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Las compañeras

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Minifaldas, militancias y revoluciones. Un libro en el cual diferentes autoras revisitan los 70 para descubrir a las mujeres militantes como protagonistas de cambios que continuaron a pesar de la represión.

“¿No te das cuenta de que ustedes son las culpables de que nosotros no nos queramos ir a nuestras casas? (…) Con ustedes se puede hablar de cine, teatro, de cualquier tema, de política, saben criar hijos, tocar guitarra, agarrar una arma. Saben hacer todo. Ustedes son las mujeres que nosotros creíamos que sólo existían en las novelas o en las películas”, fue la confesión que le hizo el torturador conocido como Tigre Acosta a Munú Actis (sobreviviente de la esma).
De esto se trata esta nota. De mujeres que alguna vez se pusieron polleras cortas, cambiaron pañales, cargaron un fusil e intentaron cambiar el mundo.
Andrea Andújar es historiadora, docente, investigadora e integrante del colectivo Mujer, Política y Diversidad en los 70 y una de las cinco compiladoras y de las once autoras que dan forma al libro De minifaldas, militancias y revoluciones, que acaba de salir a la luz bajo Ediciones Luxemburg. Sentada sobre una silla de una habitación pequeña que hace las veces de biblioteca y lugar de trabajo, Andrea me cuenta –mate en mano– que, para ella, ser historiadora está relacionado con el placer de bucear en el pasado y con saberse una ser humana política. Pero también tiene que ver con descentrar la mirada para poder pensar la cotidianidad de mujeres que tomaron parte en la lucha política-armada y se decontruyeron en aquel mundo de los 70 donde hubo sueños rupturistas, conflictivos, contradictorios y una decisión política de modificar el orden de las cosas.
A Andrea le interesa la memoria como herramienta de análisis, vinculada a la historia oral y aplicada sobre todo a la interpretación del conocimiento. Para explicar este concepto da un ejemplo: “Tanto la historiografía, la literatura académica y política, y en cierta forma el periodismo, centran su mirada y terminan concibiendo a los protagonistas históricos en la figura de un sujeto varón. Y es preocupante porque la realidad es mucho más compleja, las grietas más grandes y las preguntas más interesantes si ponés a las mujeres en escena. Por eso, me interesa cambiar la perspectiva no sólo en el sentido de incorporar a las mujeres, sino de repensar periodizaciones y problemas. Por eso nosotras pensamos al libro como un desafío a la mirada, porque queremos seducir a los lectores desde otro lugar.
 
¿Cuál es ese otro lugar?
Son varios, en realidad. Por un lado, desafía el leguaje académico y lo rompe. Para nosotras era importante que el libro sea accesible a cualquier persona más allá del ámbito en que se desarrolle. Por el otro, el libro pone en escena a mujeres (y hombres) vinculadas, y trata de analizar cuáles eran sus sueños, sus deseos de lucha, sus anhelos de cambio en esa radicalización tan fuerte como fue la década del 70. La historia hay que pensarla no desde el punto de vista de la invisibilización de la mujer.
¿Qué encontraron cuando hurgaron en esas acciones?
Fueron hallazgos de una enorme riqueza y heterogeneidad. Por ejemplo, en la primera parte se habla del impacto y del ingreso masivo en la lucha política de las mujeres en los años 60 y 70. Esa decisión implica un amplio quiebre porque rompe con el ideal femenino de la clase media que las ubicaba en el rol de madre y ama de casa. Y lo rompen tomando las armas. Esta ubicación es central para comprender qué pasa con las mujeres, cómo se perciben a sí mismas. Ayuda, además, a desandar la historia oficial de la guerrilla como instancia de masculinización. Y ahí entra en juego la percepción del poder represivo que las visualiza como mujeres doblemente peligrosas. Otros trabajos dan cuenta de las trayectorias de mujeres guerrilleras que hacen un camino diferente y en el exilio terminan vinculadas al feminismo. Nos preguntamos, entonces, qué nuevas conexiones se formulan allí. El texto de Rebekah Pite pone en escena a Doña Petrona y con la excusa del “cómo se cocina” analiza las conflictividades en torno a esas mujeres que leían, que confrontaban y hacían política. O el artículo de Débora D’Antonio que toma el tema de las prácticas terroristas y de la resistencia. Habla de la sexuación del castigo para entender cuál fue la doble lógica del Estado terrorista que visibiliza el control del terror, el miedo y su simbología en la calle; pero invisibiliza el secuestro y la desaparición forzada. Y cómo esta doble lógica se traslada a las cárceles y a los centros clandestinos de detención con pautas muy claras respecto al género a la hora de reprimir, disciplinar esos cuerpos femeninos que estaban mal vistos por haber cortado con el mandato doméstico. Esos cuerpos debían se extirpados. Débora señala que son casi 10 mil mujeres desaparecidas y ocultas contra 1.200 presas políticas que mantuvo visible el Estado represor. También es importante entender que si bien la dictadura tuvo su punto de inflexión el 24 de marzo de 1976, no comenzó allí. En este sentido el texto de Laura Rodríguez Agüero se posiciona en Mendoza entre los años 1974 y 1976 en organizaciones como el Comando Moralizador Pío xii donde se sentaron las bases del genocidio y el blancos de sus acciones fueron mujeres en situación de prostitución. Es decir, y caemos en lo mismo, las prácticas terroristas aplicaron sus lógicas de acción, previas al Proceso, sobre aquellas personas sindicadas como terroristas por romper cierta moral social.
No mencionaste tu texto, en el que hablás del amor en los tiempos de la revolución. ¿Qué significados encontraste en la construcción de la pareja dentro del activismo revolucionario?
Descubrí mujeres y hombres que fueron capaces de crear otras historias de amor, donde el compromiso de pareja y el compromiso político estuvieron fuertemente vinculados. Y porque me revienta, me revienta, me revienta (sí, Andrea repite tres veces el término poniéndole énfasis a esa palabra) que a las personas que estuvieron en las organizaciones político-armadas se las encasille tirando tiros. Fueron seres humanos que emergieron de esta sociedad de carne y hueso, que amaban, desamaban, tenían celos, se enojaban, se peleaban, tenían proyectos. Y en muchos casos trataron de construir una moral distinta a la burguesa. Y abrían preguntas.
En tu texto citás una anécdota. Frente a la pregunta sobre si Norma Arrostito había mantenido relaciones sexuales con Firmenich y Galimberti, Antonia Canizo (una de las pocas sobrevivientes del grupo que luego dió nacimiento a Montoneros) responde: “No era una puta. De eso sí puedo dar fe”. Más allá de que el dato no es real, Canizo claramente toma una postura moralista.
Sí, me llamó poderosamente la atención que en mujeres militantes, que tuvieron la intención de romper con ciertos parámetros de la vida moral, frente a una pregunta referida a la sexualidad, el resorte volviese a actuar. Por eso: no eran fantásticos. Esas preguntas pudieron haberse respondido desde otro lugar. Sin embargo y a pesar de aquellas contradicciones las mujeres transitaron caminos diferentes a los de los varones, los desafiaron y armaron el propio. Tanto es así que mi mamá, que no tuvo militancia política, al leer el libro se sintió reflejada en casi todos los artículos. Ella me dijo: “Y si… la sexualidad había que romperla. Yo nunca las crié para que llegaran al ma-tri-mo-nio (sí, Andrea lo separa en sílabas), sino para que vivieran en paz, con deseos y con ganas. Y la dictadura destruyó muchas cosas, pero con la sexualidad no pudo”. Y tiene razón, porque en la época de la dictadura yo fui adolescente y para mí muchos chicos fueron mejor que uno y estaba bueno escuchar rock and roll. Y en casa dejaron que sucedieran esas cosas. Fueron rupturas cotidianas, diques que se destruyeron. Soy el resultado de una generación que politizó y puso en tela de juicio muchas cuestiones. Por eso yo creo quedarse sólo en la violencia armada cuando se habla de los 70 es reducir la complejidad histórica que lleva este concepto. Fue el enamoramiento de pensar a las mujeres en acción lo que nos llevó a armar este libro. Y mientras lo construimos, nos fuimos construyendo nosotras.

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Arriba los de abajo

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