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Femicidio de Julieta Riera: una prisión domiciliaria que renueva el pedido de justicia

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El acusado del femicidio de Julieta Riera (24) en Paraná fue beneficiado con prisión domiciliaria luego de pagar una caución de 500 mil pesos. Jorge Julián Christe, hasta ahora detenido en la Unidad Penal Nº1 de esa ciudad, esperará el juicio a resguardo en la casa de su madre, una ex jueza de Entre Ríos. Está imputado por golpear y por tirar a Julieta desde un octavo piso. La voz de la mamá de la joven. El contexto de violencia machista. Y la movilización social para que el caso no quede impune.

Femicidio de Julieta Riera: una prisión domiciliaria que renueva el pedido de justicia
Julieta tenía 24 años y estaba terminando materias del secundario para empezar abogacía.

Por Lucrecia Raimondi

La prisión domiciliaria de Jorge Christe la dispuso esta semana la vocal de Juicios y Apelaciones Nº1 de Paraná, María Carolina Castro, en una audiencia que definió en qué condiciones de arresto Christe será juzgado por “homicidio triplemente agravado por el vínculo, alevosía y violencia de género” por la muerte de la joven de 24 años que era su pareja.

Cuenta Ana Brugo, la mamá de Julieta, que vivían juntos hacía un año y medio en San Martín al 300, en una de las dos propiedades que tiene la ex funcionaria judicial en el octavo piso de ese edificio, a pocas cuadras de su casa, en pleno centro de Paraná. Ellos habitaban el que da a la calle peatonal, con balcón cubierto al frente; el femicidio ocurrió en el otro inmueble del mismo piso, que tiene un balcón sin protección que da a un pulmón de manzana. La investigación indica que la madrugada del 30 de abril Christe golpeó a Julieta y la arrojó al vacío.

Desde que empezó a salir con él, Ana notó que Julieta se aisló de sus amigos y al principio un poco de ellos. También que se puso más reservada con su vida en convivencia. Pero nunca pensó que Julieta podría sufrir violencia y menos que sería asesinada por su pareja. Ana todavía no sabe con certeza qué pasó esa noche, dice que está esperando los resultados de criminalística y que confía en el trabajo de su abogada y de la fiscalía.

La noticia de la prisión domiciliaria, Ana y su familia la tomaron con mucho dolor y tristeza. “Él tendrá sus derechos pero a mí no me cabe ninguna duda, porque soy su mamá, que no fue un accidente”, aseguró a lavaca. “Ella tenía sus proyectos, estaba terminando las materias del secundario porque quería estudiar abogacía el año que viene”.

El caso

El 2 de mayo, el juez Mauricio Mayer dictó la prisión preventiva de Christe por 60 días en la Unidad Penal Nº1 de Paraná, luego de que el fiscal Ignacio Aramberry lo imputara por “homicidio triplemente agravado por el vínculo, alevosía y violencia de género”. Ese plazo se venció el 28 de agosto y la jueza Castro finalmente dio lugar al pedido de la defensa y decidió que continuara detenido con prisión domiciliaria en la casa de su madre.

Jorge Julián Christe, de 31 años, hijo de la ex camarista de Paraná María Victoria Stagnaro, se abstuvo de declarar la primera vez frente al juez Mayer. Sus abogados defensores habían solicitado la prisión domiciliaria con una tobillera, a cumplir en la casa de su madre, pero esa primera vez el pedido fue rechazado. La noche del femicidio, Christe manejó su moto hasta la casa de la ex jueza. Después, a la comisaría en el centro de la ciudad y denunció que su novia se había caído. En ese momento fue revisado por los médicos: su cuerpo tenía signos de pelea.

El fiscal Aramberry presentó al juez Mayer los resultados de la autopsia que realizó el Cuerpo Médico Forense: María Julieta, entre las 2:20 y 2:50 de esa noche, sufrió maltrato físico y falleció por los golpes al caer de un balcón a 19 metros de altura.

En la primera audiencia de instrucción, el representante del Ministerio Público Fiscal relató: “Jorge Julián Christe le dio muerte a su pareja María Julieta Riera, con quien convivía en un vínculo caracterizado por la violencia de género, habiéndola sometido a maltrato físico, agresiones sexuales, daños a la propiedad y agresiones psicológicas. Para producir su muerte, Christe agredió físicamente a Riera y le comprimió manualmente el cuello hasta dejarla en estado de inconsciencia. Aprovechando ese estado, y sin ningún riesgo para sí, la arrojó con vida desde el balcón”.

No están solas

María Elena, de la Asamblea de mujeres, lesbianas, travestis y trans de Paraná, que sigue el caso de cerca, entiende que la domiciliaria de Christe responde a que la jueza consideró garantías procesales porque la querella no pudo demostrar que había peligro de fuga ni que el acusado podría entorpecer la investigación. Pero que pasados 120 días de prisión “la fiscalía debería tener suficientes pruebas al respecto”.

María Elena analizó con sus compañeras esta medida en comparación con otros casos. Lo que encontraron: “Nosotras señalamos que esas garantías deberían estar al alcance de cualquier persona acusada por un delito y no se aplican. Entonces parecería que se trata de que ciertos sectores de la sociedad pueden acceder a garantías y derechos que otras personas no. Por ejemplo no se hizo igual tratamiento al femicida de Fátima. Lo que se deja ver desde el Tribunal de Entre Ríos es la faz clasista que poseen algunas determinaciones”.

El posicionamiento de la Asamblea es claro en ese sentido: “No queremos un sistema punitivo en donde haya personas presas sin condenas. Pero deja mucho que pensar este caso, porque determinaron una caución de 500 mil pesos a alguien con mucho poder adquisitivo y dejaron en custodia del mismo a la ex jueza, madre del imputado, a quien él mismo fue a ver antes de llamar a la policía a horas de la madrugada cuando sucedió el femicidio de Julieta”.

Cuentan que las versiones de Christe cambiaron con las horas. Primero dijo que estaban jugando a las escondidas y que fue un accidente. Después dijo que ella se tiró sola. Y la primera versión de él fue que la mamá de Julieta es la que se había tirado. “Teniendo a su madre como ex jueza de la provincia, entendemos y sabemos por otras fuentes que ha tocado todos los contactos dentro del sistema judicial. De hecho buscó peritos en Buenos Aires y Concepción del Uruguay que le han dicho que no porque era muy evidente el femicidio”, revelan integrantes de la Asamblea y aseguran “Julieta está muerta, la mató Christe”.

Femicidio de Julieta Riera: una prisión domiciliaria que renueva el pedido de justicia

Sin perspectiva

Andrea es trabajadora social.Junto a otras profesionales de la Asamblea, acompaña situaciones de abuso y violencia. Entiende que el sistema judicial de Entre Ríos “es misógino y hacen manejos con un grado de impunidad asqueroso”. Afirma que la Justicia entrerriana no tiene perspectiva machista porque ha visto cómo pasan situaciones en que la víctima pasa a ser victimaria y no se la reconoce como sujeta de derechos: “Las instituciones están viciadas, son súper machistas, lo vemos cuando acompañamos a las mujeres a hacer denuncias por violencias de género, les siguen haciendo las preguntas como ‘¿vos qué hiciste para que se enoje?’. Sentimos que hay un atraso total en ese sentido, falta la perspectiva de género en todas las dependencias y en todos los niveles. Así que estamos muy preocupadas y asustadas porque le puede pasar a cualquiera. Sabemos que en la pandemia aumentaron las situaciones de violencia con intentos de femicidio y está todo muy tapado”.

“Nadie se hizo cargo de lo que reclamamos cuando hicimos la acción directa de la vigilia en Tribunales el 8 de marzo. Ni el fiscal -Leandro- Dato que es el responsable de la Fiscalía de Género de Paraná ni ningún otro funcionario de Paraná ni provincial, tampoco la Policía. La Justicia no actúa con perspectiva de género, sigue beneficiando al ‘macho alfa’, como dice Rita Segato”, manifiesta Andrea sobre la vigilia que se hizo pidiendo justicia por Fátima Acevedo, caso emblemático que movilizó a toda la comunidad y sobre el que la Asamblea denuncia que desde la Justicia taparon pruebas e información respecto a ese femicidio, además de haberla desprotegido.

Andrea asegura que van a realizar acciones pese al riesgo, advierte, de caer detenidas: “Es un contexto bastante hostil pero queremos repudiar el accionar del sistema judicial entrerriano porque estamos muy preocupadas”.

Suma su mirada María Elena: “El poder judicial sigue sin tomar nota de la gravedad de los hechos. Nos vamos encontrando con situaciones que aparecen como desbordantes pero que connotan desde que perspectiva se está ejerciendo el rol de un poder que debiera ser el resguardo que tenemos las personas para garantizar justicia”.

La calle como escenario

Si la Justicia no actúa, en las calles se denuncia a los responsables. “Parecería ser que ante la exposición publica un poco se mueven las cosas, permite visibilizar lo que sucede. Por eso conlleva a que un poder con tantas oscuridades se sienta incomodo ante la mirada atenta de la sociedad”, entiende María Elena y cree que “lamentablemente muchas cosas no han cambiado en estos casi 40 años de democracia”.

Entonces propone una línea que une y potencia las batallas que históricamente se dan en la calle: “La lucha del feminismo por un mundo más justo incluye a todos los derechos humanos, incluye los derechos por la soberanía de nuestros propios cuerpos, de una vida libre de violencia, de ejercer con libertad los proyectos de vida que cada una de las personas decidamos encarnar, en donde la distribución de la riqueza deje de ser una consigna, en donde se replanteen otros modos de producción y reproducción de la vida y que no pongamos en vilo al planeta y el medio ambiente. Estamos luchando por, y armando junto a otres un mundo feminista con otra política, otra ciencia, otra economía, otras palabras, otros gestos para habitar nuestros cuerpos en otras relaciones. Porque como bien manifestamos en todas las marchas, nos mueve el deseo de cambiarlo todo”.

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Residencia (A)narcocapitalismo y cuerpos sociales: puesta en escena

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Un espacio de formación, experimentación y creación impulsado por el Observatorio Lucía Pérez que permitió el intercambio de disciplinas, lenguajes, miradas, culturas, realidades y contextos. Con el apoyo de Iberescena, durante una semana compartimos teorías y prácticas con expertas en entrenamiento sensible del cuerpo colectivo: Avelina Rogel de Ecuador, Federica Folco de Uruguay, y Susy Shock de Argentina. – Video: Bruno Ciancaglini

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La escena del crimen: murió la tercera de las cuatro víctimas del incendio de Barracas

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Este domingo 12 de mayo falleció Andrea Amarante (42 años), con el cuerpo quemado en un 75%. Era la tercera de las víctimas del incendio provocado en Barracas, Buenos Aires, hace una semana. El domingo pasado Justo Fernando Barrientos incendió la habitación de un hotel de la calle Olavarría al 1600 donde vivían cuatro mujeres, vecinas suyas. Pamela Cobas, 52 años, murió el lunes. El miércoles falleció Mercedes Roxana Figueroa (52) y Andrea hoy. Sofía continúa internada. Barrientos intentó suicidarse cortándose el cuello con una sierra: también fue internado pero apenas le dieron el alta quedó detenido. Lavaca estuvo en el lugar tratando de reconstruir lo que ocurrió. Las voces de los vecinos y vecinas y de la dueña del hotel.

Texto Francisco Pandolfi.

Afuera no quedan rastros de lo que pasó el domingo rozando la medianoche. Ya no hay consigna policial. Ni conmoción ni medios de comunicación.

La puerta de calle –de chapa, bordó, gastada– está cerrada. De un lado, una persiana de metal amarrada entre cables. Del otro, las persianas abiertas de par en par: si no fuera por Juan, el vecino que desde su habitación trabaja arreglando ropa, daría la sensación que este hotel familiar estuviese totalmente abandonado.

Olavarría 1621, Barracas, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

La escena del crimen: murió la tercera de las cuatro víctimas del incendio de Barracas

Así quedó parte de la habitación quemada.

Allí Justo Fernando Barrientos, uno de los inquilinos del hotel, prendió fuego la habitación donde vivían dos parejas de mujeres. La investigación judicial reside en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N° 14, a cargo de Edmundo Rabbione. Pamela Cobas, de 52 años, falleció por las quemaduras el lunes en el Hospital del Quemado. Mercedes Figueroa murió este miércoles 8 de mayo y Andrea Amarante hoy, una semana después. Sofía, internada en el Penna, está fuera de peligro. Justo Fernando Barrientos intentó suicidarse, lo internaron en el Argerich y luego quedó detenido por la Policía de la Ciudad.

Juan acepta hablar con lavaca. Cuenta que vive en el hotel desde hace 22 años, que siempre la debió remar un montón: muestra los callos de la mano para acreditarlo. Cuenta que vivió un año en el Parque Lezama, que se la rebuscó trabajando toda la vida, que mucho tiempo fue mantero y otras muchas, también, fueron las veces que terminó en un calabozo porque la policía le quería sacar su poca mercadería. Y que cuando no había nada que vender, se tomaba el tren Roca en Constitución, hasta Glew, donde se colgaba de los árboles, cosechaba eucaliptus, laurel y romero, y con ellos hacía ramitos que ofrecía para parar la olla.

Dice que ahora la cosa está muy jodida. Que vende en la feria de la calle Patricios. Que hasta hace una semana pagaba 50 mil pesos la piecita, pero que el viernes pasado le aumentaron a 60 mil. Y está enojado, también, porque el mismísimo lunes, un puñado de horas después del incendio, el yerno de la dueña pasó a cobrar y le pidió 70. “Acá no tenemos agua caliente; me tengo que bañar calentándome una ollita. ¿A vos te parece? Tampoco tenemos luz en los baños ni en la cocina, que son compartidos”.

Juan dice que conocía sólo de vista a las chicas y a Justo Fernando Barrientos; que nunca había escuchado ningún problema, y que estaba durmiendo cuando pasó lo que pasó. Y también me aconseja, cuando lo ve venir a Eduardo: “ahí está el encargado; hablá con él”.

Mientras abre la puerta, Eduardo se presenta como un “changarín” que trabaja como pintor “y de lo que haga falta”. Tiene 59 años bien disimulados y vive en el hotel desde el 2016, a cambio de la limpieza y la mantención del lugar. “Estamos muy mal económicamente; los precios en el supermercado no bajan y hay que dejar de comer; o elegir cuándo hacerlo. ¡Andá a comprar un litro de aceite hoy! Para vivir hay que gastar diez lucas por día, ¿y quién tiene esa plata?”.

Contextualiza la trama social del hotel: “Lo habita gente trabajadora y también que está en la indigencia; que vivía en la calle y se viene acá porque no es un alquiler caro. Por esta zona hay cada vez más gente en situación de calle, porque no hay laburo”. Sigue: “Todo se está poniendo más bravo. Lo veo en mí y en el resto: para que alcance, hay que levantarse más temprano y volver más tarde de hacer changas. En el hotel somos todos pobres, y ni trabajando a full llegás a fin de mes. Está jodida la vida”.

¿Percibís una relación entre el crimen y el contexto? “Sí, claro. La violencia sucede a raíz de lo que nos pasa a nivel social. Trae un montón de problemas el cómo vivimos. Este es un barrio tranquilo, este hotel es un lugar tranquilo para dormir, aunque ahora aparecen un montón de notas diciendo mentiras sobre lo que pasaba acá adentro”.

La escena del crimen: murió la tercera de las cuatro víctimas del incendio de Barracas

El baño al que llevaron a las chicas quemadas: “Se pusieron abajo de la ducha, pero ya estaban muy incendiadas… muy incendiadas; sin pelo ya”.

¿Por qué Justo Fernando Barrientos hizo lo que hizo? “Yo no sé lo que pasó. Nunca había escuchado una discusión entre ellos. Con él y las chicas mi relación era hola y chau. A él siempre lo veíamos andar en bicicleta, y hace dos o tres meses me llamó la atención que no la tenía y entonces le pregunté; me dijo que estaba mal porque se la habían robado en Pompeya. Hace changas, creo que es plomero”.

Se abre la puerta y María Rosa, la dueña del hotel, está sentada en uno de los escalones por los que se entra. Grita (me grita): “¿Vos querés saber qué pasó? Yo te voy a contar lo que pasó, porque acá todo el mundo viene a preguntar, pero nadie viene a traer soluciones”. María Rosa tiene 89 años, un crucifijo enorme en el pecho y la tonada gallega. “Hasta me hicieron una denuncia ahora, ¿vos podés creer? Algunos me deben 7, 8 meses de alquiler y encima me denuncian a mí, diciendo que no andaban los matafuegos cuando tengo todo en regla. Eso me tenés que venir a preguntar, que tuve que comprar unos materiales y ni le pude pagar a la señora de la ferretería, que me conoce y me fío; que estoy esperando que me paguen un alquiler y con eso pagarle al plomero que está haciendo arreglos”.

Después del inicio catártico, pregunta qué medio de comunicación es el que ahora está sentado a su lado. Y asegura: “Yo le digo toda la verdad. Hay que ver más allá del incendio; lo que pasó fue una desgracia. Porque yo le voy a decir una cosa, las dos chicas…”. La charla se interrumpe. Y María Rosa empieza a darle explicaciones, sin que se las pida, a la señora rubia que acaba de pararse frente a ella. “Ya estoy arreglándolo doñita, ¿le cayó agua?”. La mujer, de cuarentilargos o cincuentipocos, le responde con respeto, como si acabara de tomarse un sedante, o de apretar el freno de mano, para no mandarla a la mierda:

–No, no. Hace más de un mes que cae agua, pero cada vez más. Había una grieta, y después se hizo otra.

–Ahí está el plomero, ¿quiere ir a ver? Suba, suba pa’ que vea.

–No, no, yo quiero que lo resuelva, porque ya se me arruinó la cocina y me está arruinando todo.

–Lo que pasa es que la gente no me paga. Estoy cobrando 50 mil pesos y la gente no me paga. Me deben 7, 8, 9 meses, no puedo hacer milagros porque tengo que pagar la luz, el gas y el agua, porque si no me cortan y hay gente que sí paga.

–Yo sé que esta semana es complicada por lo que pasó, que por ahí no es momento, pero yo quiero que entienda una cosa: usted tiene sus problemas y yo tengo los míos, y a mí se me está viniendo la casa abajo en aspectos que no son de mi injerencia, que no los puedo arreglar porque están dentro de su casa.

–Sí doña, lo sé; ya lo están arreglando. Entiéndame, doña; no hay plata, la gente no me paga.

La “doña” se va y María Rosa continúa su relato: “Decía que las chicas nunca tuvieron ningún problema, que ellas me pagaban siempre; y el hombre lo mismo, cumplía todos los meses”.

La escena del crimen: murió la tercera de las cuatro víctimas del incendio de Barracas

Así quedó la habitación tras el incendio.

¿Qué pasó la madrugada del lunes? “Yo muy bien no sé; conmigo se comportaban siempre de manera normal, el señor y las chicas. Nunca tuve un problema, nunca. Ni un sí ni un no. Lo que sé es que las chicas dormían de día y de noche estaban levantadas; entonces si usted trabaja de día y quiere dormir de noche, hasta los pasos se sienten, y eso es lo que pasó. En los hoteles pasa esto, se habla fuerte y el hombre se habrá cansado de eso. Se ve que tiró algo inflamable y ahí prendió fuego”.

María Rosa llegó al país a sus 19 años de las Islas Canarias, tiene 4 hijos y hace cuatro décadas compró este hotel “con sangre”, porque el crédito que sacó “tenía unos intereses impagables”. Asocia: “Como los créditos UVA de hoy”. También comenta que las últimas horas estuvo yendo de hospital a hospital para ver a las chicas y al hombre. Cuando le menciono que Pamela murió (hasta el momento de la charla era la única fallecida), que Justo Barrientos la asesinó, me dice que no. Que no puede ser. Pero fue.

En el libro de actas del hotel estaban registradas dos de las cuatro mujeres: Pamela y Mercedes. La dueña sabía que se habían sumado otras dos hacía algunos meses, pero como vivían lejos les daba “lástima” decirles que se fueran. En el registro interno del hotel figura que Justo Fernando Barrientos tiene 72 años.

María Rosa retoma la catarsis: “Acá hay 20 piezas divididas en tres pisos y hasta hace una semana cobraba 50 mil pesos cada una; están todas llenas, algunos me pagan por mes, otros por día. ¿Qué hago yo con esa plata? Este mes lo tuve que aumentar a 60 mil. O sea, 2 mil por día. ¿A usted le parece? Un litro de vino vale eso; un sachet de leche vale eso. ¿Estoy cobrando mucho? Y subí porque este mes vino muy cara la luz, el agua, el gas. ¡Más de 200 mil tengo que pagar de cada impuesto! Si antes pagaba un peso, ahora pago 6; es una barbaridad”.

Se explaya sobre el crimen: “Fue un momento de calentura. ¿No vio lo que pasa en los matrimonios? ¿Y cómo matan a los chicos? Es un momento donde la gente se aparta de Dios y el diablo la toma. Yo creo que pasó eso”. ¿Alguna vez Justo Fernando Barrientos le hizo algún comentario en contra de las chicas? “No, y eso que yo hablaba con él. Él vive en el hotel desde hace seis años; las chicas hace dos. Este lugar es tranquilo; fíjese, escuche; no se siente nada; pero bueno, se ve que de noche había ruido, aunque él nunca me dijo nada”.

¿Alguna vez escuchó que en el hotel discriminaran a las chicas porque eran pareja?

“No, no. Cada una hace de su cuerpo lo que quiere. Mire usted que hasta el Papa lo acepta”. Luego sugiere: “Tenés que hablar con Don Miguel, él fue quien las ayudó a las chicas, que las llevó al baño cuando se incendió la pieza”.

Miguel está en su habitación del primer piso, donde también vivían las chicas y Justo Fernando Barrientos. Miguel lleva puesta una camiseta de fútbol de la Juventus, de Italia. Pide no grabar la conversación y luego va a requerir, acentuando la voz, que esta nota refleje las palabras tal cual las dice. “Yo hablé en una nota televisiva y dije que ellas eran conflictivas y me empezaron a criticar, pero me sacaron de contexto; quise decir que discutían entre ellas. Yo sé que al decir esto van a decir que soy un machirulo. Fernando (lo llama por su segundo nombre) era un tipo que no hablaba con nadie, era educado. Ellas tenían una vida diferente; hacían ruido de noche y llegó un momento que el hombre explotó. No es justificable todo lo que hizo, no tiene perdón de Dios, pero explotó; le agarró un brote psicótico”.

Reitera: “Te pido que lo pongas como yo te lo digo”.

Y arranca su relato: “Eran como las doce y pico de la noche, estaba acostado y sentí como si hubiera explotado una pyrex. Empezamos a escuchar gritos. Para ese momento, Fernando ya había tirado lo que aparentemente fue una especie de bomba; tiró alcohol y salieron las dos chicas quemadas, gritando; con dos vecinos de arriba intentamos apagar el fuego, ayudarlas; las chicas fueron al baño, se pusieron abajo de la ducha, pero ya estaban muy incendiadas… muy incendiadas; sin pelo ya”.

Sigue: “Este hombre subió arriba, con una sierra y se cortó el cuello. Después vinieron los bomberos, la policía y el SAME. Eso es lo que ocurrió, nada más”.

Para usted ¿fue un crimen de odio por la orientación sexual de las chicas?

–No sé el pensamiento de Fernando al respecto.

–¿Alguna vez había tenido un brote similar al que describe?

–No. Que quede claro que no lo justifico: es atroz lo que hizo. Jamás… creo, porque uno nunca sabe cómo puede reaccionar la cabeza de uno, me podría pasar a mí. Es una locura lo que ha pasado.

Miguel, que vive en el hotel desde hace 12 años, dice: “acá vive gente trabajadora” y señala con las manos a distintas piezas: “Jubilado; jubilado; jubilado (se señala); ese muchacho hace delivery; jubilado; ese es vendedor ambulante; jubilado; ese muchacho no sé a qué se dedica; el que entró recién acaba de volver de trabajar y se fue a las 6 de la mañana. Yo soy jubilado, pero tengo que seguir laburando: me levanto a las 4 de la madrugada porque a las 6 empiezo a preparar los paquetes que entrego en el correo”.

Afuera, en la puerta de entrada, no quedan rastros de lo que pasó, pero adentro hay un montón. No sólo en la pieza de las chicas, donde la ropa está apilada en el piso; mojada; quemada. También hay rastros en el estado general de este hotel de paredes descascaradas, de olor a humedad, de servicios básicos que escasean, de márgenes en el centro de un barrio que desde hace años es imán para inversores de proyectos inmobiliarios.

A las certezas de que Pamela, Mercedes y Andrea fueron asesinadas y de que Justo Fernando Barrientos fue quien las mató, le sigue una catarata de dudas: ¿Cuántas capas tiene esta historia? ¿Cuántas complejidades atraviesan al crimen? ¿Qué nos dice esta mansión deteriorada de Barracas, además de decirnos que ellas ya no nos podrán decir? Miguel cree que para entender lo que pasó no alcanza con mirar el horror de esta pieza. Después de aclarar por enésima vez que ponga todo tal cual lo dijo, cierra: “Somos un país sin esperanza, somos una sociedad enferma”.

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102 femicidios y travesticidios en lo que va del año: datos del Observatorio Lucía Pérez

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En lo que va del año el Observatorio Lucía Pérez, primer padrón autogestionado y público de violencia patriarcal, registró 102 femicidios y travesticidios en todo el país. Durante el último mes fueron 13 femicidios y un travesticidio: el de Dámaris Julieth León Guamán, en el barrio porteño de Almagro, 38 años. El asesinato de Damaris generó movilizaciones: fue una de las 118 marchas que se registraron durante el año; practicamente una por día.

102 femicidios y travesticidios en lo que va del año: datos del Observatorio Lucía Pérez

Como resultado de los 102 femicidios y travesticidios se registraron además 65 huerfanxs por femicidios.

Además, en lo que va del 2024, se registraron 75 tentativas de femicidios.

Y llevamos 1174 días preguntándonos ¿dónde está Tehuel de la Torre?

102 femicidios y travesticidios en lo que va del año: datos del Observatorio Lucía Pérez
102 femicidios y travesticidios en lo que va del año: datos del Observatorio Lucía Pérez

No son cifras:es la cartografía de la violencia patriarcal.

El Observatorio Lucía Pérez es una herramienta de análisis, debate y acción creada por Cooperativa lavaca. Se elaboran una serie de padrones que compartimos en la web de manera libre, los cuales comenzaron a confeccionarse en talleres que realizamos con víctimas de violencias, familias sobrevivientes de femicidios, organizaciones sociales y activistas del movimiento trans. Los datos así recogidos, sumados al seguimiento de lo publicado en medios de todo el país, son luego chequeados y precisados con fuentes judiciales y periodísticas.

Todo la información que producimos es de público y libre acceso en en www.observatorioluciaperez.org

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