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Transformadas

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Anahí Bazán Jara. Femineidades en plural, que dibuja con pasión, inspirada en la militancia y el arte que la crió sin etiquetas.


La escuela tiene orientación artística, sí.
Pero es privada.
Sí, es privada, es un gasto, un esfuerzo, pero es difícil encontrar una primaria con orientación artística en el conurbano. Hay terciarios, pero ahora no podés. Primero es la primaria.
Hummm.
En el examen de admisión contestó cualquier cosa: 2 por 2 es 5. Y, luego, en el test psicológico, peor…
“Lo que habrán pensado, dije cualquier cosa”, recuerda ahora.
Fue su reacción natural cuando vio a las monjas. Su manera de comunicarles: “Acá no quiero estar”.
Su mamá trans le dirá después: “Si me hubieras dicho que no querías nos ahorrábamos todo este quilombo”.
Anahí Bazán Jara cuenta orgullosa su decisión. Tiene sueño y está disfónica. Ojos claros, rasgos guaraníes, la joven de 22 años tiene el reloj y las zapatillas pintadas, con muchas manchas de colores. Hace dos meses está trabajando en la Experiencia Art Attack, un espacio que incentiva a niños y niñas a expresarse artísticamente, basado en el programa de TV de Disney. “Yo estoy justo en el sector donde hay más pintura. Ya van dos meses y vuelvo toda manchada. No me importa nada: la pintura forma parte de mí”, dice, y se ríe. Anahí tiene experiencia en trabajar con chicos y chicas: su título secundario la habilita a dar clases de dibujo en escuelas y jardines.
Pero en Art Attack –una exposición que concluía al cierre de esta edición– no hay forma de salir impecable: 400 demonios –mil los fines de semana– de 3 a 12 años con pistolas de pintura, pinceles gigantes, rodillos gigantes, y paredes abiertas a recibir cualquier tipo de impacto. “Exorcizan todo”, resume.
El dibujo como medio
Cuenta que dibuja desde chiquita. “Siempre fui muy incentivada. No fui tanto a profesores particulares, sino que tenía materiales: hojas, fibras, témperas, acuarela. Iba creando. Me encantaba plasmar imágenes, de la manera que sea: dibujo, pintura, grabado. Pero siempre encontré mi camino en el dibujo, en lo inmediato, en poder mostrar lo que tenía en la cabeza. Mi dibujo fue el medio para poder transmitir eso”.
No tiene mucha paciencia, dice, para la pintura. La secuencia de armar la paleta, mezclar los colores, limpiar los pinceles la separa de su creación inminente, brutal. La idea se le escapa, se aleja. “Soy muy figurativa. De pronto tengo una imagen en la cabeza, como cuando te despertás por un sueño, y durante el día se me va yendo, los detalles se vuelven nublados. Entonces, agarro el lápiz y puedo plasmarlo. Por eso uso mucho los bocetos: para liberar la idea por lo menos en el papel y que quede fija, para poder recordarla. Después, la llevo en grande, con técnicas y texturas”.
Sin embargo, aclara, la impaciencia está tratando de revertirla de a poco. En ese trayecto, primero fueron los docentes de la Escuela de Bellas Artes Rogelio Yrurtia quienes la ayudaron a construir su propia trinchera, desde la que podría explotar todo su potencial. Actualmente, son los profesores de la licenciatura en Artes Visuales con Orientación al Dibujo del Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA).
“De chiquita siempre estuve rodeada de mucho arte, teatro, música. Eso me dejó un montón de imágenes y me enriqueció. Dibujaba todo lo que veía”, dice Anahí, que recuerda las reuniones en su casa, las noches de ensayo, las comilonas grandes, y ella chiquita, muy chiquita, durmiendo en un costado, sobre los almohadones o los trajes, rodeada de música y barullo. “Nunca tuve problemas. Era partícipe siempre. Mis primeros dibujitos los usaban para hacer los volantes. Era teatro independiente”.
Cabe una aclaración necesaria para entender este contexto: Anahí es hija de la militante y artista trans Susy Shock.
Aura indómita
Sus primeras exposiciones fueron colectivas, con un grupo de artistas y compañeros del colegio Yrurtia, al que bautizaron ArteDobleBe y con el que formaron parte de las Noches Bizarras con escenografías, murales en vivo, diseño de trajes y algunas intervenciones. “Cuando estás en un grupo se empiezan a compartir técnicas, formas. Está bueno porque vas aprendiendo de cada uno y, también, le vas enseñando a otro. Hoy en día puedo decir que me reconozco en varios elementos que tomé de la experiencia”, confía.
De hecho, su primera muestra fue Femineidades, junto a su compañera de grupo Gal Gómez Filchtinsky, en Casa Brandon, un multiespacio artístico porteño. “Fue muy lindo porque era la necesidad de contención del otro, como no animarse a salir sola”, señala. Tenía 20 años.
El año pasado se animó. Con Casa Brandon nuevamente como escena, Anahí inauguró su primera exposición individual, que llamó Las, inspirada por un poema de su mamá, Susy Shock:
“Las”
Porque así no siempre nos llaman,
porque así nos sospechan
y porque así nos nombramos:
las próximas, las de antes,
las pares,
las otras,
las propias,
las reales,
las inventadas,
las únicas,
las urgentes,
las amorosas,
las vengadoras
y a las que vengamos en cada nuevo. Las que escupimos al mundo,
ese varón redondo
que durante siglos nos colonizó
en su manía de Todo,
en esa fina cárcel
de lo hegemónico nombrar…
 
A partir de ese texto feroz, sensible y pasional, los cuadros de Anahí Bazán Jara pintan una realidad en la que palabras e imágenes se funden en una sola pieza, única, inalienable y eterna, a pesar de que el poema es suficientemente perfecto como para darle una figura y las figuras son lo suficientemente perfectas como para agregarle un poema.
“No sé si es impulsivo, pero lo hago”, dice, como si fuera fácil, y remarca que la relación con Susy es una clara influencia. “Es todo parte de la historia, todo muy natural. Después, puedo ir poniéndome en un lugar más mental, hasta teórico, y empezar a darle una vuelta. Y darme cuenta de que todos los cuadros llevan en común lo femenino, pero desde todo punto de vista. No solo desde lo que te dicen que es ser una mujer. Por ejemplo, una influencia muy fuerte fue mi bisabuela para mí. Era tucumana. Son esas femineidades que llevan todo al hombro, son los matriarcados grandes. Tengo muchas grandes hembras que marcaron mi vida y sumaron un montón en mis cuadros”.
Su blog es su galería online. Allí está Les Points (“Los Chismes”, en francés), un cuadro con una fuerte impronta del pintor francés Henri Toulouse-Lautrec, por la reminiscencia de mujeres de burlesque. O la Chamana, una obra que tardó dos años en terminar. “Salió porque ella quiso”, subraya. Además, Anahí tiene un sueño, mezclado con un futuro emprendimiento personal: poder tatuar sus dibujos en los cuerpos de las personas.
Otra vanguardia
Aveces le gusta acercarse a quienes observan sus cuadros, sin saber que ella es la autora, para escuchar lo que dicen. Ejemplifica: “Tengo un cuadro que hice sobre violencia de género: una mujer a la que le están tirando del pelo. Y es eso: la expresión de ella y la mano. No hay ningún contexto que te ponga un marco. Y me gusta eso: que sea la gente la que lo ponga, forzarlos a que participen, a que sean más activos”.
Dice: “Hay muchos que ya dan por hecho que en el arte se rompió con todo. Pero lo trans es algo nuevo y que hay que seguir laburando. Desde lo político incluso: empezar a meter lo político del pensamiento trans en el arte. El desafío es cómo llegar a más público, a más espacios, con ese mensaje”.

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