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El grito sagrado

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El nuevo libro de María Galindo. ¿A despatriarcar! Es el título del trabajo que viene a presentar este mes a Argentina. La palabra es una de las tantas creaciones que aporta esta teoría al feminismo.

Su tesis central, enunciás en el libro, es que estamos perdiendo nuestro lenguaje y horizonte de lucha. Describís lo que llamás “la fallida revolución feminista” como muestra del proceso de cooptación, apropiación y domesticación del feminismo por parte del Estado, los organismos de financiamiento, las oengés, las burócratas de género,etc: toda esa larga cadena que ancla a las mujeres al patriarcado. Por otro lado, hemos visto en estos años cómo nuestras prácticas crean lenguajes, paren consignas, elaboran novedosas herramientas de lucha y teorías intensas, contemporáneas, que luego se prostituyen en los mostradores del poder: programas de financiamiento o de tevé, seminarios o parodias de debate se alimentan de ellas, las disecan hasta convertirlas en cadáveres. ¿Cómo evitar que seamos justamente nosotras quiénes alimentemos a esa máquina de prostituir la rebeldía feminista?

Soy la menos indicada para responder a esta pregunta porque precisamente varias de mis producciones han corrido esta suerte de cooptación y manoseo. Sin embargo, igualmente me atreveré a intentar plantear algunas cosas.

Francamente creo que el potencial subversivo nuestro no está en las palabras, sino en la capacidad de llevar esos conceptos a niveles de política y de acción concreta. Ese es su mayor valor subversivo. Por otro lado, creo que es muy peligroso renunciar a escribir y formular teoría, por eso repudio la lógica en la que nos quieren arrinconar con esa nueva palabrita de “activistas”, una palabra y un rincón donde la conceptualización y la formulación de interpretaciones, de teoría y de simbolización se queda siempre en manos de circuitos de hegemonía, sean académicos, oenegeros o gubernamentales y tú funcionas como llevando las tareas de menor trascendencia y de menor profundidad, como son las tareas que se entienden como activismo. Creo que no debemos aceptar nada de eso. Creo que debemos tener escenarios propios, y que la capacidad de organizarnos es otra de las vertientes más importantes para no ser tragadas por la maquinaria institucional. Me parece una respuesta escasa, pero no tengo ninguna herramienta más que no sea la de seguir produciendo salidas.

Prostitución & Trata

Uno de tus aportes teóricos es la definición del Estado proxeneta. Denunciás en tu libro que el último juguete que le entregó ese Estado a la policía es la ley contra la trata, una nueva forma de abusar y perseguir a las mujeres en situación de prostitución. En Argentina se dio un proceso muy complejo: mientras el llamado feminismo levanta las banderas de la trata y asimila a las “victimas de la trata” a las desaparecidas (con toda la implicancia política que tiene esa figura en nuestro país), en los hechos lo único que se ha logrado es clausurar prostíbulos y recluir en el agujero negro de la cladestinidad a la explotación sexual: los llaman VIPS y son departamentos a los que ningún proceso institucional de control tiene ya acceso. En tanto, el negocio de la explotación sexual  creció y se cartelizó: mueve cuerpos por todo el país, es difícil hoy separar el comercio de cuerpos y drogas, la corrupción ya no implica solo a  la institución policial, sino que alcanza a la judicial. Todo un proceso que expone una profundización, generalización y complejización de la explotación sexual. Paralelo, se simplifica todo con un discurso fuertemente financiado por las agencias internacionales. En este difícil contexto, ¿cómo, dónde y a partir de qué alianzas podemos encontrar prácticas y discursos que terminen con la explotación sexual?

No hay que aceptar el juego de la trata tal como se ha planteado. En Bolivia ha sucedido, quizás en una escala completamente diferente, exactamente lo mismo. El discurso contra la trata ha criminalizado muchísimo más a las mujeres en situación de prostitución, ha reconvertido el tema en un tema policíaco-judicial y le ha quitado espacios y posibilidades de organización a las mujeres en situación de prostitución. No ha afectado en lo más mínimo a los proxenetas ni grandes, ni pequeños porque para funcionar ellos tienen conexiones con el poder político o con la policía.

Por otro lado se ha inyectado una leyenda en torno de la trata que elimina del imaginario los contextos políticos, familiares, afectivos etc. que generan procesos de trata. Creo que frente a la cuestión de “la trata” hay que reabrir la discusión sobre prostitución. La discusión política es la prostitución y no la trata. Y no al revés. En Bolivia, en el campo de las mujeres en situación de prostitución, aunque no hemos avanzado casi nada, estamos organizando prostíbulos autogestionarios, pequeños, donde se agrupan 4 ó 5 mujeres, una al lado de las otras, para gestionar espacios mínimos fuera del poder del proxeneta. No es casual que frente a toda la propaganda de lucha contra la trata los espacios que han sufrido mayor represión hayan sido precisamente esos.

La hora de la loca

Planteás que la lucha feminista necesita redefinir su sujeto. Salir del ghetto es hoy el paso siguiente a salir del closet. Señalás que ese sujeto feminista hoy es “la loca”. En Argentina refiere a un ejemplo concreto: “Las locas de Plaza de Mayo”, las Madres. Así las nombraba la dictadura y la prensa en sus primeros y más desafiantes años. ¿Qué representa esta “loca” para vos?

Estoy escribiendo este libro después de 20 años de lucha feminista y otros tantos de haber pertenecido a la izquierda. Siempre tratando de agruparnos, de organizarnos, de construir movimiento y de construir alianzas muchísimas veces fallidas. Si tuviéramos que contabilizar las veces que hemos marchado al lado de otros sujetos sociales podríamos hacer un puente desde la Tierra hasta la Luna. La solidaridad con una multiplicidad incontable de luchas es una escuela importante, sin embargo, aquello que no hemos hecho es construir un sujeto y creo que es una de las tareas más importantes.

En cuanto a la loca, la visualizo como aquel sujeto capaz de desprenderse de ataduras y mandatos patriarcales, capaz de desafiar muchas cosas al mismo tiempo. Creo que uno de los errores históricos ha sido el de ceder siempre a las presiones sociales, sobretodo afectivas. Creo que la loca es aquel sujeto capaz de zafarse de todo eso. Es capaz de ponerlo todo en cuestión. Pareciera entonces un sujeto con el que yo alucino y que resulta utópico, pero justamente llegué a formularlo en el medio de una serie innumerable de conversaciones que sostengo cotidianamente con mujeres que se enfrentan con mandatos patriarcales. Mujeres que de forma recurrente utilizan la palabra loca, o te dicen “no estoy loca”, o “me dicen loca” o “me quieren hacer creer que estoy loca”. Lo recojo en forma de afirmación porque encuentro que es una actitud instintiva, muy lúcida, pero muy inconsciente: la de optar por el riesgo, la de llegar al límite de ti misma, la de perderlo de repente todo, la de desafiar inclusive a la muerte por decidir cosas tan básicas como, por ejemplo, abortar.

Las mujeres vivimos en ese límite. Y reivindicar la locura que implica plantearnos todos los problemas que nos planteamos, en condiciones de muchísima presión, es interesante y hace de esa loca un ser que te cruzas muchísimas veces en la calle. ¿No es una locura abortar clandestinamente y arriesgar tu vida? ¿No es una locura ser puta y buscar zafarte del poder proxeneta?, ¿No es una locura partir a un exilio económico desafiando todo?, ¿No es una locura falsificar marcas?, ¿Erigir tu propio espacio de sobrevivencia en la calle? ¿No es una locura desafiar a tu madre, a tu padre? ¿No es una locura desafiar los mandatos culturales que te indican un deber ser con el que no vas a cumplir?

No es fácil asumirse “loca”. Existe, quizá como herencia de la dictadura, quizá como potencia del poder patriarcal, un miedo social al conflicto…

No creo que el miedo al conflicto venga únicamente de la huella instalada por la dictadura. El miedo al conflicto es más poderoso en las mujeres porque nuestro  rol histórico ha sido el de contener el conflicto, a costa nuestra precisamente, sobre todo en el escenario familiar. Resistir a ese miedo no es fácil, pero es otra de las claves que considero importante.

El conflicto como parte fundamental de nuestra política: generar  conflicto, instalarlo, cultivar el conflicto es parte de lo que venimos haciendo nosotras desde hace 20 años. No trabajamos en base al consenso, sino que el disenso es parte de nuestra cotidianeidad.

Parte de las lógicas de dominación es la idea de eliminar el conflicto sobre la base de eliminar la libertad, el disenso y la discusión. Todo eso hay que recuperar, y eso es solo posible haciendo del conflicto parte de la vida, de la lucha y de la propia organización.

Por otro lado, tenemos en la justicia el aparato que se arroga el poder de dirimir el conflicto de violencia machista contra las mujeres, por ejemplo. Hay que cuestionar el papel del Estado en la capacidad de gestionar  ese conflicto y debemos ser capaces de gestionar ese conflicto de manera colectiva, echando mano de los saberes ya logrados y construidos en ese tema. No es un juez el que le da la paz a una mujer perseguida, amenazada ni acosada, sino que tenemos que generar otras formas, otras metodologías extra judiciales y autónomas frente a ese conflicto. Un conflicto que no lo resuelves si no eres capaz de ponerte vos también en cuestión. Yo veo que las mujeres que sufren violencia machista, por ejemplo, tienen gran disponibilidad de hacerlo. Si salen de un circuito de auto victimización lo siguiente que hacen es preguntarse sobre sí mismas, eso no significa justificar la violencia, pero sí problematizarla.

¿Autónomas o divididas?

Otro de los factores de la dominación patriarcal que definís es el proceso de fragmentación, que describís no solo por estereotipos y guiones asignados a cada colectivo, sino por las rupturas y enfrentamientos entre organizaciones, movimientos sociales, espacios de trabajo. ¿Es posible superar esa dinámica que destroza las construcciones sociales? ¿Puede el feminismo trabajar a partir de mínimas coincidencias o su dinámica de ruptura es superior a las posibilidades de construir nuevos sentidos comunitarios?

Mi mayor tarea ha sido la de cuestionar este guión oficial que está muy profundamente introyectado en las organizaciones y que es defendido como propio y no como impuesto. A partir de allí se ha desatado un cuestionamiento muy interesante y se ha construido un referente importante de rebeldía que logra aglutinar como un cuenta gotas, muy poco a poco. En ese camino lo más aglutinante que he encontrado es el enfrentamiento contra el poder establecido. Contra la policía, contra el Estado, contra la burocracia. Allí hay una veta inagotable de lo colectivo, que se revitaliza una y otra vez.

Si ponemos en la balanza la capacidad de interpelar frente a la capacidad de construir sentidos comunitarios -por ejemplo, sobre nuestro papel en la sociedad boliviana- diría que somos unas jodidas que vivimos rompiendo todo. Sin embargo, a esta altura somos el único movimiento feminista que ha construido espacios colectivos, comunitarios, abiertos, como los dos centros sociales, el de La Paz y el de Santa Cruz. No lo hemos hecho sobre la base ni de consensos ideológicos ni de contenidos mínimos, sino sobre la base de un pacto ético muy básico: respeto a la decisión de cualquier mujer de abortar bajo cualquier circunstancia, respeto a las mujeres en situación de prostitución, sea que se considere trabajo sexual un trabajo o no, no al racismo e igual valoración entre trabajo manual, trabajo creativo y trabajo intelectual, entendiendo los tres como tres partes de una misma unidad rota y jerarquizada por el capitalismo. A partir de allí creo que tenemos un mínimo para trabajar juntas y juntos, inclusive entre hombres y mujeres, aunque nosotras cultivamos de manera muy dedicada la autonomía de las mujeres.

Planteás que hay que construir “otro espacio social” y enumerás claramente de qué manera: a partir de alianzas insólitas. Ese otro espacio, ¿cómo se imagina?

La tendencia a la homogenización en la construcción organizativa es muy fuerte. Hay que romper eso y construir alianzas de otro tipo. Nunca logras consolidar ese otro espacio, que permanece de manera constante en construcción. Nosotras logramos vivirlo de manera intermitente, efímera. Es muy difícil de construir, pero sin duda, aunque me cueste el doble o el triple de energía, prefiero mil veces construir espacios de alianzas insólitas a sumergirme en organizaciones homogéneas que renuncian a pensar la interconexión de opresiones, que renuncian a la riqueza de la multiplicidad de lenguajes y que terminan no siendo una organización de lesbianas o de campesinas o de jóvenes, sino simplemente una organización de cierto de tipo de lesbianas o cierto tipo de jóvenes o cierto tipo de campesinas. En el movimiento lésbico o en el feminista eso es muy evidente: se convierten en pequeños grupos de amigas con afinidades afectivas, etáreas y de clase, con lógicas endogámicas que empobrecen la política y el pensamiento y que terminan en la agonía.

La industria de la cosificación

Planteás la violación como una práctica sistémica del patriarcado y del colonialismo. Violación de los cuerpos, violación de la tierra, violación de los derechos humanos. ¿Qué representa cómo símbolo?

Quizás representa muchas cosas, pero básicamente la apropiación de las mujeres, la anulación de toda su libertad, la conversión de las mujeres en parte del botín a conquistar y poseer.

Otro de tus enunciados: “la mujer blanca es el objeto de deseo erótico supremo”. La Miss. ¿Cómo exorcizamos ese modelo tan interiorizado por nosotras mismas?

En eso andamos y para mí el trabajo político es un trabajo de construcción de otro espejo donde mirarnos. Por eso trabajo militantemente en la producción de imagen audiovisual. Allí hay un gran campo donde hay muchísimo por hacer, porque la ofensiva publicitaria es permanente, ininterrumpida y satura. Se recicla a gran velocidad y es, sin duda, un modelo penetrante que las mujeres introyectamos.

El negocio de los medios

¿Qué rol cumplen los medios de comunicación comerciales en este juego de poder patriarcal-colonial?

Ganan mucho dinero con eso. Yo no sé cuánto mueve la industria de la cosificación de las mujeres en la Argentina y a dónde van a buscar su materia prima. Pero en Bolivia esa industria mueve muchos millones de dólares, su materia prima no son simplemente las niñas bonitas de la clase alta, sino que han logrado incorporar la expectativa de mujeres de sectores populares. Hablo de una dictadura estética y de un modelo de explotación para con las chicas, donde ellas no cumplen el papel de trabajadoras sino de mercancía. No es ninguna novedad, pero decirlo y repetirlo las veces que haga falta nos parece más que relevante. Tan relevante que las empresas de cosificación de las mujeres bolivianas nos han identificado como sus enemigas. Y eso es porque nuestro discurso cala, y cala también en las “modelos”.

¿Víctimas o sobrevivientes?

No sé cómo plantear este tema en una pregunta, pero se vincula a un aporte conceptual de tu libro: cómo el discurso “de género  instala a la mujer en el lugar de víctima. Señalás a la víctima y a la victimización “como lugares cómodos que te garantizan no tener que ver ni analizar” los motivos sistémicos que te han sometido a esa situación. Nosotras en Argentina tenemos otro modelo: el de la sobreviviente. Nos lo han enseñado las mujeres detenidas-desaparecidas en los campos de concentración de la dictadura. Sus testimonios son muy diferentes a los de las víctimas de abusos y violencia machista, porque pueden situar el yo en el nosotros, politizan sus padecimientos, denuncian en primera persona crímenes de lesa humanidad y acusan de pie a sus victimarios. En los juicios que se están llevando estos últimos años, inevitablemente los defensores de los genocidas les preguntan: ¿por qué sobrevivió? para señalar la “sospecha”. ¿Qué quieren que sospechemos? La traición que implica ser sobreviviente. Pero ¿a quién traiciona la sobreviviente? Nuestra hipótesis es que traiciona al poder. Ese poder que garantiza la impunidad del abusador. Y por eso nos parece un modelo muy interesante para trabajar en talleres con mujeres que han sufrido violencia.

Me parece interesantísimo lo que planteas, además porque la traición, tal como la señalás, no implica la sospecha de una forma de colaboración con la dictadura: llevás la figura de la traidora a otro campo. Por este lado, el boliviano, se pone como emblema de traición a la Malinche, la mujer que se acuesta con el enemigo. Una figura que tiene un carácter colonial porque es el trauma que refiere a cómo el conquistador redujo a la india, cómo la retuvo para sí. Además, en el imaginario cultural colonial,  la mujer es culpable de traición antes de nacer, por toda la influencia judeo cristiana: es traidora porque es portadora de pecado.

Es importante recuperar la palabra traidora en el sentido que señalás. Es imposible que una mujer se rebele sin traicionar las expectativas maternas y familiares sobre ella. La rebelde es una traidora, es quien le da la espalda al proyecto patriarcal y, en ese sentido, tenemos un trabajo pendiente con esa figura, con esa palabra y con esa acusación. Cómo se traduce esto en clave argentina no lo sé, no me atrevo, pero que hay que hacerlo es más que evidente.

Y solo el ejemplo que vos señalás nos demuestra que hay que salir de un feminismo encerrado en cuatro temitas. Hay que atravesarlo todo: desde la cuestión la dictadura a la cuestión de la cosificación de las mujeres. Solo así construiremos un campo de acción política relevante, convocante, apasionante, divertido y colorido.

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