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La voz de la época

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Paloma del Cerro. Es la voz y la batuta de una banda que logró conectar la copla con la música electrónica. Una propuesta que marca el ritmo de una época: baile, alegría y reflexión.


Sonidos. Esta nota no es sobre algo o alguien llamado Paloma del Cerro, sino sobre todo lo que se expresa a través de este nombre. En principio, una época. Tiempos raros: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Tiempos en los que si prendés la tevé apagás la esperanza, pero si te perdés por la web podés encontrar un ritmo que enciende la alegría con un estribillo:
Curandera curando.
La encuentro en Internet con la cara y las alas pintadas y este tema que mezcla todo: percusiones ancestrales y electrónicas, copla y rap, Dj y Pachamama y esa voz de Paloma, ahí arriba, que corta en seco Miss Bolivia, invitada para que este tema haga explícito el link entre el allá y el acá, la tierra y el asfalto.
Entonces, lo que se escucha ya no es solo música, sino el futuro.
¿Eso es Paloma del Cerro?
Colores. Toco el timbre en una esquina de Almagro. No es una casa, pero allí viven tres artistas que comparten sueños y cocina, vocación y trabajo. Una es Paloma, que ahora está hablando con su abuelo por teléfono (atenti al Nono, ya verán). Corta y me propone ¿tomamos unos mates?
Paloma Kippes está al frente de esa experiencia musical que es Paloma del Cerro. Es su voz y su cabeza y eso habla también de lo que expresa musicalmente el grupo que integra junto a cuatro músicos y un poeta. Editaron un disco –Gozar hasta que me ausente– y están preparando otro que, como todo, nace de la mano de Paloma, literalmente. Ella, que no sabe escribir música ni letras, primero las dibuja. En un cuaderno, con marcadores. Me lo muestra. Cada tema tiene varios colores, algunos más alegres, otros más densos. Parece como si hubiera pintado un pentagrama, pero también como si hubiese dibujado capas de suelo fértil. Cada tema tiene nombre. Uno, por ejemplo, se llama Monsanto. Y un concepto que los armoniza: “Semilla”.
Ese cuaderno es el que luego les muestra al poeta jujeño Remo Leaño, encargado de las letras, y a Grod Morel, responsable de las músicas. Paloma ha creado así un lenguaje propio para conectar técnicas y sensaciones, colores y sonidos, que va trabajando con su equipo hasta lograr lo que quiere y siente.
No tengo la menor idea de lo que significa todo esto es términos de composición musical, pero me queda claro que estoy frente algo completamente inesperado.
Eso es Paloma del Cerro.
¿Lo nuevo?
Voces. Paloma Kippes estudió Imagen y Sonido en la UBA. El paso siguiente era cantado: ser productora en filmaciones de cine y publicitarias. En paralelo tenía un proyecto que bautizó “música electrónica de protesta”. Años 2000-2001. “Nos decían: ´Está bueno, no se entiende´… Había toda una energía muy punky. Era un proyecto bien under. Tocábamos en El Dorado, Fiesta Garaje, El Divino”.
Después armó otro grupo a otro ritmo: rockabilly. “Duró dos años, hasta que la banda se disolvió”. Así se quedó sin música y con mucho trabajo. “Lo que no me cerraba del cine era el caos de horarios. Me mataba cancelar mis clases de canto, que me daban mucho placer… No me imaginaba siguiendo así”.
Ahí saltó la pregunta fatal: ¿Qué hago? “Me daba pavor, más teniendo 27 años… Mi abuelo me decía: ´Paloma, vas a cumplir 30 años y no sos gerente de ninguna empresa´. Gracias abuelo porque todo lo que decís es lo que no hay que hacer. Me pasé al gobierno, trabajando en una oficina que atrae capitales extranjeros para filmar acá y generar fuentes de trabajo en la industria del cine. Estuve un año. Después me fui a trabajar a una oenegé, en la parte audiovisual. Entonces me dije: ´Me voy de viaje y dejo todo´. Renuncié y me fui a Colombia. En febrero volví y no tenía nada. Me dije: ´No me preocupo más por el dinero. No pensar más en el futuro me generó mucho alivio. Solté todo y empecé a hacer. Eso fue hace dos años”.
De eso también se trata, entonces, Paloma del Cerro: ¿de escucharse?
Energía. Hace dos años, entonces, que Paloma da clases de canto, mientras con su banda recorre escenas y escenarios. “Paloma del Cerro me permitió pensar que era posible hacer música para disfrutarla tanto yo como el público. Me permitió abrir saberes y salir así de lo elitista, de lo cerrado. El disco quedó seleccionado en los premios Gardel, se agotó la primera tirada, tocamos un montón. En la prensa empezó a tener repercusión. No trabajo con ningún agente ni tengo manager ni nada. Toda mi experiencia en la producción la estoy poniendo en este proyecto. Esa fue otra cosa que me dije: estuve trabajando 9 horas por día poniendo todo lo que sabía para promocionar un shampoo. ¿Qué pasa si toda esta energía y saberes los pongo en lo que quiero hacer?”
De eso se trata también Paloma del Cerro: ¿de preguntarse?
Legados. Hay algo especial en la voz de Paloma. Tiene un eco de otra cosa que no reconozco hasta que escucho esa música que pone como fondo de nuestra conversación: suena como un mantra. Me cuenta al pasar que tomó clases con un maestro egipcio que le enseñó que la religiosidad de toda voz está en su intención: “Siempre aspirar a una nota superior, inalcanzable. Siempre arriba”. Pero hay algo más y recién lo descubro cuando me dice que su maestra estable es una cantante de ópera: “Había algo con mi cantar que ya venía desarrollándolo en mis proyectos y dije: voy a estudiarlo, quiero profundizar. Necesito una señora que me rete y me exija. Me puse a estudiar canto lírico. Y fue buenísimo porque mi voz fue madurando”.
Con la técnica como sostén y la espiritualidad como cielo, arriba con el mantra y abajo con la regla, Paloma fue encontrando su ruta de vuelo. El mapa lo halló en otro curso. “En el momento en que me pongo a estudiar con Myriam García, discípula de Leda Valladares, que tiene talleres de coplas en el Centro Cultura Rojas muy interesantes. ¡Me fascinó! Dije ¡Wow! Qué universo tan hermoso. Lo que me gusta de la copla es la metafísica, la síntesis que logra con temas complejos, como la muerte; cosas que nos intrigan y que siempre plantea a escala humana, con profundidad. Me dije: es esto. Lo llevé al grupo y así empezamos a trabajar”.
Paloma del Cerro es un viaje inverso: de la electrónica a la copla, con escala en la lírica y el ritual. Es el trayecto que nos lleva a descubrir lo que ya teníamos. ¿No se trata, entonces, de rescatar saberes, sino de ser rescatados por ellos? 
Escena. Frente a mí hay una chica delgadísima y frágil, pero cuando sube a escena Paloma se transforma en una chamana rubia y brava. “Que haya cierta caracterización tiene que ver con el ritual, que empieza en el momento mismo en el que me estoy pintando. Desde ahí ya hay algo de transformación. Me preparo para dar y para recibir, para buscar que una melodía llegue, para ponerme en un nivel en el que sé y no sé qué va a pasar. El canto evoca. Y tiene la característica de tocar al otro. Me preparo entonces para eso. Y el ritual no termina cuando termina el show. No me voy al camarín. Me quedo en la puerta agradeciendo y saludando a todos, porque la fiesta es de todos… Hay algo que quiero trabajar de los procesos que implica hacer un show: romper la espectacularidad. Si bien me monto un personaje y toda la historia, lo que me interesa es generar unidad. En los shows hago que todos cantemos algo porque lo que me interesa es poder sentir qué poderoso es todo cuando estamos juntos”.
Paloma del Cerro entiende cada recital como una celebración.
¿No se trataba exactamente de eso?
Letras. Paloma canta:
Yo disfruto de esta vida
que me ha tocado en suerte.
A esta tierra le prometo
gozar hasta que me ausente.
Y esa simplicidad mueve: su público baila, tararea, sonríe, agradece. “Un cantante te emociona porque hay un espíritu ahí manifestándose, una voz emitiendo una emoción. El que canta sin emoción no llega. Pero descubrí algo más cuando fuimos a tocar a Bariloche y El Bolsón y la gente se sabía todos los temas. Pensé: qué bueno que la gente cante esas cosas porque empieza a ser posible lo que dicen las letras. ´Nos amamos sin dolores´, ´Parimos con placer´. Pero también me di cuenta de que se producía otra cosa importante: cuando se canta se abre la escucha. Parece una obviedad, pero hoy no lo es: la gente se interrumpe, no deja hablar al otro… Lo ves en la tevé todo el tiempo: no se escuchan. Pero cuando uno canta con otros, no queda otra. Esa es la potencia del canto: sube el nivel de escucha. Y así logra pegar en otros sectores del cuerpo; en el corazón sobre todo, si es desde donde está escrito y desde donde está cantado también”.
Paloma del Cerro propone, entonces, sentir.
¿Qué es la música sino exactamente eso?
Época. Paloma me cuenta que dio talleres en una villa cercana a la cancha de Huracán y en La Juanita, la escuela que creó en La Matanza un movimiento piquetero. Y que ahora está concentrada en las clases que da y toma, mientras pinta su próximo disco y organiza una gira por Córdoba. Le pregunto cómo fue bordando lo que hoy es: “Trabajando y trabajándome”. Trato de saber algo más. Por ejemplo, cómo elige lo que elige. “Por la información que me va llegando, de hablar con amigos con los que estamos en la misma, no queriendo hacer más lo que no nos gusta, dándonos cuenta de que esto es energía y que si uno la conduce, la cosa va. Creo en lo que hago. Esto de elegir las canciones, elegir de qué hablar. Todas las letras fueron re pensadas. Si las estoy cantando una y otra vez me tiene que hacer bien a mí, las tengo que creer y querer para poder transmitirlas. Trato de preguntarme, porque tenemos mucha información que no cuestionamos y damos por cierta y la fuimos cargando en nuestro sistema. Trato de entender la naturaleza desde mi realidad. Todo es parte de un todo, hasta el quilombo que es esta ciudad. Trato de mirar más allá para darme cuenta que así como pasamos por las cavernas ahora pasamos por la tecnología. Voy a la villa y veo que los chicos tienen celular y están conectados a Internet y que a través de eso les llega la música y que eso, de alguna manera, nos conecta a todos, es un punto de igualdad. Y que por el otro lado tenemos problemas que nos superan, como la megaminería, que rompe esa ilusión de equilibrio. Y en el medio de todo eso, estamos nosotros, tratando de hacer algo”.
Le pregunto, finalmente, qué es lo que trata ella de hacer y me responde con la frase que acompaña su presentación: “Paloma del Cerro es el culto al baile, la alegría y la reflexión”.
Eso es Paloma del Cerro: ¿la canción de protesta de esta época?
Si el modelo extractivo tuviera una música de fondo debería ser aquella que nos permita sentir que hay mejores opciones. Más humanas, más divertidas, más conectadas con la vida. Una música que nos incite a aspirar a la nota más alta, porque si lo posible empobrece y lo imposible siempre, siempre, cura.
Eso.

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