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Colgados del pincel

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Un documental de Julián Diangiolillo sobre los grupos que pintan paredes para los candidatos refleja qué es hoy el trabajo, y en qué anda la vida política.

Colgados del pincel

Durán Barba, asesor estrella del jefe de gobierno y candidato a presidente Mauricio Macri, tiene una regla de oro: lo único que importa en una campaña a nivel comunicacional es que el candidato se haga conocido.

Sea cierto o no, el año electoral nos hizo testigos de una desaforada competencia mediática y publicitaria de los aspirantes al poder que se disputó tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales. Vimos la farandulización de la política en Intratables, programa de tevé de formato chimentero pero que en lugar de vedettes o famosos lleva a políticos que discuten y ladran temas de actualidad al frenesí del minuto a minuto. Vimos los spots electorales, desde las animaciones bizarras que intentaron juvenilizar la figura de Jorge Altamira hasta un incómodo video de registro “doméstico” donde Macri trató de empatizar a la fuerza con una nena de siete años; vimos las calles repletas de gigantografías y vimos también la disputa en las redes sociales que terminó con un ridículo proyecto de Scioli por intentar identificar a supuestos operadores anónimos orquestados por sectores de la oposición.

En fin: diferentes medios, plataformas y técnicas desde donde se instala a los candidatos. Pero si uno camina por la calle se va a encontrar con otro tipo de manifestación de publicidad política que quizás no nos llame la atención porque ya está incorporado -como el grafitti- al entramado simbólico que ornamenta el paisaje urbano: las paredes, los puentes o los accesos a autopistas durante el año electoral se convierten en puntos estratégicos para inscribir los nombres de los candidatos con letras gigantes y pintadas a mano.

Cambiarán las circunstancias y los nombres propios, pero la tipografía es unánime: letras anchas, grandes, de trazo firme, rellenas y coloreadas generalmente de azul, rojo o amarillo.

En torno a la dinámica de ese trabajo marginal gira Cuerpo de letra, la nueva película de Julián Dangiolillo.

Julián estudió Bellas Artes y es dramaturgo, pero también filma, dibuja y hace instalaciones. Su primera película es Hacerme Feriante, documental que registra el proceso de producción de mercadería en la feria de La Salada. “Antes de mi primera película había hecho Agrópolis, que era  un parque temático en Tecnópolis hecho principalmente de basura y chatarra. El parque estaba compuesto por todos elementos típicos del conurbano, me interesaban esos códigos: pancartas, altavoces y, claro, las pintadas políticas. De ahí surgió mi interés por ese universo”, explica Julián.

Así logró contactarse con Ezequiel, protagonista de la película, letrista -traza los contornos de las letras- en uno de los grupos que se dedican a esa actividad.

La película se filmó durante las elecciones de 2013, cuando Ezequiel era parte de un equipo que trabajaba para punteros de Sergio Massa, finalmente ganador en la provincia de Buenos Aires.

Doctrina del tacho

A través de la película entendemos que el mundo de las pintadas tiene códigos propios, y si bien hay grupos que lo hacen de modo militante, no es el caso del de Ezequiel, que trabaja por encargo y sin ninguna afinidad ideológica con el candidato. Los pintores se organizan en pequeños equipos y funcionan como un grupo de tareas metódico y sigiloso. Se mueven en camioneta a altas horas de la noche y hacen diferentes recorridos parando en paredes estratégicas.

La película de Dangiolillo es interesante para pensar la relación entre cine y política, y quizás un punto de partida es entender que la política en el cine se traduce en decisiones estéticas.

Cuerpo de letra no es una película sobre la política sino sobre el trabajo. En ese sentido sigue la misma dirección que Hacerme feriante: filmar el trabajo, el cuerpo que transpira, se ensucia y se pone en riesgo -las pintadas suelen ser en lugares difíciles para circular y cerca de autos que pasan a gran velocidad- para trazar nombres de políticos en quienes ni siquiera creen.

En esa decisión está la esencia política y estética de la película: invertir el orden simbólico entre lo visible y lo invisible. Los letristas y pintores son como fantasmas silenciosos. Su trabajo, que consiste precisamente en visibilizar electoralmente a los candidatos, es más efectivo cuanto más invisible sea -por eso lo hacen a la madrugada, rápido  y sin llamar la atención.

Desde allí Dangiolillo organiza el registro documental pero con procedimientos y secuencias propios de  la construcción ficcional. Podemos decir que es un documental onírico, que registra lo real pero atravesado por una idea de montaje con fundidos encadenados y desfasajes sonoros que expanden sensorialmente el relato dotándolo de cierta ambigüedad perceptiva. Vemos el trabajo de Ezequiel en las paredes y su participación en una banda de cumbia como también lo vemos trabajar momentáneamente en otro tipo de dispositivo publicitario, con un señor que graba locuciones de propagandas que se transmiten desde una avioneta. Los mensajes van desde eventos evangelistas hasta candidatos a diputados o aplicaciones para ver chicas desnudas. El método de la avioneta parece ser infalible dentro de la escala territorial a la que apunta: es imposible no escucharlo.

En época donde la tecnología parece cambiar las reglas del juego de las estrategias publicitarias, a Dangiolillo parecen interesarle los modos marginales de propagación de un mensaje, sea a través del viento o de la pintura manual.

En cuanto al modo de producción, la película se hizo en veinte días esparcidos en el año y contó con el apoyo de la vía digital del INCAA. Julián: “El rodaje fue siempre de noche, tarde, con un equipo bastante chico. Nos dimos cuenta de que teníamos que homologar el trabajo de los pintores: nos movíamos en camioneta detrás de ellos. Al principio no estaban muy convencidos pero de a poco fuimos entrando en confianza y al final se animaron a hacer las escenas más ficcionales”.

La película llega a su clímax el día de la veda electoral, ese momento donde no puede haber apariciones públicas de los candidatos. Un noticiero informa que quedan fuera de la proscripción Facebook y Twitter, “por no estar reguladas”. Por corte directo pasamos al escuadrón de letristas que se preparan para la noche clave y entendemos que esa disciplina, omitida por los medios, tampoco está regulada, por eso se disputa cuerpo a cuerpo y por fuera de la ley. La película termina entonces como western, con el duelo final. Uno de los cabecillas habla frente a todos como un director técnico de un equipo que está por salir a jugar un partido clave: “No se peleen con nadie, si los otros pintan nosotros los seguimos atrás y pintamos encima”, dice,  y concluye la arenga con una apuesta: “Si la pared de la cancha de River queda pintada con nuestro candidato, pago un asado para todos”.

En uno de los accesos que dividen la capital de la provincia finalmente se cruzan los dos bandos: el de Ezequiel y el del enemigo, un tal Patita. Unos pintan una pared, los otros van detrás, la borran y la vuelven a pintar con su candidato, y así sucesivamente hasta que alguno se rinda por cansancio. El escuadrón de letristas donde trabaja Ezequiel gana la pared  en disputa y se quedan custodiando la pintada fresca para evitar que los otros la borren. Amanece el domingo de elecciones y pocos saben que la noche anterior hubo una batalla agotadora con pinceles y tachos de pintura. Los votantes se levantan para cumplir con su obligación democrática de depositar un sobre en una urna. Algunos votarán con convicción, otros se resignarán con el menos peor, otros preferirán no votar. No sabemos quién ganará ni por qué razones, pero estamos seguros de que todos los candidatos hicieron el mayor esfuerzo por hacerse más conocidos.

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