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El viceministro de Salud, Mario Rovere, habla de los agrotóxicos. Por primera vez un alto funcionario nacional responde todas las preguntas sobre el daño que producen a la salud. Qué revelan los últimos estudios, cuál es el rol de las corporaciones y por qué este modelo productivo «choca con el planeta».

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¿El glifosato produce daño genético?

Está probado que produce daño. El carácter genotóxico está comprobado, y también su carácter de oxidante celular.

El viceministro de Salud Mario Rovere recibió a MU en su despacho lleno de luz y de bullicio del tránsito de la porteña Avenida 9 de Julio, en una entrevista que duró  3 horas, durante las cuales no le pasaron llamadas telefónicas y respondió todas las preguntas sobre los informes que remitió el ministerio de Salud, a partir del recurso de hábeas data que presentamos.

Rovere asumió en mayo de este año: “Es como cuando te convocan a la Selección Nacional y después te ponen los 10 minutos finales. Lo primero que vos decís es que sí, entro a jugar. Porque este ministerio es el Seleccionado Nacional de la salud pública. Además hay gran sintonía con el ministro. Hay que poner en valor lo que el ministro ha instalado y yo, en alguna medida, he acompañado”.

Rovere es sanitarista, decano organizador (y actual vicedecano) del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de La Matanza. Tranquilo y metódico, por momentos habla como si tuviera frente a sí una balanza desquiciada en cuyos platillos hay que ir ubicando datos con mucho cuidado, para saber cuál es el peso de sus palabras.

¿Qué elementos pesa Rovere en esa balanza imaginaria? La política, los pueblos fumigados, las corporaciones, los medios, la gente enferma, la ciencia, los intereses multinacionales, la medicina, las denuncias, las presiones cruzadas, las intenciones, la justicia, la salud, la diferencia entre el militante y el funcionario, el modelo. En ese difícil equilibrio anunció que el ministerio impulsa una nueva oleada de estudios epidemiológicos que realizará el Instituto Nacional del Cáncer, entre otras cosas. 

La suya es una argumentación de precisión sutil, quirúrgica, que se sacude ante un tema que contestó evitando la balanza, y apoyándose en su experiencia académica y de vida.

Antes de ser viceministro, el año pasado, usted participó en el Congreso de Soberanía Alimentaria de la Facultad de Medicina de la UBA. ¿De qué hablaba en ese momento?

No recuerdo exactamente lo que dije aquella vez, pero sí puedo decir lo que pensaba, que es lo mismo que pienso ahora: acá hay instalado un modelo de desarrollo a nivel mundial que es demencial. No te sirve mucho que sea la opinión de un viceministro: es la opinión de un vicedecano y académico. Nosotros tenemos una alteración dramática en términos ambientales. Estamos pagando todos los precios imaginables en vinculación al clima del planeta. El modelo de acumulación… así como hace 4 décadas estábamos discutiendo que este modelo económico chocaba fundamentalmente con la conflictiva social, hoy choca con el planeta. Tenemos una nueva contradicción entre modelo de desarrollo y planeta. Entre modelo de desarrollo y ecología. El planeta se está comportando como un organismo vivo que se defiende con tormentas, lluvias, sequías, terremotos, cambio climático. ¿De quién se defiende? De nosotros”.

Entre algodones

Rovere comienza por la primera pieza del rompecabezas: “Como académico vengo siguiendo siempre toda hipótesis que tenga que ver con poner en riesgo la salud de la población. Hay cantidad de elementos. El proceso de urbanización supone un atravesamiento de ondas electromagnéticas, aditivos en los alimentos, no comemos productos naturales sino cada vez más manufacturados, o esto que estamos conversando ahora. Pero esos temas, cuando se sale del microclima de gente interesada, al querer traducirlos a política pública, requieren un juego mucho más complejo que es el que llevaría a producir una ley, una ordenanza, una decisión de política de Estado. Desde ese punto de vista, ¿cuál es la novedad? Que la definición sobre el glifosato de la IARC (International Agency for Research on Cancer) que tomó la OMS cambia la clasificación del glifosato. Eso se conoció en marzo, pero recién en agosto tuvimos el soporte documental sobre el cual se sustenta, y que coloca al glifosato como un producto probadamente cancerígeno en animales, y posiblemente cancerígeno en los seres humanos, pero con un factor extra: el mecanismo por el cual es cancerígeno en los animales es un mecanismo que está presente en los seres humanos”.

Explica Rovere que el ministro Gollán le pidió sumar lo declarado por la OMS a los propios estudios con los que contaba el Ministerio. “La decisión fue instalar el tema en la instancia más fuerte, el Consejo Federal de Salud (COFESA), que reúne a los ministros de todo el país. Los documentos son los mismos que les hemos entregado a ustedes y a la Defensoría del Pueblo”.

Otra pieza del rompecabezas: “La observación sobre agroquímicos es una necesidad imperiosa que no está hoy en las funciones del Ministerio de Salud de la Nación, que sólo tiene atribuciones a través del ANMAT para evaluar productos tipo insecticidas y demás, que se han utilizado con finalidad sanitaria. Ese es el límite de nuestra competencia. Sin embargo hay un giro porque venimos siguiendo los congresos organizados por Médicos de Pueblos Fumigados, y lo que ahora está en investigación por parte de la ANMAT es lo que se refiere a la presencia de glifosato en gasas y algodón”, cuenta en referencia al estudio presentado en uno de esos congresos por el equipo de la Universidad Nacional de La Plata del doctor Damián Marino, que detectó al agrotóxico.

Oleada de investigaciones

Como el ministerio no tiene atribución directa sobre el tema del glifosato en los campos, la idea de abrir el tema ante el COFESA “tiene el sentido de que las autoridades de cada provincia intenten generar consenso con la legislación municipal. Porque hay una enorme discrepancia entre los municipios sobre qué es aceptable o no en relación a este tema. El ministerio lo que ha hecho es conversar con la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados acerca de la necesidad de tener una nueva legislación que le otorgue al ministerio la potestad de generar un Observatorio de Agroquímicos. Porque hoy el centro de gravedad está puesto sobre un agroquímico (se refiere al glifosato) que está perdiendo su eficacia como tal, con lo cual es muy posible que sea reemplazado: no tenemos que suponer que el reemplazo sea mejor o más inocuo”.

Otro dato: “Estamos impulsando una nueva oleada de estudios epidemiológicos por parte del Instituto Nacional del Cáncer, que es parte del observatorio mundial de la IARC”.

¿No es todo tardío? Hace muchos años hay denuncias de comunidades, médicos y científicos como Andrés Carrasco sobre estos temas, fallos judiciales, congresos…

Fui compañero de varios escenarios, digamos, con el doctor Andrés Carrasco (fallecido en 2014, director del Laboratorio de Embriología molecular que denunció los efectos del glifosato). El campo de la producción científica también es un campo de batalla, donde muchas investigaciones como la de Carrasco fueron objetadas por pares. Hoy se hace metaanálisis, donde aparece el peso de bibliografía en un sentido o en otro. Pero muchas objeciones terminan siendo formales, en relación a si un trabajo se publicó o no en revistas internacionales, lo que lo lleva a imponerse como evidencia en ese ámbito científico. Quiero decir: puedo tener mi sensibilidad como funcionario o ciudadano muy alerta, pero luego estoy necesitando un peso de prueba que convenza a quienes no están previamente convencidos.

Carrasco terminó publicando en revistas científicas que validaron sus investigaciones. Pero no esperó, y dio a conocer antes sus hallazgos, para dar el alerta sobre lo que estaba ocurriendo con los agrotòxicos.

Uno debe preguntarse por qué una persona como Carrasco, con esa trayectoria y acceso a la corriente principal de la producción científica, decide aplicar los últimos años de su vida a esa intersección entre ciencia y política que significó su trabajo. Pero cuando aparecen personas que lo denostaron, lo que me parece es que no cumplieron sus propias reglas de juego: la única forma de decir que él estaba equivocado era con trabajos científicos que lo demostraran. No hay otra forma de discutir con un científico que no sea con un trabajo científico.

Pero no hubo trabajos que lo desmintieran.

No sólo no hubo, sino que aparecieron estos otros de los que estamos hablando ahora.

Zorros y gallineros

Para Rovere estos temas deben llegar a los medios: “Instalar los debates en la cultura es fundamental, y es lo que después permite que una Cámara de Diputados entera vote o no una ley. El Muro de Berlín no cayó de un día para el otro: se vino cayendo. En este tema se van acumulando evidencias y la cuestión es que quien no está convencido se quede finalmente sin argumentos”.

Mientras hablamos, siguen enfermando y muriendo muchas personas. ¿No habría que aplicar el principio precautorio, del que habló el propio ministro Gollán para evitar más daños?

Pero eso lo tiene que hacer el Poder Judicial. Aquí se abrió un espacio a partir de una definición internacional para usar los instrumentos a nuestro alcance, y otros que podrían discutirse en el marco de una nueva legislación.

¿En qué medida estar en el Estado permite instalar temas que vienen de la cultura, de la comunidad?

Siempre la respuesta es: en cierta medida. Nunca es lo que vos deseás, pero lo que uno busca es la exploración de todas las potencialidades. Sospechas en el campo de la salud tenemos muchísimas: los efectos de los celulares, antenas, notebooks, minería, alimentación. Es un espectro gigantesco, pero cuando pasa algo como esto de la OMS habilita que se pueda discutir una ley de Agroquímicos y que el ministerio intervenga de distintos modos.

Política y Estado

Otro síntoma de alarma es la noticia según la cual un ex gerente de Monsanto intervendría en el próximo gabinete de la provincia de Buenos Aires.

No es la primera vez que veo el intento de poner al zoro a proteger el gallinero. Es un mecanismo que forma parte del juego. La política es un campo de fuerzas y un terreno barroso. En términos jurídicos es una confesión de parte.

El gobierno nacional tiene a sus propios organismos, como la CONABIA, inundados de representantes de las corporaciones.

Con total sinceridad digo que hay una ambivalencia. El Estado es un actor, pero también es una arena. Ni existe el Estado en sentido puro que garantice el bien común de todos, ni tampoco es un mero espacio de tira y afloje. Para tomar una frase de Perón: el Estado es bueno, pero si se lo vigila es mejor.

La propia Presidenta anunció, celebrando, supuestas inversiones de Monsanto mientras se hacía el juicio por las muertes y enfermedades por fumigaciones en Ituzaingó Anexo.

Yo puedo tener una mirada crítica sobre diferentes cuestiones. Pero en este juego de balanzas puedo agregar 15 cosas más que se superponen o agregan a eso. Se reconvirtió la estructura productiva. Estamos en un mundo con agentes económicos instalados por encima de los Estados. Tenemos la cuestión de los fondos buitres. Pero Argentina tomó una posición que me pega fuerte en términos de soberanía, porque  nos hemos movido en un sentido de ampliación de las bases soberanas que me parece interesante y se ha planteado en todos los foros internacionales. Y eso para mí pesa mucho. Además en Salud estamos hablando cada vez más sobre las corporaciones con respecto a la producción pública de medicamentos, con el concepto que instaló el ministerio sobre la soberanía sanitaria. Y este espacio político le ha dado acogida a estos debates. Todo eso está en la balanza.

Correlaciones

Advierte Rovere: “Uno se toma de lo de la IARC, pero con cuidado, porque hay dictámenes que producen un efecto paradojal, cuando aparecen la yerba mate o los chacinados tan cancerígenos como el glifosato. Habrá que fatigar la lectura de los documentos; lo hemos hecho, pero desde el punto de vista comunicacional debilita porque la gente dice ‘ah, lo del glifosato es lo mismo que comer salchicha o chorizo’”.

Una diferencia es la cantidad y calidad de estudios (cosa que la IARC no discrimina) y otra es que las comunidades son sometidas a los venenos contra su voluntad, pero no a las salchichas, ni hay daño genético por el mate.

Sin dudas, pero todo forma parte de las reglas de juego que se usan en la guerra comunicacional.

El ministro Gollán mencionó la necesidad de evitar el daño potencial.

Sin duda existe un daño potencial. Y digo más: la primera indicación ante el COFESA fue que no existe un solo agroquímico inocuo. A partir de ahí hay infinidad de variables sobre dosis, fumigación terrestre o aérea, pero definitivamente hay un riesgo potencial. Lo que hay que diferenciar es causalidad de correlación. Una cosa es que produzca una enfermedad, y otra que se creen condiciones mejores para que aparezca esa enfermedad. Nosotros lo que hemos podido verificar es una existencia de correlación. Y la acción genotóxica y oxidante en términos de procesos celulares, que produce alteraciones diferidas en el tiempo. Al ser algo crónico, dificulta la atribución directa de la relación causa efecto. Se necesitan más estudios prolongados en el tiempo, con lo cual pueden aparecer también relaciones con diabetes u otras enfermedades crónicas que no necesariamente son cánceres.

El riesgo de las fumigaciones, ¿es un tema de distancia, de dosis?

Como dijo el ministro a la OMS, la mejor prevención para paliar los efectos de la guerra, es que la guerra no ocurra. Al empezar a aparecer evidencias, viene todo un tema de adecuaciones que no son del todo o nada, sino monitorear reducciones, protecciones, distancias, temas técnicos. Si pienso en un ideal, me encantaría tener un país de altísima diversificación productiva de alimentos. Lo digo como ciudadano común. Pero además lo que me parece es que la protección de los lugares donde la gente vive, estudia y trabaja, es el elemento fundamental de cualquier precaución.

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