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Poner el ojo

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Carmen Guarini. Cumple 25 años llevando registro de temas que elige con inteligencia, para señalar lo que trasciende a una época. Por primera vez, una retrospectiva se lo reconoce.


La señora que me espera en una de las primeras mesas del bar es Carmen Guarini. Sí, una señora sencilla y amable, que cuando le pido que me pase fotos del rodaje de los documentales que viene haciendo desde hace más de veinticinco años, me dice: “Mirá, no tengo muchas fotos. Trabajo con equipos muy chicos y siempre estoy pensando en lo que filmo y no en que me filmen a mí. No tengo esa mentalidad marketinera”. Carmen dice también que lo que menos le gusta de su trabajo –sí, hacer documentales es un trabajo– es dar notas, básicamente por la misma razón. No le interesa mostrarse, sino mostrar. Luego confiesa que no le importa el reconocimiento. Y aclara: “Te lo digo sin ningún tipo de falsa modestia, para mí lo importante es hacer cosas, si al resto le gusta o le sirve, mejor”.
Le creo.
Con el mismo tono, sincero y finamente indiferente, Carmen me contará la cantidad de años que le llevó hacer cada película, la persistencia que le dedicó a cada producción, el tiempo que tardaron en reconocerla como directora de sus propias películas y, sobre todo, la cantidad de obras que la llevaron a ser una de las documentalistas más prolíficas de nuestro país. Sospecho que el éxito, para Carmen, pasa por otro lado.
Temas clave
Carmen se licenció en Antropología y viajó a Francia a principios de los ochenta para realizar sus estudios de cine documental. Allí configuró su mirada ligada a una sensibilidad social que la llevó a abordar temáticas ligadas a la memoria y los derechos humanos.
Luego de la parálisis de producción cinematográfica que produjo la última dictadura militar, Carmen formó una dupla junto a Marcelo Céspedes y comenzaron a filmar hacia 1984. Su primera película fue Hospital Borda, un llamado a la razón, y ya desde el título es una película que hoy, casi treinta años después, nos sigue mojando la oreja. Carmen: “Cuando empecé a filmar había distintos grupos de gente haciendo cosas, pero la verdad es que no había mucha producción. Muchos cineastas habían seguido sus carreras en el exterior. Marcelo me propuso hacer la película en el Borda y me sumé, desde ese momento nunca paré de filmar. Lo que más me acuerdo de ese rodaje es de uno de los internos que me dijo: ´Si no le dan bola a los 30.000 desaparecidos, ¿qué nos queda a un grupo de veinte o treinta locos?´”.
Entre sus películas más destacadas se encuentra también Jaime de Nevares, último viaje, film que retrata la vida del obispo neuquino fundador de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. La película llevó ocho años de trabajo y convocó a más de diez mil espectadores (cifra importante tratándose de un documental). “Teníamos que esperar que la película madurara, tuviera su forma. Al principio filmamos la despedida de don Jaime de las comunidades indígenas, pero todavía no daba para un film. Necesitábamos tiempo. Ahí Jaime entró en la vida política y luego se enfermó, ahí pudimos conformar un relato y nos posibilitó hacer una pintura de quién era”, recuerda Carmen. Y agrega: “Hay películas que son efímeras y otras que se mantienen en el tiempo. Esta es de las que persisten. Todos los años, en el aniversario de la muerte de Jaime, la película se proyecta en Neuquén”.
En 1994 Carmen empezó a filmar Tinta roja, documental centrado en el sector de Policiales de la redacción del diario Crónica. La película se llevó a cabo en un proceso de cuatro años y hoy en día representa un documento casi antropológico (¿paleontológico?) sobre cómo funcionaban las redacciones antes de la era digital. Carmen: “Me interesaba el tema del trabajo en la redacción de un diario, y plantear cómo se construye la noticia policial. Era pleno menemismo, nadie tocaba esos temas y la construcción de la noticia estaba muy atravesada por el poder político y económico. Lo curioso es que, años después, empezó a ser un material para las cátedras de comunicación, y yo nunca pensé que eso podía llegar a pasar en una universidad. En ese momento uno veía la redacción de Crónica y había un trabajo muy manual, muy simpático. Hacer cine también era un trabajo muy manual, el fílmico te permitía tener una relación con la materia que ahora no existe”.
Actitud Carmen
Godard decía que el cine se hace con las manos. Carmen hace cine con las manos, y con los pies. Y más que nada con una actitud silenciosa y persistente que la llevó a acercarse al Borda, a las Madres de Plaza de Mayo, a HIJOS, para registrar un presente lleno de vida, desde la creatividad de los escraches o la cotidianidad de las Madres, en pleno menemismo, porque Carmen sabía (veía) que lo importante estaba pasando ahí afuera, en la calle.
Desear y hacer
Le pregunto a Carmen qué pasa con las mujeres y el cine. Se sorprende. Me explica que hay muchas mujeres dirigiendo, tanto en documental como en ficción, pero que quizá no se hicieron un nombre. Piensa un instante y reflexiona: “El cine es una actividad marcadamente patriarcal. Aquí y en todo el mundo. Creo que una tiene que imponerse a través del método y el trabajo. A mi me llevó muchos años que dejaran de decir que las películas eran solamente de Marcelo Céspedes y empezaran a decir que eran también de Carmen Guarini. Fue mucho tiempo en el que se me invisibilizó. No es agradable, pero bueno, había que pelear por esos espacios”.
A pocos días de presentarse una retrospectiva con sus principales películas, le digo con cierta inocencia que debe haber sido complicado ese proceso de reconocimiento. Carmen, con total naturalidad, responde con un no rotundo. “Yo seguí haciendo lo que me gustaba porque me parecía interesante. A mí lo único que me mueve es el deseo, el hecho de pensar que podía decir algo sobre algo. Y nada más. Repito: no es un problema para mí el reconocimiento. No me interesa, no me planteo mi profesión en esos términos. A mí me gusta hacer”.

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