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Triple desafío

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Raquel, una obra sobre la identidad. Un mismo nombre para definir a tres formas diferentes de sufrir y enfrentar violencias, con actrices que tuvieron que poner el cuerpo para definir quién querían ser.

Tres chicas recostadas al sol en una playa. Con sus gafas oscuras, sus cuerpos expectantes, inmóviles, aguardan la inmediatez de lo que está por suceder. Lo que debe suceder.  Alfombra de pasto, mar y arena son mero reflejo: todo es artificial. ¿Ellas también? ¿Son o se hacen? ¿Qué esperan? ¿Qué va a pasar cuando salgan del letargo?  Las tres responden al mismo nombre: Raquel. Un señor director aparece en escena, les indica gestos y actitudes, les exige mostrar una coreografía divertida y hasta obliga a una de ellas a vomitar.

La representación constante, la apariencia al límite. ¿En algún momento son auténticas? ¿Hay una verdadera y dos impostoras o todas simulan ser Raquel?  ¿Cuánto tiempo se puede fingir ser alguien que no somos? Darle el gusto al otro,  amoldarse a sus expectativas, cumplir su voluntad a costa de perder la identidad. ¿Cómo recuperarla? El deseo salva.

Raquel, rarísima como prendida fuego, es la décima obra teatral de Charlee Espinosa, un joven actor y director jujeño que un día leyó un libro de la poeta Paula Soruco y allí comenzó a germinar en su cabeza la idea de llevarlo a un escenario. “Arranqué a trabajar con mi grupo de Jujuy, con el que siempre tratamos temas que tienen que ver con la diversidad y la cuestión trans. La construcción fue dándose en los ensayos. Me gusta proponer y escuchar propuestas.”

En la versión jujeña, que se estrenó en 2012, aparecía el tema de la industria de explotación sexual. Una de las actrices había sido una de sus víctimas, en Buenos Aires, hasta que logró escapar. Tiempo más tarde, Charlee decidió llevar la obra a la cartelera porteña. “Son tres mujeres que están encerradas, tomando sol, custodiadas por un director que les marca cosas todo el tiempo. Están obligadas a responder a un nombre: Raquel. La obra indaga en cómo se habita ese espacio que ellas no quieren habitar, todo el tiempo se desarma eso de qué es ficción y qué es real, están conscientes de que están encerradas, que alguien las está mirando y alguien las está obligando a ocupar ese lugar. Ellas no quieren ser Raquel”.

Obra en construcción

Charlee viajó por tres días a Buenos Aires, en julio del año pasado, para participar en el ciclo Poemario transpirado de la artista trans Susy Shock. Y terminó quedándose, haciendo amigos y preparando el reestreno de Raquel. Después de diez años de dedicarse al teatro, sintió la necesidad de cambiar de ambiente, de lugar de residencia y apostar a lo nuevo. Las actrices de la flamante versión fueron apareciendo no por casualidad. Charlee está convencido de que tenían que ser ellas, sin ninguna duda. A Carla Morales Ríos la había conocido en un festival de teatro en Tucumán, volvieron a encontrarse y le contó de la obra. Carla se entusiasmó y le presentó a su hermana Mar, ambas actrices trans. Por último se sumó Puck del Cielo, a quien había contactado vía Facebook. Acordaron un encuentro, Charlee lo canceló y al tiempo el director y la actriz coincidieron una noche en un semáforo de Rivadavia y Gascón, cuando Puck estacionaba su bicicleta. “Siempre trabajé con gente amiga y esto se da en Raquel: además de trabajar compartimos otras cosas, compartimos la vida”, afirma Charlee.

Una por tres

¿Cómo despojarse de la mirada del otro, desintegrar el mandato y animarse a ser auténtico? Raquel, en sus tres versiones, intenta deshacerse de la angustia de enfrentarse a sí misma y cuestionarse quién quiere ser. Obligada a la felicidad, la pena y  la humillación, la incertidumbre de seguir siendo una falsificación permanente, la detiene en un abismo. La Raquel que encarna Carla es déspota, maliciosa, descarga en las otras el desconsuelo de saberse un simulacro. Pese a todo, se atreve a la mortificación. Habla de abrir la heladera para que al menos esa tenue luz la ilumine; también de las veces en que la abrió y estaba vacía, aunque invoca esa pequeña esperanza refrigerada que aún persiste. “Tenía ganas de hacer un papel de mala, es un desafío. Me cuesta, pero es un personaje muy rico. Las gafas ayudan a que el otro no sepa qué pasa y cuando me las saco tengo que tener una mirada fuerte, dura, si no, mi Raquel se quebraría”, cuenta Carla. Su historia: en un año complicado, el 2001, partió de su ciudad natal, Salta, hacia Buenos Aires con la intención de dedicarse al teatro. Actuó en la obra Presa de la vida y allí la vio Charlee: “Se creó este abrazo de amistad y militancia: sentíamos que desde el arte se podían mostrar muchas cosas. El teatro comercial y la televisión muestran trans que trabajan en una peluquería, en un bar, ninguna trabaja en la calle. No muestran lo que realmente nos pasa, quizá porque doña Rosa no puede soportar tanta violencia generada a nuestro alrededor: va a preferir ver a Tinelli a mirar la realidad. En lo personal, el teatro me da muchas satisfacciones, es lo que me gustaría hacer toda mi vida. Es difícil ser actriz del off, pero no es imposible. No cursamos seis años en el IUNA ni hicimos diez seminarios porque no pudimos: aprendemos de nuestras emociones”.

Mar pertenece a la cooperativa Art/Tv Trans, con la que está haciendo La casa de Bernarda Alba.  Hace cuatro años que vive en Buenos Aires y en Salta se dedicaba al teatro, como aficionada.  Su Raquel prefiere escapar al sufrimiento, no quiere ver, busca la insensibilidad, pero no la consigue. Y ese malestar la lleva a la intolerancia: increpa al señor director y lo descoloca.  “Me gusta jugar a ser otra persona, ponerme en la piel de otro, otra, disfrutarlo y llevarlo al máximo. Mi Raquel se deja llevar por las situaciones, se acostumbra, pero le falta algo. No es Raquel, es otra persona, nos pasa a todos: darnos cuenta de quiénes somos realmente. Hasta que aparece un click que te hace decir: yo no soy esto, soy otra cosa. Soy lo que deseo ser. Sos parte de un mecanismo, pero podés bajarte: no quiero esto, no estoy conforme. Está la opción de quedarte y seguir siendo parte de esa construcción o salir y formar la tuya”.

Hay otra Raquel, la sensible, la llorona, la sufrida. Su espíritu delicado y susceptible irritan, por eso las otras Raqueles la inducen al suicidio, intentan ahogarla, la obligan a besar a quien no quiere. Desde su profunda fragilidad, resiste. Esta Raquel es Puck. Con este personaje, volvió al teatro, del que se había alejado durante varios años, luego de la muerte de su padre.  Puck hizo talleres en el Centro Cultural San Martín, en el Ricardo Rojas, tomó clases con las profesoras Analía Couceyro, Ana Garibaldi y veía todas las obras de su actriz favorita: Carolina Fal.

Mientras ensayaban la obra, surgió el debate: si incluir o no la palabra maricón. Carla lo explica así: “Para la comunidad trans la palabra maricón es muy fuerte. Cuando una quiere borrar lo masculino el maricón es muy violento, y justamente por eso me parecía que estaba bueno que aparezca. Se sigue escuchando: no llores, no seas maricón, como si llorar fuera exclusividad de las mujeres o de los putos. Ser maricón no tiene que ver con mostrar las emociones, está el lado peyorativo de la palabra que, en este caso, es violencia verbal”.

Las tres le ponen el alma a esta Raquel de mentira, un fantasma fragmentado que busca un cuerpo para habitar. Se dejan llevar, poseídas por la ilusión de ser otra, hasta que la esencia retumba en los músculos, en los huesos, en el alma, y las empuja a la decisión: ser ellas mismas. Quizás se animen. La incomodidad es el preludio.

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