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El poder cumbiero

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La cumbia como movimiento, como antídoto y como poder. Tres historias que reflejan un modo nuevo de incluir a las mujeres en un universo que le suele cantar al machismo.

El poder cumbiero

Puede ser colombiana, panameña, mexicana, uruguaya, peruana, venezolana, boliviana o chilena. Cuando es  argentina  califica como norteña, santafesina, pop o villera. Este género musical nació en el caribe colombiano gracias a una mixtura indígena y africana, trascendió la costa del Pacífico y se extendió por el continente latinoamericano.  De acuerdo a la región, combina diferentes instrumentos,  aunque los tradicionales son los tambores, la tambora, la gaita, la flauta de millo y maracas. Es la cumbia, por supuesto: te puede gustar o no, pero nunca provoca indiferencia. La cumbia se toca, se baila, se siente y se goza. Melodía pegadiza, movimiento, algo de tu cuerpo siempre reacciona al hacer link con ese ritmo que cruza fronteras geográficas y sociales.

Maira Jalil, Tilsa Llerena y la Negra Sarabia son tres Diosas de la Cumbia. Se suben al escenario e impregnan el espacio de color, sabor, belleza y entusiasmo. Idolatran a Gilda, cantan, componen, afirman que la cumbia es sanadora. Y lideran tres bandas que cada vez tienen mayor cantidad de seguidores: Tita Print, Orkesta Popular San Bomba y La Walichera.

Arriba Bajo Flores

Cuando está sobre el escenario, Maira Tita Jalil estira su mano para tener contacto con su público.  “Nos damos la mano, estamos juntos, no me agrada eso de querer ser la estrella que sube y brilla sola, sino que estemos a la par”. Forma parte de una familia del Bajo Flores que siempre escuchó cumbia; en su adolescencia se volcó al rock y cuando ingresó a la EMPA (Escuela de Música Popular de Avellaneda) se conectó con la música latinoamericana, especialmente con el folclore argentino. En un momento difícil de su vida, en el que se sintió entre la espada y la pared, se preguntó quién era, qué quería transmitir y cuál era el lenguaje genuino para hacerlo. La respuesta fue la cumbia.

Fue la voz de Zamacuco, una banda de música latinoamericana que editó tres discos, y desde 2012 lidera Tita Print, banda con la que grabó su primer disco, Encuéntrate.

Maira tiene voz firme y dulce cuando habla y profunda y encendida cuando canta. En los shows se cuelga el keytar, un teclado típico en las bandas de cumbia, con un sonido muy potente y que sólo suelen tocar hombres. Es madre de una nena de 6 años y no abundan los ratos libres para sentarse tranquila a componer, así que graba sus temas con el celular en el lugar en el que la sorprenda la inspiración.

En sus shows reparte estampitas con la cara de Gilda. “Es un regalo que doy cuando siento que del otro lado hay ganas de recibirlo. Ahora la gente se acerca y me las pide”.

“Cuando los demonios me atacan, me defiendo con lo que soy / Tengo diente, tengo garra, tengo cumbia, tengo sabor”, canta en Cara o cruz. “La cumbia tiene una energía de transformación muy poderosa, tiene el poder de atravesar la tristeza bailando”.

Chicas remando

Encabezar una banda, recibir mayor atención del público por ser cantante y ser mujer son cuestiones que tienen sus particularidades. ¿Cómo se llevan Maira, Tilsa y la Negra con esto?

Maira: Con la banda tenemos mucho diálogo, empezamos a romper con eso de que los hombres hacen chistes de varones y las chicas nos vamos a vestir solas. Los cantantes, en general, dentro del mundo de los músicos somos tratados como no tan músicos. O piensan que si estás cantando es porque tenés el ego muy grande, querés estar al frente. Está implícito esto: sos músico o sos cantante. Yo zafo porque  también toco un instrumento, pero veo que a veces a otros les sucede.

Negra: Creo que este es un momento de resignificacion del lugar de la mujer. Yo defiendo mi mensaje, conecto con la mujer que soy, con la tierra, con darnos nuestro lugar. Pero siento que no se escucha a un varón igual que se escucha a una mujer, lo siento así, hay una resistencia.

Tilsa: Es complicado ser mujer en una banda, hay que remarla siempre. Pero en mi caso no tuve ni tengo malas experiencias, no es un arduo trabajo. Hay que pararse en el escenario. Y es una energía a la que una se habitúa, y los compañeros reconocen ese lugar.

Tripas y patriarcas

Después de cumplir veinte años, hace ocho, Tilsa se vino desde Lima a Buenos Aires. Hija de cantantes y con hermanos músicos, creció escuchando cumbia y salsa. A los once empezó a subirse a los escenarios. En su tierra cantaba ritmos afroperuanos, luego jazz, y aquí los caminos la fueron llevando hacia la cumbia. Al poco tiempo de haber llegado a Buenos Aires se hizo amiga de un chico colombiano que la invitó a un recital con la noticia de que habría música peruana. Tilsa se emocionó. La banda era Zamacuco. “Fue como haberme reencontrado con mi familia, tuve que alejarme para entender lo buena que es la música peruana. Eso es lo que me mueve las tripas”. 

Hace seis años se formó la Orkesta Popular San Bomba en la que Tilsa canta y brilla. Ritmos latinoamericanos mezclados con sonidos balcánicos, con predominio de la maravillosa cumbia, es la propuesta de esta numerosa banda dirigida por Matías Jalil -hermano de Maira- quien compone y hace los arreglos. Además, Tilsa formó una banda de música criolla peruana, Doña Digna, que interpreta la “música que cantaban los abuelitos”.

¿Qué diferencias hay entre sus letras y las de la cumbia tradicional?

Tita: No estamos dentro del patrón de las mujeres cumbieras, no tenemos las letras que habitualmente se cantan en la cumbia donde prevalece el modelo patriarcal, con la mujer engañada. Canto temas de amor, de desengaño, pero no canto temas con contenido misógino. No los escucho ni los fomento. Se tiene que dar un diálogo para ver qué lugar tiene la mujer en la cumbia, dejar de tratarla como un objeto para que no siga pasando lo que pasa. Cuando uno trata a otro de objeto lo puede destruir. Un tema dice: “Si te agarro con otro te mato, te doy una paliza y después me escapo”. Hay quien dice: bueno es una canción, no pasa nada, pero pasa mucho.

Negra: Lo rico de la cumbia hoy en día es la diversidad. Es un modelo inclusivo,  para todos los gustos: no podés ponerle los mismos condimentos a todas las comidas. Mis letras hablan de mujeres que luchan, reflexionan, se ponen tristes, se enamoran: la cumbia te acompaña.

Tilsa: En Perú hay muchas bandas de minitas con shortcitos, altas tetas -nosotras tres estaríamos al horno, chicas-, es un estilo que ni me gusta ni haría, pero tiene un público que lo valora.

Libre para ser

Un barrio modesto en Cipolletti fue el primer escenario en el que Gladys, más conocida como la Negra Sarabia, cantó y meneó su cuerpito de niña inquieta. Piel tostada y cabellos muy enrulados: decían que parecía una negrita africana. Sonaba la música y ella bailaba sin pausa. Recuerda que su madre la despertaba tomando mate, cantando y bailando cumbia. A los 19 años viajó a Buenos Aires a cumplir su sueño de ser cantante. Se acercó al folclore colombiano y se fanatizó tanto que muchos creían que era colombiana. Incluso Maira, cuando la escuchó por YouTube. Cantó en la banda de cumbia Delio Valdez hasta que se marchó y construyó su propia banda, La Walichera, para la que también compone. Acaba de editar su primer material discográfico que presentará en noviembre en el Auditorio de la Facultad de Bellas Artes de La Plata, ciudad en la que habita un pedacito de tierra junto a su compañero.

Cuenta: “La cumbia me hace bien, me erotiza. He llegado a niveles físicos que nunca tuve ni en un orgasmo, temblando como si estuviera en trance, como los negros cuando les agarra un espíritu”.

La cumbia suena afuera, pero lo importante es que suene por dentro. Dice Maira: “Nos pueden pasar cosas tristes, pero al ritmo de la cumbia, se ven de otra manera, como cosas de  la vida. Yiene el poder de transformar, pero más allá de la cumbia, el poder lo tiene cada uno para no ser indiferente, luchar y trascender las tristezas que tenemos”.

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