociólogas caseras, filósofas panaderas, costureras arquitectas, nuestros depósitos de ollas y víveres son obras de ingeniería donde el espacio está tan bien calculado como el de los puentes colgantes de Hong Kong. Nuestros cálculos poblacionales son más detallados que los cálculos estatales; porque no solo sabemos cantidades, sino que conocemos edades, enfermedades y penurias, talentos y debilidades de toda nuestra comunidad.

Manejamos las deudas mejor que el Banco Mundial y acertamos con las propuestas mejor que los tecnócratas del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). Podríamos decir que solo nos falta tomar el poder, yo prefiero decir que solo nos falta tomárnosla contra el poder que suena muy parecido, pero no es igual. 

Ni el Covid ni el miedo nos paralizaron.

Cuando la pandemia cayó del cielo capitalista desatando el miedo al contagio, justificando el señalamiento entre nosotr@s y la búsqueda inquisitorial del portador; cuando el Covid-19 paralizó los países y las economías, paralizó la educación y dejó sin salida a los gobiernos, nosotras teníamos claro que lo que había que hacer eran ollas comunes y comunitarias.

Desobedecimos los mandatos de abastecimiento individual y desde las ollas comunes reinstalamos el sentido común del abastecimiento colectivo.

Desobedecimos el mandato del individualismo y montamos las ollas colectivas para much@s. 

Tuvimos la certeza de que resistir al hambre era una cuestión colectiva, resistir al miedo era una cuestión colectiva, resistir a la inacción colectiva era solo posible desde las ollas comunes. 

Grandes, pequeñas, medianas, barriales, grupales y de todos los tipos, hirvieron y hierven  las ollas comunes como estrategia de resistencia, de desobediencia, de alegría, de acción, de lucha contra el hambre, de amor que se reparte, de generosidad en medio de la mezquindad. 

No tuvimos que pedir permiso porque ni se nos ocurrió hacerlo, en todos estos años les hemos enseñado a respetarnos. 

Las ollas comunes no son institucionales, no son estatales, no vienen de arriba sino de abajo y solo son hoy posibles como máxima expresión gracias a que las venimos practicando hace décadas. 

No hemos empezado ayer, hemos dado continuidad a nuestros saberes, hemos dado continuidad a nuestras prácticas.

Nuestra utopía es sencilla y se reactiva cada día: aquí todo el mundo come, y come caliente y come sabroso.

Somos un trajín de esperanza contagioso donde faltan manos, pero no ideas, recetas y secretos de los que nadie es exclusiva propietaria.

Somos conspirativas porque alrededor de la olla se conversa, analiza y resuelve cada día, escuchamos la radio y nos burlamos del poder. 

Pasa la mañana, pasan los días de cuarentena y, mientras, nosotras seguimos sosteniendo la olla. 

Al presidente, a sus ministros, a la izquierda, a las iglesias, a Bolsonaro y a Trump se les han acabado las ideas, mientras nosotras sabemos que nuestra olla empieza haciendo hervir agua, mucha agua. 

Fotos: Nacho Yuchark

El sabor del encuentro

Las ollas comunes en tiempos de pandemia han adquirido no solo más valor, sino que han pasado por una mutación. Han pasado de ser la iniciativa de las mujeres contra el hambre a ser el núcleo central de las resistencias, han pasado de ser el cuarto del fondo de las luchas populares a ser el foro de los conocimientos que más nos sirven, que más nos importan, que más nos afectan, que mejor nos movilizan y más nos enseñan.

¿Se imaginan el orden del día de un debate en el congreso integrado únicamente por gestoras de ollas comunes?

¿Se imaginan las medidas agrarias si estas medidas estuvieran en manos de gestoras de ollas comunes? ¿No pensarían ellas en la calidad de las verduras y las frutas y el salario de sus cosechador@s como cosas complementarias y no opuestas?

¿Se imaginan qué medidas tomarían las gestoras de ollas comunes en relación a la educación de las wawas en tiempos de pandemia?

Las ollas comunes pueden ser hoy el centro desde donde tomárnosla contra el poder y proponer la revolución anti capitalista, despatriarcalizadora y anticolonial que necesitamos, o pueden ser nuevamente succionadas como colchón amortiguador del ajuste colonial y capitalista que nos están preparando. 

De nosotr@s depende.

Fotos: Nacho Yuchark
Fotos: Nacho Yuchark

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Los días vacíos: postales de una ciudad en cuarentena

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Crónica de cómo se vivieron en las calles de Buenos Aires los primeros días de la cuarentena por coronavirus. Las panaderas y canillitas, las personas en situación de calle. El hotel en cuarentena. Los controles policiales y las medidas oficiales. Los supermercados y las farmacias. Los perros y los balcones. Lo que se sientió en los cuerpos y en las calles vacías cuando las noticias sobre el coronavirus todavía formaban parte de una especie de irrealidad. Por Franco Ciancaglini

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Covid-31: la villa en plena pandemia

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Crónica de la vida asediada por la pandemia en un barrio popular y mítico, donde la organización social –pese a las divisiones y traiciones que los gobiernos alientan y contagian– piloteó la falta de Estado. El crimen que significa la ausencia de planificación en un lugar en el que factores como el hacinamiento, la mala alimentación y la escasez del agua son claves. Retrato del barrio, sus voces, fiebres y resistencias. Por Claudia Acuña.

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Siempre más: desaparición y muerte de Facundo Castro

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Cuando se conoció la noticia del hallazgo de un cuerpo en Villarino un equipo periodístico de MU se encontraba en la zona de Bahía Blanca investigando la desaparición de Facundo Castro. Durante el día se difundieron hipótesis policiales (accidente, suicidio) que la madre de Facundo, presente en el rastrillaje, fue desmintiendo tras estar 5 horas parada junto al cadáver. Crónica de las horas interminables y de la pregunta que comenzó con el hallazgo de un pescador, y sigue sin respuesta: ¿Qué pasó con Facundo? Por Lucas Pedulla.

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La última Mu: Hermanate

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