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La única verdad

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Gabriela Esquivada. El periodismo, la política, la militancia, la muerte, pero también la vida son las noticias que relata esta investigación sobre un diario y una época. Walsh, Gelman, Urondo, Verbitsky, Bonasso, son algunos de los nombres que integraron un dream team de intelectuales que se esforzó por crear un lenguaje popular. Lo lograron. Llegaron a vender 180 mil ejemplares. La aventura duró nueve meses. Según la mirada de Gabriela, ni empezó ni terminó allí. Cómo son hoy las redacciones, por qué pega el personaje de Bombita y qué está haciendo Firmenich hoy son parte de los datos que aporta para exponer su tesis.

La clave está en ese epígrafe que cita a Leonard Cohen, en inglés. “No puedo olvidar, pero no recuerdo qué”.
Regreso a esa frase cuando termino de leer las 381 páginas del libro que ha escrito Gabriela Esquivada sobre el diario Noticias y entiendo, finalmente, por qué el canadiense está parado ahí, en la puerta de esta hoguera que tanto quema, todavía, aún hoy. En ese guiño elegante, sensible, poético, está sintetizado el estilo con que Gabriela supo, pudo y quiso transitar uno de los momentos más…
Adorno se preguntaba si después de Auschwitz se podía escribir poesía.
Se equivocó.
Lo que anula un campo de concentración es la posibilidad del adjetivo.
Gabriela nos lo enseña con este libro y con una gramática clásica, precisa, sin metáforas. Así, por ejemplo, presentará el tema que le ha consumido casi cinco años de investigación:
 
El diario de los Montoneros, acaso la guerrilla más importante de América Latina, era eso: el producto de una redacción como cualquier otra, con secciones que cubrían información y servicios, con la intención de competir y vender periodismo además de ideología explícita en la interpretación de la noticia. Intentaba parecerse a los que venden ideología implícita junto con los horarios del cine y el pronóstico del tiempo.
 
Pero Noticias no tuvo una redacción como cualquier otra, quizá porque aquel país que la parió tampoco lo era. Rodolfo Walsh era el jefe de la sección, Sociedad y Policiales; el poeta Juan Gelman, el jefe de redacción y otro poeta, Paco Urondo, el secretario general; Horacio Verbitsky daba las órdenes en la sección política; el artista plástico Horacio Smoje era el diseñador, Martín Caparrós era el cadete y Julio Troxler, el mítico fusilado que vive de Operación Masacre, el jefe de seguridad. Su director era Miguel Bonasso, el jefe de deportes era Mario Stilman, el de espectáculos, Carlos Tarsitano y entre sus redactores figuraban Sylvina Walger, Carlos Ulanovsky, Silvia Rudni y Roberto Guareschi. No hizo falta mucho más para hacer ese diario que nació el 20 de noviembre de 1973 y fue clausurado el 27 de agosto de 1974. Apenas nueve meses que escribieron esta historia que Gabriela desolla ahora gajo por gajo para otorgarle un preciso lugar.
Algo se acomoda, entonces, al leer este libro, que funciona como pretendía Deleuze: como una máquina.
Tracciona el adelante y el después.
Lo que aparece, entonces, es una mirada panorámica que despliega toda la postal. Se detiene en los padres, las infancias y los orígenes de los protagonistas; cuenta qué fue de sus hijos, sus herencias y sus legados; los interroga en sus presentes y los sigue en sus trayectos.
Emergen, así, las constantes, los trazos más gruesos.
La muerte, la violencia y el dolor.
Pero también la vida, que no espera.
Para explicarlo, dirá Gabriela:
“Conté la historia de los papás de Verbitsky, Bonasso, Levenson, Walsh y Gelman. Y también la historia de sus hijos y hasta de los nietos de algunos de ellos. O la infancia de los niños peronistas. No me parece un dato menor, por ejemplo, que Patricia Walsh perdió una hija hace un año, porque la vida sigue y sigue de estas formas: la gente se muere de cáncer, también. Traté de ver cómo se hilaba esta historia porque tenía la necesidad de acomodarla en algún lado.
 
¿De dónde surge esa necesidad?
Al comienzo, tuvo que ver con esa especie de fantasma en el altillo qué es la guerrilla. Un fantasma que coincide con los años de mi infancia. Tengo todos los recuerdos activos desde el día del golpe, por algún motivo que relaciono con que la violencia era tan visible que hasta un niño de 9 años se daba cuenta. Luego, vino mi secundario en el Carlos Pellegrini, un lugar que tenía estudiantes desaparecidos y en el que me revisaban el bolso a la entrada. Mi primera rebeldía llegó en cuarto año, cuando decidí irme. Se supone que de esos lugares no te vas si no te echan y menos si no te llevás materias. Pero a esa altura ya militaba y decidí pasarme a un secundario de Barracas, donde francamente me limaba las uñas, porque la diferencia era abismal. Pero no me acordaba nada de antes. En mi casa había mucho secreto. En los años de la guerrilla murieron mis dos hermanos, que era bebitos, y a pesar de no tener nada que ver con la militancia ni cosas por el estilo, ese silencio de la muerte alcanzó a todo, incluso al contexto político. Es decir: yo entré por ese lado. Por el lado de investigar la muerte. Pero resulta que esta historia no terminó. No terminó con la guerrilla, no terminó con la represión y ni siquiera terminó con la extinción de Montoneros. No terminó. Esta historia va a continuar, incluso, porque es la historia de este país.
Podría pensarse que esa historia tiene un común denominador: la muerte.
Creo que el común denominador es otro: la violencia. En este país es así, siempre. Y desde antes. Los caudillos representan otro período de la historia donde las cosas se resolvían sin discutir. Y ya sabemos cómo. Basta leer a Echeverría, en la escena del secuestro del unitario, donde la idea es violarlo, matarlo y cortarle la cabeza, pero no pueden porque el secuestrado revienta de rabia. Es una escena maravillosa, que describe ese destino de violencia que hoy puede estar representado por el paco o las cárceles del Gran Buenos Aires.
O en la escena que describís cuando entrevistás a Vaca Narvaja en la estación de servicio de Floresta…
Para mí fue afixiante. Estoy sentada frente a un tipo que sobrevivió a la fuga del penal de Rawson, que soportó que su primera esposa fuese fusilada en Trelew y que él mismo fuera, luego, víctima de la dictadura. Y el tipo me cita en el mismo lugar donde 29 años más tarde, un policía -que además había participado de la represión- saca un arma y mata a tiros a tres chicos porque los escucha decir “yuta puta” cuando miran por televisión la represión de diciembre de 2001 en Plaza de Mayo. ¿Cómo podés respirar en ese contexto?
 

Prensa y política

La principal historia que cuenta Gabriela está relacionada con un tema de rigurosa actualidad. Noticias era un diario con tendencia política explícita, escrito por un dream team de intelectuales que se esforzaban por encontrar todos los días un tono popular, masivo, de alto impacto. Y lo lograron. Comenzaron editando treinta mil ejemplares y, al poco tiempo, alcanzaron los 100 mil. Su pico de ventas coincidió con la muerte de Perón y con esa tapa inolvidable que cruzaron con una banda de luto. 180 mil ejemplares con una palabra: dolor. Sobre esta fórmula, cuenta el libro de Gabriela:
El encargado del diseño, Oscar Smoje, recordó que en las primeras reuniones Urondo y Gelman le explicaron que “no sería un medio cerrado, como estaban acostumbrados los partidos políticos, sino un diario comercial, para todo público”. Según Verbitsky, también Walsh propuso que el medio no fuera de propaganda “sino de información, aceptando que además incluyera algunos elementos de desinformación, tal como hace el diario La Nación todos los días… Pero eso no afectaba la índole periodístíca”, insistió. Era una forma clásica del ejercicio del oficio en Argentina, nada más que asumida con más honestidad.
 
Me explicará luego Gabriela al respecto: “No estoy hablando de personajes históricos, sino de personas que siguen influyendo en los modos de hacer periodismo hoy. Horacio Verbitsky, por ejemplo, fue muy importante para mi generación, pero a partir de su trabajo en la revista El Periodista, que marcó todo un estilo a fines de los 80. Es un hombre que sigue teniendo una visión sobre el papel político de la prensa y se la banca. No lo hace disimuladamente. Él cree en una posición política determinada y la defiende a través de los medios. Puede gustarme o no, pero ése es el espíritu del diario Noticias. Nadie disimulaba. No decían: engañemos a la gilada con el cuento de la objetividad.
 
¿Cuándo empezó ese cuento?
A fines del siglo 19 y acá, porque de hecho la prensa anglosajona no es así. En Estados Unidos, donde viví los últimos años, todos los diarios se pronuncian sobre cuál es el candidato al que adhieren. En lugar de editoriales contra el aborto o la eutanasia, como hay acá, escriben editoriales donde claramente dicen: este diario apoya al candidato fulano. Incluso, en las internas, en las primarias. Acá la prensa nació de ese modo. El logo de Noticias está inspirado en La Gaceta, un diario que nace con el cuchillo en la boca, a favor de la Revolución de Mayo y para sostener opinión política. Y así se mantiene la tendencia hasta que nace la prensa comercial, con La Capital de Rosario, La Nación y La Prensa. Son los tres diarios que van a marcar ese cambio. Y luego, con el ingreso de Clarín y su popularidad en las capas medias, se consolida la tendencia.
Estamos hablando de un discurso que trata de hacer una narración de la realidad sobre la que nadie puede tener dudas y para eliminarlas cambia el término “opinión” por “verdad”
Y coincide con la llamada “profesionalización”, es decir, con el nacimiento del “periodista profesional” al que se lo dota de esa doctrina. Pero la tradición era muy otra. Es decir, la prensa era un escenario de combate político y lo sigue siendo.
¿En qué sentido?
Yo no conozco a Néstor Kirchner, por ejemplo. Dependo de lo que me informan los medios para saber quién es este sujeto tan importante de la política argentina que está detrás de la Presidenta. Tampoco la conozco a ella. Ni conozco los baños del miniterio de Economía, pero por lo leído en tiempos de la ministra Felisa Michetti,resulta ser un lugar interesante. Es decir, la prensa tiene acceso a puertas que abre, pero también a puertas que cierra. Ése es su juego.
¿Qué subjetividad construye este juego en un periodista?
En un tiempo pensaba que el periodismo tiene una función social y que si uno cierra puertas, no cumple con esa función. Ahora estoy completamente desorientada. No sé qué función tiene el periodismo, pero si sé que me gustaría no tener que pisar una redacción en el resto de mi vida. Son espacios de mucha violencia, donde la gente se pelea con fervor por intereses ajenos con un grado de descomposición moral importante. Y realmente no sé cómo decir esto con más elegancia.
 

Populevich

Gabriela cuenta que cuando murió Perón, Walsh propuso que la edición de ese día quedara a cargo de Bonasso, a quien apodaban “Populevich”.
Su mirada del populismo no es peyorativa, todo lo contrario: casi igual que para Verbitsky, quien lo concibe como “definiciones ideológicas inspiradas en respuesta alas necesidades populares.
Esa alquimia entre intelectuales y populismo, entre Crónica y La Opinión, ¿fue la fórmula del éxito de Noticias?
Sin duda. Pero veamos, por un lado, la eficacia de la fórmula y por el otro, quiénes eran sus lectores. La fórmula está reflejada, por ejemplo, en lo que dice Verbitsky cuando contrata a Carlos Ulanovsky. Él le aclara: “No soy montonero ni lo quiero ser”. Y Verbitsky le responde: “Los diarios se hacen con profesionales”. Noticias era, sobre todo, un diario político hecho por profesionales. El tipo que hacía turf era un radical balbinista, pero –como me decían ellos– “hablaba con todos los caballos”, era el que más sabía. Cada dos por tres la tapa de Noticias proclamaba: “Pegamos 7 en Palermo y tres en La Plata”. Era un oráculo. Entonces, lo popular no estaba sólo en el tono, sino en la calidad de la información y en la comprensión de la necesidades del lector.
Y eso se reflejaba en las ventas…
Si, porque en ese momento había obreros que cobraban sueldo decentes y podían ir al hipódromo. No sé quiénes son los que apuestan ahora, pero sí sé que hay mucho desempleo. En aquel momento, ¿a quién llevaron como jefe de arte? A Smoje, un tipo que venía de diseñar la tapa de los libros de Jorge Álvarez y de Ediciones De la Flor. Era como lo más “banana” de la época, se caía de cool. Y el tipo hace algo muy diferente que el resto de los diarios. Cuando comencé a investigar el tema que terminó siendo este libro, me interesaba sobre todo la prensa política. Ésa iba a ser mi tesis para terminar la maestría. Estuve entonces mirando ejemplares del El Mundo, que era el diario que en los 70 editaba el prt, y Noticias. La diferencia era abismal. El diario del prt era un mamarracho. Ideologizado, feo. Lo que hace Smoje es un diseño precioso, con tapas tipográficas o fotográficas, que tenían una idea detrás. Y lo hizo cada maldito día durante lo nueve meses que duró Noticias en el mercado. Esa vocación popular no era, entonces, meramente discursiva.
¿Qué es popular hoy?
Creo que hay que mirar la blogosfera como un terreno popular y, si bien es cierto que para tener conexión tengo que pagar un montón de plata por mes, también es cierto que hoy no sabemos si esto va a ser así para siempre. De hecho, en los últimos diez años pasé de tener un teléfono fijo a tener muchas formas concretas de acceder a una comunicación en tiempo real con una persona que está en otro punto del planeta. Estamos trabajando en una zona de transformación. Hoy productor de contenido puede ser cualquiera, no solo un periodista. Entonces, en este contexto, ¿qué es lo popular? Capusotto en Youtube, sin duda.
En el libro hablás de él.
¡Y cómo no hacerlo!
Ésa era una posibilidad: contar esta historia como un trayecto que va de Firmenich a Bombita.
Pero no sirve, porque no refleja esta historia. En lo personal, podría decirte que Bombita me encanta y que Firmenich me cayó mal. Pero Firmenich representa a un montón de gente que se jugó la vida. Entonces, a mí me corresponde manifestar respeto. No hablo mal de Firmenich, cuento cómo sigue su vida como profesor universitario en Barcelona y de qué trata el libro que publicó con su teoría económica y que recibió el apoyo del premio Nobel Stiglitz. Y tampoco voy a usar a Bombita para reírme de ese imaginario. Me interesó Bombita porque me indicaba dos cosas. La primera, el hecho de que exista y haya pegado tanto tiene que significar algo. En segundo lugar, algo bien sencillo: a mí me hace reir, pero ¿se ríe también un señor al que le mataron a sus compañeros?
¿Cuál es la respuesta?
La respuesta es sí. Porque en Capusotto, además de haber inteligencia, hay autenticidad. Toma lo vital. Y eso es lo popular.
¿Reírse es una forma de espantar la muerte?
Es una forma de poner a estos personajes en un lugar. Primero se los intentó hacer desaparecer, luego demonizarlos, después, sacárselos de encima. Capusotto lo intenta con el humor, yo con verlos en perspectiva, a lo largo de la historia. Es otra manera de ponerlos en un lugar. Y quizá haya otras. Pero no hay que borrarlos. Esto pasó, fue muy movilizador para mucha gente. Es cierto: se cometieron muchísimos errores. Y quizás el primero fue ser peronista, porque te veo mal en un movimiento que dice que la lucha de clases no existe, especialmente si vos querés ser revolucionario. Pero es mi punto de vista. Lo cierto es que éstas son cosas de la patria.
 

Nac & pop

Los intelectuales hoy ¿quieren ser populares?
No lo sé. Hay una historia muy compleja en este país en la relación entre los intelectuales y el poder.
No parece compleja, por ejemplo, la relación de los intelectuales de Carta Abierta. ¿Está, en todo caso, más dirigida al palacio que a la calle?
Aunque haya ahí mucha gente por la que siento cariño y a la que le estoy agradecida, porque fueron profesores y me ayudaron mucho, y aunque disienta con su adhesión a este gobierno, no creo que ninguno de ellos le hable en la oreja a Néstor Kichner, porque no los va a escuchar. ¿A quién escuchaba Menem? Alfonsín, quizá, fue el último que escuchó a un intelectual y era gente que le aconsejaba que no recibiera, por ejemplo, a Cortázar porque era un subversivo. Las malas lenguas dicen que fue Sabato, pero a mí no me consta, tampoco me sorprendería porque no es incoherente. No creo que no haya habido intelectuales en este país con vocación de influir en la cosa pública, pero básicamente desde la derecha y hablándole a un poder al que le importa tres pitos lo que puedan decirle. Acá no hay manera de que lo que piensa una sociedad influya en la ejecución del poder, si esa ejecución se reduce a ver quién se hace más rápido con el botín.
¿Montoneros no pretendía ese botín?
No como botín. Esa generación buscaba otra cosa, realmente. A mí me parece que esa generación sí quería cambiar los criterios con los que se ejerce el poder. ¡Te la regalo en qué condiciones querían hacerlo! Porque si engañabas a tu mujer, te mandaban a picar piedras y si eras gay o lesbiana no la pasabas muy bien en el erp. Pero aun así no creo que fueran a por el botín. Ellos querían poner a Argentina en una órbita que se les cayó, porque finalmente lo que querían era el socialismo. Y estoy hablando de todas las organizaciones guerrilleras, no sólo de Montoneros. No los juzgo ni los reinvindico. No está bien reivindicarlos a secas, pero tampoco tratarlos como pobrecitos. Hay que decirlo con todas las letras: era gente con voluntad y con un sueño. Y se la jugaron y perdieron. Los secuestraron, los torturaron, lo mataron. Y otros sobrevivieron.
Sobre el final, conversás con el presente: los hijos.
Conté la historia de algunos. La de los hijos de Urondo y de Quieto, por ejemplo. Pero hay que multiplicarlas por 30 mil. Son historias de mucho dolor, pero también de mucho coraje. Ángela Urondo está luchando por recuperar su apellido, criando un hijo y esperando otro. Los otros dos Urondo pusieron un restaurante precioso en Almagro. Guido Quieto es abogado y está tratando de lograr el castigo para los secuestradores de su padre. Su primo Manuel -a quien le dicen El Negro, igual que a Roberto Quieto- es el cantante de la banada Mancha de Rolando… Es la vida, que sigue, en un país en donde no hay liberalismo, sino la explotación más pedorra que se puede hacer de un pueblo manipulado por la violencia.
Un relato de Jacobo Timerman plantea, cuando está parado frente al Museo del Holocausto, que no se puede entrar a esos lugares sin saber antes qué se va a buscar. Porque son lugares de los que ya se conocen tantas respuestas, que para decir algo nuevo lo único que importa es hacer una pregunta propia, única, personal. ¿Qué pregunta te hiciste para poder “entrar” así a Noticias?
Me pregunté cuál es el mecanismo biológico que permite continuar. Me pregunté cómo siguieron los Urondo con sus vidas. Y me encontré con un espacio de celebración de la memoria: ese restaurante que pusieron con la indemnización que el Estado les pagó por la desaparición de su padre. Urondo era un gordo desmesurado, muy culto y bebedor. Sus hijos hicieron un espacio para comer y beber y reír. La parte del fantasma en el altillo estuvo bien para empezar, pero no me sirvió para entender. Para comprender realmente esta historia tuve que ponerme en la cabeza de gente que vivía en un mundo muy diferente y con ideas muy diferentes a las mías. Entonces, ya no hay fantasmas. Hay personas. Hay historias abiertas. No sé cómo va a terminar el juicio que tiene que soportar Ángela para recuperar su apellido, si Guido podrá encarcelar a los represores de su padre. No sé qué va a pasar con la memoria de Walsh, que ahora es como una estampita. No sé qué va a pasar con Verbitsky, luego de haberse jugado tanto con este gobierno. Pero al menos sé cómo darle sentido a una historia para entender dónde estoy viviendo.

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