Sigamos en contacto

Nota

Así habló Firmenich: “¿Y qué?”

Publicada

el

El tren de la victoria/ La saga de los Zuker es el título de un libro inédito, escrito por Cristina Zuker, hermana de Ricardo, un desaparecido en la contraofensiva organizada desde Europa por los montoneros, cuya cúpula está bajo la lupa judicial sospechada de haber entregado a aquellos militantes. La frase “hay que subirse al último tren de la victoria” fue cometida por Roberto Perdía cuando anunció en Madrid la contraofensiva, en una reunión abierta y pública a la que no habrán faltado los servicios de inteligencia. Uno de los capítulos del libro, que aquí se reproduce en su totalidad, incluye el último reportaje realizado a Mario Firmenich antes del pedido de captura internacional para que declare en la causa. La entrevista es un reflejo del modo de pensar de quien considera que la política está llena de montoneros castrados, se compara con Manuel Belgrano y ve la Argentina atrapada en la justificación histórica de los dos demonios.

“Nadie llevó de la nariz a los que intervinieron en la contraofensiva de los Montoneros, en 1979 y en 1980. No se puede aceptar que fueron unos estúpidos engañados. Además, podrían haber dicho que no. Tuvieron la oportunidad. Algunos, de hecho, se negaron a participar. Pero otros persistieron. Nadie les puso un revólver en la cabeza. Estaban convencidos de que todo era poco para luchar contra la dictadura”.

Cristina Zuker, hermana de Ricardo, un montonero desaparecido en esa contraofensiva, acaba de finalizar un libro que relata aquella historia trágica, y en el que realiza un reportaje al jefe montonero Mario Eduardo Firmenich, en Barcelona.

Es el último reportaje que se le hizo al dirigente que ahora es uno de los imputados en la causa por aquellas desapariciones, en la que el juez Claudio Bonadío presume que hubo delaciones internas, traiciones, y entregas.

Cristina, que choca con Firmenich a lo largo de la entrevista, tiene otra teoría sobre la contraofensiva, que abarca a su propio hermano: “A los chicos no hacía falta que nadie los entregara. Ya estaban entregados”.

Cristina y su hermano son hijos del actor Marcos Zuker, fallecido en mayo de este año. “Nunca tuvimos una relación espléndida con él, que se separó de mi mamá cuando éramos chicos. Pero estuvo cuando había que estar”.

Ricardo Zuker, nacido el 24 de febrero de 1955, había sido dirigente de la Unión de Estudiantes Secundarios, se incorporó a los montoneros, y estuvo secuestrado durante 46 días en 1977, tras lo cual fue liberado y marchó a San Pablo, Brasil. Su madre y su hermana fueron tras él. “A los pocos días, mamá murió de un infarto, tenía 55 años” cuenta Cristina. “Eso significó para mi hermano una suerte de compromiso con la muerte. La idea de los muertos era algo que pesaba mucho en los jóvenes que se unieron a la contraofensiva”.

Ricardo partió rumbo a España. Cristina volvió a la Argentina con el cuerpo de su madre. Cristina Zuker no era militante. “Simpatizaba, iba a las marchas, no más que eso”. El 2 de enero de 1977 llegó exiliada a España, y se enteró del proyecto de la contraofensiva, con la que los montoneros imaginaban reincorporarse a las actividades que llamaban político-militares en el país.

Curiosamente, la noticia de dicha contraofensiva no se trató de un secreto típico de una organización militarizada, opaca, cerrada, y propensa a las conspiraciones, sino de una reunión abierta y pública en Madrid. “La gente iba hasta con los chicos” dice Cristina. Nadie considera que los agentes de inteligencia esparcidos por la dictadura argentina en Europa serían capaces de perderse semejante show.

Cristina se despidió de su hermano, que se escondió en una casa de las sierras de Madrid, luego se entrenó en el Líbano, y finalmente llegó a la Argentina en junio del 79. Estuvo cinco meses, y volvió a Madrid.

El 1º de enero de 1980 volvieron a despedirse. Esa vez sería la definitiva.

Cristina supo más tarde que su hermano había caído en manos de los militares, y Emilio Mignogne la llamó para avisarle que Ricardo había sido visto entre los secuestrados cautivos en Campo de Mayo. Luego, ya no se supo nada más.

Cristina volvió a la Argentina en 1984. Inició una causa, que llevó adelante el Centro de Estudios Legales y Sociales a través de la abogada Alicia Oliveira (actual secretaria de Derechos Humanos de la cancillería argentina).

“La causa durmió el sueño de los justos hasta que un día, en el programa de Mauro Viale, un tal suboficial González dijo que él había visto cómo había sido fusilado el hijo de Marcos Zuker”. Una teoría es que el tal González, prófugo, mintió. La otra es que dijo la verdad. Si la justicia avanza, todo se sabrá. Cristina declaró en ese juicio que ya tiene más de 20 procesados y en el que el juez Claudio Bonadío ahora ha detenido a Roberto Perdía, a Fernando Vaca Narvaja, mientras la Interpol partió en busca de Firmenich.

Cristina sabe que Bonadío es uno de los jueces “de la servilleta” denunciada por el ex ministro Domingo Cavallo. Traducción: un juez cercano al menemismo después de haber sido un militante de Guardia de Hierro en su juventud. “La causa tiene algo extraño, tiene esa cosa de los dos demonios”. Militares procesados, y ahora también guerrilleros. Aunque Cristina no considera que personas como su hermano hayan sido víctimas de una suerte de engaño por parte de sus jefes.

“Empecé a escribir el libro hace un año, después de un viaje a España a visitar a mi hija que tiene 21 años y se fue a vivir allí, que es donde nació cuando yo estaba exiliada. Yo había ido atesorando cartas de mi hermano, de la época en la que estuvo aquí durante la contraofensiva. Hablaba de sus miedos, de lo que iba sintiendo, de la muerte. Algunas son sobrecogedoras”. El libro también cuenta la historia de Ana Victoria, la hija de Ricardo (que en la Argentina fue capturado junto a su mujer), a quien habían dejado en una guardería en La Habana. Ana Victoria falleció a los 20 años de un cáncer de lengua. Cristina cree que se trata de otra tragedia, y también de otra metáfora.

El libro habla de la Operación Murciélago, de la Operación Guardamuebles, del caso de una ex montonera acusada de haber delatado a sus compañeros, y el capítulo que se reproduce a continuación incluye la entrevista completa a Mario Firmenich, entre otras cosas.

Mientras las editoriales argentinas cavilan sobre si todo este material merece ser publicado y los diarios publican como propio extractos que ni siquiera pagan, parece prudente dejar hablar al propio texto de Cristina para que una historia de la que casi nunca se habló, empiece a ser contada.

Cada vez que vuelvo a España desde mi definitivo retorno en marzo de 1984, llego con el corazón lleno de ansiedad por saber algo más sobre mi hermano Ricardo. Imagino que Madrid me va a permitir devanar el hilo de la memoria desde nuestro reencuentro, en Barajas, el 2 de enero de 1979, hasta el atroz momento de nuestra última despedida, el primer día de enero de 1980, exactamente un año después, cuando finalmente ingresó en ese temido infierno que significó su caída a manos del Batallón 601, en las inmediaciones de la Estación Plaza Once, el 29 de febrero de 1980.

Cuando retorné por primera vez en 1998, aterricé en Barcelona para conocer a Silvia Tolchinsky, quien fue liberada tras permanecer dos años desaparecida. A través de su testimonio ante la Subsecretaría de Derechos Humanos me enteré que, hasta noviembre o diciembre de 1980, mi hermano seguía con vida en el campo de concentración que funcionaba tras los muros de Campo de Mayo, “El Campito”, el mayor centro de detención de la dictadura, incluso más importante que la ESMA. Saberlo aumentó, si cabe, mi dolor: siempre supuse que su ejecución había sido sumaria, sin imaginar el largo tormento que debió sobrellevar antes de ser asesinado.

Con voz lenta y como si el dolor nunca la hubiera abandonando desde entonces, Silvia me contó que su caída tuvo lugar el 9 de septiembre del 80, en Mendoza, en el paso fronterizo Las Cuevas, y que desde allí había sido trasladada por la patota en un avión hasta una quinta situada a escasos metros de Campo de Mayo.

Durante los once meses que permaneció engrillada, encadenada y con los ojos vendados, contó que “en el transcurso de los interrogatorios me decían que en un sitio cercano estaban con vida muchos secuestrados. Entre ellos, mi hermano Daniel Tolchinsky, su mujer Ana Dora Wiessen, María Antonia Berger, Patricia Lesgart, Guillermo Amarilla, Marcela Molfino de Amarilla, la mujer de Maggio, Zuker y su mujer, y Horacio Campiglia. No creo que hayan dado más nombres, pero sí aseguraban que eran unas cuarenta personas. En dos oportunidades me trajeron cartas de mi hermano y mi cuñada, que también me hablaban de los compañeros vivos. Cerca de diciembre del 80, uno de los carceleros me dice que iban a matar a todos los presos que seguían con vida.”

Un día le dijeron que Daniel, su hermano, había sido fusilado, probablemente en diciembre del 80, un mes tan caro a la feligresía castrense. También Ricardo habría corrido igual suerte, como parte de la misma ofrenda navideña.

Silvia fue la única sobreviviente, y su declaración constituye la columna vertebral de la causa 6859 que lleva adelante el juez federal Claudío Bonadío para dilucidar el secuestro y la desaparición de quince militantes montoneros, entre ellos Ricardo. Los hechos investigados son crímenes de lesa humanidad y por consiguiente de naturaleza imprescriptible. Privación ilegítima de la libertad, tormentos, reducción a servidumbre, homicidio agravado por ensañamiento y asociación ilícita son las figuras que se reproducen obsesivamente para resignificar el espanto.

Desde Barcelona, me dirigí a Madrid para denunciar ante el Juez Baltasar Garzón esas desapariciones que se produjeron tras la vuelta al país en el marco de la segunda etapa de la Contraofensiva Popular, operación en exceso triunfalista planificada por la Conducción Montonera desde el exterior, donde el país pasaba a ser un mapa con más intrigas que certezas. Debo reconocer que la receptividad del juez español obró como un bálsamo sobre mí. La justicia me presentaba su mejor cara, aunque haya tenido que atravesar los mares para hallarla.

Mi siguiente y último viaje a España incluía en el orden familiar la repatriación de Flor, mi hija de 21 años, después de circular varios meses por las Ramblas de Barcelona. Pero además quería encontrarme frente a frente con Mario Eduardo Firmenich, el que fue comandante del Ejército Montonero hasta quedarse sin tropa. Confiaba que podía entregarme alguna de las piezas del rompecabezas que me permitieran armar cómo fue la última etapa de la vida de mi hermano, y quizás reconstruir su caída. Además de hablar con su hijo Mario Javier, para que me contara sobre los cinco años en que fue compañero de banco de mi sobrina Ana Victoria en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

-No voy a contestar nada que tenga que ver con esa causa judicial.-fue lo primero que me dijo Firmenich cuando lo llamé por teléfono, y agregó que debía sufrir ilusiones ópticas si pensaba que podía contarme algo de mi hermano que yo no supiera.

-Es esa típica costumbre nacional, “así que usted es de Buenos Aires… Entonces debe conocer a Fulanito”- cerró con una carcajada que por teléfono sonó demasiado hueca. No me reí, ni le recordé su responsabilidad sobre los hechos. Tenaz en mi propósito, quedamos en vernos el 26 de diciembre, día de fiesta en Cataluña, en su casa. Le anticipé que iría con mi hija. Podrán tildarme de cobarde, pero me importaba una visión más fresca y exenta de prejuicios que la mía.

Así que el día señalado ambas fuimos al Apeadero de Gracia para subirnos al confortable tren que nos llevaría a la vera del Mediterráneo hasta Vilanova i la Geltrú, un puerto bucólico de la costa catalana, donde los Firmenich viven hace seis años un presente más sosegado, desde que el jefe de la familia se gana la vida como profesor de economía en la Universidad Central de Barcelona. Aunque tenga una página en Internet cuya dirección es www.movimientomontonero.org, y en ella se sigan publicando documentos con pie de página en forma de consigna: “habrá patria para todos o no habrá patria para nadie”.

Ya no estaba tan segura de su ayuda para la reconstrucción de los hechos. Sin embargo, sí podría darme explicaciones acerca del documento que Ricardo y Marta, mi cuñada, habían firmado y entregado a la organización disponiendo que mi sobrina Ana Victoria me fuera entregada en caso de que algo les ocurriera. Pensaban que los abuelos maternos no honrarían la heroica decisión de volver al país, dando su vida para terminar de derrotar a la dictadura que, según los cálculos de la conducción montonera, ya estaba en retroceso. El único riesgo estratégico imperdonable, evaluaban, era perder el corazón de las masas.

Su mujer de toda la vida, María Elpidia, “la Negrita”, cordobesa, madre de sus cinco hijos, y encargada hoy como siempre de llevar las directivas de su marido en frecuentes viajes a la Argentina o de allanar los embates del pasado, había atendido mi primer llamado. Rápidamente, me anticipó que la intransigencia de Firmenich seguía incólume, a pesar de las tantas cosas que se han dicho de él a lo largo de los años, pero hizo hincapié en un más cercano sobresalto:

-El Pepe estaba solo, y le tocó la puerta un uniformado de la Policía Nacional Española con una citación para declarar en condición de testigo no imputado ante un juez italiano que está investigando el Plan Cóndor. Así que tuvimos que viajar a Madrid para ir a la Audiencia Nacional.

Sabía del tema a través de Carlos Slepoy, mi amigo del alma, que viene luchando sin tregua para que los responsables del genocidio sean juzgados como corresponde. Me contó que María Elpidia primero y Firmenich después lo habían llamado en busca de asesoramiento. A Carli, como lo nombra todo el mundo, le parecía absolutamente normal que lo convocaran a declarar, y que lo más llamativo era que no lo hubieran hecho antes. Y muy concretamente en el caso de la Contraofensiva del 80, donde era muy importante saber qué es lo que determinó que en sucesión prácticamente ininterrumpida fueran secuestrados todos. “A ella le dije que el silencio por parte de lo que quedaba de la organización sobre el tema era inadmisible desde el punto de vista judicial o histórico, y que debían existir documentos con las conclusiones acerca de los hechos”. María Elpidia le contestó que sí, pero que no sabía si estaban en España. Carli debe haber puesto su voz más grave y varonil para sugerirle: “adónde estén, lo mejor que se puede hacer es pedirlos y presentarlos ante el Juzgado”. Después habló con él:

-Mirá, en principio no temas sobre tu seguridad personal porque te están llamando como testigo. Por otra parte, me parece una oportunidad de oro para aparecer públicamente y decir qué fue lo que pasó en la Argentina, qué fue el Plan Cóndor y cómo actuaba la coordinación represiva de todas las dictaduras del Cono Sur. Yo conozco sobre el tema, pero supongo que vos lo tenés que conocer mejor que yo”. A Carli le pareció que había quedado muy seducido ante esa posibilidad. Aunque asintió con menos entusiasmo cuando escuchó: “Lo que más me llama la atención aquí es el tema de los dirigentes que tenían la obligación de saber cuáles eran las verdaderas condiciones en que los militantes volvían al país, y lo más lacerante, el asunto de la publicidad”. Carli concuerda conmigo. En Madrid toda la colonia argentina sabía quiénes volvían a combatir, con nombre y apellido, incluso hasta el día que salían, porque se encargaban públicamente de decirlo, “con un menosprecio suicida sobre la presencia más que probada de servicios de inteligencia actuando en España”, concluyó Slepoy su diálogo con el ex comandante montonero, según me cuenta mientras terminamos de almorzar en un pequeño restoran muy cercano a su bufete de abogado, en el tradicional barrio madrileño de Salamanca.

En aquella primera charla telefónica con María Elpidia, ingresó luego el tema de mi sobrina, cuya historia conocía a través de su hijo. Aprovechó entonces para contarme que cuando fue secuestrada en junio de 1976, con un tiro de FAL en un brazo, no sabía que estaba embarazada, que las palizas fueron demoledoras y que Mario Javier nació seis meses y medio después de su gestación.

Es él justamente quien nos abre la puerta del departamento, en un primer piso sin ascensor. Lo primero que reclama la atención al ingresar a la sala son las dimensiones del multitudinario pesebre navideño. Pastores, rebaños, vegetación, el infaltable lago, un espejo donde se reflejan las figuras de los tres reyes magos rodeando al Niño Jesús, flanqueado por la virgen María y José, el carpintero, y hasta el pasto para los camellos.

Tanta liturgia me recuerda que el dueño de casa inició su joven militancia en la Juventud Estudiantil Católica, que animaba el Padre Mugica. También me vienen a la cabeza unas fotos que azarosamente llegaron a mis manos. En ellas se registra al Padre Adur, capellán del Ejército Montonero, casando a mi hermano y a Marta poco antes de ir camino a la muerte. En una de las paredes del austero piso de Madrid, donde tuvo lugar la ceremonia, se distingue un mapa grande de la Argentina, mientras que en otra cuelga la bandera azul y blanca con su flagrante sol en el medio. Tanto la bandera como el mapa tapan dos cuadros donde se adivinan dos naturalezas muertas. Cuando vi esas fotos por primera vez, me inundó el recuerdo del briss de Ricardo, con el rabino tapando los cuadritos que había colgados en el comedor, mientras mamá y yo huíamos a casa de la abuela. En esas imágenes, los que rodean a la pareja, incluido el sacerdote, visten el uniforme montonero: camisa celeste, pantalón azul marino y chaqueta de cuero color negro, con las correspondientes insignias de grado, prendas que habían sido adquiridas, salvo las insignias, en El Corte Inglés. Todos aparecen en posición de firmes, según la jerga militar, y de sus rostros trasciende un inequívoco fervor místico. Las persianas y las cortinas cerradas contribuyen a que la escasa luminosidad de las fotos parezca anunciar la catástrofe inminente. Ninguno de los que en ellas aparecen están vivos para recordar esas bodas. Tampoco Ana Victoria, que sigue las distintas escenas con sus ojos asustados y tristes.

Otra vez me viene a la cabeza el tema del CESID y su virtual inoperancia ante la presencia de más de diez personas uniformadas, que no podían pasar desapercibidas ingresando a un apartamento en ningún barrio del Madrid casi pueblerino de aquellos años, cuando todavía la figura del sereno que abría cualquier cerradura al batir de unas palmas, formaba parte del paisaje ciudadano.

De acuerdo con lo convenido, Firmenich llega tras mi plática con su hijo Mario. Con él vienen Maria Elpidia y un tercer hombre, de barba y mirada inquisidora, que no abrió la boca a lo largo de la entrevista. También están sus otros tres hijos varones, que saludan y se van.

Sólo falta la mayor, María Inés, que está becada en La Habana estudiando Sociología.

Unos kilos de más delatan el paso del tiempo, igual que las canas que le han ido cubriendo la cabeza, y sus pobladas cejas. De todos modos lleva con hidalguía sus 54 años. Despojado de la marcialidad con que posaba allá por los setenta desde las tapas de Evita Montonera, viste unos vaqueros, un pullover azul de cuello redondo por el que asoman los cuadros escoceses de la camisa. Su mirada sigue siendo muy intensa, cuando se integra a la charla sobre la nena, dándome oportunidad para preguntarle por qué se había decidido entregarla a los abuelos maternos, pasando por encima de la última voluntad de su madre.

-No me acuerdo del caso particular, aunque si sé que los compañeros no se la querían entregar. A mí me trajeron la noticia de que los abuelos habían llegado a Méjico por un contacto con la Casa Argentina, creo que a través de Rodolfo Puiggros.

Mi información es otra. Los padres de Marta -Keco y Luisa Libenson- fueron alertados por una carta de la propia organización sobre la presencia de su nieta en la guardería cubana. Que llegaron a Méjico y de ahí se trasladaron a la isla. “Era normal por un mecanismo de seguridad, una suerte de cobertura para ellos. Llegaron a La Habana en un avión cubano, y los recogieron en la pista para que no quedara constancia de la entrada en el pasaporte” me había explicado Susana Bardinelli de Croatto, responsable de la guardería “La casa de caramelo”, en La Habana.

– Me acuerdo que los compañeros me consultaron. En la discusión, les dije que había que entregarla respetando los lazos de sangre. ¿Íbamos a hacer lo mismo que hacían los otros con nuestros hijos? ¿Qué pasa, ellos son los malos y nosotros los buenos? Nadie se puede robar a un hijo. En todo caso habría que haber hecho un trabajo político para convencer a los abuelos, que en este caso hubiera sido imposible, de que la nena iba a estar mejor con vos o con los compañeros. También hubo abuelos que no reclamaron, que no les importó un pito.-señala Firmenich.

Le cuento que los abuelos recién le dijeron a los once años que sus padres estaban desaparecidos, después de sostener durante años que habían muerto en un accidente de avión, tras haber juntado la platita necesaria para venir a buscarla.

De eso Firmenich no sabe. “Si hubieras estado ahí a lo mejor las cosas hubieran sido distintas. Yo recién me entero de que vos vivías con el Pato”. Le cuento de mi calvario madrileño: mi entrevista con Oscar Bidegain, a quien le había pedido en nombre de sus nietas. Con Hugo Alberto Ramos, “el Chilo”, responsable de la organización en Madrid, con quien me reuní en dos oportunidades en la casa que habían bautizado de manera un poco grandilocuente Puerta de Hierro. La primera para que me diera noticias acerca de mi hermano y su presunta caída.

Recién tres meses después me confirmó lo que yo ya sabía, cuando fui a reclamarle el cumplimiento de los deseos de mi cuñada. Que también le había pedido al abogado cordobés Gustavo Roca para que intercediera ante el propio Comandante Fidel Castro. Que ninguna de esas gestiones había dado resultados.

– Había compañeros que creían, con el sentido común de los militantes que no coincidía con la vida real, que los hijos eran de todos, que los verdaderos familiares eran ellos. Pero yo privilegié los lazos de sangre existentes.

-Pasando sobre el deseo de la madre, sin medir que ella no quería que sus padres se ocuparan de la nena, tal vez intuyendo lo que pasaría.

-Bueno, ese es el problema argentino. La Argentina mató a sus propios hijos. Pero no se pueden pensar así las cosas. Nosotros en el 83 estábamos viviendo con dos compañeros en Bolivia. Él era viudo de una compañera que había caído en la Contraofensiva. Él también había estado, y se había salvado. Bueno, se había quedado con la niña que era hija de ella y de otro compañero muerto. Era un caso similar. Él volvió a hacer pareja, y su nueva compañera la adoptó como hija propia. Como era muy chiquita no tenía memoria de sus padres. Un día decido tocarles el tema, y les digo: “miren, vamos a volver a la realidad, esta chica necesita su documento.” Ellos estaban convencidos de ser los padres… “Bueno, si los parientes le dan la patria potestad a ustedes, bárbaro, pero si no se la dan, aunque la hayan criado no se puede robar a una hija. Yo entiendo todo, es un drama humano si querés. Pero las cosas son como son”, le dije al compañero. “Estás secuestrando a una niña que no es tu hija, y puede venir la familia materna o paterna, los abuelos o los tíos legítimos, y reclamarla”. Para ellos era una tragedia, fue una discusión durísima, pero yo tenía que prepararlos. Era mediados del 83, iba a haber elecciones, se iniciaba la transición democrática y había que legalizar las cosas. Finalmente apareció una hermana de su mamá. Lo destacable es que cualquier compañero estaba dispuesto a ser padre o madre de un hijo cuyos padres habían sido muertos o secuestrados por la dictadura, con absoluta normalidad y con todo el amor. Pero si la situación se normaliza, hay derechos de sangre, derechos jurídicos, patria potestad, herencias.

Maria Elpidia interviene para decirme que ellos habían hablado mucho del tema de mi sobrina con su hijo Mario: “nos parecía que era bueno que él la ayudara a abordar su historia, que él le facilitara hablar de sus recuerdos más antiguos.”

– Tampoco era fácil para él llamándose Firmenich.- señala su padre-. Fue una mala jugada de la vida, un caso simbólico. Ya como historia individual es patética y grave, pero que sea un símbolo social ya es catastrófico.

Firmenich se refiere al cáncer de lengua que mató a Ana Victoria a los veinte años. Sin abandonar su perfil dialéctico. Decido cambiar de tema.

-Por qué no hablamos de la contraofensiva, de la derrota previsible, de las muertes inútiles?

-¿Qué es la contraofensiva? ¿De qué me hablás?

Sentí que de aquí en más el diálogo iba a ponerse tenso. No me importó.

Le explico que no pude entender la decisión de mi hermano de sumarse a la Contraofensiva. Él, que había conocido ya el infierno, volvía a engancharse con la muerte, cuando la vida todavía le prometía tantas cosas. Que entonces tenía veinticuatro años, y que desde entonces habíamos discutido todos los días, con los resultados conocidos.

-¿A vos no te parece que fue una empresa suicida?

-En la contraofensiva no murieron más de 20 o 22 compañeros.

Le rebato con vigor el número de muertos. Cuento con los datos minuciosos del Equipo de Antropología Forense, que me proporcionó el invalorable Maco Somigliana. Fueron más de 40 en el 79 y menos de 40 en el 80, que suman arriba de ochenta. De hecho, en la causa que investiga el juez Bonadío casi se alcanza el número mal estimado por Firmenich. Me indigna que todavía le cueste aceptar las dimensiones de la derrota.

-Que después cayó el Turco Haidar-su cuñado- en el 82, y cayó Yaguer en el 83. ¿Y qué? – me interpela de manera agresiva, como provocándome.- Nosotros nunca tuvimos la voluntad de dejar de luchar. ¿Y en el 76, en el 77? Caían siete compañeros por día. La contraofensiva es un juego de niños al lado de eso.

-Sí, yo creo que fue un juego de niños porque incluso hubo una niña de 16 años que estaba en el grupo de mi hermano, Verónica Cabilla.- digo dispuesta a profundizar la confrontación.

-Con el consentimiento de los padres por escrito y por separado.- y lo repite- Lo exigí por escrito y por separado, más allá de que la patria potestad en esa época era sólo del padre. Así como yo a la ley de sangre no me opongo, frente a la ley de padre y madre por escrito tampoco. Además, no lo considero una irresponsabilidad, porque tampoco el Tamborcito de Tacuarí es un crimen. A mí nadie me enseñó que lo del Tamborcito de Tacuarí fue un crimen, y era un niño también. Ahora si vos decís para qué mierda empezaron a luchar, esa es otra discusión, que era un proyecto fracasado desde el principio. Bueno, a posteriori…. Es como hablar de los resultados de los partidos de fútbol del domingo con el diario del lunes

bajo el brazo. Ya sabemos el final de la historia. Podés decir lo que quieras, pero que nuestro proyecto era creíble para nosotros y para nuestros enemigos. Claro que era creíble, si no, no nos hubieran matado, se hubieran cagado de risa.- él también se ríe- Que lo hicimos con la mayor seriedad que pudimos, con toda la inexperiencia e ignorancia que podíamos cargar a cuestas, y que la mayoría de la sociedad argentina en un momento apoyó hasta que nos quitó su apoyo. Hasta ese momento, nunca colectivamente nos planteamos la opción de dejar de luchar. Al plantearnos la opción de continuar resistiendo, era obvio que corríamos con todos los riesgos. Fue una decisión colectiva.-recalca- En lo individual, algunos se lo plantearon y se fueron.

-¿No te parece que para el proyecto de la contraofensiva eran demasiados los riesgos a correr, suponer que se iba a contar con el apoyo del pueblo argentino no era también una ilusión óptica?

-¿Suponer qué? Nosotros hicimos la contraofensiva a partir de la huelga general de abril, y tuvimos ese apoyo. Y nos planteamos la movilización de una fábrica grande, la Peugeot, y la tuvimos a punto de salir. Les dieron todas las reivindicaciones para que no salgan. Y sabíamos que iban a estallar las contradicciones internas del Ejército y estallaron. Se sublevó Menéndez en ese momento. Y sabíamos que iba a venir la Comisión de la OEA y que esto era romper la coraza de protección que tenía la dictadura en el exterior. Y también ocurrió. Y suponíamos que después de eso iban a tener que retirarse y llamar a elecciones. Y también ocurrió. Ahora si vos decís: ¿ustedes pensaban tomar el poder en el 79, como se tomó el Palacio de Invierno? Nunca pensamos eso, y si nos lo hubiéramos planteado, ¿qué? – me vuelve a prepotear – Esta es la otra cuestión. Suponiéndolo, ¿y qué? Se trató de una decisión política discutida democráticamente, votada en todos los ámbitos y asumida por todos. ¿Y qué? Los votos fueron cantados, hay actas. No hubo papelitos, o por lo menos yo no me enteré. Se votó en el Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero, se votó en lo que se llamaba en aquella época Comité Central del Partido. Todo el mundo sabía que era una decisión política que venía de mucho tiempo antes, no era una maniobra intempestiva ni secreta. Se empieza a discutir la necesidad de cambiar la situación estratégica de resistencia en julio del año 78. No era la contraofensiva de los montoneros sino la contraofensiva popular. Que era un estadio de un momento social que nosotros analizamos y que estaban basados en la realidad. Y si no lo estuvieran, ¿qué?- otra vez la muletilla- Fue una decisión

política de centenares de personas concientes de los riesgos que corrían.

– ¿Quiénes eran los centenares de personas?

-Todos. Todos los montoneros, ni uno dejó de participar. El que no quiso tuvo la opción de discutir, votar en contra o irse, y no pasaba nada. Todos los montoneros participaron de la contraofensiva de una u otra forma. Algunos en tareas logísticas y políticas en el exterior, otros en tareas políticas en la Argentina, otros en tareas propagandísticas. Todos, incluyendo a personas como Oscar Bidegain, participaron de la contraofensiva. Vos podés juzgarla como una decisión política incorrecta, pero no podés decir que la Conducción mandó a alguien a la muerte, porque además se pone en duda la integridad de los compañeros. Era imposible obligar a alguien a hacer algo si no quería. Desde un punto de vista material, si un compañero tenía que salir de Madrid y tomarse un avión con escala en Panamá, y después aterrizar en Chile y de ahí cruzar por tierra a la Argentina, en Panamá o donde querías podías no seguir viaje. Para el Mundial del 78, un muchacho que iba rumbo a la Argentina desapareció, se arrepintió. No me acuerdo el nombre.

-¿Cuánto tiempo duraba el entrenamiento militar en el Líbano?

-Yo no te voy a contestar preguntas policiales. No te voy a contestar nada que tenga que ver con causas judiciales, porque yo no soy policía.

Firmenich desconoce que en la causa que lo pone tan nervioso se han ido acumulando documentos secretos de la inteligencia militar que responden con exceso a mi pregunta. Incluso uno de ellos se refiere al escepticismo del jefe militar de la contraofensiva montonera Raúl Clemente Yaguer, tras salir del país después de presenciar el atentado contra Francisco Soldati, donde hubo bajas propias considerables. “Los cursos Pitman no van”, aparece diciendo en un documento, refiriéndose a los cursos de entrenamiento militar que se impartían en Siria o en el Líbano, donde los aviones israelíes volando sobre sus cabezas aseguraban un escenario de guerra permanente, un paisaje bastante diferente al del alicaído Buenos Aires. Aunque en otro documento, Yaguer señalara que las operaciones ahora era necesario planificarlas en función del objetivo y que la retirada era secundaria, una caracterización que convertía a los combatientes en émulos de los comandos suicidas palestinos. También estimaba Yaguer que el entrenamiento con armas de guerra, que duraba dos meses, debía ser duro para que el posterior combate fuera blando.

Firmenich se niega enfáticamente a hablar sobre este tema. Sigo adelante:

-¿Estuvo Videla en la mira de alguno de los grupos?

-Que yo sepa, no. De todos modos, si a algún grupo se le hubiera ocurrido pensar por su cuenta en atacar sobre Videla, no hubiera sido un disparate.

-Tendrían que haber estado bien pertrechados.

-Había autonomía de táctica. De todos modos, si alguien hubiera podido matar a Videla en ese momento se hubiera llevado unos cuantos aplausos.

De hecho, el general Cristino Nicolaides anunció en 1981 que habían secuestrado carpetas con la más completa información sobre cada uno de los funcionarios nacionales, en los que constaban horarios, movimientos, custodias y fotografías. En una carpeta dedicada al entonces presidente Videla, había hasta una película que mostraba sus itinerarios y movimientos habituales.

– ¿Roberto Perdía también estuvo en el país durante la contraofensiva?

-No, no, vos me estás haciendo las preguntas de la causa Bonadío, y esa causa es una canallada donde me han metido a mí como testigo por mala leche.-dice, y ninguno de los dos podía imaginar que meses después Bonadío ordenaría su detención a INTERPOL, como implicado en la causa, junto a Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja

-¿Se te convocó para declarar lo que sabías sobre el Plan Cóndor?

-Sí. Pero también me preguntaron sobre el tesoro de los montoneros. ¿Qué mierda tiene que ver el Plan Cóndor con el tesoro de los montoneros? Y me preguntaron por una nota

publicada en el diario Clarín y otra de Miguel Bonasso en Página 12. Son canalladas que no son inocentes. Hay servicios de inteligencia que les están pagando. La jugada consiste en decir que los montoneros son una mierda, que los que murieron eran unos pobrecitos buenos, que los que quedaron vivos son todos unos hijos de puta y que los de la conducción eran todos de los servicios de inteligencia. Este crimen contra los que estamos vivos mata a todos los argentinos, y mata dos veces a los que están muertos.

-¿Por qué no me contestás si Perdía estuvo en el país?

-Porque las preguntas que me hacés están en esa dirección. Me estás preguntando si Perdía ha sido el entregador porque ha salido en los diarios. Hablan de Silvia Tolchinsky, que tampoco pudo haber entregado nada.

Firmenich tampoco sabe demasiado acerca de esta causa judicial cuyo origen se remonta a febrero de 1983, cuando un grupo de familiares interpusieron un recurso de habeas corpus a favor de quince militantes desaparecidos, que intentaban regresar al país a principios del 80.

La cacería había recibido el siniestro nombre de Operativo Murciélago, y se basaba en información obtenida en base a tormentos.

Todo comenzó con la Operación Guardamuebles, planificada durante una reunión celebrada el 8 de enero de 1980 a las ocho de la mañana, en el Regimiento de Patricios N°1. Alguien había “confesado” que a partir de marzo se reanudarían las operaciones de las TEI, cuya conducción táctica estaría esta vez a cargo de Roberto Cirilo Perdía. Para llevarlas a cabo debían primero recuperar el armamento dejado a fines de 1979 en distintos guardamuebles de la capital y el Gran Buenos Aires, embutidos en televisores, banquetas, sillas o sillones tapizados, wafles, televisores, termotanques, cajas o cajones forrados con papel contact, como dice textualmente el informe.

Cada comando, de los cinco que actuarían, saldrían a controlar todos los guardamuebles de Capital Federal y provincia de Buenos Aires, pertrechados con uniforme de combate, cascos y agujas colchoneras, para “introducirlas por la parte inferior del elemento y no romper los mismos”, reza el informe de inteligencia que también llamaba a “tener en cuenta que pueden existir trampas cazabobos”. Lo demás fue coser y cantar, como hubiera dicho mi querida abuela.

Cuando llegaron al guardamuebles de la calle Malaver 2851, en Olivos, y encontraron lo que buscaban, invitaron a Victorio Graciano Crifacio, el aterrado propietario del depósito, a retirarse a su casa. De aquí en más, el Ejército Argentino atendería el negocio que hacía años daba de comer a la familia del inmigrante llegado del sur de Italia.

Establecida la vigilancia, y “como resultado de la misma, se procedió a la detención de un DT(delincuente terrorista) en circunstancia en que intentaba retirar dicho armamento”. Era Angel Carvajal, y tras él fueron cayendo todos los integrantes del grupo. Ocho días después caía mi hermano:

“(NG) PATO o ESTEBAN, Nivel: miliciano, funcionaba en el grupo TEI a asentarse en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, fue detenido el 29FEB80, en una cita con un miembro de la BDT en Plaza Once.

Le falta una materia para ser bachiller, y tiene aprobadas dos materias en la Facultad de Derecho.

Militante estudiantil secundario de la JP en 1972. Estuvo en la Conducción Regional I de la UES. Pasó a la agrupación estudiantil universitaria en 1974. Se incorpora a la BDT en 1975. Ese año es separado a raíz de que él voluntariamente había perdido el contacto con la BDT. Es detenido en 1977 y posteriormente liberado, sale a Brasil, de donde pasa a España. Allí es reclutada por la BDT a principios de 1979. Realizó curso de TEI en el Líbano en ABR79 hasta MAY79. Ingresa al país con el grupo TEI N°1, y participa en el atentado contra el Dr.Klein. Volvió a salir hacia España a fines del año 1979, reingresando en FEB80 nuevamente en TEI.”, jalonaba a grandes rasgos la vida de Ricardo este documento que se constituyó en elemento de prueba en la investigación.

Volviendo a los orígenes de la causa, la aparición en un programa conducido por Mauro Viale del sargento Nelson Ramón González, diciendo que había presenciado el fusilamiento del hijo de Marcos Zuker, la sacó del letargo a fines de 1997. Mantuve una reunión con él, junto a la doctora Alicia Oliveira, que por entonces integraba el cuerpo de abogados del Centro de Estudios Legales y Sociales, y Maco Somigliana, del equipo de antropólogos forenses, más aptos que yo para desbrozar la verdad de la mentira, entre la locuacidad excesiva del suboficial González, que se presentó a sí mismo como un inofensivo “cadenero”.

Yo le creí cuando me contó que mi hermano no aceptó vendarse los ojos ante el pelotón de fusilamiento. Cayó junto a “un tal Frías”, que bien pudo ser Federico Frías, secuestrado en mayo del 80. Según González, murió puteándolos por no haber cumplido con la reiterada promesa de liberarlo.

-Todos conocíamos el nombre de su hermano, porque se sabía que era el hijo de Marcos Zuker.-trata de despejar González cualquier duda sobre la veracidad de su relato.

Aún conmovida por la descripción del fusilamiento, y la afirmación de que sus restos estaban en el Polígono de Tiro de Campo de Mayo, recibí en mi casa un sorpresivo llamado. Se trataba del general Martín Balza, pidiéndome que le trasmitiera a mi padre, “un hombre al que todos queremos”, que él no sabía nada del caso. Le sugerí que hablara con Nicolaides o Galtieri, aún con vida, que seguramente podían informarlo. Me contestó que había gente “con la que es imposible hablar”. Por último, me anunció que al día siguiente se presentaría ante la Justicia junto con la Subsecretaria de Derechos Humanos, Alicia Pierini, para que González hiciera sus declaraciones en el ámbito que correspondía. La presentación recayó en el juzgado de Norberto Oyharbide. Tras los hechos conocidos, que involucraron al juez Oyharbide en un oscuro episodio de comercio sexual, pasó a manos del doctor Claudio Bonadío. A la presentación se sumó Claudia Allegrini, que trabajaba en aquella subsecretaría, por la desaparición de su compañero Lorenzo Viñas.

Claudia Allegrini nunca se perdonó no haber estado en el momento en que Silvia Tolchinsky hacia su declaración, donde mencionaba las dos veces en que había estado con Viñas durante el cautiverio, antes de que fuera trasladado en uno de los vuelos de la muerte. Es posible que tampoco le haya perdonado su condición de sobreviviente, un síndrome que suele atacar a los familiares de desaparecidos aunque tratemos de exorcisarlo. Y mucho menos que al ser liberada de Campo de Mayo, Silvia se fuera a vivir con uno de sus guardianes. Desde entonces la investigación de Bonadío empezó a nutrirse de teorías conspirativas que tiraban sus dardos al corazón de la conducción montonera.

Cristino Nicolaides, ex jefe del Ejército, atacó en el mismo sentido, como informó la nota del diario Clarín a que alude Firmenich. En ella se afirmaba que había sido una integrante de la cúpula de la organización, asistente personal de Firmenich, quien entregó información para desarticular la operación de regreso al país de los montoneros. A cambio, la eficaz colaboradora sería preservada tanto en lo físico, como en lo psíquico y económico. Justamente, el entonces comandante del III Cuerpo de Ejército se había jactado en una conferencia de prensa brindada en la capital de Córdoba en 1981, donde asistieron más de 400 representantes de las “fuerzas vivas” cordobesas, de haber desarticulado dos células guerrilleras que habían logrado ingresar al territorio pese al férreo control de fronteras. “He tenido la oportunidad de hablar con uno de esos delincuentes y puedo asegurar que tienen un alto nivel de preparación en todos los sentidos”, había declarado en medio de una diatriba de tres horas y media contra la subversión, “que está enquistada y agazapada en todos los sectores de la vida nacional”.

Firmenich no sale de la indignación:

-Me parece terrible que algunos periodistas repitan la versión urdida por el enemigo. Todo esto es un juego sucio. Nos hicieron la guerra sucia y ahora nos hacen la política sucia con el periodismo sucio y los juicios sucios. Eso está claro. Venir a decir que los culpables de las muertes somos nosotros es una canallada criminal. Te repito, el fondo de la cuestión es muy simple: acá hubo un grupo de gente que luchó por un proyecto político que se perdió.- reconoce por fin, aunque con medias tintas.

-Desde el balance histórico hay que hacer dos tipos de razonamiento: una cosa es el proyecto político en términos subjetivos y otra cosa la funcionalidad de la resistencia. Si bien el proyecto político fracasó, la resistencia triunfó. Yo creo que en la Argentina hubo siete años de dictadura y no veinte como en Chile, gracias a nosotros. Pudo haber delaciones, pero no hubo casos graves de infiltración. El tema de fondo es que la Argentina y los intelectuales argentinos se empeñan en seguir haciendo la guerra sucia contra los montoneros, y vos con estas preguntas colaboras en eso. Lo más grave es que pienses que tu hermano murió inútilmente.

-Por teléfono me dijiste que no te acordabas si lo habías conocido

-Yo no tuve trato personal con tu hermano. Creo que participé de una reunión donde él estaba.

Evito preguntarle cuándo y dónde porque no me lo va a decir. Se refiere seguramente a su paso por Damour, en el Líbano, reunión de la que también dieron cuenta con precisión los servicios de inteligencia, además del fiel relato de Fito acerca de esa visita.

Le cuento que cuando supe de la caída de mi hermano, nunca imaginé que lo mantendrían con vida tanto tiempo. Sin embargo, uno de los secuestrados en Campo de Mayo le cuenta ilusionado a Silvia Tolchinsky, en un encuentro fugaz, que están seguros que van a vivir, que han conseguido una guitarra, que la zamba preferida por todos es La Pasto verde, esa que dice “mil soldados te quisieron…”.

Firmenich no está al tanto del tema. Ni siquiera sabía que María Antonia Berger o Adriana Lesgart, dos históricas, también estaban vivas en Campo de Mayo, pese a haber sido secuestradas a mediados del 79.

-Primera noticia que tengo. Yo me enteré que Silvia Tolchinsky estaba viva en el año 91, después de salir de la cárcel.

Justamente Silvia Tolchinsky me envió una carta poco después de conocernos, donde volcaba sentimientos acerca de su condición de sobreviviente.

“La primera cosa que quisiera decirte es que lo más duro de todo lo que he vivido y vivo es enfrentar a los familiares de las víctimas. En ese momento soy sólo una sobreviviente, me olvido que yo también soy familiar, que perdí a mi hermano, a mi marido, a mi cuñada, a mi prima, y como no, a muchos de mis mejores amigos. Digo que soy sólo una sobreviviente

cargada de toda la culpa por no haber traído algo de la vida de todos los que allí, al otro lado de la vida misma, quedaron. Me obnubilo, se me rompe el alma, me da una tristeza enorme, una gran vergüenza. Siento que debería haber escuchado más, interpretado más, preguntado más.

Mentiría horriblemente si dijese que sobreviví para contar. Nunca voy a saber por qué sobreviví, aunque cada día me lo pregunto. Pero mi vida es pequeña, incapaz de dar testimonio de tanta muerte y de tanta ausencia. Sobreviví porque ellos quisieron que sobreviviera. Sé que se lo fui arrancando segundo a segundo, pero no es distinto de lo que muchos desaparecidos intentaron hacer, seguramente también tu hermano. Porque a pesar de nuestras consignas, ¿quién amaba la vida más que nosotros? Pero a mí no me mataron. No sé porque sobreviví, pero sé por qué seguí viviendo a pesar de todo. Por el recuerdo de los ausentes, por el amor que les tuve, por mis adorados hijos, por mi familia, por la familia del Chufo, mi primer marido, por mis viejos y nuevos amigos, por mi marido actual al que amo muchísimo, y por que rompieron muchas cosas en mí, pero para nada lograron tocar la relación que fui tejiendo con la vida.

La vida del Chufo es algo que flota entre nosotros, que nos arropa, que enternece nuestra cotidianeidad, que come en nuestra mesa, que asiste a la boda de su hija mayor, que comparte cada instante de nuestra vida familiar. Porque sabemos cómo fue su muerte, porque está enterrado por nosotros, en una tumba que nadie visita pero que tiene un lugar. No perdono su muerte ni la olvido, pero puedo vivir con ella, es una muerte que me permite recordar su vida. Lo he llorado tanto y lo lloro aún, pero estoy en paz con él porque él de algún modo tuvo paz.

En cambio, mi hermano es un fantasma que flota entre nosotros, pensarlo es imaginar su sufrimiento como si ese sufrimiento fuera infinito, durante más de 20 años cada día es el día de su tortura. No puedo recordar los momentos buenos y malos que compartimos, su dolor lo invade todo. Jamás lo he podido llorar. Lo pienso y no logro imaginarlo sin que el alma se me parta en mil pedazos. Los desaparecidos están muertos, pero saber eso no es suficiente. Uno necesita inscribirlos como muertos para que dejen de ser desaparecidos. La dictadura, los militares fueron dueños de nuestra vida y de nuestra muerte, y hoy son dueños de este sufrimiento que se prolonga más allá de lo tolerable.

Hoy pienso que quisiera servirte de algo, no sólo a vos. Las cosas de mi “segunda vida” no son claras para los que acostumbran a ver en blanco y negro. Que interpretan la historia en clave de héroes y villanos, que en nuestro país se lee en clave de vivos o muertos.

Me duele profundamente tu dolor que no cesa, y me gustaría saber si en algo te puedo aliviar. Como información no sé más de lo que dice mi testimonio, pero quizás hay preguntas que quieras hacerme que abran alguna brecha. Ojalá.”

Frente a mí tenía al responsable máximo de la organización montonera para tratar de abrir alguna brecha hacia el pasado.

-¿Cómo te explicás la caída del grupo que integraba mi hermano?

-Las cosas son mucho más simples y menos truculentas. Si vos vivías con él en Madrid, sabrás que se trataba de un proyecto político por encima de todo y una ética de trascendencia donde la propia vida se subordinaba a ese proyecto. Lo que pasa es que hay que hacerse cargo de la verdad histórica. La dictadura tenía múltiples procedimientos para reprimir, Ha habido casos de gente que cayó en una cita y bajo tortura, en condiciones extremas, cantó. Después los llevaban a la frontera a marcar como “dedos”. Se trata de una situación desgraciada, a alguna de esa gente la mataron y a otras no. La mayoría de los compañeros cayeron así. Con que haya un diez por ciento que cante, cada uno canta a diez, y entre esos diez, hay otro que canta. Así se va haciendo la cadena.

Aunque reconoce no ser un cinéfilo, no puede dejar de mencionar aquella emblemática película de los setenta, “La Batalla de Argelia”, para explicar la debacle:

-Cualquiera que la haya visto puede entender lo que pasó. Hubo un caso famoso de un tupamaro que entregó a Raúl Sendic. Las cantadas que hemos tenido los montoneros creo que en proporción son menos que las que hubo en otras organizaciones. También hubo “chupados”, pero había que ser un gran artista para fingir durante mucho tiempo. Pensar en los compañeros como unos locos detrás de una cosa absurda es falsa. Ni lo del Che en Bolivia, ni lo de los Tupamaros ni el MIR chileno se puede decir que haya sido más serio. La gente luchaba y moría como en toda lucha a muerte, como en cualquier movimiento de liberación que se planteó la lucha armada, y a nadie se le ocurre decir que la conducción del Frente de Liberación Argelino estaba formada por agentes de los servicios secretos. Por eso hablo de una guerra sucia judicial contra la conducción montonera.

-¿Por qué se habla de un encuentro tuyo en París con Massera?

-Son inventos absolutos.

Interviene María Elpidia en su defensa: “se trata del desprestigio permanente a una persona que ha sido un símbolo de la historia heroica de una juventud maravillosa que entregó su vida sin más ni más”.

Su marido la interrumpe: “el ataque sistemático y masivo de los medios no es inocente ni casual. Desde el punto de vista estrictamente personal mi conciencia está absolutamente tranquila”.

– Se suele cuestionar también tu soberbia…

-Pueden decir que soy soberbio, que soy antipático, que tengo mal humor, pero eso no tiene nada ver con esta guerra sucia. Mi personalidad es así. De última, si soy soberbio o no, ¿qué? – vuelve a la carga- Además esa calificación viene de un panfleto miserable pagado por los servicios de Alfonsín para dar aire a la teoría de los dos demonios que se llama La soberbia armada, y es obra de otro de los próceres del periodismo de nuestra bendita democracia que, aunque esté muerto, sus larvas de podredumbre permanecen. Porque cuando me preguntás si soy soberbio, también estás hablando de La soberbia armada. Nunca escuché discutir si Fidel es soberbio o no, si eso tiene que ver con los éxitos y fracasos de la revolución cubana. Si mi carácter personal fuera tan deplorable como para perjudicar a un proyecto político, me hubieran quitado del medio. ¿Por qué los compañeros iban a tener de secretario general y líder a un soberbio? Habría que suponer que los otros son estúpidos o que son todos soberbios. Por eso yo digo que la Argentina algún día tendrá que volverse a enamorar de los Montoneros. Para después descubrir que no se casan. No importa. Pero hay que blanquear la situación. Esto no fue una historia de servicios de inteligencia, fue una historia nacida del pueblo argentino, apañada por el pueblo argentino, aplaudida y votada por la mayoría del pueblo argentino, y después masacrada por la mayoría del pueblo argentino. Es una conducta social que ha tenido en particular la clase media con sus conductas oscilantes, llenando todas las plazas para todos los colores. Llenó la plaza por la Patria Socialista, por Videla con el Mundial, por Galtieri con Malvinas, después la llenó para Alfonsín contra todos los anteriores. También la llenó para Menem, a pesar de las privatizaciones y después la llenó con el cacerolazo. Si se quiere encontrar una salida hay que desterrar esa conducta. Hay que mirar las cosas de frente, que son tan limpias como la guerra del general Belgrano, que nunca fue general de nada porque no fue nunca a una academia militar, pero que se subió a un caballo y peleó como pudo. Organizó ejércitos con su poderosa voluntad, y ahora le ponemos una estatua, lo llamamos General Belgrano, pero él era un abogado con una ideología política, era un militante político. Cuando tuve que declarar en los juicios aclaré que yo era tan comandante como Belgrano general. Las luchas de los pueblos hispanoamericanos tienen una cultura de herencia hispana, quijotesca, con figuras como el Cid Campeador. Todos los próceres tienen estatuas ecuestres, pero eran hombres de carne y hueso. Somos hijos de esa historia. ¿Sabés cuáles fueron las últimas palabras de Bolívar?: “he arado en el mar”. ¿A vos te parece que el balance histórico de Bolívar es el de un estúpido que aró en el mar? Es una constante en la lucha de los pueblos: un nivel de idealismo en el objetivo que no se alcanza en la práctica.

Mi hija, que como casi todos sus coetáneos está enemistada con los políticos, ha seguido con atención las palabras de Firmenich. Mujer al fin, le pregunta qué significa volver a enamorarse de los montoneros. El ex comandante montonero se pone más a gusto:

-Tras la apertura democrática hubo una clase política que le dio continuidad a la dictadura durante 20 años, y esta es la tragedia que vive la Argentina. Tiene que ver con lo que yo llamo la guerra sucia por otros medios. Antes decíamos que la guerra era la continuación de la política por otros medios, según la frase de Karl von Clausewitz. A nosotros nos hicieron la guerra sucia y ahora nos hacen la política sucia como continuación de esa guerra sucia. El tema de fondo es que la Argentina no ha tenido constitución durante décadas. La constituyente del 94 era la ocasión de superar nuestro trauma histórico, de plasmar un proyecto de nación de largo alcance que satisfaga a todos. Era posible, pero la clase política no estuvo una vez más a la altura de las circunstancias. Fue el pacto de Olivos famoso, y todos ellos se hicieron cómplices. Con la oligarquía se estableció el siguiente pacto: la clase política ejerce el poder al servicio de los intereses dominantes con las mismas políticas de la dictadura. Y la oligarquía se aguanta la corrupción, el enriquecimiento ilícito porque le conviene. Y el pacto incluye la versión sucia de la historia, que le es funcional. Y deviene en esta estabilidad macabra, cuando debió dar lugar a la mayor prosperidad porque nunca hubo una continuidad de 20 años en democracia. No ha servido para nada. Y mucho menos para revisar la historia. La versión acordada es la teoría de los dos demonios, y no hay solución sin rever eso. Porque para cuestionar a la clase política hay que cuestionar la profundización de un proyecto económico que generó tanto dolor y muerte. Entonces hay que decir: “está bien, todo lo que dijimos sobre los montoneros vale como parte del enfrentamiento. Pero fue una generación que luchó genuinamente por sus ideales, que su proyecto no fue compartido por la mayoría de la sociedad, y por consiguiente resultó inviable”. Pero como resistencia es tan legítima como cualquier otra resistencia que ha habido en el mundo. Así se blanquearía la situación. Y todos los que fueron montoneros no tendrían más el complejo de serlo. Está llena de montoneros la política, pero yo digo que están castrados. Ninguno se anima a cuestionar la situación para que no le saquen a relucir lo que fue en el pasado. Tipos como Roberto Perdía, Luis Prol, Dante Gullo, Jorge Obeid. Y Perdía no llega a negar que fue montonero, pero los otros lo han negado. Y han ejercido cargos importantes: Obeid ha sido gobernador, Prol ha sido ministro e interventor en Catamarca, pero ninguno de ellos en el ejercicio de su poder reconocen su pasado montonero. ¿Por qué? Porque negociaron su pensamiento crítico a cambio de poder estar en los cargos y cobrar sueldos. Pero si no se blanquea la historia, la Argentina no tiene solución. Las elecciones no van a servir para nada, va a haber un voto castigo, una abstención gigantesca. O va a terminar volviendo el Menem y va a ser peor, más de lo mismo.- remata Firmenich, que en este caso ha vuelto a errar en sus evaluaciones.

Se los nota más que satisfechos, a mi hija y a él. Tanto que me dice:

-Disculpame si fui muy duro en algún momento, pero soy así.

Podría haber agregado “y qué”, pero hubiera sonado casi tanguero. En cambio, relata una anécdota: “el día en que se cumplieron 25 años de mi ingreso al Colegio Nacional Buenos Aires alguien se puso a dar un discurso, y de repente saca de la galera una parrafada contra mí. Yo estaba recién indultado. Cuando termina, sólo un tercio de los presentes se pone de pie y lo aplaude. Entonces los compañeros de mi división se ponen de acuerdo. A Viviana Rubinstein le tocaba pasar lista para la entrega de medallas y diplomas, pero antes dijo: “nosotros queremos recordar a tres personas que van a estar ausentes hoy porque han sido asesinados por la dictadura por ser militantes montoneros. O sea que lo primero que pedimos es que se ponga todo el mundo de pie y se haga un minuto de silencio”. Me doy por cumplido y no hago ningún reclamo personal. Después se acercó el Presidente de la Asociación de Ex-Alumnos para disculparse. “Este hombre ha estado fuera de lugar, pero no lo tome a mal. Mire, si usted no se ofende, le voy a contar algo: en una oportunidad me invitaron a dar una conferencia sobre el colegio en la Peña El Ombú. Cuando me refería a todos los próceres que habían pasado por las distintas aulas, el fiscal Juan Martín Romero Victorica, que estaba presente entre el público me interrumpió:

-Bueno, termínela, no sé de que se vanaglorian tanto, que de esas aulas han salido Firmenich, Abal Medina, Ramus y muchos más. ¿Sabe que le contesté?: “Mire, doctor, no se equivoque. Nosotros de los buenos tenemos a los mejores y de los malos también”.

Nota

Desde Misiones: la policía negoció, pero la provincia sigue en conflicto con los docentes a la cabeza

Publicada

el

Contra todo lo que venían diciendo sus voceros, la policía levantó la huelga tras un aumento de $15.521 (2kg de carne). Las y los docentes, en cambio, marcharon ayer a la Legislatura de la capital misionera y continúan un acampe para reclamar por mejores condiciones salariales y de vida. Hoy convocan a una gran Jornada Provincial por la Dignidad de Misiones en todas las localidades del país. Para muchos medios, si no es policial, no hay conflicto.

Desde Posadas, relatos en primera persona: las cuentas que no cierran; los agujeros que la propia comunidad venía tapando desde hace años (“No podemos comprar comida para la escuela, porque ya no podemos comprar ni para la olla propia”); la actitud política local y nacional frente a la pobreza; el feudalismo; la escasa cantidad y mala calidad de alimentos que reciben las y los chicos. Una imagen de lo que pasa: “Damos un mate cocido y una galleta; y como las galletas nunca alcanzan, las partimos mínimo en dos: entera no la podemos dar nunca”.

Crónica de otro día movido en Misiones, donde se ve un reflejo de la decadencia política, el deterioro social y la organización como única salida frente a una crisis profunda.

Por Francisco Pandolfi desde Misiones. Fotos de Lina Etchesuri.

Esta crónica no arranca en Posadas, ni en la frontera imaginaria en que Corrientes le deja paso a Misiones viajando por la ruta 14 desde el sur hacia el norte. Esta crónica empieza en el micro semi-cama que sale del barrio porteño de Retiro: Hugo Alegre, un trabajador de la seguridad privada, está sentado en uno de los últimos asientos. Quizá sea por su vozarrón, o porque tiene bronca o quizá un poco y un poco, pero a Hugo se lo escucha desde todo el bondi: dirá que sus compañeros están cobrando salarios “como en África”, y que ese salario “es de 200 mil pesos” y que en Buenos Aires un trabajo similar “se paga cuatro veces más: 800 mil”.

Al ratito nomás, le cuenta a lavaca que está viajando a la capital misionera para apoyar a sus compañeros del gremio de vigilancia privada 17 de Octubre.

Horas después, ya en plena madrugada del miércoles, la Policía que acampaba desde hacía más de una semana a metros de las y los maestros levanta la protesta. Es la misma policía que había prometido no abandonar la protesta hasta que el incremento de sus salarios fuera del 100%; que iba a luchar en conjunto con el cuerpo docente; y cuyo vocero Ramón Amarilla había afirmado –con llamativa seguridad– que si el gobierno no daba una respuesta a lo exigido la situación se iba “a agravar” y que además se quedarían “hasta las últimas consecuencias”. Según consta en el acta firmada esa policía acordó un aumento de $15.521, además de la amnistía para que los efectivos protestantes (ahora ex-manifestantes) no sean sumariados.

Con esta módica suba (que representan aproximadamente dos kilos de asado), el sueldo inicial de un agente llegará a los $620 mil.

Hugo se entera del pacto Policía–Gobierno justo antes de bajarse en Posadas y de cómo la fuerza de seguridad festejó el acuerdo. Se escucha su vozarrón: “Seguimos aplaudiendo a nuestros verdugos, que nos hacen vivir en condiciones de esclavitud”.

Cómo se vive en un feudo

A lavaca la recibe el miércoles a la mañana una nueva marcha docente, esta vez dirigida hacia la Legislatura provincial. Es la enésima movilización si se tiene en cuenta no sólo a las últimas semanas, sino a un reclamo salarial que lleva años. Y cuando se dice años no es una tergiversación ni una exageración: son años de sueldos por el subsuelo. “Estamos así porque hay una política de hace 20 años del Frente Renovador (de la Concordia Social) que agravó Milei en la última etapa y que terminó de quitarnos derechos y salarios, de robarnos los sueños”, relata Mónica Gurina, docente desde hace 31 años y secretaria general de la CTA Autónoma de Misiones. “Este es un proceso provincial y nacional que nos deja en la indigencia y en la pobreza. Lo que hizo la Policía nos abrió el cerco mediático, porque nadie sabía que nosotros hicimos paro 70 días el año pasado; nadie se enteró tampoco que no hubo clases a principio de este año con paros de 24 y 48 horas, además de cortes de ruta y toma de ministerios. La Policía posibilitó que los medios vinieran acá y le cuenten al país que esta hermosa provincia de las Cataratas, del Moconá, de la selva, tiene gente empobrecida”, cierra Gurina.

Una de las que camina hacia la Cámara de Representantes es Carmen Torres. Pese a que sugiere dialogar con su hermana Susana (ambas maestras), porque ella “habla mejor”, se anima a hablar: “Hace años que venimos mal, aunque todo empeoró sin paritarias provinciales y con los tarifazos del gobierno nacional. Tenemos sueldos de indigencia, sí, y una fuerza y una unión impresionante”.

Susana, como su hermana, es docente de la escuela 729 de Posadas, en el empobrecido barrio Yaciretá. Está llevando una enorme bandera celeste y blanca. No lo hace sola. Un telón de casi una cuadra de largo, sostenido en caravana, con firmeza, por cientos de personas en guardapolvo tapados por el frío de un otoño autopercibido invierno. “Nosotros también tenemos la culpa”. Susana hace una pausa incómoda. Luego invita a pensar: “Fuimos responsables de haber tapado el agujero que dejaban los gobiernos, arreglando nosotros mismos los techos, los vidrios; no tenemos ni libretas y entonces vamos y las compramos. Hace años que esto es así, lo que cambió es que ahora ya no nos alcanza ni para sostener nuestras casas. No podemos comprar comida para la escuela, porque ya no podemos comprar ni para la olla propia. Estamos en la lona y viviendo en un feudo”.

El diámetro de la galletita

Durante toda la movilización hay un ruido ensordecedor: se multiplican los bocinazos de los autos que apoyan la marcha, así como los propios instrumentos que llevan los docentes para seguir despabilando a quien todavía no la vio.

Leandro Sánchez es docente de la escuela 608 de Puerto Panambí, lindante a la frontera con Brasil. Enmarca el contexto que va más allá de la lucha salarial, punto central del conflicto actual: “Hay tres ejes que generan que se haga inviable la vida. Además de lo salarial, por un lado hay obras edilicias en las escuelas paradas desde noviembre pasado. Por el otro, es gravísimo lo que sucede con la comida”.

–¿Qué sucede?

–Para garantizar el desayuno y el almuerzo, el gobierno provincial le da a cada escuela 220 pesos por día por alumno.

Marta y Claudia, maestras en un colegio del municipio de Garupá, a las afueras de Posadas, confiesan que están cansadas, que llevan a cuestas un desgaste emocional. Más datos sobre la mala alimentación: “Para hacer una copa de leche nos dan 100 pesos por día por chico. ¿Qué hacemos con esa plata? Nada”. Entonces hacen por demás: “Rifas, pastelitos, o lo que haga falta para juntar la plata y aunque sea puedan desayunar”.

Viviana, también maestra en Garupá, describe en una ronda en donde todos los ojos se angustian porque no naturalizan lo que pasa y lo que pesa: “Damos un mate cocido y una galleta; y como las galletas nunca alcanzan, las partimos mínimo en dos. Entera no la podemos dar nunca”. ¿Son muy grandes? “No, ponele 7 centímetros de diámetro”. Agrega: “Muchos días no damos el almuerzo porque no hay; y cuando sí, el alimento no varía y menos que menos es nutritivo”.

Señor de las tres décadas

Al llegar a la casa legislativa, la multitud empieza a gritarle directo a Carlos Rovira, quien maneja los hilos políticos de la provincia desde hace casi 30 años. Fue intendente de Posadas entre 1995 y 1999; gobernador de Misiones de 1999 a 2007 y desde ese año hasta hoy Presidente de la Cámara de Representantes del distrito que lo vio nacer como pichón y delfín de Ramón Puerta.

Rovira impulsó el Partido Renovador de la Concordia Social, un espacio que logró la rara avis de atraer a peronistas y radicales, y que en general siempre se mantuvo cercano al gobierno nacional de turno. El vínculo con la gestión actual no es la excepción. Este frente gobierna ininterrumpidamente la provincia desde 2003, con una nómina no tan variada: el segundo mandato del propio Rovira; dos periodos de Maurice Closs; Passalacqua; Herrera-Ahuad, y de nuevo Passalacqua, mandatario actual y familiar de Rovira, al estar casado con su prima hermana.

(Los pedidos de entrevista al gobernador provincial así como al vocero policial no fueron respondidos).

Desde la puerta del recinto, los docentes gritan hacia arriba: “Tiene miedo, Rovira tiene miedo”, apuntan las gargantas a quien consideran el máximo responsable de los salarios miserables. Son los mismos gremios docentes que el 25 de mayo pasado, y por primera vez en la historia, movilizaron directamente a la casa del “señor feudal”, como lo llaman.

A través del megáfono, exigen a los diputados que les permitan ingresar a la reunión de la comisión de educación. “No está en el plan de la labor del día”, argumentan los legisladores que se niegan a recibirlos. La respuesta no tarda en llegar, en forma de canción: “Somos docentes, no somos delincuentes”.

Entre ranchos y letrinas

El gobierno provincial asegura que no tiene más plata, en sintonía con el combo motosierra y licuadora del gobierno nacional. Existe la promesa de que el sábado los reciba el Consejo General de Educación en la localidad de Eldorado. “Veremos si se da finalmente. Sabemos bien cómo se maneja el gobierno provincial y también que nosotros estamos dispuestos a la radicalización de la protesta, así que deberán bancarse las consecuencias. La bronca de la gente viene desde hace tiempo pidiendo mejores salarios. Esperemos que el diálogo se dé, y si no se dan los resultados que queremos, el reclamo va a continuar”. ¿Alcanza con la suba salarial? “Deben arreglar las escuelas y activar las obras que faltan; además de construir nuevas escuelas”.

Estela Genesini es la secretaria general de la Unión de Docentes Nueva Argentina de Misiones (UDNAM). Plantea un contexto intolerable: “Esta provincia se cae a pedazos; hay escuelas donde llueve más adentro que afuera, hay paredes electrocutadas; no hay agua potable, no existen cloacas; colegios donde sigue habiendo letrinas, ranchos con los pozos ciegos a cielo abierto”.

Exequiel Ferreyra integra la Corriente Nacional Docente Conti-Santoro y es maestro rural en cinco colonias. Problematiza: “En la educación rural se agudiza la precarización, porque por un lado está el contexto social complejo y por el otro las distancias, que hace muy difícil la movilidad ya que los caminos son muy feos”. Profundiza: “En la ruralidad sucede una ficción educativa”. ¿Cómo es eso? “Hay muy poca alfabetización, los chicos están muy atravesados por el trabajo rural; suele pasar que en estas épocas muchos de los gurises van a la cosecha de la yerba y algunos, en septiembre, a la de mandioca, por lo cual la realidad es que esos chicos no están escolarizados”. Sigue: “Acá entra la deserción escolar en secundaria. El promedio en la provincia está entre el 50 y el 60%, mientras que en la ruralidad llega al 80, 83%”.

Introduce otra arista: “También es una ficción por la plata que se ahorra el Estado. Por un lado, el diseño curricular dicta que funcionamos con pluriaños, o sea grados acoplados. Primero, segundo y tercero, juntos; cuarto y quinto también; a esto se le suma la reducción de la carga horaria. A ese ahorro se le suma que todas las secundarias rurales de la provincia de Misiones funcionan en edificios prestados de escuelas primarias o edificios abandonados, con las ventanas y las puertas rotas. Muchas clases las damos en ranchos, que son casas avejentadas y de madera”.

El desaire de la política no tiene continuidad en la calle. Cuando la movilización regresa al campamento donde las y los docentes permanecen desde el 21 de mayo, la gente sale a los balcones a aplaudir, a sacudir pañuelos blancos. Una señora que supera los ochenta les dice una palabra que abarca un montón: “Gracias”.

Desde Misiones: la policía negoció, pero la provincia sigue en conflicto con los docentes a la cabeza

Lo que no cierra

En el acampe emplazado en la calle Uruguay hay fogoneros y garrafas; carpas y gazebos; pasacalles, cartulinas, telas de todo tipo, tamaño, color y grosor, con lemas claros y concretos: “La docencia no se vende”, “Recomposición salarial, ya”, “Nuestra profesión: somos docentes; nuestro sueldo: somos indigentes”. En la esquina, el acampe del sector de Pediatría. A cinco cuadras, la vigilia del resto de las y los trabajadores sanitarios, en la puerta del Ministerio de Salud. En todo el país, cortes, piquetes, reclamos varios de yerbateros, desocupados y distintas organizaciones sociales. 

Explica Leandro Sánchez: “Hasta mayo, el mínimo de un maestro de grado inicial, sin antigüedad, era de 230 mil pesos; y 200 mil una bibliotecaria. A partir de junio, y sobre todo a partir de este plan de lucha, habrá un aumento del 34%. Aumento que la mayoría de los gremios no aceptamos, ya que exigimos el 100%. Hay profesores que tienen que dar clase en cuatro escuelas para intentar que les alcance la plata, pero ya están dejando el cargo que les queda más lejos porque es carísimo viajar”.

En poco más de un mes se cumplirán los 20 años de la inauguración en Misiones de la Central Hidroeléctrica Yacyretá-Apipé, construida en el alto del Río Paraná entre Argentina y Paraguay. Para llegar a aquel 7 de julio de 1994, antes aconteció el desarraigo de muchas familias y la pérdida de territorio para la construcción de la represa. Y antes, también, una promesa se sembró a viva voz: como la central transformaría energía hídrica en energía eléctrica, la población de la provincia iba a pagar más barata la luz. Pero eso nunca sucedió. Y con la quita de subsidios a las empresas y los tarifazos del gobierno de Javier Milei, la situación social se recrudeció. “En la provincia, el que menos paga de luz son 100 mil pesos. Hay una compañera que es el único sostén de su familia, tiene dos hijos y le vino 164 mil, es una locura”, dice Estela Genesini, docente de matemáticas desde hace 32 años.

Su compañera se llama Lilian Quevedo, es profesora de educación física y acaba de terminar de cocinar para todo el campamento. “De almuerzo hubo pastel de papas, pero como no alcanzó hubo que sumarle unos fideos”, desliza, sonriendo, hasta que recuerda la factura eléctrica y ya no le quedan ganas de reir. “Cuando vi la boleta, lo primero que leí fue 16 mil, jamás me hubiera imaginado que eran 164. Mi sueldo era de 500 mil y 200 me salía el alquiler. O sea, pagamos las consecuencias de tener a Yacyretá, con lo que significó en el pasado y las seguimos pagando ahora, ya que se multiplican los mosquitos, las plagas y pagamos la luz más cara que en cualquier provincia”.  

En ronda, hay nueve mujeres sentadas en reposeras. Son de diferentes escuelas y turnos, de diversas edades y gremios. Llueven cifras de la asfixia abrupta: “12 mil pagaba de luz y de repente me vinieron 100 mil”; “12 mil pagaba un tanque de combustible y ahora sale 60”; “De agua me vino 27 mil”; “El boleto sale 900 pesos”. De los números pasan a los cuerpos: “El gobierno dictaminó que para usar la SUBE ya no se usa la tarjeta sino solo la app. O sea, si no tenés celular tenés que pagar el doble. Hay dos hermanitos en la escuela que no tienen celular y que la mamá los está mandando sólo una vez por semana porque no puede pagar el boleto”.

Hay más Misiones: “En la escuela pública no existe gabinete psicológico. Si hay un chico con alguna discapacidad, no hay ninguna ayuda complementaria”. A contramano del tiempo, la temperatura de las palabras escalan: “No hay más margen. Estamos en una situación muy amarga, y el mate no tiene nada que ver”.

Manos arriba

A las seis de la tarde, después de una obra de títeres, empieza la asamblea docente del día para resolver los pasos que vendrán. “¿Quién modera? ¿Quién toma nota? ¿Quiénes se anotan en la lista de oradores?”.

Luego de las ponencias, se define a mano alzada cada punto:

–“Se vota por unanimidad sostener el acampe por unanimidad”.

–“Se repudia el Encuentro por la Paz y la Libertad, que desde los resortes gubernamentales se convocó (para este jueves a las 16) en apoyo del oficialismo, como si nosotros fuéramos quienes vulneramos a la democracia”.

Antes de cerrar la asamblea, llega una resolución del Juzgado de Instrucción 6: la apertura de una causa penal “por daños” a una docena de referentes docentes, sindicales y autoconvocados, en la movilización del jueves pasado a la Legislatura.

Minutos después, agentes policiales aparecen en el acampe para notificar sobre la causa. Esa misma Policía que hasta hace pocas horas era aliada.

Alza la voz Estela: “Sabíamos que la Policía iba a arreglar y que el gobierno los iba a priorizar a ellos porque son quienes tienen las armas, un elemento de mayor presión. Para nosotros no cambia nada esa decisión: estamos acostumbrados porque luchamos en soledad toda la vida y así lo seguiremos haciendo, con nuestras propias armas: las tizas y los borradores”.

Ante la persecución judicial, se propone otra moción para profundizar la lucha:

–Se convoca a una gran Jornada Provincial por la Dignidad de Misiones, este jueves en todas las localidades del país.

Cientos de manos alzadas aprueban la iniciativa por unanimidad.

Con la docencia a la cabeza, el pueblo de Misiones sigue en asamblea permanente.

Desde Misiones: la policía negoció, pero la provincia sigue en conflicto con los docentes a la cabeza
Seguir leyendo

Nota

La Ronda en la mirada de Alejandra López

Publicada

el

Octava entrega del registro colaborativo de la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, realizada por la fotógrafa Alejandra López.

Toda la producción de La Ronda será entregada a ambas organizaciones de Madres y al Archivo Histórico Nacional. Invitamos a quienes tengan registros de las rondas realizadas estos 40 años a que los envíen por mail a [email protected] para sumarlos a estos archivos. Esta iniciativa es totalmente autogestiva.

Por Alejandra López

Cuando Claudia Acuña me propuso que fotografiáramos la Ronda de las Madres con un grupo de colegas, acepté sin dudar con gran alegría por varias razones. Por una lado, la urgencia del registro ahora que se nos van poniendo viejitas, y por otro, la necesidad de emprender un proyecto colectivo.

La Ronda en la mirada de Alejandra López

He ido muchas veces a la Ronda. Una de mis primeras veces, yo fotógrafa debutante, lloré durante toda la cobertura y una de las Madres (no sé quién fue) me retó con ternura: “Sin llorar”, me dijo, y repitió: “Sin llorar”. 

La Ronda en la mirada de Alejandra López

Siempre hay algo de esa primera vez: la emoción, la admiración sin límites, y,  sobre todo, el asombro ante esa capacidad increíble de sostener el ritual de lucha durante 47 años.

La Ronda en la mirada de Alejandra López

Hice mis fotos el jueves 21 de marzo, en la Ronda número 2397.

Hoy más que nunca #memoriaverdadyjusticia.

Mi humilde homenaje a estas mujeres que, junto con Abuelas, son nuestro faro.

La Ronda en la mirada de Alejandra López
La Ronda en la mirada de Alejandra López
La Ronda en la mirada de Alejandra López
La Ronda en la mirada de Alejandra López

Sobre Alejandra López

Retratista.

Empezó a trabajar profesionalmente en 1990 haciendo fotografía teatral y en la revista El Porteño.

Durante 14 años fue fotógrafa de staff de la revista Viva del diario Clarín, donde fotografió a innumerables personajes del espectáculo y ha publicado en revistas como Elle, La Nación Revista, Brando, Harper’s Bazaar, Le Figaro Magazine, Bacanal.

Actualmente se dedica a la fotografía para gráficas de teatro y cine, colabora con la revista L’Officiel y es reconocida además por sus retratos de escritor, algunos ya icónicos, para editoriales de libros como Penguin Random House y Planeta.

Ha realizado numerosas muestras: Retratos (2001), La máscara (en el Festival Internacional de Teatro), Retratos de la Memoria, (imágenes de sobrevivientes del Holocausto) en el Museo Judío de Frankfurt, Calendario FOE 2009 y en junio del 2011, la exposición Algunos escritores, en la Fotogalería del Teatro San Martín. En 2021, realizó Ese día, una serie de retratos de víctimas sobrevivientes del atentado a la Amia. En 2023, Belleza Marrón, en el Centro Cultural Borges, (ensayo en colaboración con la agrupación Identidad Marrón).

Para ver más: en Instagram @alejandralopezfotografa

Seguir leyendo

Nota

La historia de las Madres de Plaza de Mayo: Érase una vez 14 mujeres…

Publicada

el

Se cumplen hoy 47 años de la primera aparición de las Madres en la Plaza de Mayo. La fecha llega en un momento en el que lavaca ha puesto en marcha un registro fotográfico colaborativo sobre las actuales rondas de Madres: una forma de homenaje, sabiendo que la memoria no es hablar del pasado, sino comprenderlo para actuar en el presente y el futuro.

Esta es una recorrida entonces, con un resumen del antes, el durante y el después de la instauración del terrorismo de Estado. Cuenta el nacimiento de la organización de estas mujeres que salieron a reclamar por la vida y, frente al horror y la desaparición de sus hijos e hijas, y lograron lo que parecía inconcebible: transformar el dolor en acción. ¿Cómo lo hicieron? Un recorrido por las últimas décadas, y algunas cuestiones prácticas sobre los tejidos, los territorios, las brujas y los alumbramientos. El video que muestra parte de la historia.

Por Sergio Ciancaglini

La historia de las Madres de Plaza de Mayo: Érase una vez 14 mujeres…
La historia de las Madres de Plaza de Mayo.

Había una vez un país con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Y en ese país de nombre plateado, los sueños y la vida tuvieron que aprender cómo enfrentar a los verdugos.

La historia suele ser infinita, ¿cómo contarla?

Habría que hablar de un siglo XX Cambalache, que empezó con el país granero del mundo, con trabajo para pocos, democracia para pocos, dinero para menos, alguna ilusión de tiempos mejores, seguida de décadas infames. Surgió luego un gobierno que generó una expectativa de más justicia, y más democracia. La política empezaba a estar en las calles, en las plazas, en la cabeza y en el corazón de cada persona.

Ese gobierno fue tumbado en 1955 por los poderes económicos, políticos y militares de siempre. Poco antes los golpistas habían bombardeado con la aviación militar a transeúntes inocentes en plaza de Mayo. Más de 300 muertos. Que hubiera más igualdad de oportunidades, o mejor distribución de la riqueza, era una maldición que había que mutilar. Tierra extraña; aquí siempre hubo una envidia al revés. Los ricos envidiaron a los pobres, odiaron que los pobres pudiesen mejorar.

En 1956 aquella dictadura fue pionera: secuestró ilegalmente a decenas de personas acusándolas de planear una rebelión. Los militares ordenaron los fusilamientos en los basurales de José León Suárez. Fue la Operación Masacre, como la llamó Rodolfo Walsh en un libro inolvidable. Lo que nadie sabía, ni siquiera Walsh, es que la Operación Masacre apenas empezaba.

Poco después, en una pequeña isla del Caribe frente a las narices de los Estados Unidos, hubo una revolución que se proclamó socialista. Los militares argentinos temieron que esa revolución fuese contagiosa, y gatillaron sus armas junto a los de todo el continente.

Siguieron los tiempos de proscripción política, censura, gobiernos civiles derrocados, gobiernos militares que se iban tumbando entre ellos, mientras las fuerzas armadas actuaban como tropas de ocupación en su propio país, como trincheras contra la democracia, en nombre de la lucha contra el socialismo.

Frente a eso, crecía la resistencia de quienes que no se resignaban al silencio, la censura, ni al olvido. Resistían los mayores, con una especie de nostalgia por el pasado. Y resistían también los jóvenes, como añorando el futuro, pero un futuro que querían construir con sus propias manos.

El surgimiento de las Madres de Plaza de Mayo

Un argentino que había puesto la mente y el corazón para aquella revolución en la isla del Caribe, fue capturado y fusilado cuando quiso hacer algo parecido en Bolivia. Le decían Che. Los que lo mataron no sabían que lo estaban inmortalizando. El mundo se ponía violento. En todo el planeta oleadas de jóvenes salían a reclamar justicia, igualdad, rechazo a la guerra y la muerte, un mundo distinto.

En la Argentina las dictaduras seguían tropezando con las resistencias. Hubo un Cordobazo, un Rosariazo, la juventud se movilizaba pintando paredes y pintando proyectos. La democracia seguía presa. La violencia militar seguía libre. Nacieron las organizaciones guerrilleras, que quisieron agregarle armas a toda esa resistencia.

Tal vez esta historia haya que comenzarla, entonces, en 1972. El 22 de agosto en Trelew hubo una nueva versión de la Operación Masacre. Allí habían detenido a miembros de varias agrupaciones guerrilleras. Fueron acribillados a balazos, indefensos, con el falso pretexto de un intento fuga. Mataron a 16. Hubo tres que sobrevivieron por milagro, y contaron lo que había pasado. Tal vez en aquel momento, cuando el crimen fue evidente, los estrategas militares empezaron a diseñar la represión del futuro: matar sin evidencias.

Las movilizaciones protagonizadas fundamentalmente por la juventud, empezaban a ser gigantescas. La trinchera militar no soportó la correntada de tantos sueños, y en 1973 la vida pareció cambiar. Una multitud obligó a liberar a los presos políticos. La ilusión no duró demasiado.

Fue una danza alucinada.

Cámpora ganó las elecciones. Volvió Perón. En Ezeiza las patotas de la derecha peronista acribillaron a las columnas juveniles. Perón apoyó a esos grupos, contra la juventud. Cayó Cámpora. Asumió Lastiri que era el yerno de José López Rega. López Rega era ex policía, nazi militante, secretario privado de Perón, ministro de Bienestar Social, y astrólogo esotérico. Como si su brujería funcionara, concentró cada vez más poder. Lastiri llamó a nuevas elecciones que ganó Perón. Ocho meses después, murió Perón y asumió su esposa Isabel. La sociedad miraba aturdida, mientras el sistema de la muerte se instalaba alrededor de López Rega, que organizó a los matones policiales, militares y a las patotas de la derecha, para crear un monstruo al que llamaron Triple A. Alianza Anticomunista Argentina.

La Triple A era un escuadrón de la muerte, un grupo paramilitar con vía libre para salir a matar. Estudiantes, intelectuales, sacerdotes, artistas, sindicalistas, obreros: la sucesión de fusilamientos se hizo cotidiana, el terror empezó a ser la genética de cada día.
La lista es macabra. Cientos de víctimas. Por recordar algunos: Rodolfo Ortega Peña, diputado nacional y abogado de presos políticos. Carlos Mujica, sacerdote del Tercer Mundo, Silvio Frondizi, uno de los principales intelectuales que dio la izquierda argentina, Julio Troxler, que había sobrevivido a los fusilamientos de 1956. Atilio López, uno de los dirigentes del Cordobazo, que durante la breve etapa camporista fue vicegobernador de Córdoba.

Los bombardeos en Plaza de Mayo y la matanza en los basurales habían sido premoniciones.
Los fusilamientos de Trelew fueron una secuela.

La Triple A fue el perfeccionamiento del crimen mafioso.

El terrorismo de Estado y la desaparición forzada

Pero ahora imaginemos.

Imaginemos por un momento que hubiera miles de masacres como las de los basurales de José León Suárez. Imaginemos que hubiera de pronto miles de fusilamientos como los Trelew. Y miles de Triple A matando por las calles con absoluta impunidad.

Eso fue la dictadura militar, cuando los militares dieron el golpe de Estado para imponer la máquina de matar corregida y aumentada al infinito. Fue hace exactamente 30 años. Le pusieron un nombre que sería cómico, si no fuera tan patético. Proceso de Reorganización Nacional. El comunicado número uno que emitieron decía:

Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las FF.AA. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones.

Más que nunca, la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Pero esta vez, además, inventaron una especie de acto de magia superior a los de López Rega. La magia más perversa que alguien pueda imaginar.

No más bombardeos, ni basurales, ni fusilamientos en cárceles, ni homicidios mafiosos a la luz del día.

Los perseguidos, las víctimas, iban a desaparecer.

No iban a estar más: secuestrados y esfumados de la noche a la mañana.

Los militares creían que al no haber cuerpos, al no haber pruebas ni quedar en evidencia, nadie podría acusarlos de crimen alguno.

Eso es el terrorismo de Estado. Las Fuerzas Armadas se dedicaron a la muerte clandestina, mientras en público sus jefes iban a misa a ser bendecidos, a comulgar, y a la salida sonreían. En sus discursos hablaban de la ley, el orden, la paz y el progreso.

Empezó la cacería. Zonas liberadas, gritos en la noche, secuestros de gente indefensa, la absoluta desaparición de la justicia.

Hay bibliotecas enteras que podrían leerse para entender lo que pasó. Pero hay también una carta. Apenas un año después del golpe Rodolfo Walsh –otra vez- escribió en la clandestinidad su Carta abierta a la Junta Militar, donde explicó lo que nadie se atrevía a decir.

Hablaba de un lago cordobés convertido en cementerio lacustre. De personas arrojadas desde aviones militares al Río de la Plata, cuyos cadáveres afloraban en las costas uruguayas. Denunciaba un sistema de tortura absoluta, intemporal y metafísica, aplicada tanto con métodos medievales como el potro o el torno, como con la tecnología de la picana eléctrica, para machacar la sustancia humana. Hablaba de las guarniciones y comisarías convertidas en campos de concentración. De las mentes perturbadas de los militares que torturaban. Decía, apenas un año después del golpe y en medio de la censura y el terror: “Quince mil desaparecidos y desaparecidas, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”.

Pero hay otro párrafo, que cada día se entiende mejor. Le decía a los militares:”Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Ahí estaba la clave para entender el crimen: la miseria planificada.

Walsh fechó esa carta el 24 de marzo de 1977, distribuyó varias copias, y un día después fue secuestrado por los militares.

Nunca más se supo de él.

Es otro desaparecido.

Érase una vez 14 mujeres: La historia de las Madres de Plaza de Mayo

En esa noche, hubo un parto.

En medio de la oscuridad, un alumbramiento.

Nació una historia.

Muchas madres y padres salieron a buscar a sus hijos. Salieron de sus casas, salieron del útero de su rutina habitual a enfrentar al aparato represivo más imponente de la historia del país. Llevaban impresas en la piel la desesperación y el amor, y de allí les nació el coraje. Recorrieron hospitales, caminaron juzgados, se atrevieron a ir a comisarías y cuarteles. Buscaron a las morgues. Nadie sabía nada. La ley del silencio. Cada día era la esperanza de una noticia. Cada noche era la frustración del silencio.

Los padres varones, de a poco, volvieron a sus trabajos.

La mayoría de las madres eran amas de casa: tenían intacto el tiempo y la sensación de que no había otra cosa que hacer que dedicar cada hora, cada minuto y cada segundo de vida a la búsqueda.

Estaban solas, moviéndose, preguntando inútilmente, aturdidas por tanto silencio. De a poco, empezaron a cruzarse por los mismos laberintos, a reconocerse y a descubrir que había otras que compartían esa especie de señal que cada una llevaba como un código secreto en la mirada: la desesperación y la incertidumbre.

Ese fue un primer triunfo contra el aislamiento. Comenzaron a encontrarse, reunirse, acompañarse. Estar juntas fue el modo de escaparle al terror de estar solas. Pero fue mucho más que eso.

Un día, esas mujeres se descubrieron a sí mismas en una iglesia militar, donde un cura psicópata les recomendaba santa paciencia y las confundía con rumores, insinuaciones y desinformaciones. Intuición femenina: les estaban mintiendo sistemáticamente, nadie hacía nada por salvar a sus hijos.

Una de esas mujeres dijo: Basta.

Y dijo: tenemos que ir a la Plaza de Mayo, tenemos que hacer ver y oír lo que nos pasa. Era una mujer con nombre de flor.

Y ese grupo de mujeres decidió que Azucena Villaflor tenía razón: su lugar sería la Plaza de Mayo.

La plaza sería el territorio de estas madres.

No tenían oficina, pero habían encontrado un lugar espacioso, aireado, iluminado y muy céntrico.

No tenían sillones mullidos, pero había bancos de plaza.

No había escritorios, pero tenían las faldas para apoyar allí las carpetas, expedientes, cuadernos o que hiciera falta.

No tenían alfombras, sólo baldosas y unas palomas revoloteando.

No tenían recepción, pero podían verse de lejos mientras iban llegando. No tenían teléfonos, pero se pasaban papelitos con mensajes, informes, o futuros puntos de encuentro.
Ocultaban esos mensajes en ovillos de lana, por si la policía o los militares se les cruzaban en el camino.

No querían que las descubrieran. Ya que tenían los ovillos, llevaban agujas y tejían en la plaza, mientras iban pasándose información, inventando qué hacer, cómo buscar, cómo evitar la impotencia de no hacer nada. Penélope tejía esperando el regreso de su marido. Ellas tejían juntas las acciones para buscar a sus hijos y denunciar lo que estaba pasando.

La primera vez fue el sábado 30 de abril de 1977. Eran sólo 14 en la Plaza de Mayo. Como no había casi nadie, decidieron volver el viernes siguiente. Después, una de las madres avisó, como atajándose de los malos augurios: “Viernes es día de brujas”. A la semana siguiente empezaron a encontrarse los jueves, el día que nunca más abandonarían, para escaparle a las brujas.

La policía empezó a desconfiar. Por el Estado de Sitio, se impedía cualquier reunión de tres personas o más, por ser potencialmente subversiva.

Para decir la verdad, en este caso tenían razón: buscar la vida era subversivo. Como pájaros de uniforme, los policías empezaron a revolotear alrededor esas mujeres que hablaban y tejían de los asientos de la plaza. Ordenaron: “Caminen, circulen, no se pueden quedar acá”. Ellas se pusieron a caminar y a circular alrededor del monumento a Belgrano, en sentido contrario a las agujas del reloj: como rebelándose contra cada minuto sin sus hijos.

Marchaban, cada jueves, en las narices del gobierno dictatorial más temible. La plaza ya era el territorio de las Madres.

Algunos periodistas extranjeros descubrieron esas raras vueltas y vueltas. Consultaron a los militares. Les contestaron que eran unas mujeres trastornadas, unas Madres Locas que andaban buscando a gente que no estaba en ningún lado. Gran parte de la sociedad prefería no darse por enterada. La censura bloqueaba orejas, cerebros y corazones. Las madres locas eran las únicas que parecían cuerdas, tejiendo y circulando al revés que las agujas del reloj.

En octubre de 1977 se sumaron a la peregrinación a Luján, que congregaba a un millón de jóvenes. El problema era cómo encontrarse y reconocerse en la multitud. Alguien propuso que todas se pusieran un pañuelo del mismo color. Lo del color era un problema, pero entonces una de las madres tuvo una ocurrencia: ¿Por qué no nos ponemos un pañal de nuestros hijos? No existían los pañales descartables y la mayoría de las madres todavía guardaba los de tela, tal vez pensando en los nietos.

Frente a la Basílica, reclamaron y rezaron por los desaparecidos y desaparecidas. Todos los que estuvieron pudieron verlas, identificadas con los pañales blancos en sus cabezas. Poco después hubo una marcha de los organismos de derechos humanos, que terminó con 300 personas detenidas, incluidos –por error- varios periodistas extranjeros. Gracias a tanta eficiencia, el mundo empezaba a enterarse de lo que ocurría. En la comisaría las Madres rezaban Padrenuestros y Avemarías. Los policías no se atrevían a incomodar a mujeres tan devotas. Entre rezo y rezo, haciendo cruces, miraban a los uniformados, les decían “asesinos”, y seguían rezando. Amén.

El hecho de reunirse, romper el aislamiento, buscar a sus hijos, se convirtió en sí mismo en un delito. Diciembre de 1977, un oficial de la marina que se hacía pasar por hermano de un desaparecido organizó el secuestro y desaparición de tres de las madres, dos monjas francesas y otros familiares y amigos. Así era el coraje militar.

Las madres estaban organizando la colecta para publicar una solicitada el 10 de diciembre, denunciando las desapariciones.

El 8 de diciembre secuestraron a Esther Careaga y a Mary Ponce de Bianco en la Iglesia de Santa Cruz, junto a ocho personas más, incluida la monja francesa Alice Domon. Esther era paraguaya. Ya había encontrado a su hija adolescente, a la que los militares habían liberado. Las otras madres le habían pedido que volviera a su casa, que ya no se arriesgara más. Esther no les hizo caso, decidió seguir junto a ellas hasta que encontraran a cada uno de sus hijos.

Dos días después, desapareció la mujer con nombre de flor. El terror de aquellos tiempos superó todo lo imaginable. Desaparecían quienes buscaban a los desaparecidos y desaparecidas. Pero los militares habían sido selectivos: secuestraron a quienes todas siempre consideraron “las tres mejores madres”. Sin Azucena, había que elegir: seguir, esconderse, o volverse a casa. Para las madres no hubo demasiadas dudas: ahora no solo debían buscar a sus hijos e hijas, sino también a sus amigas y compañeras. Lograron sobreponerse a la parálisis y al terror, para seguir su marcha.

Azucena había parido la idea de que las madres se organizaran para nunca más estar solas en su lucha. Y había dicho algo: “Todos los desaparecidos son nuestros hijos”. Así estaba socializó la maternidad, potenció a cada madre y le dio grandeza a cada minuto de resistencia.

Llegó el Mundial 1978. El fútbol tapando de gritos y sonrisas la realidad, mientras a pocas cuadras de la cancha de River seguían torturando gente en la ESMA. El mundial fue oxígeno para los militares: para seguir matando y seguir castigando cada vez a más gente con la miseria planificada. Las madres cambiaron sus lugares y horarios de reunión. No todos los jueves iban a la Plaza, para evitar que las detectaran. Cuando iban, la policía les largaba los perros. Cada una llevaba un diario enroscado para sacarse a los perros de encima, una de las pocas cosas útiles para las que servían los diarios de esa época.

Muchas veces detenían o demoraban a alguna de ellas en las comisarías. Se les ocurrió una idea: cuando una iba presa, se presentaban todas y pedían ir presas ellas también. Los policías veían llegar a decenas y decenas de mujeres que exigían ser encarceladas junto a su compañera. Una vez fueron tantas las que exigieron ser detenidas, que tuvieron que llevarlas en un colectivo de la línea 60.

Madres locas, dirían los policías, que no sabían bien qué hacer: muchas veces las soltaban para sacárselas de encima.

Cuando en la Plaza le pedían documentos a una, todas las demás se acercaban a la policía a entregar también los suyos. Cientos de documentos, cédulas y libretas cívicas, que la policía tenía que verificar. De paso, las madres se quedaban más tiempo en la plaza.

En 1979 llegó al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. También el fútbol jugó en contra. El mundial juvenil tenía a todos pendientes de Maradona, y los militares aprovecharon para que relatores de fútbol y periodistas radiales llamaran a la gente a Plaza de Mayo, y que de paso repudiaran a quienes hacían cola para declarar ante la Comisión. Querían mostrar lo que llamaban “la verdadera imagen del país”. Decían: “los desaparecidos algo habrán hecho”, o “por algo será que se los llevaron”. Los hinchas, sin embargo, no molestaron a los que estaban esperando para hacer sus denuncias.

Ya era la época de la plata dulce, la fiesta de las multinacionales, el dólar barato, miles de argentinos gastando en el exterior lo que nunca habían sabido ganarse, gracias a la miseria planificada de millones.

Los diarios y las revistas no sólo censuraban la información para defender su negocio, sino que hacían campañas por los militares: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Confirmado: nunca hay que subestimar la estupidez humana, la capacidad de negación, el tamaño de la crueldad.

En ese 1979 hubo otro parto, otro alumbramiento: las Madres decidieron crear la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Si todas estaban en peligro, esa era una forma de mantener la lucha viva. La casualidad, o el destino, determinaron que la asociación fuese creada en una fecha imposible de olvidar: 22 de agosto. Habían pasado siete años de la masacre de Trelew, aunque parecían siete siglos.

Los militares asesinos argentinos inventaron un conflicto contra los militares asesinos de Chile, que a todos les servía para ganar tiempo en el poder. En esos días fue muy próspero el negociado de la fabricación de ataúdes, hasta que el Papa intervino. Secuestros clandestinos y desapariciones en la noche, permitían mirar para otro lado. Guerra abierta entre gobiernos tan vecinos y tan beatos era demasiado. Hasta para el Vaticano. Amén.

Seguían encontrándose en plazas y bares. Para que no las descubrieran cambiaban el nombre. Si iban a ir a Las Violetas, decían Las Rosas. Ellas mismas llevaban en sus carteras las carpetas, las denuncias, los expedientes.

Recién en 1980, gracias a los apoyos internacionales, las Madres pudieron tener una oficina. Pero también ese año decidieron volver a su territorio, la Plaza de Mayo, para nunca más abandonarla.

Fueron un jueves, al jueves siguiente las estaba esperando un escuadrón entero, con las armas gatilladas. Ellas cambiaban el horario, circulaban por donde no las veían. Poco a poco envolvieron a la Pirámide de Mayo con sus marchas que nadie podía detener. Llevaban diarios enroscados. Pronto aprendieron de sus hijos, y llevaban también botellitas de agua y bicarbonato por si las esperaban con gases lacrimógenos. No necesitaban gases para llorar. Pero habían decidido transformar el llanto en acciones.

Los militares eran la rigidez y la violencia. Las madres eran la fluidez y la energía. Los militares y la policía eran la muerte. Los verdugos. Las madres eran la vida.

Se editó el primer boletín de Madres, se iba ganando apoyo afuera y adentro. Los militares llamaron a los viejos políticos a dialogar, como abriendo el paraguas frente a la crisis económica y a su propio desgaste. Pero las Madres estaban simbolizando dónde estaba la verdadera política, y quiénes eran sus nuevos protagonistas. En 1981 lo demostraron retomando la Plaza y haciendo la primera Marcha de la Resistencia. Solas, pocas, pero juntas, resistiendo 24 horas seguidas.

Vinieron épocas de ayunos, de tomas de iglesias y catedrales. Los jóvenes, sobre todo, se conmovían. Nació la consigna “aparición con vida”.

El 30 de abril de 1982, hubo manifestaciones de protesta en Buenos Aires contra la situación económica, la miseria planificada, con la policía reprimiendo a todos. Dos días después, se llenó la Plaza de Mayo para aplaudir a los militares que habían invadido Malvinas, creyendo que así se iban a reciclar en el poder en una especie de brindis perpetuo.

Las Madres dijeron que la guerra era otra mentira. Los militares que secuestraban cobardemente, torturaban clandestinamente y asesinaban tirando cuerpos al río, no podían convertirse de un día para otro en patriotas impecables y valerosos guerreros. Por decir eso, acusaron a las Madres de antinacionales. Ellas inventaron un cartel: “Las Malvinas son argentinas. Los desaparecidos también”. Muchos que acompañaban a las Madres las criticaron: había que estar del lado de la guerra, del lado de los militares. El tiempo mostró quién tenía razón sobre los guerreros, entre ellos el mismo que había delatado a Azucena, Esther y Mary.

La derrota de los militares resucitó la posibilidad de la democracia. Se abrió la multipartidaria, formada por cantidad de partidos y políticos muchos de los cuales, durante los tiempos más duros de la represión, habían sido expertos en el arte de callar.

En 1983 hubo elecciones, Alfonsín llegó a la presidencia, y las madres hicieron la marcha de las siluetas para que nadie olvidara a los ausentes. En los afiches decían que esos hijos e desaparecidas habían luchado por la justicia, la libertad y la dignidad.

El gobierno formó la CONADEP, la comisión nacional para la desaparición de personas. Las madres desconfiaron, no quisieron integrarla. Siempre prefirieron la calle, y no las comisiones. Crearon un periódico, la Asociación iba creciendo y seguía reclamando aparición con vida y castigo a los culpables.

En 1985 Alfonsín las citó, pero luego no las atendió porque tenía que ir al Colón, según la explicación oficial. Las Madres tomaron la Casa Rosada, y se quedaron ahí instaladas como forma de resistencia pacífica. Esas acciones mostraban la grieta entre los discursos sobre los derechos humanos que hacía el gobierno, y la realidad. Y mostraban cómo el protagonismo político se desplazaba de los políticos de museo, a los movimientos generados en la sociedad para enfrentar los problemas tomando las riendas de sus propias decisiones.

Se hizo el juicio a las Juntas, pero sólo hubo dos condenas a prisión perpetua. Las de Videla y Massera. Los otros jefes militares recibieron penas bajas, o fueron absueltos. Las Madres opinaron del siguiente modo: se levantaron y se fueron de la sala de audiencias.

Seguían las acciones, marchas, escraches a los militares en sus casas, viajes y campañas en todo el mundo, la lucha contra las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, La lucha contra las rebeliones de Semana Santa y de los carapintadas, La marcha de las manos, La marcha de los Pañuelos, cuando taparon la casa de gobierno de pañuelos blancos, los premios internacionales.

El apoyo a los conflictos, a las huelgas, a los reprimidos y a los perseguidos.

Empezaban a hacer propia una idea: el otro soy yo.

Las Madres, además de denunciar lo que había ocurrido con sus hijos, hicieron otra cosa: comenzaron a levantar las mismas ideas y sueños por las que esos jóvenes habían luchado.
Por eso sintieron que aún sin estar, sus hijos las estaban pariendo.
Aquellas amas de casa desgarradas por la desesperación, habían logrado transformar el dolor en acción y en pensamiento.

Todas estas luchas se multiplicaron al infinito cuando Menem llegó a la presidencia para perfeccionar, en democracia, la miseria planificada: privatizó el país, regaló el Estado, masificó el desempleo, protegió a toda clase de mafiosos, asesinos y corruptos, y además los puso a gobernar con él. De paso indultó a todos los militares que habían sido condenados.

Hubo más de lo mismo cuando subió De la Rúa, y las madres estuvieron allí, nuevamente en la plaza, el 19 y 20 diciembre, cuando ese gobierno intentó imponer el Estado de Sitio y se dedicó a reprimir a miles y miles de personas hartas de tanta decadencia y de tanta mentira. Nuevamente las plazas se llenaron de balas, y de jóvenes muertos.

La historia reciente es más conocida, las Madres y su universidad llena de jóvenes, de movimiento, de conferencias, de proyectos. Las Madres y su flamante radio, para que se escuche cada cosa que hay que decir. La intervención en cada lucha contra las mafias, contra la miseria, contra la muerte.

Y cada jueves, como siempre, las madres circulando, tejiendo solidaridad, construyendo este territorio de la Plaza para que sea el espacio de todos.

Había una vez un país con nombre de mujer, donde la muerte andaba suelta persiguiendo a los sueños, acorralando a la vida. Y en ese país de nombre plateado, los sueños y la vida tuvieron que aprender cómo enfrentar a los verdugos. Las madres están dejando esa herencia.

Cómo convertir al dolor, en acción.

La parálisis y el miedo, en lucha.

La desesperación, en coraje.

Las lágrimas, en acciones.

Para acorralar a la muerte, como el primer día:

tejiendo luchas,
haciendo circular los sueños,
y alumbrando la vida.

Seguir leyendo

LA NUEVA MU. Dar pelea

La nueva Mu
Publicidad
Publicidad
Publicidad

Lo más leido