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Los defensores

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Crónicas del más acá.

José tiene apellido italiano, estatura japonesa, ojos alemanes y laburo sudamericano: es albañil. Cerca de los 40, es orgulloso papá de Facundo: 8 años que llenan una sonrisa pícara y un flequillo indomable.
José, como buen laburante de brazo tenso, piensa que es un burro y que no entiende nada y siempre me pregunta cosas de las cuales él tiene mejores respuestas que Yo, que pertenezco al linaje universitario.
José refleja como pocos las magistrales operaciones de sometimiento de este sistema, que devalúa a los buenos y sobreestima a más de un pelotudo.
Un domingo inestable viajamos juntos a Glew para ver jugar al fútbol a Facundo, que viajaba “en el micro, con la delegación”, según afirmó su padre con seriedad de funcionario.
La plebe, en tren.
Glew queda muy lejos de la Capital.
No se trata de kilómetros: queda lejos.
Varias estaciones desde mi Lomas natal, en un Roca que siempre va lleno, no importa la hora ni el día.
Estaciones que se alejan entre sí, después de la enorme Temperley (10 andenes donde se reparten varios ramales) y campo que amaga aparecer sin éxito, sepultado por casas que se desparraman como papel picado.
Primero la borgeana y aristocrática Adrogué, de enormes arboledas y viejas mansiones agonizantes.
Después la plebeya Burzaco, pago de un segmento de mi infancia, somnolienta y amada por sus paisanos.
Luego la jactanciosa Longchamps, que pretende nobleza desde su elegante nombre, bañada de humildad y buena gente del sur.
Finalmente llega Glew, modestísima, de infinitas casitas a medio revocar, con un crecimiento demográfico espectacular en los últimos años, domus del morochaje ferozmente denostado por la eurocéntrica mirada de countrys, guetos, barrios parque y unos cuantos que les encantaría estar adentro, pero no les da el cuero.
Mucha calle de tierra o pavimento bombardeado, mucho comercio de legalidad sinuosa, mucho colectivo cazcarriento mezclado con algunos nuevos, poco árbol y poca presencia del Estado municipal.
La plaza de la estación, en un estado parecido al de Somalia.
En una punta de la plaza está el club Defensores de Glew, donde iba a jugar Facundo y sus compañeros. Descascarado y robusto, recibía una nutrida cantidad de adultos que, con mates, bolsas, niños y bochinche, se iban acomodando en las tribunas acostadas sobre el lateral de la modesta y techada canchita.
Siempre me causó una cierta ternura el nombre de los clubes que empiezan con “Defensores…”. Hay un aire de ingenuidad perdida.
Y siempre hace falta que alguien nos defienda.
Mientras buscábamos un lugar, me puse a charlar con Luis, el portero, un petiso infinitamente amable que tenía músculos hasta en las cejas (después supe que era fisicoculturista) y me explicaba que el club es más bien de clase media y que el pobrerío va a otros clubes de barrio.
Miré el perfil social y económico de las familias locales en sus aspectos evidentes.
Qué los parió.
Soy de la oligarquía y vengo a enterarme en Glew.
Los chicos locales y visitantes salieron juntos a la cancha, entre aplausos de todos y algún grito entusiasta paterno y materno. José estaba emocionado: es el primer año que Facundo juega al fútbol.
Los chicos del barrio era previsibles: todos morochitos, de porte pequeño aún para su edad, unos cuantos chuecos, pelos parados tipo quincho, algún corte tipo cresta y un gringuito en el medio, rubio como el sol, de pelo largo con look de los 70. Todos vestidos con camiseta negra, serios y atentos a lo que les decía el árbitro. Los del equipo de Facundo, toditos de piel clara, estaban ligeramente distraídos, buscando a su mamá en la tribuna o saludando vaya uno a saber quién.
Me empecé a entusiasmar con la idea de una buena trifulca entre padres. La situación era ideal: estábamos todos mezclados, con una mayoría importante de locales. Luis, el portero, me había contado que a veces se armaba alguna de sopapos, si bien acotó: “nunca nada importante”.
Ubiqué una puerta para rajar y me preparé a ver el partido.
Lo que siguió fue una masacre, un ajusticiamiento, no un partido de fútbol. Los de camiseta negra tocaban y jugaban con plasticidad y velocidad. Los del equipo de Facundo no tenían ni para ir a tomar la leche. Serios, implacables, los locales jugaban, bailaban, festejaban. Creo que a los 10 minutos ya iban 4 a 0 y el arco y el arquerito visitante estaban abollados a pelotazos.
José se agarraba la cabeza y Yo también.
Por un lado la belleza de ver cómo la movían esos chiquilines y, por el otro, la pena por la frustración de los ajusticiados, que corrían como descosidos.
A mi lado una voz me dijo en tono suave y fraterno:
“No se preocupe Don: los chicos ya van a aprender. Al principio es así, pero después van mejorando”.
Lo miré. Mi inesperado psicoanalista tenía, con toda la furia, poco más de 20 años. Un negrazo de ojos como la noche, piercing tupido, gorrita con los colores de Defensa y Justicia (otro nombre que se las trae) de Florencio Varela, campera del Real Madrid, pantalones bermudas gastados hasta la transparencia y zapatillas violetas, visibles desde Serbia.
“¿Ve ese nene que tiene la 10? Es mi pibe. Antes no la tocaba”.
Con una sonrisa infinita me convidó un mate. Yo miraba al 10 –era el gringuito– que hacía desastres pisando la pelota y tocando de primera.
¿Antes no la tocaba?
¿Cuándo era antes?
Miré al padre y, claramente, no me estaba cargando.
El partido terminó 14 a 1.
Al arquero de los locales, sus compañeritos lo cagaron a pedos porque el gol había sido un error de él.
Ni trompadas, ni gritos, ni euforia, ni nada.
Los verdugos se acercaron a sus familias y el gringuito le preguntó a su joven papá:¿ cómo juegué?
“Bien”.
Lacónica respuesta.
Al pequeño 10 se le caía la cara de felicidad ante la aprobación paterna.
Facundo, mugriento hasta lo inconcebible y transpirado como un mamut, se acercó a nosotros y sonriendo dijo:
“Qué baile nos dieron ¿no?”.
Su expresión fue tan graciosa que los tres largamos la carcajada.
El papá del 10, que había escuchado, nos saludó con un movimiento de cabeza y revolvió el pelo de la cabeza de Facundito, como un abuelo sabio y silencioso.
El Universo, en algún lugar, por un instante, se acomodó.

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