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Hacerse oir

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La Garganta Poderosa. Una revista villera que crece y se multiplica en Argentina y Latinoamerica. De excelente calidad de forma y contenido, la hacen los chicos: escriben, producen y venden.

Pienso que es difícil describir lo nuevo porque dependemos siempre de analogías más o menos pre-fabricadas que guardan un oscuro pacto con lo viejo: algo así como aceptar que la primavera del pensamiento nunca deja de estar en deuda con su otoño, y que vemos esa primavera con los ojos de una estación pasada. ¿Cómo explicar, con un registro original, la creación de una revista villera?
La Poderosa es un tigre latinoamericano de siete años, con muchas cabezas y –esto puede parecer raro– más de un cuerpo. Ese tigre sin cara se agita y ruge al mismo tiempo en Zavaleta, en la Villa 21/24, en la 31 bis, en Chubut, en Córdoba, Tucumán. Ya se asentó en Bolivia y en Paraguay; hay comentarios felices que anuncian una casa en Puerto Rico.
Los tigres, según los especialistas, suelen vivir entre 15 y 20 años, pero algunos veterinarios atrevidos, asombrados por el singular ejemplar, auguran un futuro más prometedor para este animal múltiple: la condición de perdurar indefinidamente en el tiempo, y –lo que es, sin dudas, mucho mejor– la posibilidad de seguir sumando cabezas con más y más ojos y bocas que multipliquen el grito.
Las rayas del tigre pueden ser avenidas principales en una ciudad, digamos Buenos Aires; sus bifurcaciones son los pasillos de una villa. La sexta bifurcación de una de las tantas rayas tiene nombre: Ernesto Che Guevara. En ese espacio hay una plaza con tobogán y hamaca, algunos autos, mucho fútbol, muchas casas, pero una que nos interesa en particular: esta casa que es algo así como el pulmón del tigre, o la redacción de una revista villera. Ahí nos encontramos con los chicos que escriben, con los grandes que aprenden. Para notar las diferencias con una redacción cualquiera, es bueno distinguir que la luz va y viene todo el tiempo, que se entra y se sale con mucha facilidad, que hay sonrisas, que hay muchos chicos con muchas ideas, que nadie parece amargado, que se trabaja y que un nene de 10 años pregunta sin muestras de cansancio: “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?” para terminar d-escribiendo su mundo, pero al revés.
Los ingredientes
Los cocineros dicen que no se puede hacer dos veces el mismo plato en distintos hornos: buen ejemplo para aceptar que lo que estos chicos hacen es un plato único, y bien condimentado. La primera comanda fue de 3.000 ejemplares; la segunda entrega, de 5.000; para la tercera, que a estas horas está ya casi cocida, se esperan 10.000. Los primeros números estuvieron en buenas manos: el redactor jefe –según la primera página de la revista– fue Rodolfo Walsh, y entre los colaboradores aparecen nenes de pecho como Julio Cortázar, Roberto Santoro y el padre Mujica.
El proyecto se autosustenta. La organización no tiene centro y es fluida: difícil explicar el mapa. Fácil de explicar son las intenciones que nacieron de una necesidad: difundir la cultura villera y que los distintos barrios salgan para adelante. Hay cooperativas que funcionan como órbitas del proyecto: hay ambulancieros poderosos –porque las ambulancias públicas a la villa no quieren entrar–, hay una cooperativa de barrido y limpieza, otra de tejido y otra de guitarreros formada, al igual que la revista, por vecinos de todos los barrios. A su vez, la revista generó 10 cooperativas nuevas que se encargan de distribuirla.
Nos sentamos en ronda y creo que no podría ser de otra forma. En la revista alguien hizo una pregunta difícil: ¿Cómo se hace la fuerza desde abajo? En la charla se ensaya una respuesta: “Juntándonos. Tomando responsabilidades territoriales, comunitarias. Moviéndonos con planes de alfabetización, cooperativas de trabajo, con fútbol popular, donde jugamos mujeres y hombres juntos, sin árbitro. Buscando recursos de una manera genuina.” También explican la decisión del anonimato en la revista y en la organización: “Nadie habla a título personal por La Poderosa: no es un juego de personalidades. Acá el único protagonista es el barrio.”
Este barrio del que hablan, según un informe de América TV realizado por Facundo Pastor, es “la antesala al infierno.” Por esa mentira hicieron la “movilización más grande de los últimos años en el barrio” hasta las puertas del canal. “Ahí invertimos todos los recursos del barrio. Llevamos la murga con todas las luces, las madres del barrio cocinaron tortas fritas para repartirlas gratis a las vecinas de Palermo, y lo hicimos también para que toda la gente conociera Zavaleta no por lo que Facundo Pastor quiso contar con imágenes de ficción, sino con nuestra verdad”. La repercusión en medios masivos fue nula. “Eso nos llevó a pensar que con toda la fuerza que teníamos y todo nuestro potencial humano construir un medio de comunicación podía ser una gran herramienta para defendernos de todo eso. Ahora la revista es un punto de encuentro. Además logramos no necesitar de la publicidad. Eso es bárbaro, porque creemos que si negociás tu independencia económica a la larga negociás tu independencia política.”
No sin cierta timidez este torpe cronista se anima a comentar qué es lo que sucede hoy en Zavaleta o qué significado tiene el universo cotidiano que configuran estos jóvenes. Dos situaciones iniciales, irreprochables, juegan una suerte de pérdida entre los acontecimientos y mi relato: una, -generalmente elaborada por nuestra desconfianza– es la sensación de ser un extranjero completamente sobornable por cualquier momento que parezca mágico; otra, la breve pero gigante diferencia de edad entre estos chicos que ejercen el periodismo como una forma de la felicidad, y no como un oficio.
Las consecuencias
Dos veces al año, los poderosos de todo el país se encuentran en Chapadmalal, provincia de Buenos Aires. Durante la última expedición, este enero, en Villa Gesell, lo que parecía una escala para vender revistas terminó con siete patrulleros y un inspector municipal que pretendía confiscarles la mercadería. Los chicos se negaron. Resultado: tres presos. Otro resultado: el apoyo a la revista de Hebe de Bonafini –quien dio una conferencia en la villa–, de Victor Hugo Morales, de Eduardo Galeano, de Pérez Esquivel y una difusión impresionante de una publicación que recién nacía. Para la policía, un tiro por la culata: hay una denuncia a cargo de Madres de Plaza de Mayo contra el comisario Edgardo Damato y el policía Javier Collova “por violadores de los derechos de las personas con una especial xenofobia contra la gente de las villas”.
Abandono la nota con un pensamiento, que es al mismo tiempo una esperanza: el periodismo, joven como un puñado de vidas, no encontrará nunca su forma definitiva, porque esta depende de nuestras muchas intenciones y no de un paradigma, que es una forma fría de la contemplación; si no me engaño, habrá encontrado, entre las páginas poderosas –entre las que se escribieron y las que están por venir– no una de sus formas perfectas, pero sí una de las más innovadoras por frescas, lúcidas y movilizantes. Lector, es bueno que sepas esto: en las villas de nuestro país y de América, hay un tigre que crece.

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