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Colores unidos

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Activando Diseño. Comenzaron en la calle y aprendieron a diseñar al ritmo de la autogestión. Mucho color y armónica diversidad caracterizan el estilo que las mantiene unidas.

Una diseña remeras. La otra, carteras y polleras. La tercera, vestidos, tapados y camperas. Entre las tres, zurcen un proyecto al que llamaron Activando Diseño, detrás del cual se refugia ese sueño común que pintan con colores fuertes. Celeste y rojo. Azul y fucsia. Verde y naranja. “Cuando estamos las tres juntas, todos nos miran. De arriba abajo y, a veces, mal”. Estamos en invierno y este ramillete de mujeres se convierte en una primavera que parece fuera de lugar, pero no. Están expresando algo que va más allá de la ropa, de la moda, del diseño. Un mensaje que agitan en sus prendas con tonos que gritan sin pudor sus nuevas alianzas. Es fácil imaginar, entonces, que lo que llama la atención no esa colorida armonía que proclaman sus prendas, sino su efecto subversivo contra las opresiones. Entre ellas, las del gris, el negro y el marrón.
Las tres están al borde de los treinta y en sus cortas biografías hay algo en común. Las tres empezaron en la calle. Inés estudiaba Antropología. “Vendía en la puerta de la Facultad. Desde la mañana hasta la tarde, que entraba a clases. Y a la noche, me quedaba a las fiestas. Así que mi vida transcurría en la calle Puán”. Natalia y Lourdes comenzaron en las veredas de Palermo, donde “todo iba bien hasta que un día todo fue mal. Así: sin transición. De un día para el otro nos dejaron sin lugar para trabajar.” La misma escoba que barrió el espacio público las empujó a refugiarse en las ferias que, inmediatamente, se ofrecieron como opciones en los negocios y bares de la zona. Debían pagar 70 pesos por jornada y competir con revendedores que terminaron ahogando las posibilidades de quienes producen, como ellas, en forma artesanal. “A nosotras todo nos cuesta más caro: desde el taller hasta las telas. No podemos competir con los productos industriales y, encima, las ferias aumentaban la tarifa cada vez más”. Sin calle y sin ferias, se quedaron con el único capital que tenían: la amistad. “Éste es un laburo muy solitario, al que cada una le dedica muchas horas. Y fue una suerte poder encontrarnos porque nos permite cruzar datos, experiencias, clientes, estrategias. Tenemos mucho en común, pero hacemos cosas distintas. Y entonces, cada esfuerzo suma”. Así aprendieron, juntas, a compartir en lugar de competir.
 
Noticias de moda
Lourdes llegó al diseño huyendo de su trabajo de moza y de la mano de su abuela, modista. Comenzó cuando decidió financiarse unas vacaciones en el Sur vendiendo su propia ropa. “Me fue tan bien que me pareció lógico seguir con esa experiencia acá”. Y aunque Buenos Aires nunca fue El Bolsón –ni para ella ni para nadie- su entusiasmo sigue intacto. “No es mi sueño convertirme en la diseñadora top. Mañana puedo cambiar y elegir otra cosa. Pero encontré algo que me sirve para sobrevivir y pasarla bien. Para ser independiente. Por eso, lo único que no está en mis planes es volver a tener un trabajo con horario, jefe, órdenes”.
Aunque las tres coinciden en esa afirmación de independencia, ya saben que el precio a pagar por conseguirla no es barato. Dirá Inés, mientras sus amigas asienten con la cabeza gacha: “Hay momentos en que te preguntás por qué estás trabajando veinte horas sin parar si lo que te proponías era ser independiente. Tenés que encargarte de la contabilidad, de la venta, del diseño, de las producciones fotográficas, de todo. Y a veces te agota, porque además, al hacerlo todo en tu casa, no hay una división clara entre tu vida y tu trabajo. Pero somos conscientes de que estamos en una etapa de construcción, de esfuerzo. Y también que podemos decidir trabajar un día veinte horas y al otro nada, porque preferimos salir con amigas. No es fácil ni sencillo, pero es mucho mejor a que te quemen la cabeza en un trabajo”.
En sus cabezas arden otras cosas que les permiten crear prendas en las que expresan su época. “La moda es una orden que te da un sistema que te hace creer que porque te vestís de determinada manera sos algo. O alguien. El diseño independiente está creciendo y haciéndose un lugar, como puede y donde puede, porque hay gente que ya no cree en eso”. Ellas se sienten hijas y deudoras de estas épocas de diversidad y eso expresan con sus colores. No es casual, por ejemplo, que Inés se haya inspirado en un viaje que hizo por Perú, Bolivia y Ecuador, donde contempló los colores de los aguayos y descubrió la belleza de “esa forma de reflejar la naturaleza en toda su dimensión”. Sin órdenes y en armónica convivencia. Por eso, cuando se les pregunta cómo vestirían a esta época, responden: “Con muchos colores. Todos bien combinados”.
 
La universidad de la calle
«Como ninguna de las tres estudió diseño, en la calle aprendimos muchísimo. Vos veías en directo cómo quedaba la prenda que hacías, dónde tenías que corregirla, qué cosas eran las que más gustaban. Y además, aunque no vendieras todo, te quedaba la recompensa de saber que tus cosas llamaban la atención”. Es lógico, entonces, que la extrañen y hasta hablen con nostalgia de esa época que las moldeó. “Lo nuestro siempre fue prueba y error y por eso la calle nos daba lo que necesitábamos para mejorar”. No fue, entonces, una opción, sino la necesidad la que las obligó a pensar cómo seguir. Las tres comparten ahora lo que se podría llamar una etapa de profesionalización. Asisten, en diferentes niveles, al curso de Moldería que es uno de los talleres de Extensión Universitaria que ofrece la Facultad de Arquitectura y Diseño de la uba. Encontraron allí el refugio que necesitaban para fortalecerse. “El profesor, Ricky Casali, tiene una experiencia práctica que sintoniza con la nuestra”. Inés también tomó clases de diseño de zapatos en el Museo del Traje y cada una intenta formarse como puede en el difícil arte de llevar adelante un emprendimiento autogestivo, al que el mercado todavía le impone un techo. “Te exigen diseño, originalidad, calidad, pero también precio. Nosotras no podemos pensar en ningún producto cuyo costo sea mayor a 80 pesos, porque sabemos que después nos será muy difícil venderlo. Pero también sabemos que cada vez hay más gente que busca no estar uniformada, que busca diferenciarse, porque en estos años se rompieron un montón de estructuras y hay más libertad. Eso es lo que nos entusiasma”.
También intentaron darle cierta formalidad al emprendimiento en común, aunque desistieron de legalizarlo en una cooperativa. “Mucha burocracia. No queríamos hacer un acta todos los meses ni mucho menos ser una institución, sino trabajar juntas. Y decidimos apostar a eso: a nuestra palabra y nuestro trabajo”. Juntas, entonces, están buscando un espacio para compartir producción, gastos y clientes, en una zona precisa, que las inspira y contiene: el barrio de Once. “Ahí pasamos todo el día, visitando talleres, comprando telas, consiguiendo precios, accesorios”. En esa Babel posmoderna, entonces, están buscando el refugio que necesitan para seguir poniéndole colores a sus sueños.

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