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Doble o nada

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Juan Felice Astorga. Da talleres bajo el rótulo de Cine Pobre y es el director de una obra que convierte los psicofármacos en drama.

Juan, que se llama además Carlos Washington y se apellida Felice Astorga, es actor, director, dramaturgo y tallerista. Estudió cine y teatro, es comunicador audiovisual y está a tres materias y una tesis de ser licenciado. “Me pasa algo con la facultad y es que cada vez me gusta menos. No sé si podré terminarla porque te recibís y qué hacés”. La duda apareció frente a dos manifestaciones. La primera fue cuando se encontró pensando cómo conseguir un subsidio para realizar cine antes de saber qué historia quería contar. La segunda fue a partir de una frase que le escuchó decir al terapeuta Osvaldo Saidón, que a su vez es de Michel Foucault: “La locura es la falta de obra”.
Juan, entonces, decidió transmitir lo que sabía y hacer lo que le gustaba. Comenzó a dictar talleres bajo el título Cine Pobre. Simplifica Juan: “El objetivo es que cada uno haga lo que quiera, con lo que tiene y puede. En este momento estamos ideando unos capítulos de serie web (episodios transmitidos por Internet o por teléfonos celulares). El taller es gratuito y la idea es juntarnos todos los domingos, charlar de cine, producir con lo que hay y sobre todo crear el espacio para que cada uno pueda crear su propio corto. Después vemos de dónde sacamos la guita”.
Y a su vez intentó ingresar en la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático), pero al quedar eliminado en la anteúltima prueba, un amigo le recomendó la escuela de Norman Briski. “No tenía bien claro que hacía Norman, pero su apellido connotaba mucho conocimiento sobre el teatro. Entré y me cambió la vida”.
Conoció a Norman y a su terapeuta, Osvaldo Saidón. Y ellos lo conocieron a Juan y le concedieron la coordinación del grupo de actores, que ahora dirige en la obra llamada Partido en dos, escrita por Briski y supervisada por Saidón, que trata sobre la neurosis y la dependencia de los psicofármacos. El toqueteo, la pizza, los motochorros, los rivotril, la tele, forman parte del cóctel que sube a escena. “Los actores que me acompañan tuvieron problemas con medicamentos y sufrieron internaciones. Estos chicos se destacan porque tienen la locura en el cuerpo y si eso es algo que sí podés manejar y controlar en escena, se torna sumamente atractivo. De lo que se trata es de crecer y de ser cada día mejores actores. Y porque amamos lo que hacemos no especulamos con pensar en que actuamos de determinada manera para destacarnos frente a alguien, sino que laburamos con lo que somos y con lo que sentimos aquí y ahora con el otro”.
Cuenta Juan que un día fueron a brindar una función a los residentes del Borda, es decir a los profesionales recién recibidos. Al finalizar, actores y director comentaron que frente a la neurosis y el empastillamiento ellos habían sentido lo que fue expresado en la obra, pero como no eran especialistas, querían escuchar lo que habían provocado las escenas en esos espectadores profesionales y terapeutas.
Nadie respondió nada.
Ajustar tuercas
Partido en dos es una obra que comienza y cuando uno cree que terminó, vuelve a empezar. En eso consiste la obra: en la repetición. Para explicar el argumento, Juan pone en juego dos conceptos contrapuestos: “O alienación o locura”, tira y explica: “La alienación es algo inevitable: es hacer todos los días lo mismo. Nos olvidamos qué estamos haciendo y quiénes somos. El ejemplo más claro es la película Tiempo Modernos, de Charles Chaplin, que todos los días ajusta una tuerca y no sabe para qué sirve. Y esa alienación nos lleva a la locura. Para mí, entonces, la libertad está en encauzarte en algo clave para vivir, que te guste, que te abarque todo el cuerpo, porque el sistema en el que vivimos está diagramado para que no pase nada. Por eso creo que la locura aparece más seguido en la gente llamada normal. La famosa frase ‘no estoy loco’ es el mayor síntoma de que algo te está pasando, por eso lo más sano es comenzar a hacer algo para reconocerlo.”
Sin más o menos
Se recita de corrido y sin titubear los nombres de cada uno de los actores: Luis Flores, Verónica Oris, Darío Sakkal, Victoria Arrieta y Luciana Ibarra. A Juan lo sorprende la pasión que hay en el grupo que coordina y dirige. Juan asegura que si hay teatro y hay pasión se está cada vez más lejos de volverse loco. Por eso para Juan son tan importantes las horas de ensayo y la energía que se ponga en lo que se elige. “En este grupo es muy importante el espacio y el tiempo. Aquí la locura tiene una hora, un encuadre y podés jugar todo lo que se te dé la gana, pero siempre con una dirección”, aclara Juan, y sigue: “Estos chicos sienten todo. Es amor y odio. Tristeza y alegría. Acá no hay más o menos”.
Juan considera al teatro una herramienta para movilizar. Su estética no tiene que ver con concebir una obra sólo como un hecho creativo, y por eso concibe al teatro como un anclaje en lo social. Por eso, también, admira a Mauricio Kartun y a Eduardo Tato Pavlovsky.
Cuenta que ahora está ensayando otra obra de Norman. Se llama Escalera real y también está vinculada a la locura. Sucede en un manicomio y el disparador se activa cuando alguien trae una escalera. El conflicto se presenta a partir de lo que le pasa a cada uno con ese objeto. “Subir la escalera significa irse a otro lado. Hacia afuera. Por qué me quiero ir, si acá están los médicos que me curan. Por qué me voy por la escalera si puedo salir por la puerta”. Se estrena a fin de año y ahora está en pleno proceso interpretativo. Juan señala el enorme trabajo que hacen para sacar la obra adelante, lo importante que es para el grupo que haya público, y la alegría de ver cómo los chicos renuevan el deseo. Pero también me habla de la satisfacción que le provocó la certeza de una alumna. “‘Yo acá aprendí a reconocer mi locura’, me dijo. Esa chica no se curó, porque el teatro no cura. Pero te puedo asegurar que está mucho mejor que antes. Porque el teatro es eso: lo que te ayuda a levantarte al otro día”.

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Qué tiene un rico en la cabeza

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