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La cruel verdad

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Participó en el asesinato del dibujante Lino Palacio y su esposa, en septiembre de 1984. Durante su cautiverio impulsó el Centro Universitario en el Penal de Ezeiza y estudió sociología. Éste es su crudo panorama de la no-vida en la cárcel.

La cruel verdadTiene el cuerpo chiquito y la voz firme. Fuma, se ríe y contagia. Te dice, Negra, tal cosa… y así da un paso hacia vos. No es lo que busca, pero te olvidás de que estás con una mujer que ilustró la sección policial de los diarios con las alternativas de un caso que mezcló drogas, gente famosa, el peor castigo, y dos intentos de fuga. Después, estudiar la hizo pasar del otro lado de las rejas: se reinventó. Y resume: “No me jode ser La Sobrero, me hago cargo de todo lo que soy”.
 
Primera y tercera persona
Claudia Sobrero era pareja del nieto del dibujante Lino Palacio, creador del personaje de historieta Don Fulgencio. Palacio vivía con su mujer, Cecilia Pardo de Tavera. Su nieto, Jorge Palacio Zorrilla de San Martín tenía una llave del departamento que habitaban.
El 14 de septiembre de 1984, Sobrero le robó las llaves a su pareja, y con sus amigos Oscar Odín González y Pablo Fernando Zapata Icart fue a la casa del dibujante, pensando que no estaban. Sin embargo, sí estaban y fueron asesinados a cuchillazos.
La historia, con trazos gruesos, llegó a convertirse en uno de los capítulos más vistos de la serie Mujeres Asesinas, en su versión argentina (interpretada por la actriz Dolores Fonzi), colombiana y mexicana. Lo titularon: Claudia Sobrero, cuchillera. El guión puede leerse hoy en un libro y su sinopsis en Wikipedia. “Es la mujer que más tiempo estuvo encarcelada en el país”, asegura. Es cierto: Claudia fue condenada a la pena más grave del Código Penal que establece prisión por tiempo indeterminado, sin estar probada la autoría material del crimen. Pero su síntesis de esta historia es muy diferente:
“Hice de todo: me fugué, fui, volví, era muy cachivache. En el 86 tenía 23 años, y en ese momento pensé: ‘entre morirme adentro y morirme en el intento, me muero en el intento’. Estuve siete días afuera, y una mina me entregó. Intenté de nuevo en el 90 cuando me trasladaban a Tribunales en un camión de la policía. Me largué a correr por la 9 de Julio como una loca y me agarraron los de la Federal. Me tiraron por la cabeza el artículo 52 que se les pone a los multirreincidentes sumamente peligrosos. Una figura penal que contradice, por lo menos, el principio de prohibición de imposición de penas crueles, inhumanas y degradantes. Salí en 2006 y en 2007 caí en cana por una causa armada. Me condenan a un año y dos meses de prisión por una supuesta tentativa de hurto. Pero me aplican cinco porque debía el famos articulo 52. Todo eso estoy pagando todavía. Cuando me condenaron, me puse a estudiar. Tuve que hacer la secundaria de nuevo, y en el 94 empezó la universidad dentro del penal y ahí empecé yo también. Buscaba herramientas. Resistir el autoritarismo siempre fue para mí como una cuestión natural, no era conocimiento teórico, sino acción directa. Y ahí aprendí a militar, a hablar de lo colectivo, desde un nosotras. Hablo por mí, pero no sólo por mí.”
Desde hace seis meses, Claudia Sobrero sale cada 21 días custodiada por tutores del servicio penitenciario. “Salir es como una inyección, estás con tus seres queridos, es todo lo que estás esperando y deseando. Cuando volvés a entrar te hace sentir, aun más, el rigor de la cárcel. Los dos primeros días estás con pilas y al tercero te querés matar”.
En la teoría existen la ley 24.660 de ejecución penal y la figura del juez de ejecución penal. Ambos tienen la función de proteger los derechos del detenido en pos de su resociabilización. Esto es: asegurar que el preso pueda generar lazos afuera, e ir progresivamente confiando en su autodisciplina. Una pista para descubrir cómo se cumple: existen tres juzgados de ejecución para 6 mil internos.
 
Expreso de medianoche
“El saber te da herramientas para defenderte. Cuando es tuyo, y ellos se dan cuenta, vos estás del otro lado. Y ahí te dicen ‘Hija de Puta’, pero ya no volvés atrás, desarrollás ese mecanismo todo lo que podés. Esto se hace cada vez más difícil porque la gente que está en la cárcel es la gente que cayó por el paco. No terminó muerta, pero sí terminó en cana. Terminó delinquiendo, fisurada. No hay gente que robó bancos, ni grandes secuestradores. Por homicidios tenés un uno por ciento. Las minas se hacen dealers en el barrio y con la plata van arreglando la casa, mantienen a la familia. Es la desesperación económica y la televisión que te impulsa a consumir. En Ezeiza la mayoría de las pibas mira la televisión todo el día, un programa tras otro, comiendo, tomando mate y engordando. Y ése es un tiempo muerto que le regalás al sistema penitenciario”.
 
¿Con esa visión impulsaste el Centro Universitario?
El Centro Universitario empezó en el año 94. En 2007 nos conocimos con Karina Germano, una presa política, y empezamos a laburarlo. Generamos talleres, actividades, grupos de estudio. El año pasado arrancamos con la revista Oasis que va por el número 5. Hacemos notas de opinión, de humor, cuentos, poesías. Buscamos que sea una revista de la población y no del Centro Universitario.
 
En la edición de enero de Oasis Claudia escribió:
“Las cosas son, o blanco o negro dice la expresión popular para definir puntos de vista, ideas, posiciones, sin embargo las experiencias de vida, muchas veces, nos muestran que todo puede ser gris. Gris prisión, gris manicomio, gris orfanato, en donde lo blanco se torna gris y lo negro… bueno, lo negro está prohibido. En realidad, por lo menos en la prisión, lo negro prohibido tiene que ver con la noche, la oscuridad, la seguridad, la invisibilidad, como si hiciera falta alguna ropa especial para fugarse… 1986 vivió una fuga fucsia, y la invisibilidad no se produjo por la negra ropa o la negra noche, sino por el negro pedo que tenían los guardias grises. Evidentemente el mundo se está volviendo gris con diferentes tonos, a saber: gris demente, gris ideológico, gris neoliberal, gris penitenciario, gris tecnológico y otros tantos grises que ya no vienen a mi mente, pues como a todos alguna vez, se me está comenzando a agotar la materia gris…”.
 
Claudia explica así el objetivo de estos relatos: “Planteamos cuestiones que son centrales de la vida en prisión. Por ejemplo, el tema del tiempo perdido, pero a veces se hace difícil comunicarse con las chicas. Es que ellas piensan: ‘Ya me voy’. Pero luego les llega la condena y no se van… Imaginate todos esos pibes y pibas fisurados por las drogas, por las distintas adicciones. Son carne de cárcel. Este Estado te empuja, te empuja y luego te castiga. Te encierra y cuando salís, te deja tirado. Tenés todas las puertas cerradas, ni una sola abierta. Caés en el mismo círculo que no necesariamente es el del delito, pero no te vas del barrio. Vas a barrios aledaños donde usás los mismos códigos, el mismo lenguaje. La sociedad cree que las personas que están en la cárcel merecen estar ahí, y no es así. Hay un montón de madres, de madres que son niñas. El promedio de edad es de 26 años, gente muy joven. Nadie que merezca realmente un castigo está en la cárcel de mujeres”.
 
¿Qué diferencias existen con las cárceles de hombres?
En la cárcel de mujeres hay mucha sumisión, gente acostumbrada al laburo esclavo. Detenidas que terminan internalizando los valores del carcelero. No es diferente a un campo de concentración, porque hay gente que termina cruzando la línea. Y esto es manejar pabellones y verduguear a las compañeras como si fueran ellos. Hay pibas que afuera no son nada y adentro tienen autoridad, son impunes y son muy funcionales al servicio. Son un coche bomba, que explota sobre una compañera con una faca, con un cuchillo, a cambio de algún beneficio. Hace poco pasó y tuvimos que salir a denunciarlo. Y no denunciamos a la persona que ataca sino a los que la mandan: el Servicio Penitenciario Federal. Es muy grave porque ellas son sólo objetos de los poli. Por otro lado, en las cárceles de hombres siempre están sus mujeres esperándolos, yéndolos a ver. Los tipos son cagones, no apoyan a su mujer cuando cae en cana y sólo van las madres y los hijos. Es muy común ver a las pibas tiradas por sus maridos, amantes, familias. La visita es muy fea, son casi 5 horas, todos en un galpón. Cuando la detenida se va, empiezan a contar a las presas y luego de una hora y pico, recién se puede ir la familia. Imaginate en invierno cuanta visita hay.
 
Ezeiza S.R.L.
Sigue Claudia: “La cárcel es un barrio caro, todo lo que ganás trabajando para el servicio penitenciario te lo gastás ahí adentro. Y es inseguro. Tiene seguridad por fuera, pero vivís la muerte en suspenso cada 24 horas”.
 
¿Cómo se trabaja y se estudia dentro de Ezeiza?
Para tener un trabajo tenés que esperar, hay listas. Mientras, vivís de lo que te traen tus familiares o lo que te den tus compañeras. Hay presiones y te obligan a elegir: estudiar o trabajar. Te hacen sacar el cuil y te dan el alta laboral. Puede ser en tareas de limpieza, cocina, o repostería. Y pagan alrededor de mil pesos. No te dan un golpe sino que empezás a ver ausentismo, las chicas no van a la facultad. Y así todo el tiempo se van generando contradicciones, porque se dice que el detenido tiene que estudiar. Y si vas a estudiar te dicen “te saco el laburo y arreglate como puedas”. El trabajo va en detrimento de cualquier capacitación o actividad que te saque afuera. Buscan que te sientas cómoda. Hay gente que vuelve y dice: “Yo acá tengo una cama, comida”. Una chica que conozco, Lorena, se negó a la libertad condicional. Dijo que no tenía a dónde ir. A mí se me partió el corazón. Lloré dos días seguidos. En la proveeduría de Ezeiza una leche vale 4 pesos, un litro de aceite medio berreta cuesta 6. Ahora cambiaron los dueños pero los anteriores, pensamos nosotras, trabajaban con mercadería de los piratas del asfalto. Un día ibas a comprar una leche y sólo había marca Chelita. Y todos los días Chelita, Chelita. Cuando pedías Chelita, te decían: “No, ahora hay Serenísima de litro”. Y así. Inclusive en varias oportunidades aparecían cremas con flores no sé qué, tinturas Koleston y nunca reponían. Los que síse mantienen alto son los precios. Pagás como si estuvieras en algún supermercado de Recoleta, pero estás en el mercadito de la cárcel de Ezeiza.
Más allá de las condiciones económicas, ¿existe una naturalización del encierro?
A mí me pasa que después de tantos años vos me ves moverme ahí y estoy como un pez en el agua. Es mi barrio. Y cuando salgo y voy a la casa de Lucas, mi compañero, que es mi casa también, tengo una sensación de extrañeza, de visitante. Y cuantos más años estás adentro más te cuesta acostumbrarte a la calle. Yo puedo andar por el penal con los ojos cerrados y saber dónde está cada cosa. La naturalización del encierro, de la violencia se puede resumir en esta frase que se escucha en el penal: “Traten bien a nuestras familias, que nos peguen a nosotras que estamos presas está bien”. Nosotros, con Lucas, estamos pensando en armar una cooperativa para generar puestos de trabajo para las personas que estuvieron presas. Convocar a psicólogos y demás profesionales para que no vuelvan a delinquir.
¿Qué es lo peor de estar presa?
Que mis afectos también tengan prontuario. Mi hija Maria Victoria perdió dos laburos por mi condición de detenida. Yo estoy en cana y ella viene pagando mi cana desde que nació. Tenés que tener mucha fortaleza para soportar eso.
 
Desde hace dos años Claudia viene grabando un documental que llegó a su etapa de edición. Las imágenes del comienzo muestran a La Sobrero declarando “El amor es un par de esposas”. Desde que conoció a Lucas cambió todo. “Estoy dejándome querer, es que estoy acostumbrada a estar sola. Esto es un laburo para mí. También lo es salirse de la culpa y del lugar de la víctima”.

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