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La pieza clave. ReCoop, distribuidora de productos de empresas recuperadas

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Es la primera distribuidora de productos de las empresas recuperadas. Tarea clave para un paso que a muchas fábricas les resulta complejo luego de la batalla por recuperar el trabajo y la dignidad: la comercialización. Son 14 personas asociadas, algunas de ellas hijas de quienes libraron esas gestas. La creación de una moneda (MIA) para que el intercambio no dependa de delirios inflacionarios. La intermediación, la autogestión y la proyección de los sueños. Por Lucas Pedulla.

Espaldas para enfrentar la crisis: cooperativismo con el ojo puesto en la distribución y la comercialización, incluso con moneda propia. Fotos: Lina Etchesuri

El primer día laboral de Mariana Giovannoni fue atípico.

No fue en una clásica oficina, a la espera de la hora que la saque del sopor. Tampoco frente a una máquina pesada bajo la supervisión de un pesado jefe, sin poder ir al baño. 

El primer día laboral de Mariana Giovanonni fue en un lugar llamado Mercadito de Flores, detrás de un mostrador que reunía exquisitos quesos de una cooperativa de trabajo llamada Master Cheese, y lo que pasaba delante de sus ojos eran cientos de personas con billetes en la mano que no eran pesos ni euros ni dólares –en ninguna de sus variantes– sino una experiencia distinta, que tampoco se ve en un primer día laboral, llamada MIA, una moneda impulsada por una red llamada Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER), para comprar productos elaborados por un tipo de economía llamada social, comercializados bajo una cooperativa, que es su lugar de trabajo, llamada ReCoop.

Es decir: un mercadito, quesos y productos exquisitos, una moneda propia, fábricas recuperadas, una comercializadora cooperativa.

Mariana Giovannoni, que tiene puesta una remera negra con la leyenda “otra economía es posible”, busca una palabra para definir su primer día laboral.

La encuentra: “Adrenalina”.

Y dice: “Ese día la gente entraba como a otro mundo”.

Ella también. 

El otro mundo

Ese día fue la presentación oficial de MIA, la Moneda de Intercambio Argentina, una herramienta de pago lanzada por el MNER para fortalecer a empresas recuperadas y a experiencias de la economía popular, a partir del intercambio de productos y servicios. Era la primera vez que la lanzaban a la comunidad y la comunidad entendió todo: cambiaba pesos por MIA (un peso equivale a un MIA) y compraba productos cooperativos a precios populares. Previamente, la moneda había circulado entre las propias empresas, a partir de la centralización de una distribuidora del movimiento: ReCoop.

ReCoop es la primera distribuidora de productos de empresas recuperadas. El objetivo lo expresan en su web recoop.com.ar: “Fortalecer la comercialización y logística del sector, construyendo una cooperativa de intercambio que tracciona y posiciona la producción de las y los trabajadores, autogestionados, pequeños productores, emprendedorxs y trabajadorxs independientes de la economía popular de todo nuestro país”.

Unidades de trabajo:

  • Mercados internos en empresas recuperadas. Así llegan con más de 100 productos a lxs trabajadorxs de las propias fábricas, pero también al barrio donde están insertas. Tienen 20 almacenes abiertos y aspiran a llegar a 100.
  • Distribución mayorista de productos a otras comercializadoras y privados.
  • Compras estatales (actualmente trabajan con los municipios bonaerenses de San Martín y Hurlingham) y organizaciones sociales.
  • Mercados minoristas propios en barrios y pequeñas localidades. 
  • Intercambio productivo entre productores pertenecientes a empresas recuperadas y a cooperativas.

El depósito y las oficinas están en la planta de Mataderos de Farmacoop, el primer laboratorio recuperado del mundo, que les cedió el lugar en solidaridad por el acompañamiento en la recuperación. El ingreso a este otro mundo se visualiza en paredes de nueve marcas de yerba distintas que llegan al techo y expresan los 15 mil kilos que comercializan por mes, en las cámaras con los quesos de Master Cheese o los embutidos de Torgelón, o los clarks que cargan los productos a las dos o tres camionetas que salen todos los días. 

Y en las 14 personas asociadas que conforman esta cooperativa.

Deseo & lógica

Todo empezó con un almacén en la recuperada IMPA, una empresa que es más que una metalúrgica: es un bachillerato popular, un teatro, una radio y una señal de tv comunitarias, y una Universidad de los Trabajadores, donde ingresó Julio Pomacusi (45 años) como psicólogo social. De a poco, mientras conocía el movimiento, empezó con este deseo: “Sabemos que la comercialización es lo más complicado en las recuperadas. También lo es para las pymes o el pequeño productor. Hay muchos que no tienen la espalda económica: muchos compañeros tuvieron la fuerza de recuperar las empresas, de luchar, de fabricar el producto, pero sabíamos que hacía falta un aparato de comercialización, porque en el día a día se hace difícil. Sabíamos que queríamos hacer algo, pero no tomamos la dimensión de lo que iba a ser”. 

Encontró otro compañero con la misma idea de travesuras cooperativas: Raúl Verón, 32 años, trabajador de La Salamandra, fábrica de dulce de leche recuperada en 2015 en Exaltación de la Cruz. Se dedicaron full time durante la pandemia: “Además de que creciera el consumo entre recuperadas, también veíamos una solución a la especulación que hay con las grandes empresas. La intención era cumplir, desde el movimiento, con la demanda de alimentos”.

Desde esa impronta, también estuvo claro cuál era el sector al que apuntaban. “Nosotros comercializamos con municipios y organizaciones sociales, pero no es nuestro principal objetivo –aclara Julio–. Laburar con el municipio es fácil: cargás un camión, bajás la mercadería y nada más. Pero sabemos que si cambia el gobierno, capaz ese municipio no nos compre más, ¿qué hacemos entonces con los puestos de trabajo? Por eso tenemos que generar almacenes”. 

La proyección es quintuplicar la cantidad: “Si tenés 100 almacenes, podemos comprarles en grande a los compañeros que hacen, por ejemplo, mermeladas y poner frascos en cada uno de esos almacenes. Así estás dando una mano grande a los compañeros, estás llevando productos de calidad al barrio, y podemos controlar los precios”.

Solidaridad, calidad y precio justo.

¿Quiénes mueven esta rueda?

Lo que les toca a las mujeres

Hay algo emocionante en ReCoop y es que parte de sus integrantes son hijas e hijos de trabajadoras y trabajadores que recuperaron empresas. Erika y Julieta Herrera (29 y 27) son hijas de Silvia Ayala, presidenta de Mielcitas, recuperada en 2019 (la historia está contada en la MU 171). Ambas trabajaban como cajeras en un supermercado mayorista. “En casa se movió todo cuando mi mamá se quedó sin trabajo”, dice Erika. Su hermana completa: “Pasamos de mi vieja como sostén de familia a nosotras tener esa responsabilidad y bancar el momento. Fueron meses de lucha donde se tenía que quedar haciendo guardia: a veces, ni comida tenían”. Qué dice mamá de que sus hijas hayan dejado sus trabajos para estar en ReCoop: “Está chocha, porque ahora sabemos lo que es el movimiento y estamos más relacionadas con la cooperativa”. Juli y lo que aprendió: “Cuando mi hermana me contaba, no entendía, y ahora lo veo: de un quesito pasamos a tener un sistema, un depósito, repartos y tres clientes por semana que se suman. Está bueno el crecimiento: es más trabajo para todos”.

El papá de Blas Cayo (24) y la cuñada de Mabel Acosta (24) también trabajan en Mielcitas. Blas viene de un laboratorio y Mabel de un taller textil: “Es un proceso para aprender”.

Patricio (23) es hijo de Marcelo López, presidente de la Cooperativa EITEC (metalúrgica productora de válvulas para artefactos a gas, contada en la MU 174). Viaja de Bernal a Mataderos todos los días: “Yo vengo de la construcción, y lo que pasó mi viejo fue duro: noches de guardia, carpas, ollas populares. Me emociono cuando hablo de esto”.

Karina Peralta (35) es militante de la OLP (Organizaciones Libres del Pueblo) en Florencio Varela, sur del conurbano bonaerense, y conoció el MNER a través de Julio, su compañero. “Hay algo lindo de ReCoop y es que somos del conurbano. Por ahí somos los que no teníamos buenas posibilidades laborales y está bueno que las hayamos generado nosotros. Me genera orgullo. A las mujeres siempre nos tocan laburos malos, sin poder sostener los estudios, y hoy estar en los lugares de decisión de la cooperativa me parece un ejemplo de que las que venimos de abajo tenemos capacidades, nomás que no tuvimos las mismas oportunidades”.

Karina trabajó ocho años en un call center: “Era lo único que podía conseguir. Fue una aventura sacarme la mochila, porque acá empezaba ganando la mitad de lo que cobraba”. Qué vio para dejar un trabajo que le daba el doble de dinero: “El proyecto colectivo. Y apostar a mi libertad. Podía salir bien o mal, pero era el momento de jugarme, porque si no salía en ese momento, no me iba más. Sabía que iba a funcionar. Estamos en una situación en la que cuesta creer en el otro, creer en algo. Acá había incertidumbre, pero está respaldado por una estructura de un movimiento, una historia con pertenencia. Es otra forma, y eso es algo que no tiene precio: laburás más libre. Y aprendés, acá es al revés de lo que siempre nos enseñan, que nos dicen que primero es la teoría: primero es la práctica y después lo vas teorizando”.

Claudia Micaela Denis Bareiro (24) llegó gracias a Karina. También trabajaba en un call center y, además, en una oficina en tareas de limpieza. Vive en Constitución, trabajaba cerca de su casa, y el colectivo hasta Mataderos le implicaba una hora de viaje. Por qué el cambio: “Siempre circulaba por distintos laburos, con incertidumbre. Hoy me doy cuenta de que es la primera vez que tengo la tranquilidad de tener una continuidad y de poder proyectar diferentes cosas en mi vida. Es algo que no me había pasado anteriormente: saber que no vamos a quedar tirados”.

Daniel Gómez (36) es de Laferrere pero militaba en Retiro con el MTR. Tenía un carro, un caballo, juntaba cartón, y conoció a Julio en los talleres de comunicación popular en IMPA. Era el primero que llegaba y el último que se iba. “Es lindo: la libertad es la base. De afuera muchos no saben qué es una cooperativa”. Julio le dijo que cuando empezara a trabajar, al carro y al caballo no volvería nunca más. Daniel se emociona: “ReCoop es mi familia”.

La intermediación coop

Primero práctica, luego teoría: ¿qué acciones de ReCoop promueven otra forma de pensar lo económico en un contexto cada vez más complejo? En septiembre, el kilo de azúcar en las góndolas de supermercados superó los $200, pero en ReCoop se comercializó a $160. Julio explica la cuenta: “En nuestro pueblo hubo una crisis y no podemos dejar de vender azúcar. Capaz perdimos un poquito en ese momento, pero si hacemos la cuenta en 10 años vamos a haber ganado un montón, porque cuando todos especulan, nosotros no especulamos”.

Algunos productos que comercializa ReCoop –azúcar o algunas harinas, por ejemplo– son de empresas privadas. “A veces nos cuestionaban algunos compañeros de la economía popular, pero si una pizzería nos demanda harina no podemos decirle que no hay porque los compañeros no llegaron con la producción. ¿Vamos a parar a la pizzería?”. Raúl explica que una diferencia es el precio, pero esa relación también permite una lectura del entorno que ayuda a planificar la producción: “A veces no tenemos el producto, pero lo que podemos hacer es generar un volumen de salida que luego nos permite desarrollarlo en una cooperativa. Pasó en Master Cheese con el queso sardo: nos pedían de almacenes, pero como no teníamos íbamos a una marca privada hasta generar el volumen. En la cooperativa veníamos insistiendo en que hagan: con una demanda de 400 hormas por mes, ahí se pudo encarar la producción”.

Otro ejemplo fue la Cooperativa de Trabajo Alimentaria San Pedro, recuperada que elabora los dulces Blasón. “Le compraban a un privado las latas para el dulce de batata. Cuando aparece Cotramel (Cooperativa de Ex Trabajadores de Canale Llavallol, metalúrgica contada en la MU 173), les propusimos que les compraran a ellos”. El flujo financiero dificultaba la transacción, y para evitar demoras en los pagos, ReCoop fue el intermediario: le compraron las latas a Cotramel y se las llevaban a Blasón, que luego les pagaba con el dulce. 

La intermediación también fue clave en Mielcitas: la cooperativa no contaba en sus comienzos con el dinero para comprar el azúcar suficiente para la producción. Sin posibilidad de crédito (por la discriminación del sistema financiero a las cooperativas), la lógica solidaria de ReCoop hizo lo suyo: invirtió en un insumo clave para que las trabajadoras pudieran producir. Julieta, como trabajadora de ReCoop pero también como hija de una obrera de esa fábrica, lo sabe: “Y siempre lo agradecen: sin esa ayuda no hubieran podido avanzar”.

Las comercializadoras suelen ser una parte del problema y las remarcaciones incentivan la idea de eliminar al intermediario. Karina explica qué pasa en ReCoop: “Lo que tenemos no es la ganancia de un producto, sino del volumen. Claro que tenemos una estructura que mantener, nuestros propios ingresos, pero la lógica es vender mucho. Vemos precios de compañeros de la economía popular que la yerba que nosotros vendemos a $460 la tienen a $1.000. No nos dan los números, siendo que ponemos un porcentaje para que nos quede ganancia. La idea es vender mucho para llegar con los productos a la mayor cantidad de gente posible”.

Julio: “Tenemos que trabajar un poquito más. En vez de agacharnos una vez a agarrar un paquete de yerba, nos agachamos tres. Un economista puede decirnos que le pongamos al producto un 40%, pero así estaríamos trabajando como las empresas capitalistas”. Y se le humedecen los ojos: “A veces parece que nos robaron los sueños. Veo paredes pintadas con esa frase. Pero tenemos que volver a soñar para hacer cosas”.

Libre y a gusto

¿Qué cosas se animan a soñar?

Julio: “Tener un almacén en cada barrio”.

Blas: “No volver a trabajar para que un dueño de una empresa se llene los bolsillos”.

Mariana va a atender el almacén que ReCoop abrirá en Mielcitas: “Tengo mucha expectativa”. Patricio comparte: “Atender un almacencito de ReCoop”.

Mabel: “Que más personas tengan la posibilidad de trabajar así, libres y a gusto”.

Erika: “Que se pueda replicar la forma de laburo que venimos haciendo”.

Karina: “Conservar el laburo muchos años. Me gustaría que ninguno de nuestros hijos tenga que trabajar bajo patrón. Que ninguno de ellos tenga que pasar por esa experiencia. Y que ReCoop pueda abrazar a hijas e hijos de las recuperadas”.

Se miran. Y sonríen.

Saben que los sueños ya se están haciendo realidad.

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