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El Caliban y las brujas: La obra Fuerza mayor, protagonizada por jubiladas

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La alianza entre Jubilados Insurgentes con integrantes del Teatro Caliban parió está obra que pone en escena lo que pasa todos los miércoles frente al Congreso. Una forma creativa de elaborar la actualidad con las herramientas del teatro, para hacer sentir, pensar e interpelar a los más jóvenes.

POR FRANCO CIANCAGLINI

Hay una idea según la cual el teatro no es un recinto de cuatro paredes, donde la gente acude a un horario determinado, perfumada, se sienta y ve durante una hora y pico a actores arriba de un escenario, para después aplaudirlos, e irse.

Hay un teatro que no solo narra su época sino que la integra y la interpela.

Ese teatro tiene en Argentina un nombre ineludible: Norman Briski. Y fue moldeado desde los 70 fundamentalmente por el Grupo Octubre; no el multimedio, sino un colectivo que creó un teatro de intervención social en barrios, villas y fábricas. Por este tipo de desafíos varios de sus integrantes quedaron en la mira de la Triple A primero y de la dictadura después, y debieron exiliarse. Briski incluido.

Desde los 70 hasta hoy en la historia argentina pasó de todo, y algo se repite.

Lo cierto es que Briski sigue actuando (incluyendo últimamente películas dignas del Oscar como Argentina 1985, entre otras) y a través del Teatro Caliban, haciendo de las suyas. Allí, en el barrio de San Cristóbal, la semilla del Grupo Octubre se fue rizomatizando hacia grupos como Brazo Largo, y otros protagonizados por sus alumnos, como Partida Real y el que hoy nos convoca, Che Adelita.

Pero antes, una definición de este teatro la da el propio Caliban en su página de Alternativa Teatral, que en un fragmento dice:

“Caliban tiene responsabilidad social, una fuerte idea ética que antecede a todo el ritual del maravilloso juego de teatro. Entonces Caliban es un impulso legítimo de búsqueda de experimentación y, en nuestro país, eso significa hacerlo con enorme humildad desde cierta orgullosa marginación”.

¡¡Fa!!

Con esa fórmula, desde fines de los años 80, Caliban es un laboratorio de escenas urgentes. No un teatro “sobre la actualidad” sino un teatro que trabaja dentro de ella: durante estas décadas maestros y alumnos investigaron barrios, conflictos laborales, tensiones políticas y disputas culturales para traducir esas voces en obras de alto voltaje poético. Es lo que Briski define –con obstinación– como “teatro popular”, una práctica que late en la calle y se nutre de la experiencia directa.

Ese linaje encuentra hoy un nuevo capítulo: Fuerza mayor, la obra que Che Adelita acaba de estrenar junto a integrantes de Jubilados Insurgentes, colectivo que desde hace años se reúne todos los miércoles frente al Congreso reclamando mejoras en los haberes jubilatorios y en la calidad de vida de todos nosotros.

DE LA CALLE A LA ESCENA

Juan Washington Felice Astorga, el director de Fuerza mayor, cumple dieciocho años dentro del universo Caliban. Entró como actor, dirigió decenas de obras, entre ellas, Partida en dos, que fue reseñada hace 14 años por esta revista, en su número 46. En aquella obra Juan dirigía a personas que tenían problemas con psicofármacos y llevaba el drama a la escena.

Nos contaba entonces sobre cómo impactaba en actores y espectadores. “‘Yo acá aprendí a reconocer mi locura’, me dijo una de las actrices. Esa chica no se curó, porque el teatro no cura. Pero te puedo asegurar que está mucho mejor que antes. Porque el teatro es eso: lo que te ayuda a levantarte al otro día”. Fin del flashback.

Con los años se convirtió en uno de los directores orgánicos de distintas propuestas del Caliban. Y durante la pandemia se sumó a Che Adelita, un grupo que combina la referencia a Guevara con las Adelitas, mujeres de la revolución mexicana, y pensado para intervenir luchas puntuales. Allí dirigió obras breves para facultades y espacios públicos, con una marca estilística: transformar poesía y testimonio en situaciones dramáticas.

Así llegó la propuesta de trabajar con jubiladas, un 2+2, lo que pedía la jugada. Juan necesitaba una voz que ordenara la dramaturgia y la encontró en una entrevista con Ana Tapia, referente de Jubilados Insurgentes. “Yo no estaba tan empapado en la lucha jubilada, ni en lo de hoy ni en lo de antes. Ana me contó su historia, lo que siente cuando va los miércoles, lo que pasa ahí dentro de ese corralito, y me habló de Norma Plá. Entendí que esas reivindicaciones son para nosotros más que para ellos”, dice Juan. A partir de esa conversación armó la estructura de Fuerza mayor.

La obra no tardó en sumar las voces de ambos colectivos, entre ellas la de Cristina, otra jubilada insurgente que terminó convirtiéndose en una de las protagonistas del proceso. La mirada de actores y jubilados abría el registro que la obra necesitaba: cómo hacer el pasaje entre la vivencia de los miércoles frente al Congreso para traducirla en escena.

“Mucho lo que vivo los miércoles lo llevo luego al escenario”, asegura Cristina. “Empecé a militar después de jubilarme, así que no tengo tanta experiencia. No soy de las que hablan en público y cuando vienen a pedir una nota prefiero que hable otro. Pero en el escenario siento que puedo. Seguimos siendo nosotros: no somos personajes. Somos los jubilados”.

Esa idea –la continuidad entre realidad y representación– es central en la construcción de la obra. Fuerza mayor no intenta imitar lo que ocurre en la calle, sino mostrarlo desde otro ángulo: condensar el reclamo, darle ritmo, detenerlo en momentos clave y, a la vez, sumarle humor, fragilidad y juego. Un espejo torcido que revela que acostumbrarnos a esto es terrible.

“Esa escena es la manera de mostrar por qué nos pegan, por qué insistimos, por qué estamos encerrados en un corralito frente al Congreso”, dice Ana. La obra funcionó, para muchas, como un espacio donde desplegar con mayor libertad lo que la protesta a veces dificulta: la palabra, la explicación y la emoción.

OTRA ENERGÍA

Para entender la obra primero hay que mirar lo que ocurre cada miércoles en la plaza. Desde hace años los jubilados y jubiladas se reúnen allí como parte de un ritual bastante teatral: pancartas artesanales, consignas cortas, cuerpos que caminan a su ritmo, policías que cercan el acceso.

La escena está lejos de ser simple, pero ellos se reinventan cada miércoles. “Nos empujan, nos encierran en toda una zona vallada. Y la gente no entiende por qué estamos ahí”, cuenta Ana. Actuar, para ella, se convirtió en otra forma de explicar su presencia: “A nadie le gusta que le peguen. Mostrar eso con el cuerpo es una manera de visibilizar lo que pasa”.

Che Adelita ya había experimentado con gestos artísticos durante las marchas de los miércoles, puntualmente con una muñeca de tres metros inspirada en Norma Plá. Uno de los actores de la obra, Agustín Diéguez, es uno de los jóvenes fotógrafos que también acompaña y trabaja cada semana en las movilizaciones. La alianza entre jubilados y actores suma también a los fotógrafos en la escena de Fuerza mayor.

Uno de los dilemas que el equipo tuvo que resolver fue cómo representar en escena estas situaciones de violencia cotidiana. “Los miércoles ellas empujan a la policía, pero en escena te inhibís”, reflexiona Juan sobre las actrices. “Es una paradoja”. La solución no fue la literalidad sino la construcción poética: gestos estilizados, elementos simbólicos, objetos que funcionan como testimonios.

Y método: “Fue conmovedor escucharlas hablar de teatro, se juntan solas, pasan letra, proponen cosas, traen cajas de medicamentos, se entusiasmaron con actuar como una excusa para disfrazar de trascendencia las ganas de jugar, ¿no? Que no sería la trascendencia: es la causa. Y que la actuación aparezca como lenguaje es una forma de darle un sentido al sin sentido de hacer teatro”.

El proceso de trabajo fue, como todo en esta época, arduo. “Encontrarse con el arte hoy es complicado”, admite Juan. “Todo tiende al individualismo: no llego a fin de mes, tengo ataques de pánico, estoy cansado. Hay mil excusas para no reunirse. Fue difícil consolidar el grupo”.

Las jubiladas, al principio, se detenían en cuestiones técnicas –“no sé qué tengo que decir”– que para él eran secundarias. Con los ensayos fueron soltándose: primero en la palabra, luego en la acción, finalmente en la improvisación. Hasta que apareció lo inesperado: una alianza.

Juan: “En algún momento, cuando la obra empezó a salir, surgió eso que pasa en el teatro popular: si sienten la causa, no las frena nadie”.

Cristina dice desde el otro lado: “En los ensayos aprendí a no frustrarme ante el error. Nos podemos equivocar un montón. Pero el grupo acompaña. Juan siempre está alentándonos, marcando, sosteniendo. Y los jóvenes del elenco son maravillosos”.

Los elogios van y vuelven en un clima de complicidad y mutua admiración. Acaso sea la confirmación de una premisa que es tanto lema de Jubilados Insurgentes como del gran Norman Briski: la alegría es el motor del trabajo colectivo. “La lucha no debe ser triste ni melancólica: es para tener un país más lindo”, dirá Juan sobre su aprendizaje. “Deprimirnos es lo que quiere este gobierno; pero si trabajamos juntos, aparece otra energía”.

Cristina descubrió algo más íntimo: “Acepté que podía hacer la obra y descubrí que puedo hablar en público. Lo que me cuesta fuera de escena, acá puedo. Es una muy buena experiencia de asociación”.

LO INTERGENERACIONAL

La mayor tristeza aparece al cambiar el teatro por las noticias, o ese encuentro que generan el arte y la calle por el celular. Ahí surge un conflicto del que la obra se hace cargo y carne: la relación entre generaciones.

Juan lo explica con claridad: “Muchos jóvenes apoyaron a este gobierno. Estamos atrapados en la idea del consumo, del progreso individual, del último celular. Nos olvidamos del otro. Y son nuestros viejos los que la tienen clara”. Fuerza mayor trabaja esa tensión: la distancia entre quienes hoy ponen el cuerpo en la protesta y quienes miran desde la comodidad o la indiferencia. No desde el reproche, sino desde la pregunta.

“¿Cómo puede ser que los viejos sean los que van al frente?”, se pregunta Agustín Diéguez en escena. Tal vez es la pregunta que marca toda la acción.

Para Ana esa interpelación también es central: “Queremos que los que están en sus casas entiendan por qué estamos ahí. Es para ellos que luchamos. Hacer la obra es una manera de llegar a esa gente joven que aún no se anima”. Cristina coincide: “Queremos que los jóvenes entiendan lo que estamos viviendo, que salgan a luchar por sus derechos. Que sientan la incertidumbre del futuro que viene”.

Sus palabras no aparecen en tono admonitorio; se perciben más bien como una invitación que queda abierta… Porque Fuerza mayor está pensada para circular: plazas, facultades, parques, calles en movimiento. Se presentó en MU, y también en el Parque Lezama. Teatro a cielo abierto.

El resultado explica por sí solo la fuerza de esta interpretación: cuando terminó la obra, en medio de los aplausos estalló un coro espontáneo al ritmo del “que se vayan todos”.

Cristina se emociona con solo recordarlo: “Fue inesperado y emocionante. Ahí entendemos que algo está llegando. ¡Obviamente, cuando el público comenzó a cantar, nos plegamos al canto!”.

Juan interpreta ese episodio como un síntoma de algo más profundo: “No hay muchos indicios en la historia de que el teatro cambie el mundo. Pero que nos vayamos pensando, es una forma de empezar. ¿No?”.

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