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Matanza tóxica. Fumigaciones y glifosato en los cuerpos en Virrey del Pino

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En uno los municipios más poblados del país, las fumigaciones en Virrey del Pino lindan con poblaciones, escuelas y arroyos. Se ve así y a escala barrial cómo contamina el modelo agrotóxico. Lo confirmó –después de tres años de recorrer hospitales– una vecina en el caso de sus hijos y su marido, con glifosato en el cuerpo. ¿Cómo se frena la máquina de enfermar personas, agua y suelos, y quién paga por lo dañado? Transiciones: de una familia desesperada, a un barrio movilizado para defender la vida y la salud. Síntomas y alertas sociales que llevaron a la primera asamblea barrial. Por Sergio Ciancaglini.

El campo sojero y transgénico, frente al populoso barrio Nicole. Fotos: Sebastian Smok
Campos fumigados en la matanza

Son 17 pasos.  

Esa es la distancia entre la casa de Erika Gebel, Miguel Rodríguez y sus hijos hasta el misterioso campo de soja transgénica: solo hay que cruzar la pequeña calle de tierra Luis Burela en Virrey del Pino, La Matanza. 

En ese campo se fumiga con glifosato, entre otros pesticidas. Erika no intuyó que era un problema: “Los chicos del barrio jugaban corriendo atrás del tractor. Cuando llegué yo decía: ‘¡mirá qué lindooo, cómo riegan!’ No pensás que van a estar haciendo algo peligroso delante de tu nariz”. 

La nariz de Erika sin embargo empezó a percibir ese olor ácido que flotaba en el aire, vio las hemorragias de su hijo Adrián (9 años), los brotes inexplicables que parecían sarampión pero no eran, los dolores insólitos de su marido Miguel (55), las enfermedades de sus otros dos hijos Máximo (17) y Naiara (14), los insomnios. 

Comenzó a recorrer un laberinto sanitario de tres años hasta llegar al área de Toxicología del Hospital Ricardo Gutiérrez, que mandó hacer estudios al laboratorio Farestaie de Mar del Plata. Estos determinaron que al menos Adrián y Miguel tienen glifosato intoxicándoles la vida. Los análisis mostraron además que ella misma, Máximo y Naiara tienen bajo nivel de colinesterasa, indicio de la exposición a plaguicidas. 

La Matanza limita con la ciudad de Buenos Aires. El censo de 2010 le calculó 1.700.000 habitantes: segunda población del país – la primera es CABA-, por encima de las ciudades de Córdoba y Rosario. Proyecciones del INDEC estiman actualmente casi dos millones y medio de seres en ese universo, que ahora puede incluirse en la cartografía de los pueblos fumigados. 

Erika, 42 años, es peluquera, esteticista y panadera, entre varias otras cosas. Mira el campo marrón frente a su casa con un gesto que mezcla intensidad, desesperación y un proyecto: “Me siento culpable como mamá. Fui una ignorante. Pero algo tengo que hacer”. 

Erika Gebel: de las extrañas enfermedades a la organización. Apenas supo que su marido, uno de sus hijos y posiblemente ella tienen glifosato en sangre, salió a anunciar en el barrio que todos están en riesgo.

Mapas de la vida privada

Coordenadas de esta historia en el Google Earth: 34º 48’ 09” S, 58º 40’ 17” W. Allí está la casa de Erika. Graduando la plataforma a unos 1.500 o 1.700 metros de altura se ve la gigantesca herradura cuadrada, verde y marrón de soja –unas 300 hectáreas dicen en el barrio– al sur del arroyo Morales. En el medio de esa herradura sin suerte se ve el barrio conocido como “Oro Verde al fondo”, donde está la casa, y del otro lado del campo sojero, hacia la derecha, el cada vez más populoso barrio Nicole.

La imagen satelital no muestra que en Nicole hay tres escuelas que reúnen unos 3.400 alumnos de lunes a viernes, ni que hay más de 5.000 almas a tiro directo de los agrotóxicos: menos de 10 cuadras (aunque se sabe que su deriva ha llegado hasta la Antártida, y son conocidos los estudios que demuestran que gente que jamás pasó por un campo transgénico tiene glifosato en sangre).

Cosas que no se ven desde las alturas virtuales: Erika y Miguel tienen cinco perros, cinco gatos y un sauce llorón que ella plantó en el pequeño jardín de esa casa autoconstruida por la familia con maderas y con ilusiones. Hay sillas humildes que acomodan para la charla con una hospitalidad de otros tiempos. Hay una pequeña huerta en la que creían estar cultivando acelgas sanas, y funciona allí la panadería y casa de venta de comidas La Potranca donde, además del pan, la pareja amasa las incertidumbres y organiza un delivery no solo de alimentos, sino de información. 

“Nos casamos hace 18 años con libreta roja y todo: no hay que tener miedo a fracasar” dice Erika. Vivían en Palermo. “Miguel trabajaba como herrero, yo atendía más de 200 clientas de estética corporal y peluquería. Siempre fui inquieta, me gusta leer, aprender cosas”. Nacieron Máximo, Naiara y Adrián. 

Una transformación: “Nos vinimos hace 9 años por varios motivos. Comprar en Capital es imposible. Y yo quería salir de la contaminación de la ciudad”. Se queda pensando: “¿Te das cuenta de lo que dije?”.

Su historia: “Trabajaba muchas horas y estaba muy adaptada. En un momento dije: basta, quiero disfrutar de mis hijos. Busqué un lugar accesible económicamente, donde los chicos pudieran tener animales, donde pudieran correr y gritar. No un departamento donde se quejan los vecinos si hay ruido” describe la mujer que había decidido adaptarse a otra cosa. “Vine a ser feliz, normal. Igual que todos. A tener una vida”.  

El lugar: “Aquí se mezclaba población, salita médica, colegio, y además teníamos tranquilidad y el aire libre. Yo decía: suerte que estamos frente al campo. Hoy lo pienso y me quiero morir”. Construyeron la casa. “Todas las plantas que ves las pusimos nosotros”. Miguel, que escucha la voz cantante de Erika, además de herrero había sido panadero. Ella trazó la estrategia: “Le dije: vos hacé el pan, que yo lo vendo”. 

Los amaneceres con pan caliente. Miguel: “Hay que arrancar 4 de la mañana, o antes”. Erika se agenció una bicicleta para hacer las entregas barriales. Se mudaron su mamá Silvia, con su pareja Rodolfo (“mi papá de crianza y afecto”), e instalaron el kiosco Chiki junto a La Potranca. “Yo sigo manteniendo muchas cosas de estética y de peluquería. Hay que sumar”. 

Hacía panes rellenos, bizcochitos, pan dulce, cremonas, pastafrolas. “Pero vino la pandemia y sumé comidas: canelones, sándwiches, milanesas, filet de merluza, empanadas, pizzas, hamburguesas de zapallo y garbanzos, de lentejas y remolacha. Dejamos de lado las facturas, porque por la pandemia no podía salir a vender porque era muy arriesgado para la salud”. Otra vez la sorpresa por sus propias palabras: “¿Ves la ironía de lo que estoy diciendo?” 

Familias en Nicole, con el campo sojero a 10 metros a sus espaldas.

¿Cómo anda el nene? 

En 2015 su hijo Adrián tenía 3 años. “Empezaba el jardín de infantes y tuvo que usar lentes. Ya tiene 5 de aumento. No ve nada el nene. Y me decía ‘me arde la vista’. A Naiara le pasaba en la garganta, y le lloraban los ojos. Máximo tenía problemas de broncoespasmos, pero venía con asma de antes, así que yo no sabía si era eso. Y a todos nos sangraba mucho la nariz”. Ella misma se brotaba: “La piel, el cuello, por todas partes”. 

Miguel sentía un dolor extraño: “Yo tenía un hormigueo en el cuero cabelludo, en la piel. No es un dolor normal, y la sensación de que el ojo se me iba a ir para afuera. Cuando vas al médico te dan una pastilla y listo. Pero no se te va”. 

La odisea de Erika: “Llevaba a los chicos a la guardia del Hospital 32 (Simplemente Evita) o a la salita de Oro Verde. Y después sacaba turno con el médico de cabecera de la salita. En Capital los habían atendido en el Gutiérrez, mis hijos tienen todo desde siempre: historia clínica, controles, chequeos. Pero cuando vine dije: ¿Para qué me voy a ir al Gutiérrez si acá hay médicos que los van a atender? Yo confié. Error”.    

Les decían que los problemas podían ser producto de la alergia. “La consulta era un trámite. ¿Cómo anda el nene? Bueno, lo pesamos, lo medimos, lo auscultamos, chau. Tráigalos la semana que viene a ver cómo siguen”.  

Erika habló con una amiga de su hermano. “Está en algo relacionado con los pueblos fumigados, y me puse a ver por Internet. Esto fue hace unos tres años. Crucé al campo y le pregunté a Omar, el cuidador, si lo que tiraban era tóxico. Mi hijo mayor jugaba en el campo desde que vinimos y nunca nadie me dijo ‘no vengan, está envenenado’. No ves que estén fumigando con una protección, con una máscara de gas. Omar me aseguró que no había problema. ‘Tiran un veneno pero no te preocupes que no pasa nada. Y los bidones que tienen un olor feo los dejamos en el galpón de allá para que no molesten’, me dijo”. 

Un día Omar se fue. “No sé por qué motivo. No lo vimos más. Y a los cuatro meses supimos que se murió de un infarto. La esposa murió también ahí nomás. Yo no sé qué les pasó, pero seguro que tenían glifosato en el cuerpo, y hoy sé que una de las cosas que te puede provocar es problemas cardiovasculares. Pero claro, no le iban a hacer una autopsia para ver si tenía agrotóxicos. Ellos estaban bien, trabajaban, tenían menos de 60 años. Nadie supo explicar lo que le pasó a esa pareja”. 

Rodolfo, el padrastro de Erika, agrega un dato sobre el presente: “El otro día hablé con uno de los que trabajan en el campo, y me dijo que además del glifosato tiran 3 o 4 venenos más, los mezclan porque ya no hacen efecto”. Argentina ya supera los 500 millones de litros de agrotóxicos fumigados al año, lo que la convierte en el país más fumigado per cápita del planeta.   

En 2018 Adrián tenía 6 años. “A lo de la vista y la nariz se le sumó que tenía broncoespasmos y otitis. Tuvo un brote que parecía sarampión. Pero no era, y tampoco nadie activó un protocolo para sarampión. No sabés cómo tenía la piel ese nene, y la fiebre. Era invierno y yo lo metía en palanganas con agua fría. Lloraba, inflamado, le picaba todo, le ardía la cara. Ahí dije: basta de la salita y el hospital de acá, y lo llevé al Gutiérrez. Pero tampoco sabían qué decirme”. 

Sostiene Erica que hay un concepto que deja hipnotizados a los padres: “Te dicen ‘vamos a ver cómo está el estado de salud’. Vos te quedás tranquilo. Decís: lo van a ver, a cuidar. Le ponen el estetoscopio, le tocan la panza, esas cosas, pero no buscan la causa. A todos los médicos les dije que vivíamos frente a un campo de soja con fumigaciones, pero nadie dijo nada. Tampoco se activó ningún protocolo. Yo había sido una ignorante que no entendía lo que significaba eso. Pero los médicos no son ignorantes, saben al toque lo que le pasa a un chico. Y sin embargo no te dicen ni investigan nada”. Si los hospitales públicos definen así al estado de salud, tal vez haya que inventar una medicina que diagnostique la salud del estado. 

La mujer tuvo un nuevo brote, pero de desesperación. ¿Qué representa cada ida al Gutiérrez? Erika sale en moto del barrio con sus hijos hasta la casa de un vecino donde deja el vehículo para toma un colectivo, un tren y otro colectivo. “Son unos 140 pesos ida y vuelta cada uno. El viaje son tres horas y media o cuatro de ida y otro tanto de vuelta. Cada vez que voy tengo un gasto promedio de 1.500 pesos. Llevo una vianda para los chicos y yo voy tomando mate”. Por su vida porteña Erika puede quedarse en casa de una familia conocida y viaja a veces un día antes. “Yo tengo esos recursos, y como mis chicos siempre se atendían en el Gutiérrez, no me mandan de nuevo para mi casa. Pero imaginate otra gente de La Matanza, ¿cómo hace?”. 

La ronda del nacimiento de la asamblea vecinal.

El estudio

Pero ni siquiera en el Hospital Gutiérrez encontraba respuestas, hasta que pudo abrir sus propias puertas. “Fue en 2019. Sale mal un estudio de anemia de Naiara, y la doctora de adolescencia me dice que la vea una endocrinóloga porque piensa que puede estar afectada la tiroides. Pero me enojé, le seguía preguntando, y entonces la doctora me dice: ‘bueno, contáctese con pueblos fumigados, busque en Internet ’”. 

Salió pensando: “de este hospital no me voy”. “Asocié: veneno, glifosato, me fui a Toxicología. Fijate que no me mandaron del propio hospital, que era lo lógico, sino que se me ocurrió a mí que no sé nada. Toqué el timbre. Les dije: nos pasa esto, esto y lo otro y vivimos frente a un campo fumigado. Me hicieron pasar, expliqué todo. Nadie me habló de alergias, y nos mandaron a hacer estudios en enero de 2020. Nos sacaron sangre y orina y las mandaron a analizar a Mar del Plata. Pero antes de saber los resultados, empezó la pandemia. Llamé y llamé mil veces, hasta que ahora me los dieron supongo que porque terminó la pandemia. ¿Terminó? Ya ni sé”.           

El pasado 30 de septiembre la familia pudo confirmar que el pequeño Adrián y su padre tienen glifosato en sangre en porcentajes considerados alarmantes aunque la doctora Delia Aiassa, genetista de la Universidad de Río Cuarto, dice a MU que “no hay una dosis admisible, nada de eso tendría que estar en el cuerpo”.      

Dos detalles. 

El estudio plantea que el glifosato es no detectable en el resto de la familia, lo cual no quiere decir que no esté presente. “El parámetro de medición de ese laboratorio marplatense (Farestaie) es muy alto, por lo cual no detecta dosis menores que pueden ser igualmente dañinas” explica la bióloga Alicia Massarini. Erika: “Es posible que lo tenga, como mis otros hijos, porque nos dio colinesterasa baja”. Aiassa agrega sobre esa enzima: “Cuando disminuye la colinesterasa quiere decir que hay exposición a compuestos organofosforados”. O sea, buena parte de los pesticidas que se utilizan actualmente. 

El estudio solo busca glifosato, con lo cual no se detectan los otros pesticidas que forman parte de las fumigaciones (y de los cuales daría cuenta la baja colinesterasa) y que pueden estar no solo en el aire sino incluso contaminando el agua. En los barrios de Oro Verde y Nicole más expuestos a las fumigaciones, todas las casas tienen agua de pozo de poca profundidad (35 o 40 metros). En lugares fumigados como Lobos ya se descubrió que por las fumigaciones están contaminadas incluso las fuentes de agua corriente. 

Erika, al salir de la burocracia de una medicina un tanto hipoacúsica y afónica, pudo hablar con una de las toxicólogas del Hospital Gutiérrez: “Es espeluznante cuando te sientan y te dicen: ‘las muestras salieron mal, tu hijo y tu esposo tienen glifosato. Tu marido está muy comprometido’. Yo le digo: ‘¿Y qué tratamiento hay?’ ‘No hay tratamiento’. ‘¿Pero cómo se desintoxica?’ ‘No lo sabemos, hay que ir viendo’. Me dice: ‘¿Tuvo convulsiones tu marido?’ Pensé: ‘¿vos me estás diciendo que mi marido puede convulsionar, o mi hijo de 9 años?’ Yo en el barrio vi vecinos con convulsiones, es terrible. Estaba con Máximo que estuvo llorando tres días convencido de que su papá se iba a morir. Y no podés ir a la farmacia y decir ‘deme el desintoxicante de glifosato’. Lo único es parar de fumigar y que el cuerpo pueda empezar a reponerse”.

La familia: Erika, Miguel y sus hijos Máximo, Adrián y Naiara. La vida contaminada por agrotóxicos.

Efectos de los agrotóxicos

La toxicóloga funcionó como una doctora House o una Sherlock Holmes que ayudó a darles sentido a todos los signos y pistas que la familia venía sufriendo: “Me explicó que esto afecta al sistema nervioso central, que puede provocar autismo, problemas de la glándula tiroides, y ahí puede estar la causa del bajo peso de mi hija. Me habló de falta de concentración, hiperactividad, insomnio”. Cuenta Erika que en el Gutiérrez le pidieron que hablara sobre Adrián en su escuela, la 210. “La directora me dijo: ‘tu hijo tiene problemas de aprendizaje y de atención, pero acá les pasa a todos los chicos’. Yo la escuchaba y no lo podía creer. ¿Qué son, chicos de otro planeta?”

Agregó la toxicóloga en su enumeración dos posibilidades más: el cáncer, y el daño genético sobre todo en los menores por la exposición a los plaguicidas. El daño genético es efecto de un ataque a nivel cromosómico que potencia el riesgo de padecer cáncer a mediano y largo plazo, así como enfermedades cardiovasculares, malformaciones en la descendencia y abortos a repetición, entre otras consecuencias. En Dique Chico, Córdoba, las investigaciones de la doctora Aiassa determinaron daño genético en el 100% de las muestras tomadas en niños expuestos a los agrotóxicos. La toxicóloga permanece en el anonimato ya que informó a Erika que dejaría de atenderla si su nombre trasciende: a esas presiones están sometidas también las familias fumigadas, cuando en realidad el sistema sanitario debería estar alertando a toda la población afectada. 

El reciente informe de la Sociedad Argentina de Pediatría “Efectos de los agrotóxicos en la salud infantil” (que puede leerse y descargarse completo buscándolo en www.lavaca.org) enumera, entre otras consecuencias de las fumigaciones: cáncer, disrupción endócrina, enfermedades neurodegenerativas, trastorno del neurodesarrollo infantil, malformaciones congénitas, tumores cerebrales, disfunciones del sistema nervioso central, autismo, problemas cardiovasculares, trastornos de conducta, leucemia, hipotiroidismo, asma bronquial, trastornos reproductivos. Erika: “No solo están dañando a mis hijos sino también a mis nietos. ¿Qué hago? ¿Quién se hace cargo?”. Le pregunto qué busca. “Que paren de fumigar, y que paguen por todo el daño que están haciendo”. Habla básicamente de esa escurridiza noción que expresa una palabra: justicia.

Barrio en movimiento

Erika supo la verdad de lo que pasaba con los agrotóxicos y su familia y al día siguiente, viernes 1º de octubre, salió a avisarle al vecindario lo que no le informan el Estado, la salud pública, la privada ni los ex medios periodísticos. 

Los intentos de contacto de MU con el municipio encabezado por Fernando Espinoza encontraron dos argumentos: los funcionarios no hacen declaraciones “en on”, y aducen no poder tomar cartas en el asunto si  alguien no hace una denuncia, cosa que la familia ya concretó. Habrá que ver si ocurre lo mismo que en situaciones como la de la virulenta contaminación del CEAMSE, del otro lado del arroyo Morales, o de Klaukol, empresa que sigue contaminando y reduciendo el vecindario como en sus mejores tiempos. En esos casos se supone que interviene el OPDS (Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible) aunque todo sigue igual. En el tema de la fumigación tampoco intervienen, al menos hasta ahora, defensores del pueblo, hospitales, organismos de derechos humanos, universidades, iglesias. El mayor apoyo es el del sindicato docente de La Matanza. Pero ni las autoridades de las escuelas parecen tomar el asunto como propio pese a que la Técnica 13 (secundaria), la 210 (primaria) y el jardín de infantes 1000 reúnen unos 3.400 alumnos cada día en el barrio Nicole, a 700 metros del campo fumigado. 

Mientras tanto Erika y Miguel recorrieron al barrio. “Yo dije: en vez de quedarme llorando salgo a la calle, le aviso a la gente. Una chica acá a la vuelta me dijo que le duele toda la cara y que tiene como una rigidez muscular. De eso también me había hablado la toxicóloga. Otra vecina me contó que tuvo cáncer, le sacaron todo el tumor, pero se sigue sintiendo enferma y nadie le explica nada. Otra de acá atrás tiene cinco hijos, imaginate. Alguna gente me miraba medio raro. Yo les decía: podemos estar envenenados. Pero algunas me miraban como si estuviera loca”. 

Toda madre desesperada en la historia argentina suele ser tratada de loca, aunque sea la única lúcida. Le hicieron una entrevista junto al campo, y enseguida se acercaron unos hombres, uno de los cuales llevaba una escopeta. “Eso te muestra cómo actúan. Estás sacándote una foto y ya agarran las armas”. 

Miguel bajo el sauce: “En el Fernández me explicaron que los agrotóxicos actúan lento. Yo hoy parece que estoy bien, pero tengo el glifosato en el cuerpo que me provoca todo lo que te contamos, y más adelante puede ser peor todavía. Pero el vecino te ve bien, y dice: no pasa nada”. Ejemplo: Rodolfo, el padrastro de Erika que vive también frente al campo fumigado, parecía estar bien y tranquilo cuando hablé con él para esta nota, pero tuvo un inesperado infarto pocos días después del que por suerte se está recuperando. Erika: “En el hospital dijeron que es por el estrés. Él no estaba estresado. No puedo esperar otra cosa de los médicos. Pero creo que está totalmente relacionado con la fumigación”.   

Miguel y Erika recorrieron con MU parte del barrio Nicole conversando con familias integrantes de la colectividad paraguaya principalmente, cuyas casas lindan con el campo fumigado. Livio, uno de los tantos albañiles que habitan allí: “Sé que se usan venenos. Tendrían que estar mucho más lejos. Es un peligro”. Alicia, embarazada de 5 meses: “No sabía lo que esto puede causar. Tengo turno dentro de 10 días en el hospital. Voy a preguntar. Ojalá no pase nada”. Erika les dijo a las mujeres: “Yo lo explico como puedo chicas. No quiero asustarlas. Pero la verdad, asústense, porque esto es re grave”. 

Un maestro y delegado de SUTEBA, Norberto Mondalier, le propuso a Erika seguir difundiendo lo que ocurre en el barrio. “Se me ocurrió llamar a una asamblea” dice ella, a cuyo nacimiento asistió MU el 16 de octubre, frente al complejo de escuelas (13, 210 y 1000). Asistieron 25 personas a ese primer encuentro de Vecinos Envenenados por glifosato-La Matanza.

Norberto recordó allí que se dijo siempre que el campo era de la familia del ex intendente y ex vicegobernador bonaerense Alberto Balestrini, fallecido en 2017 luego de quedar postrado siete años por un ACV. El rumor barrial (el municipio asegura que no puede brindar información) plantea que el campo fue vendido. “No se sabe quién es el patrón” dice Norberto. “El patrón del mal” contesta una mujer velozmente.      

Un vecino plantea que hay que andar con pies de plomo. Erika dice que no. “Ya estuve años andando con pies de plomo. ¿Para qué me sirvió?” Alguien propone hacer el reclamo para que la naciente asamblea sea recibida por funcionarios de Salud Pública municipal y provincial. Una vecina sugiere no hacer volantes: “Nunca los leo, los tiro. Mejor hablemos con la gente”. Se plantea que se pueda invitar a científicos e investigadores que le expliquen a la gente los efectos de lo que está pasando. Emiliano vive cerca del CEAMSE y cuenta: “Mi abuelo murió de cáncer, mi mamá tiene cáncer, mi sobrina tiene autismo, otro vecino al lado de casa se murió también de cáncer. Y hace unos años nadie tenía esas enfermedades. Lo que me da impresión es que hay cada vez más cementerios. Ya son tres, uno al lado del otro. Si no nos juntamos a hacer algo, estamos en el horno”. 

Una mujer pide que la difusión sea clara, para que todo el mundo entienda. Siguen recordando casos de muertos y enfermos. Juan Silva, delegado de la escuela 210, me cuenta sobre los trastornos del espectro autista y de hiperactividad en las aulas. “No puedo decir si la causa es ambiental. Pero al menos habría que investigarlo”.  

Alejandra relata que estaban discutiendo en Nicole cuestiones de seguridad e iluminación: “Pero es mucho más grave esto que no tener una luz”. Otra mujer reconoce que entró casi en pánico al escuchar las denuncias de Erika: “Hace 15 años que estoy respirando aquí, y puedo tener el veneno adentro. Quedo para lo que la asamblea diga de hacer”. Un hombre agrega que lo que están haciendo confronta con corporaciones y poderes muy grandes, noticia que no parece sorprender a nadie del grupo. 

La historia no concluye aquí, apenas empieza. Miguel y Erika lograron algo infrecuente: transformaron un problema aparentemente individual, en una cuestión comunitaria. Lo familiar, en algo social. Se convirtieron en un medio de comunicación y la asamblea recién nacida simboliza ahora la posibilidad de no resignarse al mundo tóxico. 

Erika mira a ese círculo de personas: “El miedo no nos va a liberar del veneno, ni nos va a hacer más felices. Lo único que va a lograr es que nos gobiernen por el miedo”. El grupo queda en silencio. Y ella agrega: “No hay que tener miedo de hablar. De lo que hay que tener miedo a esta altura es de callarnos, y de quedarnos sin hacer nada”.

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