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Cerrando el pico

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Un poyo rojo, una obra sin palabras que lo dice todo acerca del juego de la seducción se convirtió en un fenómeno del off porteño que saltó a las giras y festivales europeos.

un poyo rojo

Se encienden las luces. Dos hombres con los abdominales marcados como tablas de lavar y brazos fibrosos realizan pasos acrobáticos. Lo visual es sensual de entrada. Usan short, musculosa, rodilleras, muñequeras y zapatillas.  En el fondo hay solo un banco de madera y un armario de chapa. Lo que se va a contar es simple: una historia de amor entre dos hombres que comienza en un vestuario. Un poyo rojo dista del resto de las obras del off en un gran punto: su lenguaje es concreto. Su capacidad de comunicar, también.

Si tuviésemos que etiquetar diríamos que es teatro físico. Sin embrago, es más original todavía. Actúan sin hablar. No se les escapa una sola palabra en toda la función, pero tampoco es sólo danza. Hay una historia. Ellos la cuentan con sus caras y sus cuerpos de tal forma que te llevan a olvidarte que no están emitiendo sonidos.  Son el ejemplo ideal para la frase: sobran las palabras.

La obra cumple siete años. Su construcción comenzó en el 2008 como un número para una varieté. Los intérpretes en ese momento eran los protagonistas de la historia de amor: Luciano Rosso y Nicolás Poggi. Hermes Gaido se sumó como director y los ayudó en la difícil tarea de abrir una importante parte de su intimidad  amorosa al público. El resultado de semejante apuesta es la autenticidad que refleja la historia.

Luego de años de bailar juntos la relación finalizó, pero continuó la amistad. Nicolás se fue de viaje y con su consentimiento, Luciano y Hermes incorporaron como intérprete a Alfonso Barón, en 2011. Lo habían visto bailar en La Idea Fija, obra de Pablo Rotemberg. Y Alfonso había visto Un poyo rojo. Se juntaron por admiración profesional mutua.

Los tres apuestan juntos a bailar en espacios autogestivos sin grandes escenarios. Se plantaron cuatro años en el Teatro del Perro y hoy la sostienen en el Galpón de Guevara. Siempre a sala llena, desde marzo hasta diciembre. El fervor corrió a pulmón, sin agentes de prensa.

Un día un francés se sentó en en el Teatro del Perro y los invitó, nada más ni nada menos, que al festival de Avignón. Allá fueron. En Francia los vieron productores de todo el mundo. A fines de abril de este año tienen programada una gira de siete meses por: España, sur de Francia, Monaco, Bolivia, Nueva Caledonia, París, Bélgica y Suiza.

Los poyos

Luciano hizo danza, teatro y música desde sus 18 años. Fue parte del grupo el Choque Urbano y hoy es uno de los directores del grupo Urraka. Él cuenta que empezó a bailar porque había cosas que le pasaban interiormente que necesitaba sacar por el lado del movimiento. “No tengo un título. Aprendí teatro con el público. Me mandé siempre de kamikaze a resolver y buscar en los escenarios”.

Luciano hace del playback un arte. Todo comenzó como un juego cuando era chico. Su mamá limpiaba con música de Valeria Lynch y él jugaba a hacer caras sobre esos agudos. Hoy sube sus videos a Youtube y cada vez se viralizan más rápido. Logra coreografiar su cara sobre una canción de Queen o de Tita Merello. Le gusta pensar que eso da instantes de felicidad en un mundo en el que eso falta. El video que más repercusión tuvo fue uno que realizó sobre la frenética y bizarra canción El Pollito Pío, que regaló al público como bonus después de hacer la obra en España. Alguien lo filmó y lo subió a Internet. Hoy tiene más de 500 mil visitas. Hay una parte del éxito masivo de Un poyo rojo que se debe a que hay gente que va para verlo hacer su gracia al terminar la función.

Alfonso es mendocino y proviene del palo del deporte. Hizo Ski, Snowboard,  Snowload y jugó al Rugby casi diez años. Del rugby se pasó al teatro. Hoy lo desafían otro tipo de tablas y riesgos. A través del teatro conoció la danza. En el escenario se nota su facilidad para enlazar esos tres conocimientos: deporte, baile y actuación.

Para ellos el cuerpo es el único instrumento en el que está todo: no se necesita nada más.

¿Por qué generan tanta convocatoria y giras internacionales? Por un lado, la combinación de ambos es una explosión de talento que dura cincuenta minutos. Por otro, el mundo que comunican sus cuerpos en escena es universal. Es el infinito abanico de posibilidades físicas que implica el momento de seducción previo al primer beso entre dos personas. Lo conocemos todos y cualquiera puede sentirse identificado. Ambos bailan al compás de la mezcla entre pudor y excitación que sentimos frente a otro cuando hay atracción sexual. Se acercan, se alejan, se pelean, se abrazan, se empujan, se bailan.

Actuar el dial

En Un poyo rojo hay un tercer personaje: la radio. Mientras se cambian y se miran de reojo, sintonizan una radio de esas antiguas con antena, dial y ruido a lluvia. No es una grabación: es real. El juego que se proponen a ellos mismos y nos proponen como público es que esa realidad entre en el escenario a contar algo diferente en cada función.

Un locutor habla de relaciones peligrosas, a ambos se les transforma la cara y el público se ríe fuerte.

Cambian el dial.

Suena una canción de música tecno.

Bailan, se seducen.

Y así : mutan según la frecuencia.

Alfonso dice: “La radio trae mucho riesgo escénico cada vez que la encendemos. Como vengo del deporte extremo, me gusta mucho el riesgo.”

Luciano: “Es una gran  cuota de realidad dentro de la ficción. Nos permite no aburrirnos de hacer la obra porque siempre es diferente. Nos mantiene muy despiertos porque por más que tengas aprendida una estructura, si la radio está diciendo algo no te podés hacer el boludo.”

Y así, con un lenguaje físico, sensible nos trasladan al momento del desafío pasional de querer picotear al otro.

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