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Soñá qué sos

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La filósofa María Lugones escribió un texto clave para pensar la historia y el presente. Por qué “hombre” y “mujer” son categorías coloniales y cómo colaboró el macho nativo con el conquistador.

Soñá qué sosEl mapa de América del Sur puesto patas para arriba por el uruguayo Torres Molina se ha convertido en una brújula que indica varias cosas. En este caso, cómo deja tu cabeza escuchar a María Lugones, la filósofa, profesora de la Universidad de Binghamton, de Nueva York, y educadora popular en México, que le puso la frutilla a la torta del pensamiento descolonial con su tesis sobre el rol del género, en este nuevo capítulo de la batalla contra la dominación cultural.
La voz llega por el parlante de la compu, cascada por la precariedad del aparato y el viaje a través de Skype; pausada y firme, con el didáctico estilo de quien está acostumbrada a explicar lo difícil en forma sencilla y sin perder profundidad. Me indica, por ejemplo:
“Habría que tener cuidado en cómo se escribe la palabra hombre y mujer en este artículo. Y en todos los que hagas de aquí en más”.
¿Cómo debería hacerlo?
Entre comillas.
Esas pequeñas señales indican que estamos ante un pensamiento que nos moverá el piso sobre el cual transitamos nuestros más elementales conocimientos acerca de eso que llamamos realidad. La tesis de Lugones va directo a esa médula y señala: ahí está el virus de lo que llamamos pensamiento colonial.
Eva
La tesis de Lugones quedó sintetizada en un artículo que publicó en una revista académica en enero de 2008. Nació como una respuesta, o más bien, como una profundización del texto del sociólogo peruano Aníbal Quijano, fundador del llamado pensamiento descolonial. María encontró que a ese razonamiento le falta algo. Y no era un detalle, sino el quid de la cuestión.
Permítanme sintetizarlo con mi propia conclusión: lo que María señaló es porqué el pensamiento colonial triunfó y logró sostenerse durante nada menos que 500 años y hasta hoy. “Mi intención es brindar una forma de entender, leer, y percibir nuestra lealtad hacia este sistema de género”, señala María en ese escrito y con esa frase clava la uña en la realidad política actual, aunque su recorrido teórico llega hasta los orígenes de la imposición colonial.
Su razonamiento: la estrategia del pensamiento colonial se basó en destruir el poder femenino, su valor social y su poder comunitario, su subjetividad y su cuerpo. ¿Por qué? Porque allí residía la capacidad de la sociedad nativa de tejer su red social y, por lo tanto, la potencia de su resistencia. Así, el plan sistemático incluyó la negación de toda autoridad política femenina, su poder de hacer y de hablar por la comunidad, sus representaciones en el imaginario mítico-religioso, su saber productivo y su memoria cultural, reduciendo su identidad a un cuerpo que se debía violar para ratificar, sellar y consagrar la humillación necesaria para el éxito de toda la operación. Pero ese imperio del mal fue posible también y sobre todo, porque contó con la complicidad del masculino local, seducido o, mejor dicho, dominado por la quimera de que los tiempos del conquistador eran los tiempos del macho de allá y de acá.
Sin patriarcado, entonces, no hay colonialidad, nos enseña María.
Y creo que estoy volando con sus alas cuando pienso en esta frase en sintonía con los relojes que marcan los tiempos políticos del Sur de hoy.
Cuando me pregunto qué representa un Evo sin Eva.
Racismo y patriarcado
El hilván de María es el siguiente:
Quijano señaló el patrón del pensamiento colonial: el racismo. Sin racismo no hay pensamiento colonial. Consagra así un valor superior al blanco europeo y todo lo que este representa. “Pero es importante notar que para que este patrón se consagre hubo que transformar al nativo del Sur en animal. Despersonalizándolo, quitándole todo atributo humano, se pudo instalar un sistema de terror, pero también un patrón cultural que transformó a toda la cultura originaria en nada, porque lo animal no tiene siquiera habla, valores morales o éticos, solo instinto salvaje y, por lo tanto, peligrosidad que hay que domesticar”, dice por el parlante María.
Quijano también señala que las mujeres no-blancas fueron subordinadas y desprovistas de poder. Pero en este mismo señalamiento está encerrado, implícito, la aceptación del padrón colonial. ¿Por qué? Porque esa clasificación hombre-mujer corresponde al propio pensamiento colonial. No existía en la cosmovisión originaria del Sur.
Ni “hombres” ni “mujeres”: la vida antes del conquistador no tenía esas categorías predeterminadas. Incluso en muchas comunidades sus equivalentes no se mencionaban socialmente hasta ya comenzada la pubertad. Imaginemos cómo serían nuestras vidas si hasta los 12 ó 13 años nadie se refiriera a nosotros como “hombre” o como “mujer”, sino simplemente como personas. ¿Qué impronta dejaría en nuestras cabezas y en nuestras almas esa definición igualitaria repetida durante los años más importantes en la formación de nuestra personalidad?
Ginocracia
María cita el trabajo de la antropóloga Paula Gunn Allen sobre las tribus norteamericanas. “Allen razona que muchas comunidades tribales de nativos americanos eran matriarcales, reconocían positivamente tanto a la homosexualidad como al lesbianismo, y entendían al género en términos igualitarios, no en los términos de subordinación que el capitalismo eurocentrado les terminó por imponer.”
Da otro ejemplo: el libro La Invención de las Mujeres, de la africana Oyéronké Oyewùmi, donde se demuestra que “el género no era un principio organizador en la sociedad yoruba antes de la colonización Occidental. La asociación colonial entre anatomía y género es parte de la oposición binaria y jerárquica, central a la dominación de las ´mujeres´ introducida por la colonia. Las ´mujeres´ son definidas en relación a los hombres, la norma. Las mujeres son aquellas que no poseen un pene; no tienen poder; no pueden participar en la arena pública. Oyewùmi, nos demuestra que nada de esto era cierto para los yorubas antes de la colonia”. Para explicar la complejidad de este proceso, María usa los términos que acuñó Oyewùmi en su investigación: la categoría “anahembra” para referirse a las personas femeninas antes de la colonizalación, y denomina “anamachos” a los masculinos para diferenciarlos de la binaria clasificación imperial.
¿Por qué logró imponerse la clasificación colonial?
Porque en el mismo proceso que las categorizó y las redujo de anahembras a “mujeres”, las descalificó para roles de liderazgo. Para las anahembras, la colonización fue un proceso dual de inferiorización racial y de subordinación de género. Uno de los primeros logros del Estado colonial fue la creación de “mujeres” como categoría. Por lo tanto, no es sorprendente que para el gobierno colonial haya resultado inimaginable el reconocer a hembras como líderes entre las gentes que colonizaron.
¿Qué rol cumplieron los “hombres” locales en esta operación?
Oyewùmi nota que la introducción del sistema de género Occidental fue aceptada por los anamachos yoruba, quienes así se hicieron cómplices, confabularon con la inferiorización de las anahembras. Tanto Oyewùmi como Allen están interesadas en describir a colaboración entre “hombres” indígenas y “hombres” blancos para debilitar el poder de las “mujeres”. El colonizador blanco construyó una fuerza interna en las tribus cooptando a los “hombres” colonizados a ocupar roles patriarcales. Allen detalla las transformaciones de las ginecracias cherokee e iroqués y del rol de los hombres indios en el pasaje hacia el patriarcado. A comienzos del 1800, en un esfuerzo para prevenir el desalojo, los cherokee redactaron una Constitución que eliminaba los derechos políticos de “mujeres” y negros. Tomando como modelo la Constitución de los Estados Unidos, a la que cortejaban, y a la par de cristianos que simpatizaban con la causa cherokee, la nueva constitución relegó a las “mujeres” a la posición de cosas. Y me parece importante reflexionar sobre estas colaboraciones para pensar cómo se origina la indiferencia social que hoy sufrimos contra las múltiples formas de violencia sexista.
Usted establece una relación entre el saqueo económico y la dominación de las “mujeres” nativas. ¿Cuál fue?
El proceso que llama saqueo podría sintetizarse de la siguiente manera: la gente fue expulsada de sus tierras, privada de su sustento económico y forzada a disminuir o abandonar todo emprendimiento del que dependen su subsistencia, filosofía y sistema ritual. Ya transformados en dependientes de las instituciones blancas para su supervivencia, los sistemas tribales no pueden mantener la ginocracia, porque el patriarcado requiere la dominación masculina. La estructura del clan debe ser reemplazada, de hecho y de teoría, por la familia nuclear. Con este truco, las “mujeres” líderes de los clanes son reemplazadas por oficiales machos elegidos y la red psíquica creada y mantenida por la ginecentricidad no-autoritaria, basada en el respeto a la diversidad de dioses y gente, es destruida. Allen es quien detalla este proceso en sus estudios y explica su consecuencia: la inferiorización de las “mujeres” indígenas está íntimamente ligada con la dominación y transformación de la vida tribal. La destrucción de las ginecracias es crucial para diezmar las poblaciones a través de hambrunas, enfermedades y el desbaratamiento de todas las estructuras económicas, espirituales y sociales.
¿Cómo estaba organizada la sociedad con respecto al género antes del desembarco colonial?
Se trataba de un sistema de reciprocidad. Los dos lados de la estructura social complementaria incluían una jefa interna y un jefe externo. La jefa interna presidía la tribu, la villa o el grupo, ocupándose de mantener la armonía y administrar asuntos internos. El jefe macho, presidía las mediaciones entre la tribu y los que no pertenecían a ella. Para desmontar este sistema, el pensamiento colonial requirió de una impresionante maquinaria de control de información e imágenes.
¿Por qué?
Porque necesitó colonizar la subjetividad. El sistema de reciprocidad era tan rico y sutil que incluía hasta los sueños. Y hasta allí había que llegar para destruirlo.
¿Quiere decir que el sistema de reciprocidad Incluía soñar si se era “hombre” o “mujer”?
Podría decirse así. La mayoría de los individuos encajaban dentro de los roles de género tribales en base a un sistema que incluía cosas tan importantes como la propensión, la inclinación y hasta el temperamento. Los yuma, por ejemplo, tenían una tradición: para designar el género se basaban en los sueños. Una hembra que soñaba con armas se transformaba en macho para todo tipo de propósitos prácticos. Allen también cuestiona a la Biología y su incidencia en la construcción de las diferencias de género y nos presenta la importante idea de poder elegir y de soñar los roles de género. Por eso me parece importante entender hasta qué punto la imposición de este sistema de género fue tanto constitutiva de la colonialidad del poder como la colonialidad del saber. Es una relación que sigue una lógica de constitución mutua. Para romper uno hay que romper también el otro.
¿Esa es la tarea del feminismo?
En el desarrollo de los feminismos del siglo 20 no se hicieron explícitas las conexiones entre el género, la clase, y la heterosexualidad como racializados. Ese feminismo enfocó su lucha, y sus formas de conocer y teorizar, en contra de una caracterización de las “mujeres” como frágiles, débiles tanto corporal como mentalmente, recluidas al espacio privado, y como sexualmente pasivas. Pero no explicitó la relación entre estas características y la raza. Y dado el carácter hegemónico que alcanzó el análisis, no solamente no explicitó sino que ocultó la relación. Por eso yo utilizo para definirlo y definirme el término “mujeres de color”, una frase que fue adoptada por las víctimas de dominaciones múltiples en los Estados Unidos. “Mujer de Color” no apunta a una identidad que separa, sino a una coalición orgánica entre mujeres indígenas, mestizas, mulatas, negras, cherokees, puertorriqueñas, sioux, chicanas, mexicanas: pueblo, en fin. Toda la trama compleja de las víctimas de la colonialidad del género. Pero tramando no como víctimas, sino como protagonistas de un feminismo decolonial.
Mujer de color, en el caso de María, implica ser -además- una migrante que tuvo que construir allá en el Norte su lugar para formarse y pensar. Ese que, dice, nunca encontró en su propio país.
Valga entonces esta nota para devolverle su merecido espacio en Argentina.

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