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El cuerpo biopolítico

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Marisa Miranda y Gustavo Vallejo son dos académicos que investigan los alcances de la eugenesia, una teoría científica que justificó políticas de exclusión con la excusa de un ideal imposible: mejorar la raza. Cómo se convirtió en una herramienta para controlar poblaciones.

Cuatro libros y muchos años de investigación les permiten a Marisa Miranda y a Gustavo Vallejo convertirse en especialistas de un tema apasionante: cómo se construyó el cuerpo latinoamericano. Estamos hablando de una idea, de una abstracción y, por lo tanto, de un modelo. Pero también –y nada menos–   de un paradigma político que permitió la construcción de algo que podríamos definir con una triste palabra de moda: exclusión. Se trata del límite entre lo que realmente somos y aquello que nos dijeron que queremos ser. Y de todo lo que quedó afuera al trazar esa frontera. Estamos hablando de la representación social de la identidad nacional de un continente que se caracteriza por la diversidad, pero que cada Estado Nación decidió que tendría un ideal concreto.
Y a esa imagen, y sólo a ésa, le otorgó derechos.
Y la consagró “ciudadano”.
Todas y todos los que quedamos afuera –que por cierto somos la gran mayoría– podemos ser los lectores agradecidos de estas investigaciones académicas que se leen como si se tratara de una pesquisa. Así, quedamos ante la evidencia de cómo se realizó ese identik, por qué y partir de qué teorías.
El juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni es el encargado de dimensionar el aporte en el prólogo que escribió para la última edición de esta saga, cuando habla de las consecuencias trágicas de una práctica que bajo el disfraz cientificista escondió el cuchillo racista. Mirarnos, sin artificio, en ese espejo nos permite, al menos, admitir que la exclusión es algo más complejo que el resultado de un fallido plan económico –por más que también lo sea– y más profundo que un flagelo que se soluciona con caridad y plan social.
Marisa y Gustavo me reciben en su casa de los bordes de La Plata, con amabilidad y desconfianza. ¿Es posible simplificar tantos años de trabajo en una charla? La pareja aporta su paciencia y oficio docente. Yo, mi impune ignorancia. El resultado es esta charla.
 
¿Cómo se comenzó a trazar la cartografía que construyó el modelo del cuerpo latinoamericano? ¿Qué incluyó y qué dejó afuera?
Marisa: A fines del siglo 19, con el peso que tenía la ciencia en ese momento y con la legitimidad que otorgaba, empiezan a interrelacionarse ciencia y poder. Un ejemplo clave es el tema de nuestra investigación: la eugenesia. Un disciplina que fue enunciada por Francis Dalton, primo de Charles Darwin, en 1883. La define como la ciencia que estudia la mejora de la raza, ya sea aplicada a animales, plantas, o al hombre. En este concepto de mejora subyace la idea de una jerarquización. Y una jerarquización requiere necesariamente de una previa clasificación. Y esa jerarquización, a su vez, ha generado durante todo el siglo 20 y en Occidente diversas políticas de exclusión.
Gustavo: La revolución darwiniana consistió en explicar la evolución a través de la lucha por la vida, la supervivencia del más apto, la selección natural. La eugenesia parte de un razonamiento: la selección natural está regida por el azar. Y si no puedo saber quién va a ganar en esta lucha por la vida, estamos en problemas, fundamentalmente si el que pierde soy yo. Por eso, se deben establecer políticas para controlar algunas variables. Si la teoría de Darwin explica la selección natural, la eugenesia plantea la selección artificial.
¿La eugenesia, entonces, es la madre de la exclusión?
M: Exactamente. Es, podemos decir, la que otorga legitimidad “científica” a la exclusión.
G: Incluso un reconocido eugenista proclamó que su tarea era impulsar la ciencia de la discriminación. Y se sentía orgulloso de llevarla a cabo porque la consideraba muy noble para la raza.
El problema es, precisamente, qué raza, porque mirado este tema desde Latinoamérica, la primera excluida es la originaria.
G: Para los años 30, cuando comienzan a llegar las ideas eugenistas a nuestro país, ya los pueblos originarios habían sido eliminados del imaginario social. Entonces, la preocupación pasaba por otro lado.
¿Por dónde?
G: La operación científica consistió en construir estereotipos y en ir definiendo patrones de “normalidad”, a partir de los cuales se estableció hacia dónde apuntar para obtener la raza deseada. Un ejemplo que investigué es el caso de la estatua que el Ministerio de Educación brasileño hizo erigir en su edificio. Se trataba de representar a un hombre, pero no se ponían de acuerdo en qué tipo de hombre debía ser. El escultor quería hacerlo mulato, y lo que siguió a su propuesta fue una discusión sobre qué era lo que se tenía que representar: si la realidad, o la aspiración. Finalmente, los eugenistas recomendaron que fuera blanco.
M: Creo que para comprenderlo mejor hay que reemplazar la palabra “raza” y reinterpretarla: el problema es “el otro”. De hecho, en la historia latinoamericana y en Argentina en particular, ha habido diversas exclusiones del otro: el cabecita negra, el judío, el homosexual, el comunista. Ésa es la preocupación que “resuelve” la eugenesia.
¿Cómo la resuelve?
M: La primera consecuencia es que deja en claro la trama que une la ciencia y el poder. La ciencia le permite al poder construir una realidad, un discurso de verdad.
G: Para ponerlo en contexto, hay que entender que a fines del siglo 19 la cantidad de gente culta es baja en relación a la cantidad de habitantes que tiene nuestro continente. Eso implica, entre otras cosas, que se constituya en el pensamiento científico una identidad muy fuerte.
Una aristocracia…
G: Claro: una aristocracia del saber. Y esta identidad es algo que atraviesa todas las ideologías políticas, incluso las más progresistas. Ahí empieza a aparecer una primera demarcación, que establece una diferencia con relación a los individuos incultos y una integración de intereses que va más allá de las diferencias partidarias. Ese campo va a ser en el cual se van discutir, se van a desarrollar y naturalizar las ideas de superioridad racial que alientan la aplicación de políticas eugénicas.
¿Cómo impactó la eugenesia en lo político?
M: La eugenesia es biología política. Es una idea política que busca legitimaciones en el campo científico, y viceversa. La interacción es permanente. Surgió dentro del campo médico y del campo jurídico, justamente porque eran los campos donde se articulaban discursos y políticas y, en base a esa dinámica, se autolegitimaban.
G: En su momento la eugenesia representaba los avances de la ciencia de la época. Es muy difícil desligar esa idea de sentirse parte de algo que implica modernidad, de la actitud de adhesión que despertó en quienes no pensaron en las consecuencias políticas. De todas maneras, ya avanzados los años 30, con los regímenes totalitarios que asumen en Europa y los usos que explícitamente le van dando a la eugenesia para sostener esos regímenes, había que ser muy ingenuo para no percibir esto. Se nota, entonces, que detrás de la eugenesia, en Argentina estuvo siempre la presencia del fascismo italiano, sobre todo, y eso lleva a hacer otras interrogaciones al interior de la cultura política argentina. Y ahí también está vinculada la Iglesia, que ayuda al desembarco de la eugenesia en Argentina.
M: Luego del 45 era imposible sostenerla, pero llamativamente, en Argentina se funda la única Facultad de Eugenesia del mundo, en 1957, que funcionó hasta 1980.
¿A qué respondió políticamente ese proyecto?
G: Representaba un límite al avance de las masas. Es lo que le permitió a la política decir: la ciencia nos está demostrando que los individuos no son iguales, y esa desigualdad está legitimada científicamente. Es la manera en que el discurso científico evita que las masas avancen hacia lugares donde “no les corresponde estar”.
¿Así se construyó la identidad argentina?
G: Existieron distintos discursos del poder que fueron construyendo esa identidad, y la eugenesia fue uno de ellos. Su tarea no era responder quiénes somos, sino a dónde queremos llegar. Y ese “hacia dónde” implicaba excluir todo aquello que podía alterar el futuro deseado, esa culminación, para poder alcanzar, no sé si un súper hombre, pero un biotipo adecuado.
¿Cómo se fue concretando ese ideal?
G: El límite se trazó a partir de lo que la ciencia consideraba anormal. Un ejemplo es el que estudió Marisa: el de los leprosos. Cómo una enfermedad permitió que a un grupo poblacional se le quitaran los derechos civiles. Otra operación importante tuvo que ver con alentar qué población se reproduce y cuál no. Se evita, entonces, que existan matrimonios entre personas afectadas de distintas patologías, por ejemplo. Y para hacerlo, se establece una disección muy precisa sobre lo que es normal y lo que es patológico.
¿Lo normal tiene derechos y lo anormal, no?
G: Exacto. Y así cómo existen políticas coercitivas sobre lo anormal, también existen hacia el otro lado. Por ejemplo, se instala la idea social de que está faltando a un deber de ciudadano aquel individuo normal que no se casa a tiempo. Incluso, llega a pensarse un impuesto a soltería.
M: Por eso las políticas natalistas han sido tan selectivas. Porque estaban destinadas a que se reproduzcan, pero sólo los que sirven.
¿Esas políticas tienden a alentar a aquella población más productiva?
G: Sí, pero fundamentalmente es un paradigma cultural.
M: La Biotipología –que es la versión de la eugenesia que se afianzó con mayor fuerza en Argentina– dejaba muy en claro para qué servía cada persona. ¿Con qué fin? Para evitar gastos. Este argumento tiene un trasfondo económico que va más allá de lo ideológico-político. Una de las consecuencias es que establece roles muy marcados: para qué sirve cada quien. Y obviamente, dentro de esas jerarquías, están también marcadas las cuestiones de género.
Pero en la práctica, la eugenesia fracasó, porque los que más seguimos reproduciéndonos somos los anormales…
M: Pero la impregnación del discurso persiste.
G: Y se retroalimentó.
¿Cómo?
M: La eugenesia se proponía, básicamente, responder a la idea de quiénes queremos ser. Y esa pregunta persiste, a pesar de que no tiene sentido: somos lo que somos.
¿Cómo persiste esa pregunta?
M: Como proyecto político, se responde cada vez que el poder quiere invisibilizar a una parte de la sociedad y mostrar sólo otra.
G: Otro ejemplo es un libro de 2003, de Giovanni Sartori, un intelectual muy vinculado a la izquierda. Se llama La Tierra explota y plantea que si Europa no pone un cierre de fronteras más estricto para la “invasión” de latinoamericanos y africanos, va a ser arrasada. Entonces, lo que hay que hacer es controlar la natalidad en los países subdesarrollados que nos generan estos problemas. No es estrictamente eugenesia lo que motiva su posición, pero sí su génesis: el control. Porque las premisas centrales de la eugenesia fueron controlar los matrimonios y las migraciones. Y eso es lo que estamos precisamente debatiendo ahora.
M: Lo interesante de este regreso es que permite ver la crisis. Porque es un regreso fascista, que nos propone muros y controles, pero también un regreso decadente, en el sentido de que al menos hay una posibilidad de discutirlo porque ya no tiene el consenso social que lo sostenía. Nuestro aporte, entonces, intenta sostener ese debate dentro del ámbito académico porque ese fue uno de sus bastiones. Nuestras preguntas son: ¿quiénes, en ese ámbito, sostienen qué? ¿Y con qué mecanismos lo hacen?
¿Cómo se logra saldar ese debate?
M: Lo que tiene que internalizar el ámbito académico es el concepto mismo de derechos humanos. Es decir, no se puede establecer ninguna política discursiva de exclusión, de segregación, de discriminación, si tenemos internalizada la idea de igualdad.

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