Nota
Aurora Cividino: la otra cara del 26 de junio
Las víctimas y familiares de los asesinados el 26 de junio del 2002 formaron una comisión que busca justicia. Allí está Aurora Cividino, asambleísta baleada durante aquella cacería, que ha pasado por un laberinto hospitalario dedicado a no atenderla. Su historia, sus opiniones sobre Kirchner, Duhalde, la izquierda y el poder, y la travesura de un muchachito llamado Dante.
En la Argentina, afortunadamente, no existe ninguna agrupación, partido, movimiento, secta o club que lleve por nombre Aurora Cividino.
La policía bonaerense hizo lo posible, el 26 de junio de 2002. Aquella tarde nublada de muerte Aurora recibió dos balazos que le han dejado una invalidez que sólo el Estado parece incapaz de ver.
Pero no la mataron: Aurora vive.
Y forma parte de la Comisión de Víctimas y Familiares del 26 de junio que ha comenzado sus actividades (ver aparte) y recibe adhesiones en [email protected].
Con muletas, paciencia y espíritu, Aurora se mueve de aquí para allá y está casi todos los 26 en el Puente Pueyrredón, participa en eventos como Enero Autónomo, querella al Estado y a la policía bonaerense, además del comisario Alfredo Fanchiotti, y parece decidida a no seguir desperdiciando energías en sus choques con el sistema de salud porteño, que ha hecho más por enfermarla que por curarla. El dilema es: ¿quién asumirá que Aurora debe tratarse?
El 26 de junio de 2002 Aurora -de la Asamblea de Plaza Dorrego- marchó a la movilización en el Puente Pueyrredón convocada por la Asamblea Nacional Piquetera. «Fuimos siete compañeros, entre ellos un discapacitado físico, con muletas. Yo había evaluado que iba a haber represión ese día, se veía venir, pero fuimos igual».
Aurora y su grupo estaban en la bajada del puente, del lado de Avellaneda, cuando escucharon lo que fue la segunda tanda de balazos de la policía. «Empezó una corrida y el compañero de la asamblea, el discapacitado, soltó las muletas y se tiró al piso. Fuimos las tres mujeres que componíamos el grupo. Los hombres ni se dieron por enterados: uno corrió enseguida y se escondió. Las mujeres no podíamos llevar a este hombre, que además de su discapacidad estaba excedido de peso, debía pesar 120 kilos por lo menos. Se nos ocurrió llevarlo a las camionetas de los medios y noticieros y dejarlo ahí».
Aurora siguió escapando de la policía, y encontró a un joven al que le había explotado cerca una granada de gas lacrimógeno, y presentaba síntomas de asfixia. «Me detuve a darle bicarbonato, siempre llevo a las marchas porque neutraliza el gas lacrimógeno. Lo llevo en polvo y me lo pongo en las fosas nasales, en la lengua y, si puedo, en la cara». Hubo bicarbonato para el joven, y también para un camarógrafo. Siguió la carrera y comprobó que tenía a los policías a unos 40 metros, pero a la vez se encontró con un espectáculo inesperado: «Había dos grupos de tipos disfrazados de piqueteros rompiendo todo, las vidrieras, todo lo que veían, rodeados por dos hileras de policías que los miraban sin hacer nada. Estaban todos como en familia. Ahí dije: son servicios, mejor disparar. Cuando empiezo a correr recibo un golpe en la pierna y caigo. Al principio pensé que era un cartucho de gas lacrimógeno. Intenté levantarme y no pude. Pedí ayuda, unos compañeros piqueteros me levantan y empiezan a correr pero veo que no pueden hacerlo: no les daba el físico. Uno de ellos me soltó pero después lo vi en el hospital: le habían baleado una pierna. Por suerte me pudieron llevar hasta una estación de servicio, ahí les pedí que se fueran para que no los agarrara la policía. Yo ya estaba jugada».
Aurora sintió ese golpe en la pierna izquierda pero no un segundo balazo en la derecha. «El de la izquierda está determinado que lo hizo Fanchiotti con arma larga». Se trata del comisario Alfredo Fanchiotti, que comandó el operativo y está imputado como el principal responsable material de la represión. «Me dio en el fémur, unos centímetros arriba de la rodilla. Fue de espaldas. El segundo me dio en la pierna derecha, ingresa por abajo y se aloja en la rodilla. Se ve que fue disparado desde arriba, desde algún edificio, rebotó en la calle y me dio. Ahí estábamos sobre Pavón, a unos 15 metros de donde empieza el supermercado Carrefour. Yo recuerdo haber pasado por el Bingo y a los pocos metros caí».
La certeza sobre Fanchiotti se debe al análisis de las imágenes televisivas. «La investigación del fiscal muestra que fue Fanchiotti porque había un fotógrafo independiente que venía detrás mío. En el video se escucha el balazo, y yo caigo. Hay otra filmación de un canal abierto donde la hora coincide, lo enfocan a Fanchiotti disparando y el panorama es el mismo. La diferencia es de ángulo entre el camarógrafo independiente y el canal».
Aurora reconoce que los balazos no le dolieron. «No sentís más que el golpe. Yo hubiera seguido corriendo, pero no podía. Te digo más: estuve internada con un compañero de la Verón que había recibido un balazo en el tórax, tenía un pulmón perforado, y sin embargo lo corrieron desde Avellaneda hasta Gerly hasta que pudo esconderse e ir al hospital. Recién ahí se enteró de lo del pulmón».
En la estación de servicio Aurora tuvo un nuevo contacto con la policía. «Apareció un agente de apellido Robledo que dio la orden de que se fueran los periodistas que andaban por ahí y me quiso hacer subir a una supuesta ambulancia, que ni camilla tenía. Ordenó que vinieran paramédicos y apareció una moto con un cartel de la firma Vital. El médico que estaba ahí llamaba a una ambulancia, varias veces, y justo apareció cuando estos supuestos paramédicos me iban a hacer un entablillado. Resulta que como no me pueden llevar, se llevan a uno de los pibes que me había ayudado, y lo torturaron en un descampado. En ese caso también está hecha la denuncia penal».
En el Hospital Fiorito Aurora vio la cantidad de personal convocado: «Ni podían circular las camillas de tanta gente. Te daba la pauta de que todo estaba preparado. Yo había evaluado que iba a haber represión. Lo que no había evaluado era que la iba a recibir yo misma».
Aurora considera que su caso forma parte de esa especie de cacería selectiva ocurrida el 26 de junio. Darío y Maxi, se sabe, venían siendo identificados por su actuación en marchas y piquetes. «Me parece obvio que a mí también me marcaron. Me balearon dos personas distintas. Yo también venía de cierta actuación política. No estoy en ningún partido, pero fui de las primeras que llegó a Plaza de Mayo el 19 de diciembre del 2001 porque vivo cerca. Ahí ya me filmaron según me enteré después. Otra vez fue en una marcha al Sheraton, para repudiar al indio del Fondo (Anoop Singh). También estuve el 25 de mayo del 2002 cuando entramos al Colón a la función de gala desplegando banderas. Cuando las asambleas marchábamos los viernes, estuviera donde estuviera, aparecía en la televisión. Me enteraba porque me lo decían: che, te vi. Yo jorobaba diciendo que les iba a ir a cobrar cachet a los canales».
Aurora es parte de esa generación que militó en los 70, y se dedicó a la familia durante la dictadura (tiene cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, que van de los 31 a los 18 años). «Yo siempre me sentí una militante, pero suelta, no orgánica. El 19 fui espontáneamente a la plaza. Yo olía que había una calma previa a la tormenta cuando decían que la gente no reaccionaba». Aurora había trabajado durante 17 años en el Hipódromo, en pelea gremial y personal con el sindicato: «El mismo sindicato pidió mi despido por oponerme a la reforma laboral en el 95». Tuvo algunos trabajos inestables, el último en una empresa de telemarketing (ventas telefónicas): «Venden celulares, cuentas corrientes, pero con mentiras. Yo no quería engañar a nadie y trataba de convencer a los clientes de que lo que vendía era útil, pero no les mentía. Ética. Entonces me quisieron echar. Cuando fui a cobrar lo que me debían, no me pagaban. Entonces decidí quedarme ahí hasta que me pagaran. Terminaron sacándome con la policía», describe Aurora, en lo que constituye un nuevo aporte al conocimiento del empresariado nacional.
Aurora estaba en el Fiorito, baleada y rodeada de enfermeros aterrorizados y controlados por la policía. Apareció un médico joven quien ordenó hacerle una tracción en la pierna izquierda. Aurora ya no confiaba en nadie y preguntó qué iban a hacerle. «No me limpiaron la herida, no me dieron un calmante, nada. Pero en vez de explicarme qué iban a hacer, hablaban entre los médicos sin dirigirme la palabra. Como les dije que me informaran qué iban a hacer, el médico empezó a gritarme y a decir que si yo estaba ahí, la culpa era mía. Medio me maltrató. Le dije que ninguno de mis hijos me trataría así. Usted tampoco hubiera sido mi madre, contestó, y yo le dije: por supuesto: un hijo así yo no tendría». Todo este ameno diálogo concluyó con la única cosa importante, que fue comenzar el tratamiento: «Era un pibe de clase media, sin mucha experiencia. Y encima estaba todo lleno de canas». Aurora se refiere al hospital y no a la cabellera del médico.
En el hospital ya había unos 25 de los 40 heridos que se conocen de aquel día (varias decenas decidieron huir y no figuran en la nómina oficial). Darío y Maxi ya habían sido asesinados: «El hospital era un correveidile, venían todos a contarte».
La internación llevó casi un mes: «Metían presos comunes en tratamiento en nuestras habitaciones y salió la policía uniformada pero quedó la de civil. Un cana una noche entró a mi habitación y salió al rato. Yo supongo que era para intimidarme. La noche siguiente quiso abrir la puerta y le grité: ¿qué carajo querés? Ahí no molestó más».
Empezó el debate por la operación. Le dijeron a Aurora que no había férula, o que había pero la cotización era con un dólar a 5 o 6 pesos, y varios etcéteras que alargaban la intervención. «Me decían que si esperaba la férula de Bienestar Social, podía tardar meses. Les dije a los médicos que existen figuras legales para esa situación, que los abogados de la Liga por los Derechos del Hombre podían iniciar una causa por abandono de persona, y que iba a denunciar todo como ciudadana italiana -tengo la doble nacionalidad- ante la embajada. A las dos horas apareció la férula». Puede intuirse qué es lo que ocurre con los pacientes que no poseen tal arsenal de argumentos.
Aurora cuenta que tenía cuatro puntos de fractura, una expuesta, y de acuerdo a los estudios le faltan cinco centímetros de fémur izquierdo pulverizados por la bala. Le colocaron una placa de unos 20 centímetros asegurada con un clavo en medio de la fractura y ocho tornillos. Aurora venía con problemas de columna -dos operaciones incluidas- que se agravaron con esta situación.
En este punto la historia de Aurora podría ser tema de cualquier relato de Franz Kafka: «En el Argerich, el equipo de columna me dice que tienen que cambiarme la prótesis para fijarme más la columna. Me aconsejaron también operarme la pierna para alinearla, con un injerto para alargar el fémur. Pero me mandaban al Fiorito. Y yo quiero atenderme en el Argerich porque soy ciudadana de Buenos Aires, vivo en la zona, y tienen obligación. Después salió que tengo una osteomielitis, una infección en el hueso, y un compromiso severo en el nervio ciático de las dos piernas. Fui al Ramos Mejía y el médico me dijo que la infección no permitió que se mineralice el callo. Pero que él no me iba a operar y que fuera al Fiorito. Fui al Fernández, y me dijeron que estoy bien, para no tener que operarme. Claro, sabiendo mi historia, que me baleó la policía, se lavan las manos y no quieren saber nada. Fui al Santojanni. Ahí por lo menos me sacaron el yeso que iba desde la ingle hasta los dedos del pie izquierdo. A los pocos días le dije al médico del Santojanni que lo que me dolía era la rodilla, no la fractura, y me dijo que yo era una psicótica, que imaginaba los dolores».
La idea de catalogar como psicóticos a los pacientes es un hallazgo del sistema público de salud, que permitiría agilizar muchos engorrosos tratamientos. A Aurora le dolía la rodilla porque la tracción en su pierna fracturada durante casi un mes, y el yeso durante otro, le habían producido una artrosis mecánica. «Después me explicaron que el líquido de las articulaciones se había fibromatizado. Qué sé yo. Al doblarla, me dolía. Pero este médico, además, me atendía con otros dos o tres pacientes a la vez. Así, no atiende a ninguno. Ya me di cuenta cómo son: ciegos, sordos y mudos».
Para tratarse la infección le dieron turno el Muñiz, donde estuvo internada tres días con el objetivo de hacer una punción y analizar el material en patología. Nunca aparecieron los médicos. Era enero y retrasaron su regreso de las vacaciones. «Lo que pasa es que un médico del Ansses me dijo que la operación fue demasiado rápida. Cuando hay balazos se hace primero un tratamiento con antibióticos durante tres meses porque al ingresar la bala arrastra tejido epidérmico, o restos de tela y es fácil que haya infecciones. En ese caso se trataría de mala praxis».
En el Ansses Aurora tramita la jubilación por invalidez, pero una junta médica dictaminó que apenas tiene el 45% de discapacidad. La apelación debería demostrar que supera el 75% requerido. «Se olvidaron de la osteomielitis, el acortamiento de la pierna, el problema de rotación de la cadera, y con todo eso paso el 75%». Además, Aurora se quedó sin el plan «jefes de familia» porque su hijo menor cumplió 18 años. Conclusión: «Estoy meada por los elefantes».
El laberinto médico la dejó sin saber a dónde ir, o sabiendo a dónde no quiere ir. «Yo no voy más a ningún hospital porque es más el desastre mental que me hacen que otra cosa. No puedo cada vez discutir con un médico por qué tienen que atenderme. Yo podría interponer un recurso de amparo, pero ¿quién va a una operación como la mía con la espada del recurso sobre la cabeza? Además, los médicos saben que al operarme van a tener que declarar en el juicio civil, y no quieren. Para mí, son afines al sistema y tienen una falta total de ética». Según sabe, un militante del MTD de Solano tampoco logra que le hagan la cirugía reparadora correspondiente en su maxilar inferior. «Además, hay cosas de locos. Yo tengo mi problema de columna. Y ahora las muletas. No puedo estar mucho tiempo parada. Pero para conseguir turno en el Argerich tengo que ir a las 3 de la madrugada. ¿Cómo hago?»
Desde el punto de vista médico Aurora supone que le quedan un par de fichas: una invitación a atenderse en Venezuela (que no se concreta por la inestabilidad política en dicho país) o esperar el milagro de las últimas décadas para muchos argentinos: un tratamiento en Cuba.
Mientras tanto, sigue sintiéndose muy cómoda deambulando incansablemente en esa «militancia suelta» y tratando de entender al país. «Las cosas que hace Kirchner son las que le convienen a él. Lo de la Corte, o descabezar mínimamente a la bonaerense que respondía a Duhalde y que él no podía manejar. De hecho, fijate cómo reforzaron las vallas en la Plaza de Mayo para el acto del 20 de diciembre del 2003. Eso es porque el gobierno tenía miedo de que Duhalde se mandara otra como la del 2001. Porque seamos sinceros: lo que pasó en la provincia el 19 de diciembre del 2001 fue manejado por Duhalde. Lo que él no calculó fue todo lo que pasó después, cuando la gente salió a la calle».
Aurora cree que el problema de fondo para entender lo que ocurre es el siguiente: «El capitalismo no puede resolver el problema del 50 por ciento de la población que está en la pobreza y un estado de indefensión total. La única manera de arreglarlo es a palos, matando. Como en el resto de América Latina». Si ese es el diagnóstico, ¿cuál es el tratamiento? «Bueno, los partidos de izquierda piensan que tienen el patrimonio de muchas cosas. Pero no es así. Se creen que con actos como el del 20 de diciembre logran algo, pero el 19 y 20 no son patrimonio de nadie. Yo conozco a los heridos de aquel día, y ninguno era de algún partido político».
Sin embargo en el acto de diciembre la Corriente Clasista y Combativa, por poner un ejemplo, le pegó a los motoqueros, que sí habían participado de los hechos del 2001. «Yo converso mucho con la gente. Si hablás con las bases de la CCC, del PO, del MTR, del MTD, lo que opinan es más o menos lo mismo. Lo que está dividido es la superestructura. Están en una lucha de poder, y es una lucha de poder burguesa. Para subir en la jerarquía de poder partidario, tenés que usar una metodología burguesa, si no, no subís».
A ella le han ofrecido cargos partidarios: «Si hubiera querido, hubiera agarrado. Pero no me interesa el poder. Hay que hablar con las bases, no con las superestructuras. Yo tengo un lenguaje que me permite entenderme con todas las bases, aunque sean de distintos movimientos».
El cálculo de Aurora es que en las dirigencias -incluso en las piqueteras- hay una estimable cantidad de burócratas. «Pero a corto plazo van a desaparecer porque la realidad es que caen los planes, y ahí van a caer los burócratas. Pero mientras tanto, la gente tuvo la experiencia de lucha, estuvo en la calle, peleó. Por más que se hayan caído las asambleas, hay gente por todos lados moviéndose. Por ahí no se ven, pero están. Para mi eso es revolucionario. Una revolución lenta, pero sobre seguro».
Aurora tiene un nieto, Dante, de casi ocho meses. Recién está conectándose con el mundo a fuerza de berridos, asombro, sonrisas y sensaciones. Empieza a gatear, quiere pararse para caminar, señala cosas que quiere. No es fácil saber si crecerá en un lugar donde los médicos curen en lugar de enfermar, y donde la policía proteja en lugar de balear a los ciudadanos. Temas espesos para un chiquito que nació en una fecha asombrosa para cualquiera salvo para la abuela, que intuía que la vida iba a hacer esa travesura.
Un año después de la muerte, el plomo y el dolor, el 26 de junio del 2003, nació Dante. Su abuela sonrió al enterarse por teléfono, cuando terminaba el acto en el Puente Pueyrredón.
Nota
Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”

Sebastián Alegre es uno de los hermanos del joven desaparecido el 31 de enero de 2009 y finalmente encontrado enterrado como NN en el cementerio de Chacarita en 2014. Una parábola que solo deja en evidencia el encubrimiento por parte del Estado y que tiene a la Policía Bonaerense en el centro de las denuncias sobre el asesinato de este joven de 16 años, crimen que jamás se investigó a fondo. El pedido de memoria, verdad y justicia sigue intacto, y también la asociación de amigos y familiares empujando desde hace años un centro de memoria y arte, todo en un destacamento donde Luciano fue torturado, hecho por el que un policía fue condenado a 10 años de prisión. Este sábado recordarán a Luciano con una radio abierta, a las 16.30 horas, en Indart 106, Lomas del Mirador.
En esta nota -que recuerda a Luciano a 17 años de su desaparición y asesinato- repasamos el derrotero del caso que se convirtió en bandera de lucha contra la desapariciones en democracia en el país de los 30 mil, pero cuya impunidad persiste cada día. Sebastián, que tenía 13 años cuando Luciano, de 16 años, desapareció, recuerda a su hermano, cuenta quién verdaderamente era y lo conecta con los discursos actuales de la baja de imputabilidad.
Lo que cambió, y empeoró, en el barrio de 12 de octubre de Lomas del Mirador, con el avance del narco y la facilidad para conseguir armas. Lo que nunca llega: oportunidades y asistencia estatal para salir de la pobreza. Lo que ellos mismos encaran: organización y cultura “para darle otro camino a las juventudes”.
Por Lucas Pedulla
Su primera interacción con la policía fue a los 13 años.
Estaba con su hermano Luciano y un amigo de él caminando hacia la Plaza del Cañón, en Lomas del Mirador. No hacía mucho que se habían mudado a esa localidad de La Matanza tras haber vivido en una pensión porteña de Flores y, luego, en la bonaerense Ciudadela. Sebastián sabía de la hostilidad de esos oficiales porque más de una vez lo habían amenazado sólo por estar jugando al rinraje en el barrio: “Pendejo, tomatelá, porque te voy a llevar”.
Pero esa tardenoche fue distinta. Caminaban por avenida Mosconi cuando un patrullero los abordó a la altura de la Clínica del Buen Pastor, a tres cuadras de la plaza. “Me acuerdo que se bajó un oficial con la escopeta en la mano y se la pone en el pecho al amigo de Luciano. Le dice: Ponete ahí contra la pared. A Luciano le hace lo mismo. Vos también, me dice. Luciano se da vuelta y le dice: Él es menor. ¿Entendés? Él también era menor, nos llevábamos tres años de diferencia, según la época del año cuatro. Qué me importa, dice el policía y me pegó una patada que me hizo abrir las piernas y apoyarme contra la pared. Uno me palpaba, el otro seguía con la escopeta en la mano”.
Por esos años Sebastián (13) y Luciano (16) trabajaban juntos en una fábrica a pocas cuadras de su casa, en el barrio 12 de Octubre, un asentamiento de casas humildes que abarca una manzana. Uno de los límites del barrio da a una plaza que hoy lleva el nombre de su hermano. El otro límite, justo en diagonal a la casa en la que vivían, da a una zona residencial de clase media, vecinos que pidieron la creación de un destacamento policial ante la llamada “inseguridad” en la zona.
Por esas calles caminaban Sebastián y Luciano para ir a la fábrica de hebillas para zapatos y cinturones, en la que trabajaban de ocho a diez horas al día. Hacían todo el proceso –tirar los moldes, lijar, pulir– menos la fundición, ya que era una máquina gigante que veían con mucho respeto. A los mediodías se iban a almorzar bajo algún árbol con sombra de la General Paz, la enorme avenida que divide a estos conurbanos de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando llegaban los fines de semana, con sus salarios se iban a Liniers –frontera entre ambos mundos– a comprar ropa. Sebastián recuerda los consejos administrativos de su hermano: “Lu me decía: Comprate esto, comprate aquello y esto dámelo que lo guardo para casa. Todo pasaba así, hasta que hubo un momento en el que Luciano ya no estaba más…”.
El 31 de enero de 2009, hace 17 años, Sebastián cruzó a su hermano mayor caminando por la calle Perú, la de su hogar. “Andá para casa, me dijo. Tengo el recuerdo que era de tarde, porque el sol le pegaba de frente. Fue la última vez que lo vi”.
Desde entonces comenzó un recorrido que tuvo a su mamá, Mónica Alegre, y a su hermana, Vanesa Orieta, haciendo lo impensado para saber dónde estaba y qué le había pasado. Sebastián empezó a ver cómo el nombre y el rostro de su hermano, Luciano Arruga, comenzó a imprimirse en carteles, pintarse en banderas, escribirse en paredes y gritarse en marchas. El pedido era “aparición con vida”, una consigna que se gritaba para los desaparecidos de la última dictadura militar, y congregó multitudes para saber qué había pasado con un chico pobre de 16 años. Su hermano, Luciano.
“Soy la mamá de un negro villero que se negó a robar para la policía”, escuchó Sebastián, de boca de Mónica, ese enero y cada enero en adelante, cuando se cumplían años de su desaparición. Y así, fue viviendo este doloroso camino a partir de los 13 años, la misma edad desde la que hoy quieren meter presos a los chicos con el nuevo proyecto de baja de imputabilidad, defendido por el Gobierno nacional y sus aliados. Su recuerdo de esa tardenoche camino a la Plaza del Cañón cobra entonces una triste actualidad, como las realidades que Luciano nos sigue revelando, a 17 eneros de su desaparición.

Racconto de un encubrimiento
Sebastián recibe a lavaca en el Espacio para la Memoria Luciano Arruga. El lugar está en Indart 106, en Lomas del Mirador, y es el mismo chalet donde funcionó el Destacamento Policial N°8, dependiente de la Comisaría 8°, un ex centro clandestino de detención en dictadura conocido como “El Sheraton”, una turbia ironía de los represores. El destacamento fue creado a instancias de un grupo de vecinos nucleados en la asociación Vecinos en Alerta de Lomas del Mirador (VALoMi). Su fundador, Gabriel Lombardo, sigue al día de hoy apareciendo en televisión reclamando “más seguridad” ante cada hecho del barrio. Sin embargo, esa dependencia, en verdad, sólo debía cumplir tareas administrativas porque no tenía las condiciones para llevar a personas detenidas, mucho menos un adolescente menor de edad. Pero allí detuvieron y llevaron a Luciano el 22 de septiembre de 2008, cuatro meses antes de su desaparición. “Vane, sacame de acá porque me están cagando a palos”, escuchó su hermana, Vanesa, que gritaba Luciano cuando lo fue a buscar a ese destacamento. Por ese hecho, en un fallo unánime, el Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Matanza condenó al policía Julio Diego Torales a diez años de prisión por torturas físicas y psicológicas.
Familiares y Amigos de Luciano, la organización que encabezó la lucha todos estos años, logró también que ese destacamento se cerrara, aunque la Municipalidad de La Matanza, entonces encabezada -al igual hoy- por el intendente Fernando Espinoza, lo trasladó al predio Monte Dorrego, a tan sólo unas pocas cuadras. Para la familia, Espinoza y Daniel Scioli, el entonces gobernador bonaerense –antes peronista, hoy reconvertido libertario–, son los principales responsables políticos de la desaparición del joven.
La expropiación del destacamento la consiguieron con acampes, radios abiertas y festivales multitudinarios. Allí abrieron un espacio para la “memoria social y cultural” de Luciano, que está pronto a comenzar sus jornadas de apoyo escolar para el barrio. “Queremos llenar de vida este lugar”, cuenta Sebastián, entusiasmado.
Tras la detención de Luciano en septiembre del 2008, el hostigamiento y el verdugueo policial se acentuaron al punto de que el joven ya tenía miedo de salir de su casa. El 31 de enero de 2009, Luciano no volvió más. Según testigos, lo subieron a un patrullero y lo llevaron a la comisaría. La familia inició una denuncia en el fuero provincial que luego pasó al federal como “desaparición forzada de persona”.
Cinco años y ocho meses después, el 17 de octubre de 2014, y tras presentar un nuevo hábeas corpus, la familia encontró el cuerpo de Luciano enterrado como NN en el Cementerio de la Chacarita.
Según la reconstrucción, había sido atropellado en la madrugada de ese mismo 31 de enero luego de intentar cruzar –con ropa que no era de él– la General Paz por el medio, un lugar imposible siendo que la avenida tiene sus cruces peatonales. Herido por el atropello, Luciano fue trasladado en ambulancia al Hospital Santojanni, donde murió. Fue inhumado como NN, pese a que la familia de Luciano salió desde el inicio a denunciar su desaparición. La lupa de la familia se posaba sobre la Bonaerense, y luego la investigación les dio la razón: la persona que lo atropelló declaró que esa noche había visto una camioneta doble cabina sobre la colectora de la avenida. El conductor también dijo que Luciano “corría desesperado, como si estuviera escapando de algo”. Nunca se profundizaron estas líneas de investigación.
La autopsia de Luciano estuvo en el expediente desde 2010 pero ningún juez ni fiscal a cargo de la causa la vio. En cambio, pusieron la lupa en el entorno familiar. La fiscal Roxana Castelli derivó la investigación en la propia Bonaerense denunciada, incumpliendo el reglamento de la Procuración provincial, y el juez Gustavo Banco y la fiscal Celia Cejas pincharon los teléfonos familiares 15 veces, durante 1 año y 6 meses. Por ello, hace 12 años que Mónica y Vanesa iniciaron un pedido de destitución de estos tres funcionarios. Ni el jury ni la causa por la desaparición tuvieron avances ni detenidos.
Palabras como negligencia, desorden burocrático, desidia o complicidad estatal son pocas para describir la impunidad que se construyó en torno a la causa de Luciano Arruga, en un país que evidenció, aún con 30.000 desaparecidos, la inexistencia de herramientas estatales para la búsqueda de personas desaparecidas.
Por eso, la familia afirma: “Lo mató la policía, lo desapareció el Estado”.

A través de Luciano
Sebastián, aquel niño de 13, hoy tiene 30 años. Trabaja en un vivero en Ramos Mejía y está por anotarse en las últimas materias para terminar el secundario. Hace pocos años que su voz se sumó a las de su mamá y su hermana para mantener viva la memoria de Luciano. Por eso accede a hablar con lavaca, y dice: “Hay algo muy tremendo que pasa cuando empezás a entender lo que es un desaparecido. Hace poco la pandemia se llevó a un montón de personas, pero a un amigo le podés decir: Che, tu abuelo está ahí, descansando. Lo viste, estuviste con él. Para nosotros, todos esos años fueron de un proceso de no poder darle nunca ese descanso, porque no lo tuvimos y hubo que aprender a lidiar con eso.
Se te viene la frase nefasta de Videla: No está ni muerto ni vivo, está desaparecido. Es una mierda, porque es verdad. No teníamos forma de cerrar un ciclo.
Por eso conseguir este espacio fue un hito, tenerlo para la lucha, darse cuenta que esto no era una problemática social, sino que abarcaba una problemática política más grande. Particularmente, con 13, 14, 15, 16, 17, 18 años, empecé a darme cuenta de que todo era parte de un problema sistemático: Luciano no era el único, no sería el último, y tampoco había sido el primero. Fue un camino de militancia entender eso. Y atravesar la adolescencia así. Fue muy groso ver a mi mamá y a Vane que supieron entender qué había detrás. No somos una familia que haya venido de la militancia. Mi abuela vino de Corrientes, del campo, con una mano atrás y otra adelante. Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad, porque le gustaba la música, era hincha de River, estudiaba, alguna vez se enamoró. La lucha fue un simple acto de humanidad. Creo que por eso también se acercó tanta gente. Incluso hoy. A 17 años no tenemos una verdad concreta, una justicia absoluta de lo que pasó con Luciano. Seguimos reclamando el derecho a la verdad y a saber. Seguimos preguntándonos qué pasó. Es un hecho que sigue siendo doloroso, pero lo interpelamos desde otro lugar, proyectando cosas buenas, ideas para el espacio, para brindar oportunidades a los chicos del barrio”.
Sebastián dice eso y mira las calles del barrio con preocupación: “Veo con urgencia que están queriendo aprobar la baja de imputabilidad. Llegué a escuchar gente que pedía la baja hasta los 12 años. Podemos, si querés, meterlos desde que tengan chupete, pero sacame una ley para que eso se revierta porque en diez años, si no, vamos a tener a todos los pibes presos. No estás ofreciendo otro camino para que los jóvenes no delincan, para que no se metan en el narcotráfico. Los 13 es una edad donde el pibe está forjando su vida, pero hoy está atravesado por toda una falta de instituciones hasta llegar, finalmente, al penal”.
¿Qué ves que cambió de hace 17 años a hoy?
Lo narco avanzó mucho, y conseguir un arma es súper accesible. Pareciera que estamos en Estados Unidos, como si la compraran en WalMart. Hay muchos pibes con problemas de adicción, falta de contención, una población hecha mierda, otra pidiendo justicia, alguna gente que hace la diferencia y otra en situaciones cada vez más marginales.
Sebastián trae el caso de Uriel Giménez, el chico de 12 años asesinado por la policía en medio de una persecución en Tres de Febrero. Por las redes se viralizaron fotos de Uriel con un arma, lo que trajo una cloaca de comentarios estigmatizantes: “Siento que el eje de la lucha se perdió. No pasa por si somos más de izquierda o de derecha, sino entender que un chico de 12 años no tendría que estar en esa situación. Hoy llega más rápido el narcotráfico y la delincuencia a la puerta de tu casa que el asistente social. No es azar, estamos en una sociedad muy individualista, carente de valores y necesidades. Antes la maestra podía hacer un acompañamiento, pero hoy tiene que agarrar tres turnos para cubrir un alquiler que le vale el doble que cuando empezó a alquilar. A la abuela de ese chico, posiblemente, ni siquiera le alcanza lo que tiene para ir al súper. Vivimos en el medio de un montón de violencias institucionales que terminan encadenando hechos represivos”.
Lo que decís de Uriel me hace acordar a Santiago Beltrán, un chico de 15 años asesinado por una Policía de la Ciudad en Moreno. Las coberturas mediáticas y sus comentarios festejaban la muerte de un delincuente. ¿Cómo damos vuelta esa crueldad?
Hay que conectar con el de al lado, pensar qué pasó con este vecino, en vez de mirarlo por las redes, que te queman las neuronas. Hay que recuperar el contacto físico de acercarse al vecino. ¿Qué hubiese pasado acá si los vecinos decían lo que pasaba en este destacamento? Tendríamos que volver a las raíces, como comunidad, juntarnos para denunciar hechos violentos e institucionales. Que sean los vecinos los que se pregunten por qué en la escuela del barrio dejaron de ir 10 pibes. Uno, porque nos vuelve más empáticos. Dos, porque nos conecta con el otro. Y tres: porque es entender el barrio en el que vivimos.
Familiares y amigos recordarán a Luciano este 31 en el espacio con una radio abierta, a partir de las 16.30. Piden a quienes se acerquen que traigan como donación alimentos para la merienda y útiles para las jornadas de apoyo escolar que están por comenzar.
“No sé si encontrar a Luciano me dio justicia o paz, a mí lo que me da paz es esto”, dice Sebastián, señalando el espacio, y completa: “Saber que hay un lugar para la contención de los pibes, para que puedan venir a hacer una huertita, hacer una murga, hacer música. Que sepan que hay un lugar en el barrio donde se puede pensar la vida. Queremos enfocarnos a que haya infancias y juventudes. A transformar el dolor en más risas. A salir del negacionismo y del individualismo que plantea día a día esta sociedad. Los pibes no son lo que nos dicen, no nacieron así. Queremos otro camino para las juventudes. Y, acá, tienen ese espacio”.
Nota
Mariano Magnifico: Actor, bailarín y examinador del lenguaje
Utiliza las redes para difundir ideas sobre cómo hablamos para hacer pensar y reír, pero también para «tejer comunidad» a través de discursos. ¿Educador o performer? Las malas palabras, el shock, la literatura y su marca «Hablen bien, forros»: vida y obra de este joven multidiplomado que estudió Letras y hace temporada en Mar del Plata.
Por Carlos Ulanovsky
Actor, músico (completó la tecnicatura en canto en el conservatorio Manuel de Falla), figura del teatro musical, Mariano Magnifico (sin tilde) es licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, tiene una maestría en Sociología de la cultura por la Universidad de San Martín y está a una materia de recibirse de filósofo.
Nunca se rindió porque, una vez, medio en broma, bastante en serio -y también siguiendo una inequívoca tradición familiar: padres y hermanos docentes – el bailarín (discípulo de Elizabeth de Chapeaurouge) sacó a bailar a la forma de hablar de los argentinos.
El performer se convirtió en comunicador, el dramaturgo y productor devino en un original examinador (algunos ya le endilgaron el hoy inevitable título de influencer) de la lengua”.
En Instagram y TikTok más de 700 mil seguidores consultan sus instrucciones. Pero, avisa, también está identificable en todas las redes con su nombre y apellido: Mariano Magnifico, sin tilde.

Foto: @brunogreppi
Mal hablados
Una vez, explicando las diferencias entre sino y si no, se desayunó con la sorpresa de que su explicación se había vuelto masiva, o como ahora debe decirse, se viralizó. A salvo del virus, la fuerte repercusión lo enfocó en la nueva tarea.
No solo lo ponían de la nuca el uso inadecuado de ciertos términos (“Si tendría” o “Si podría”, ilustra) sino que, en alguna ocasión, explicando con glamour y documentación que “había un hacia con h y con c y un Asia que es escribe con mayúsculas, que lleva s y es el nombre de un continente”, cayó en la cuenta que entre el lenguaje cotidiano y él había algo personalísimo.
La coloquial frase de presentación – “Hablen bien, forros”- se convirtió en el 2022, post pandemia, en el libro La divina lengua (editado por Galerna); luego en un unipersonal que sigue representando; y más adelante en un canal de YouTube por suscripción, por el momento gratuito.
No admite que esta nueva actividad que desarrolla con esmero y conocimiento sea su lado B. “Soy todo Lado A e intento compartir con el público lo que tengo”, dice quién sigue en plena actividad artística. En años recientes integró los elencos de La selección musical y Benito de la Boca; de Teresita, una vida de mierda y de Kinky Boots; de Al bárbaro le doy paz, tributo a canciones de María Elena Walsh y de Pretty Woman en donde personifica a un celebrado recepcionista de hotel.
Es posible imaginar que todo pudo haberse iniciado por ser el portador de ese pedazo de apellido, original de la región de Molise, en el centro sur de Italia. Con seguridad apellidarse de ese modo no le ahorró explicaciones, o la necesidad ajena de acercarse con chistes como ‘¿Cuándo vas a Mc Donald’s comés la Mcnífica?’.
Lo magnífico de su Magnifico es que no lleva acento y proviene del verbo magnificar que, de acuerdo a un diccionario confiable, significa “engrandecer, alabar, ensalzar”. Una vez más aclara: “Mi apellido no lleva tilde, según la teoría, porque la tilde no existe en italiano. Pero yo creo más bien que es por la poca ortografía que tenían los trabajadores que anotaban a los inmigrantes”. Se ataja y afirma: “No me considero un educador. Ni a mí mismo me educo. Me cuesta decir que soy especialista en algo. Mi vida fue siempre una chicha y limonada a la vez. A partir de La divina lengua los senderos bifurcados se unificaron en una sola locura”.
Rechaza la presión de los saberes consagrados: “En lugar de erudito, soy eructito”. Relativiza: “Vivimos en una sociedad del shock y el lenguaje es representativo de ese modo de vida”. Lo cierto es que ahora no solo gasta zapatos sobre escenarios cantando, bailando y haciendo morisquetas, sino que sube a ellos para ofrecer charlas, talleres y presentaciones personales.
A la manera de los renacentistas del siglo 16 interesados en distintas disciplinas, Mariano es un representa siglo 21 de esa corriente. En el invierno de 2024 estrenó en el San Martín la obra Instrucciones para un mundo posible, una dramaturgia inspirada en la literatura de Julio Cortázar. Actualmente sigue trazando líneas de investigación para la cátedra de Literatura Francesa cuyo titular es Walter Romero y para el Instituto Artes del espectáculo que lidera Jorge Dubatti. Como si fuera poco sumó experiencias como coach vocal, co condujo programas de radio y escribió ensayos que publicaron distintas revistas culturales.
Malas palabras
Allí se lo ve en pantalla actuando animados y coloridos cortos a los que, con mucha solvencia, guiona, filma, edita e interpreta. A la manera de un locutor de informativo, con una botella como micrófono relata. Un ejemplo: “Terrible accidente en la autopista. Hubieron cinco damnificados. El verbo haber es un verbo impersonal, que quiere decir que solo se conjuga en su tercera persona del singular…De paso cañazo se escribe así (sobreimprime la palabra “haber”). Una de las formas del pretérito es el famoso “hubo”, que tantos problemas nos trae. Entonces, decimos “hubo un accidente” o “hubo muchos accidentes” …Pero qué, entonces ¿el hubieron no existe? Claro que existe: se usa estrictamente cuando viene acompañado de un participio”.
Del mismo modo, en otros recortes se mete a explicar las diferencias del verbo poner o los usos correctos de los sustantivos patronímicos.
En un recordado congreso internacional, Roberto Fontanarrosa reivindicó a la palabra “pelotudo”, como una de sus “malas palabras” preferidas “por su imbatible sonoridad”. En sus videos Magnifico no las evita. Ya el “Hablen bien, forros” es un slogan duro pero difícil de reemplazar “o cuando se interroga ¿por qué hablamos tan para el ortográfico?”.
También cuando canta La milonga de las porongas (en co autoría con Ernesto Biasotti) o al informar que “todas las palabras que terminan en culo llevan tilde”.
Cuenta que algunos docentes le dicen que sus videos son excelentes, pero como tienen malas palabras no los pueden compartir con los alumnos. Opina: “Yo los escucho y les digo, no te preocupes, los chicos también las dicen. Y ustedes, los maestros, también”. Sigue: “A mí me gusta Forro. La F, la O, la doble R, toda esa composición la vuelve genial. En el libro le dedico una sección a las malas palabras. Las reivindico. Son geniales, territoriales, nuestras. La mejor traducción de la emoción en palabras”.
N del R: No solo es una cuestión de infancias. Tenemos un presidente de la nación que con demasiada frecuencia apela a las llamadas malas palabras para retar a quiénes no pensamos como él. Y ni hablar de algunos encumbrados funcionarios que llegaron alto a pesar de su muy reducida dotación de palabras.

Foto: @brunogreppi
Tejer comunidad
Magnifico seguirá actuando. Lo espera una temporada en Mar del Plata, que alternará con su propio unipersonal y el cuidado de su trío vocal, las marplatenses de Vox Popurri.
En otros tiempos, para ganarse la vida, ofició de estatua viviente, cantó cumbia, se metió dentro de un disfraz de conejo de pascua para una promoción y cantó a la gorra recorriendo algunas ciudades de Italia (“Fue un enorme entrenamiento. Creo que jamás habría podido hacer mi unipersonal si no hubiese sido por esa experiencia”). Pero no solo eso: ahora es, también, como su abuelo Sebastián, natural de Tortorici, Sicilia, ciudadano italiano. “Uno tiene una lucha personal para que las personas puedan usar la lengua en función de la comprensión comunitaria, de la escucha, de la opinión. Luchas que tienen muchas e injustas resistencias en estos tiempos”, se plantea quién se propone seguir aclarando aquellos eternos dilemas de gramática, sintaxis y ortografía.
¿Militancia? ¿Intencionada didáctica para intervenir en la batalla cultural? Explica: “Me interesa el lenguaje en general y la construcción de los discursos éticos. La gente está perdiendo la capacidad de desengranar esa trama. ¿Sabías que texto viene de trama, que significa tejido? El propósito es ayudar y hacerlo con humor. Una especie de gesto hacia la comunidad que se sigue haciendo preguntas como ‘¿esto va con v o con b?’ “.
Nota
Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Gabriel González, 45 años, pintor, fue asesinado por personal de la Policía de la Ciudad el jueves navideño en el barrio de Lugano, en un nuevo caso de gatillo fácil que además fue registrado por las cámaras de los vecinos. Gabriel intentó intervenir cuando la policía le estaba pegando a uno de sus hijos. Estaba sin remera, descalzo, desarmado. Lo fusilaron a corta distancia, las imágenes que aquí reproducimos están disponibles y se observa perfectamente quién le disparó. En el barrio sostienen que hubo violencia policial, además, sobre algunos de los testigos, para que hagan el silencio necesario para permitir la impunidad del y los autores.
En la foto de portada se ve a la derecha a Gabriel en el momento en el que es impactado por los disparos policiales.
Además de su trabajo como pintor, Gabriel se dedicó especialmente a la contención de jóvenes con consumos problemáticos. Presentamos la información publicada por el diario Tiempo Argentino, integrante junto a lavaca de la Unión de Medios Autogestivos, un símbolo y una realidad sobre la violencia institucional de estos tiempos.
Amigos, allegados y vecinos de Gabriel González, el muchacho de 45 años que murió en medio de una violenta represión de la Policía de la Ciudad, ocurrida en Navidad en Villa Lugano, marcharon en reclamo de justicia. La familia aseguró que fue asesinado a mansalva y denuncia un nuevo caso de gatillo fácil.

Las lágrimas de Nelly, la viuda de Gabriel González. (Foto: Gentileza Pablo Lecaros)
Nelly, la viuda de Gabriel, aún habla de su marido en tiempo presente. En diálogo con la prensa que se movilizó hasta Cruz y Escalada, en Lugano, donde se concentró la movilización, expresó: “Hace más de 25 años que comparto con él, que vivo con él, que la luchamos, salimos a laburar todos los santos días. Tanto él como yo, salimos a trabajar para tener las cosas que tenemos y lo que pudimos construir. La peleó siempre. No es una mala persona. No se merecía morir de esa forma. Quiero justicia por la vida de Gabriel”.
La mujer recordó que llegó a la escena del crimen cuando a su pareja “ya le habían pegado. Tenía toda la cara ensangrentada. En todo momento traté de pararlo y que no le sigan pegando, porque lo estaban lastimando. Escuchaba cómo lo incitaban a pelear con ellos. Todo el tiempo lo incitaban a pelear. Él estaba enojado y ellos eran cada vez más. Le dieron un tiro muy de cerca”. Nelly también recibió heridas en las piernas y en los brazos.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Entre sollozos, la viuda pidió a sus vecinos que no la dejen sola. “Luchemos. No es la primera vez que pasa algo así. Ellos vienen a matar, no vienen a apaciguar las cosas, a tranquilizar, sea lo que sea que esté pasando. Al amigo de él lo cagaron a palos, lo llevaron a la comisaría y le dijeron que no diga nada”.
La mujer se refiere al amigo de Gabriel que en los videos, donde quedó registrada toda la secuencia, se advierte que intenta calmar a la policía. Gerardo, el hermano de la víctima, también mencionó “al muchacho que se llevaron preso, lo golpearon y lo amenazaron que lo iban a matar, le dijeron que conocían a su familia y a su casa. Para que no declare”.
Según pudieron reconstruir, el amigo de Gabriel fue liberado de la Comisaría 8A a eso de las 5 de la madrugada de este viernes. “Le aflojaron todos los dientes, le pegaron en las costillas entre el policía que disparó y había otro peladito. Todo para encubrir la cagada que se mandaron ellos”.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Por su parte, la abogada de la familia, Romina Ávila, precisó que “cuando le tiran a Gabriel, le tiran estando totalmente desarmado, indefenso y a una distancia prudencial del personal. Esto quiere decir que en ese momento no estaba agrediendo al personal. Tampoco se puede argumentar que hubo un exceso en legítima defensa, es lo que nosotros llamamos gatillo fácil”.
La asesora de la familia señaló en Radio Con Vos que esperan los resultados de la autopsia y las pericias, cuyos análisis preliminares deberían estar para este sábado. “Está documentado que quien dispara es un policía que bajó del patrullero. Tenemos su rostro, imagen por imagen. Ahora a pedido de la justicia, la Policía de la Ciudad, debería identificarlo”, esgrimió.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Gabriel era pintor y solía contener a los chicos del barrio que padecen consumo problemático. De hecho, comenzó con esa tarea social tras un contexto de abuso de drogas por parte de su hijo. “Era una persona humilde, hijo de migrantes, muy pujante, una persona que trabajaba y en ocasiones como esta, un festejo popular, participaba. Lo grave de su conducta ayer fue salir a la vereda a compartir con los amigos, sus vecinos. Es común eso acá. Los encuentros se comparten por más que a ellos no les gusten. Es parte de la cultura”, analizó la abogada.
“Acompañaba a chicos con consumo, porque con su hijo dio una larga lucha por esa misma situación”, añadió Ávila, quien concluyó: “La Policía de la Ciudad sigue deambulando y caminando por acá. Son los mismos policías de la Comisaría Vecinal 8A que ayer estaban tomándole declaración a sus mismos compañeros que horas antes habían ido a herir de muerte a Gabriel. Conviven con nosotros y el miedo es grande y está”.
Respecto a la autopsia, la mujer indicó que los restos fueron trasladados este viernes a las 8 a la morgue judicial y que los resultados «van a ser sumamente clarificadores de lo que creemos y que sostenemos como teoría del caso, que para nosotros se trató de un hecho de violencia institucional. Que no tuvo ningún tipo de defensa, ni exceso en legítima defensa por parte del personal policial».

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
“Mi primo asesinado por la policía era un chico trabajador, nacido acá en el barrio, en la Villa 20. Era papá de Dante y Ángel de 21 y 25 años. Re familiero. En cumpleaños o reuniones familiares él siempre estaba en la parrilla haciendo el asado. Le encantaba compartir, era fanático de la pesca, un arquerazo del equipo del barrio que hace poco salió campeón. Cariñoso, amable, sencillo, solidario. Gabriel era muy valiente, no le tenía miedo a nada”, dijo a Tiempo Oscar Villaverde, primo de Gabriel y docente de la Escuela Técnica N° 13, Ingeniero José L. Delpini de Villa Lugano.
Fue el propio Oscar quien publicó en las redes en la tarde noche de ayer el asesinato de su primo: “Hoy en un forcejeo con la policía tras defender a su hijo asesinaron a quemarropas a mi primo Gabriel González e hirieron de bala a su mujer”.
El video filmado por un vecino dejó en evidencia el asesinato a quemarropa denunciado por quienes fueron testigos del brutal crimen. Se lo ve Gabriel sin remera, defendiéndose de los golpes contra media docena de efectivos policiales que lo golpean sin piedad.
De golpe, uno de ellos saca su escopeta y le dispara. La muerte fue instantánea y uno de los disparos hirió a la compañera de vida del asesinado y a otros vecinos que observaban con asombro la brutalidad policial.

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