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Un cambio climático

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Ana Alvarado, una de las creadoras del teatro de objetos, que renovó el lenguaje escénico en pleno menemismo, estrenó nueva obra y apuesta: es posible el fin de lo siniestro.

Un cambio climático
En el breve recorrido que hago desde la puerta de entrada hasta llegar al living de la casa de Ana Alvarado, encuentro objetos de todos los tamaños y formas. Su casa habla mucho de la co-fundadora, junto a Emilio García Wehbi y a su ex pareja, Daniel Veronese, de El Periférico de Objetos, gestado en 1989. Lo que inventaron entonces fue una nueva forma poner el cuerpo, en teatro y en pleno menemismo, para que el cuerpo hablara. Estuvieron 20 años juntos representando fantasmas que un pasado de terror había dejado inscriptos en las mentes y las almas. Separado el trío, Ana hizo lo suyo. Es docente, autora, actriz y, en estos días, directora de la obra Ojos Verdes.
Impregnadas por la La Luna de Méliès, como elige llamar a esa obra de dos metros que nos mira desde un rincón de la casa, me cuesta hacer el link entre esta mujer tranquila, amable, alegre y aquella que puso en escena, en los 90, obras de Alfred Jarry, Samuel Beckett y Heiner Müller, entre otras luminosas oscuridades.
Cuenta que nació en el 57: adolescencia bajo la última dictadura militar. Bastan cuatro imágenes para armar ese limbo que va desde la infancia hasta la juventud en el cual se gestó la dimensión siniestra, en la que todo pasaba afuera, al costado, por arriba y abajo, mientras ella cocinaba, acaso sin saberlo, su identidad político-cultural.
Cuatro imágenes para que yo haga el link.
Narra Ana:
Imagen 1: “Mi madre era española, vino en la posguerra y me contaba los bombardeos sufridos en su niñez. Era tan buena narrando anécdotas que una vez pasó un avión a chorro y me tapé la cabeza con las manos creyendo que iban a bombardearnos”.
Imagen 2: “La dictadura, para cualquier persona de mi edad, significa un corte. Yo no tenía una militancia importante, pero era delegada de la escuela con otro chiquito: está desaparecido”.
Imagen 3: “Terminé la secundaria y fui a Bellas Artes. Finalicé la facultad intervenida por la dictadura. Muchos de los profesores eran ‘botones’: marcaban chicos”.
Imagen 4: “Me recibí. Mi primer año como docente fue el de la guerra de Malvinas. Los pibes dibujaban avioncitos tirando bombas ganadoras, pero: ¿a quiénes mataban esas bombas? Terminó la guerra y todo siguió: acá no pasó nada. Me aparecieron canas: desde ese momento me tiño. Es lo que da bronca de este país: periódicamente hay grandes muertes de gente joven provocadas por adultos irresponsables. Lo peor es que hay generaciones que no pueden salir de determinados lugares”.
Habla sin signos de exclamación, y en minúscula: “No es que me haya pasado algo extraordinario, pero me acuerdo cada cosa”. Pareciera que para Ana todos los hechos están teñidos del mismo color que sus canas.
Maestros & muñecos
Egresó de Bellas Artes y se casó: “Y con la misma rapidez, me separé”. Comenzaba la primavera democrática y ella, además de la docencia, incursionaba en la pintura con quien consideró un gran maestro: Kenneth Kemble. Aclara que pasaba de la galaxia Once, donde ella vivía, a la galaxia Martínez, en la cual él habitaba. Según Ana, Kemble era muy bueno enseñando, y reunía las “bondades” de los viejos educadores: duro y cascarrabias. “Estaba re loco, no sé por qué nos hacía ir los sábados a la mañana cuando su estado era deplorable”.
Luego enseñó por diez años “artes plásticas” y en el mientras tanto conoció a Ariel Bufano, “el titiretero” del Teatro General San Martín. Nunca había asistido a un espectáculo de títeres, hasta que vio La Bella y la Bestia, representado por “cosas enormes” (levanta ambos brazos) y entonces pensó que eso estaba buenísimo. Fue a una entrevista con don Ariel, con la contraseña que le había tirado una amiga: “No digas que querés instrumentos para las clases, sino que querés ser titiretera”. Bufano la tomó. El segundo maestro tenía las mismas cualidades que el primero, con un agregado: “Era un viejo zorro”, ríe Ana, “muy difícil, pero a la vez genial; ni se movía de la silla y, sin embargo, en la escena pasaba de todo”.
Allí conoció a quien sería su pareja por quince años, Daniel Veronese, y a quien se convirtiría en un gran amigo: Emilio García Wehbi. Juntos formaron parte del elenco de Bufano y juntos un día, desearon separarse estéticamente del trabajo con títeres que venían haciendo y decidieron destinarlo a un público adulto.
Stop.
Pregunto: ¿Cómo fue que lograron crear algo nuevo?
Ana me responde con una dulzura fulminante: “No podría haber sido de otra forma: matando al maestro”.
En la periferia
El Periférico de Objetos (bautizado así por Veronese por considerar al grupo en la periferia de todo) encaró el Ubú Rey de Alfred Jarry y aterrizaron en el Parakultural. Ana: “Era un antro en el que pasaban muchas cosas, pero ir con un espectáculo de títeres para adultos no era fácil. Por suerte el Ubú era escatológico y violento, entonces no desentonaba si nos tiraban una lata de cerveza”.
El Periférico se arma estéticamente con Variaciones sobre Beckett, con capuchas y ropa negra, donde se fueron perdiendo los límites entre objeto-cuerpo. Ana dice: “Queríamos hacer un teatro distinto. Veníamos de una respuesta muy importante a la dictadura de la generación teatral anterior. Por lo tanto, nosotros no queríamos dar respuesta: buscábamos crear una nueva forma de decir”.
El final de El Periférico fue coronado con Manifiestos de niños. Y la separación de Ana y Daniel.
Stop.
Pregunto: ¿Influyó tu separación de Daniel con la disolución de El Periférico?
Ana contesta con honestidad: “No sé”.
Multimedios
Cuenta Ana que antes de ese final ya había comenzado su carrera solista. Quería investigar. Y enseñar: “Está por salir la primera camada del posgrado del IUNA y tengo grandes expectativas con sus proyectos”.
En esta nueva etapa hace falta que la gente decida bancársela, cree Ana. Y señala “los multimedios” como recurso creativo, porque están relacionados con la multiplicidad. Asegura que la dramaturgia de objetos debe entrar por ahí, porque facilita diálogos interesantes entre la cosa real y la cosa representada. Sus dos ejemplos: el celular que te permite casi todo, y el proyector. Es decir, Ana ve al teatro actual en forma de micro-emprendimiento: “Con poco podés montar una obra. Eso tiene a favor la inmediatez y el acceso. En contra: la poca paciencia y la frustración de las nuevas generaciones”.
Recién entonces hablamos de la obra que está dirigiendo:Ojos Verdes, de Amancay Espíndola. Le interesó, dice, porque contiene las grandes preguntas: quiénes somos, hacia dónde vamos. Las respuestas se buscan en un clima entre cotidiano y sobrenatural.
Stop.
Pregunto: ¿Qué pasó entre aquella Ana de El Periférico y la actual?
“Pasaron los intereses de la vida. Hoy soy una mujer madura que tengo otros deseos menos violentos con el mundo. Con El Periférico no éramos conscientes de lo que estábamos haciendo, a la vez estábamos llenos de NN, de enterrados y de desenterrados. No era raro que nos aparecieran esas imágenes sin darnos cuenta”, dice Ana, que ahora dirige los climas del presente.

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Esta es la historia que marcó el inicio de la máquina de terror llamada Plan Cóndor y demuestra la colaboración entre fuerzas represivas de Argentina y Uruguay, pero también la promiscua relación entre la prensa y la dictadura. Cinco mujeres, cinco hombres y cinco niñas que fueron secuestrados. Unos murieron, otros fueron presos y otros desaparecieron en los sótanos de la ESMA. Aquellos que sobrevivieron para contarla regresaron a Montevideo para exigir juicio y castigo. También para filmar un documental que analiza la operación de prensa.
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La violación de los derechos humanos durante la dictadura uruguaya sigue siendo un tema que avanza tan lentamente como el movimiento social que lo sostiene.
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