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El casamiento de Anita y Mirko. Desde hace diez años una original propuesta del Circuito Cultural Barracas genera una fiesta protagonizada por vecinos del barrio para combatir el desencuentro.

Que Anita y Mirko se casen, con una gran fiesta incluida, todos los sábados. Ésa fue la pócima que inventaron los vecinos de Barracas para transformar el desánimo generalizado que, en pleno 2001, amagaba con llevarse todo lo que se pusiese en el camino.
La alquimia contra el pesimismo tuvo otros ingredientes que hicieron que la fórmula fuese efectiva: que los protagonistas del casamiento sean los propios vecinos y el público; que no haya más requisito para poder protagonizar el espectáculo que tener ganas de hacerlo; y, la frutilla del postre: querer divertirse y pasarla bien.
Desde hace casi diez años El casamiento de Anita y Mirko se repite, estrictamente, todos los sábados a las 22 horas en el Circuito Cultural Barracas, protagonizado por más de 50 vecinos que por unas horas dejan la panadería, el consultorio, el taxi, la escuela o los quehaceres domésticos no sólo para actuar (y lo bien que lo hacen) sino para darle a esa acción un valor agregado: la de compartir, labor que los tiempos actuales desprecian en cualquiera de sus manifestaciones.
Así, sin saberlo con la precisión que reclaman las academias pero con la sabiduría puesta en el hacer con otros como mecanismo para zurcir el desencuentro, crearon un espacio de libertad, interacción y belleza que pocos dramaturgos serían capaces de generar.
Una vanguardia artística creada por quienes estaban en la retaguardia social. Y un knock out a la parálisis.
“Este proyecto tiene un marco: teatro de la comunidad para la comunidad y el arte como transformador social. Creemos que el desarrollo creativo en el vecino produce una transformación”. Las palabras de Ricardo Talento, actor, director y dramaturgo, uno de los fundadores del teatro comunitario en nuestro país y director del Circuito Cultural salen lentas pero apasionadas, como remolonas y disconformes por la partida de sus labios pero precisas y exactas como el antiguo reloj que a su lado marca un tiempo oxidado y a la vez inexorable.
Tic-Tac. Tic-Tac.
Las agujas no descansan.
Me complace pensar que están en el lugar indicado.
Tic-Tac. Tic-Tac.
La hora del arte comunitario
Ricardo se bate a duelo con su apellido para rechazar, de movida, la idea del don del artista: “Creemos que el arte es un derecho de todos. El mundo liberal creó la figura del artista como para decir que están los que se permiten desarrollar su actividad y tienen un don. Están diciendo que otros no lo tienen. Y, además, que se trata exclusivamente de una producción personal. Es un nefasto concepto liberal y hay otro del progresismo: la idea del arte como herramienta, como una utilidad. Nosotros creemos que en sí es transformador”.
¿Y de qué manera transformó el barrio?
Si hay 300 vecinos participando, que dedican su tiempo libre para juntarse con otros, para construir con otros, para compartir; si hay 50 vecinos maquillándose juntos: eso ya es una transformación.
La metamorfosis que señala Ricardo se traslada, también, al público. (Aclaración: aquí público y espectador no son sinónimos sino antónimos).
La puerta se abre como un suspiro y las cuñadas que manejan el salón “La Taffié de tu Barrió” te invitan a ubicarte en la mesa que te ha sido asignada, como en todo casamiento, donde surgirán los primeros diálogos con quienes han tenido tu mismo destino. Mientras van anunciando que “ya llegan los novios”, llega la comida y la bebida, por lo que queda absolutamente claro el interés gastronómico que a todo el mundo le genera este tipo de eventos.
Al rato, Anita y Mirko ingresan al salón y con ellos sus desparejas familias, que constituyen uno de los puntos de atracción y conflicto de esta obra que tiene tan bien incorporados los rituales casamenteros que todo el tiempo hay que hacerse la aclaración mental de que, en realidad, se trata de una ficción. Lo que sentís es que te invitaron: participamos de la fiesta, cenamos, bailamos (hasta se arma trencito) y, como corresponde, nos sacamos fotos con los novios. Durante dos horas recreamos cada uno de los ritos de un casamiento: video, vals, números musicales, cena, lanzamiento del ramo, torta.
Suena la música y es difícil quedarse sentado. La pista es un imán que te succiona y, casi sin que te des cuenta, estás bailando con la novia, con aquel de camisa almidonada y cara de oficinista que ahora agita las palmas y mueve las piernas con mucha más voluntad que eficacia.
De todas formas, nadie presta atención a ese detalle: no le interesa a él ni a ninguno de los que están alrededor. Lo que importa es que estás bailando, como te salga, con ya no sabés quién. A lo mejor son esas dosis de libertades y magia las que generaron que Anita y Mirko se casen cada sábado con el salón repleto de invitados, cuestión que en una obra de otra naturaleza sería mencionada como “a sala llena”.
Ricardo sigue ofreciendo pistas para la transformación: “Hace cuatro años que fui al Foro de Porto Alegre a dar una ponencia. Allí, donde el leiv motiv es ‘otro mundo es posible’, me acuerdo que planteé que no iba a ser así si no éramos capaces de imaginarlo. Porque si no siempre vamos a estar construyendo en contra de alguien y porque este mundo de mierda lo está imaginando alguien, no es casual”.
Talento baja al Circuito Cultural Barracas lo que pensó en Porto Alegre: “Los primeros miércoles de cada mes hacemos lo que llamamos ‘reuniones de reflexiones’: nos juntamos los que quieran, no es obligatorio ni masivo porque justamente descubrimos que en los plenarios hablábamos siempre los mismos, entonces lo interesante aparecía en los bares, en los cumpleaños o en las casas de los vecinos”.
Así fue como empezaron a visualizar la forma de construir. Me lo explica mejor: “Un tema interesante fue el de las llegadas tarde, que era un clásico. Después de mucho charlar se llegó a la conclusión de que el que llegaba temprano es un privilegiado: tiene tiempo para hacerlo, puede tomarse unos mates, charlar con el otro y, en el fondo, está preparando el espacio para el que no tiene tiempo y llega a último momento. Y el que llega tarde de avivado, se lo pierde. Esto que parece una tontería es empezar a visualizar cómo construimos desde otro lado, sin esto no funciona. Yo siempre digo que no hagamos reuniones de consorcio. En las reuniones de consorcio se juntan y los que están hablan de los que no vinieron ese día, en vez de proponer algo. Construyamos colectivamente: ésa es una de nuestras bases porque si no entre tanta gente no podríamos ponernos de acuerdo nunca”.
Ricardo menciona palabras como construcción, acuerdo, propuestas. Las siento en vivo y en directo mientras participo del casamiento que, antes que eso es una maravillosa edificación no sólo desde el producto que se ofrece, sino sobre todo desde los lazos que se construyen entre quienes sábado a sábado realizan la función.
Lazos.
Eso se ve, aunque sean invisibles, cuando antes de comenzar el espectáculo tengo el privilegio de colarme en el set de maquillaje.
El elemento central no son las pinturas sino el mate, con el tejido que es capaz de construir cuando pasa de mano en mano. Lo primero que veo son actores de diferentes edades que se maquillan unos a otros, que comentan una cosa tras otra mientras ultiman detalles. De fondo, ese murmullo que emerge de varias conversaciones simultáneas se entremezcla con risotadas de distinto calibre. Risas infantiles traviesas. Risas traviesas adultas. Risas nerviosas, despreocupadas, precisas. El olor a yerba húmeda, regada, inunda el ambiente pese a que hay más de cuarenta personas yendo y viniendo. Donde yo veo actores, ellos ven al del 4º B, al canillita, al carnicero y a la panadera. Desespero por adivinar: éste tiene pinta de almacenero, esa señora debe ser la del locutorio, aquél es el del kiosco. Es una orgía de edades, ocupaciones, profesiones, misterios.
La metamorfosis ya es un hecho pero se agiganta para los que miramos la escena con ojos noveles. En su relajada concentración por maquillarse no adivinan el impacto que produce ver a casi cincuenta individuos que están compartiendo este instante sólo por el goce que produce hacerlo. En vez de encerrarse en sus casas a ver la tele, en lugar de mirar el barrio por la ventana…
Vuelvo a lo que Talento me decía sobre la transformación.
 
¿Cómo se sostiene el espacio?
Los lunes está lo que llamamos el Taller de Integración: los vecinos que recién se integran. Además, el primer lunes de cada mes, a las 20 horas, viene todo el vecino que quiere participar por primera vez. ¿Qué hacemos? Empezar a transmitir técnicas básicas: canto, actuación, baile, maquillaje. A los dos meses ya está integrado a los espectáculos.
 
Ricardo aporta otra clave para entender las características del teatro comunitario: “La cantidad de gente que va y viene ha sido la gran fortaleza del teatro comunitario. Y descubrimos que cuanto más móvil, más fuerte es. Al vecino le pasa que quizá no puede venir, le cambiaron el horario en el trabajo, algún sábado no puede, entonces cada personaje tiene dos o tres versiones. Todos saben que existe este espacio que es de todos y que si se van, pueden volver cuando quieran, no hay culpa ni nada. Tiene la movilidad que tiene la comunidad”.
Más movilidad tiene la chica de vestido cuadrillé que encabeza el trencito con un ritmo que mis piernas envidian y mis ojos agradecen.
Anita y Mirko se despiden de sus familias. Una vez más han celebrado su casamiento aunque cada noche sea totalmente diferente a la anterior. Hay quienes sostienen que cualquier observador, por el mero hecho de ser testigo, influye en la realidad que está observando, la altera, la modifica.
La próxima función quizá sea diferente porque estás vos.

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