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Julio Nudler: «¿Qué derecho tenemos a la conciencia?»

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El mismo día en que la organización Periodistas se disolvía, tras la ruptura provocada por un comunicado insostenible en el que afirmaban que Julio Nudler no había sido censurado por Página/12, el propio Nudler relató a lavaca sus dilemas como profesional: ¿qué hacer cuando uno se entera –a través de empresarios, que a la vez son cómplices- de situaciones de corrupción en el gobierno? Las tarifas en los ministerios, la complicidad periodística y la libertad, según uno de los más respetados columnistas económicos.

La cita estaba prevista para las 9.30 en un bar de nombre inquietante: Sálvame María, cerca de Barrancas de Belgrano. A las 9.26 sonó el celular del cronista. Llamaba Julio Nudler desde el tren que lo traía de Beccar:
-Me estoy atrasando. Llegaré en diez minutos. Te pido perdón. Todo esto es un loquero.
A las 9.36 Julio entraba en el café, con una noticia: «A las 10.30 me tengo que ir al médico». Julio tiene un cáncer, pero se le nota también una vitalidad y un entusiasmo que no logran derrotar ni la enfermedad, ni la falta de sueño: «Desde que empezó todo esto hubo noches que no toqué la cama. No es que no dormí: me dormía delante de la computadora. Es raro, escuchás otras cosas. A las cuatro y media de la mañana empiezan a cantar los zorzales. Antes había calandrias. Ya no».
El insomnio se lo debe a la denuncia de censura que realizó Nudler y que se conoció a través de un mail que envió a seis amigos.
-¿Sabés por qué escribí ese mail? Porque me levantaron el Panorama Económico y yo sé que con lo de la enfermedad, esos amigos que son lectores de Página, al no encontrar la nota, se iban a asustar. Y al escribir, fue saliendo todo.
-¿Cómo es su situación actual en Página/12?
-No quiero subrayar el tema de Página porque creo que el diario se estaba suicidando con su postura de alineamiento ciego con el oficialismo. Tan indisimulado que incluso resulta estúpido y contraproducente para el diario, y para el propio oficialismo.
-Eso era lo que expresaba en su mail …
-Pero en Página trabajan una cantidad de compañeros que tienen diversas actitudes frente a la censura que abarca a todas las secciones, desde Espectáculos hasta el suplemento Radar. Los que toleraban mejor esa censura, ahora piensan que yo estoy poniendo en riesgo su fuente de trabajo. Es una conclusión equivocada, porque los que ponen en riesgo la fuente laboral son los responsables del medio, al tomar esa política suicida que ya estaba determinando un gran descrédito, lectores que decían «este es un house organ del gobierno»… Pero bueno, yo quiero recalcar una y otra vez que el problema no es Página/12, sino la falta de instituciones republicanas en este país, con un gobierno que a la vez es corrupto y corruptor, que manipula los medios con todas las armas que tiene a su alcance y con
medios que se dejan corromper para hacer su negocio. Y entre todos traicionan al lector, al oyente, al televidente.
Pero esa es una cuestión que trasciende a Página. Me parece mucho más decisivo para la desvirtuación del periodismo en la Argentina, lo que hace el grupo de Clarín u otros grandes medios que lo que pueda hacer Página, que es un medio marginal. Valioso, testimonial, pero marginal al fin. Yo quiero decir esto, porque uno de los mecanismos para soliviantar y volcar a la gente contra alguien es convencerlos de que ese alguien los está atacando. Esto lo hizo Hitler con los judíos: los judíos nos atacan. Lo hace Bush ahora: decirle a los norteamericanos que hay un tipo llamado Saddam Hussein que los está atacando con armas de destrucción masiva, le granjea inmediatamente el apoyo a la invasión a Irak.
-Porque provoca la reacción defensiva.
-Que es la más peligrosa de las reacciones. Es una reacción asesina. Pasó muchas veces en la historia de los pueblos y se seguirá dando porque es un mecanismo humano, y el que lo sabe explotar consigue lo que quiere.
-Y en este caso el enemigo de Página sería Nudler.
-Claro, la estrategia de Tiffenberg (Ernesto Tiffenberg, director del periódico) y compañía es decir: «Nudler nos está atacando». Eso es peligroso no solo para mí, sino que es gravemente peligroso para el diario y para la idea de que los periodistas tengamos alguna defensa en este país. Porque fuera de tener el derecho de no revelar la fuente, que aparece cuando ya estamos en un juicio o algo así, no tenemos establecidos nuestros derechos en la vida cotidiana. ¿Qué derecho tenemos a la conciencia? ¿Qué derecho tenemos a la libre expresión? No está dicho en ningún lado. El colmo de esto es que una organización como Periodistas considera que lo que me pasó fue un acto de no censura.
Siempre dije que en Página tuve más libertad que en otros medios. No me refiero sólo a la libertad de denunciar cosas, sino en un sentido más amplio. Si yo trabajara en algún gran diario, debería limitarme a escribir sobre economía. Y debería someterme a un cierto estilo de escritura y de códigos al que finalmente se ajustan todas las notas. En cambio en Página pude escribir en las más diversas secciones, desde Deportes a Cultura, con una amplia libertad de estilo. Eso hizo que yo me enamorara del diario, porque es así como me gusta hacer periodismo: no estar todos los días repitiendo la misma nota.
-A las estructuras jerárquicas esas ideas sobre la libertad las ponen un poco tensas.
-Pero yo estoy haciendo una experiencia con La Marcha, unos fascículos y cd’s sobre el primer peronismo, y estoy probándome una vez más algo. Si reunís a un grupo de gente y les fijás como regla de juego libertad plena, creatividad como objetivo fundamental, y ausencia de jerarquías en cuanto a las decisiones, el resultado es fantástico.
-¿Cómo se aplica la ausencia de jerarquías para decidir en un oficio que suele ser tan verticalista como el periodismo?
-Digamos, yo soy el director de la colección. Pero cuando la diagramadora dice «no estoy de acuerdo, me gusta de esta manera», se hace como ella dice.
-Pero eso, Julio, es porque mandan las mujeres.
-No, es porque me subordino porque hay un valor superior en juego. Si ella se sale con la suya, va a seguir siendo creativa. Si yo me salgo con la mía, ella se va a sentir alienada con respecto al producto, ya no le pertenece.
-Es un gran tema de la época, la horizontalidad en los grupos como modo de relacionarse para producir.
-Claro, y del otro modo, ¿qué habría logrado? Nada, salvo achatar el producto. Y la censura es la forma más extrema de autoritarismo. La forma más desalentadora y vejatoria que pueda existir. La consecuencia de la censura y la autocensura está a la vista en diarios como Clarín, con periodistas a los que uno termina juzgando injustamente por lo que sale publicado. Pero esa gente podría hacer un diario espectacularmente mejor, a condición de tener libertad para trabajar, estímulo a la creatividad. No digo que todos sean Maradona. Pero ya sabemos que cuando juntás al mismo equipo de fútbol que te aburrió mortalmente el domingo, los ponés en un potrero y les decís «jueguen como quieran, muchachos», hacen un partidazo. Porque para estar en la Primera, hay que saber jugar, salvo los acomodados por la corrupción futbolística. Y uno dice ¿por qué este tipo no me alegra la vista cuando juega? Porque está metido en un esquema que lo reprime, le quita libertad. Pero en el potrero juegan bárbaro.
-No estoy de acuerdo Julio. Es cierto que en un ambiente de libertad y creatividad la cosa mejoraría. ¿Pero no pasa también que muchos de esos periodistas descansan en echarle la culpa a la empresa, resignándose con mucha presteza a ser obedientes y dóciles?
-Es cierto, y encima ese periodista ni siquiera ve al dueño. En Clarín hay varias napas de jefes. Su lucha, o su resistencia, por usar términos un poco dramáticos, ni siquiera se daría con el dueño, sino con un tercer jefe, con mucho más espacio para discutir. Ahora, ese tercer jefe tiene que estar dispuesto a defender eso frente al segundo, y así sucesivamente. Pero las señales que tiran las empresas en general son de subordinación y valor. Hay otro aspecto en lo que decís que es muy cierto: los periodistas no somos carmelitas descalzas, y muchos colegas hacen su negocio a partir de situaciones como estas. Hay desestímulos que conducen a que el periodista llegue a la conclusión de que los 2.000 pesos los va a ganar haga o no haga, y que es mucho más rentable intentar el cuentapropismo periodístico, comprar un espacio en el cable, conseguir auspicios para ganar plata con eso, con lo cual se transforma si no en un empresario, en un micro empresario. Y deja de ser periodista para entrar en una relación casi necesariamente espuria con las empresas. Y ocurre el caso Aeropuertos Argentina 2000. Si aparece como auspiciante de ese espacio, cosa que ha sido masiva, cualquier noticia que pueda afectar a Eduardo Eurnekián, propietario de Aeropuertos Argentina 2000, va a ser callada. Es decir: Aeropuertos Argentina 2000 no pone esa condición al dar un aviso de 1.000 pesos por mes. Pero es una condición tácita. El que hace el programa sabe que si dice algo que desagrade a Eurnekián, el mes que viene no va a contar con ese auspicio, y dice: hay tantos temas, para qué meterme con Eurnekián.
Fijate un caso notable. La Nación publicó un reportaje a un italiano que empieza en tapa. El italiano dice que el problema en la Argentina es que los ricos no pagan impuestos. Entonces uno piensa que está muy bien que La Nación, que está dirigido básicamente a lectores ricos, aparezca esto. Pero nunca apareció el tema de Eduardo Eurnekián, quien según la AFIP ha denunciado ante la justicia, y es uno de los más grandes evasores de impuestos de la Argentina. No lo digo yo, lo dice la AFIP. Yo he tratado ese tema en Página/12 con la mayor libertad. Pero La Nación no se hizo eco de eso. Uno puede decir que es por celos, porque era mi nota. Pero no. El tema estaba ligado a una noticia sobre unas jornadas internacionales de administración tributaria organizadas por el gremio de la DGI y saboteadas por Alberto Abad, el capo de la DGI, porque él no quería que se tratara el caso Eurnekián, que es muy sofisticado y atrae el interés de los tratadistas internacionales en temas de evasión impositiva. No era una noticia mía. Era un evento objetivo. La Nación no le dedicó una línea, y Clarín tampoco. Entonces La Nación publica lo que dice el italiano sobre que los ricos en la Argentina no pagan impuestos, y a nosotros nos parece bien y valiente que lo publiquen. Pero cuando hay un rico concreto, ahí no.
-Es más fácil indignarse en abstracto, que denunciar casos concretos.
-¿Pero ahí está el gobierno de por medio? No. ¿Le podemos echar la culpa a Alberto Fernández? No. Ahí es cuestión de que una gran empresa no le pisa la manguera a otra.
-El suyo, ¿fue un acto de censura?
-Obviamente el acto de censura existió. Venía soportando actos de censura en forma de supresión de párrafos en notas mías, o la supresión de una foto del banquero Jorge Britto. Pero con esto, he pasado a ser un proscripto. No sólo un censurado. Ojo, por ahí mañana sale una nota mía. Nadie me comunica fehacientemente cuál es mi situación. En este mismo tiempo apareció dos veces con mi firma la sección Des Economías, en el suplemento Cash, en el que suelo tocar temas marginales, con un poco de humor. Pero estoy proscripto para evitar el peligro de que me meta con alguien que no me debo meter. Es como las leyes raciales de Nüremberg. Uno se podía casar con quien quisiera, siempre que no se casara con la persona incorrecta.
-Eres libre de hacer lo que yo quiera.
-Claro, si te casás con una judía, no.
-Los directivos del diario dicen que lo invitaron a hablar amenamente para que fundamentara su columna, y que usted rechazó esa posiblidad.
-No, yo no rechacé nada. Pregunté: ¿de qué vamos a hablar? Me respondieron: de establecer reglas de juego. Ahí me puse firme y dije que mis reglas de juego son el ejercicio responsable de una plena libertad de expresión.
-¿Era una charla cara a cara?
-No, fue una charla telefónica con Tiffenberg, cuando me llamó indignado para reprocharme muy acaloradamente, haber mandado una nota de semejante carácter a las 23.45, cosa que consta en la computadora. Y llegó inmediatamente porque yo enseguida llamo a sistemas para confirmar que el material ha llegado. A los diez minutos me llamó Tiffenberg hecho un basilisco, y me reprochó esto. Y yo le pregunté para qué quería que la mandara más temprano. Evidentemente, para censurarme. Y como ya me lo había hecho varias veces, yo obviamente trataba de dificultarle la tarea al censor, cosa que haría cualquier censurado. Pero dificultarle la tarea no era afectar al diario, porque mis notas en general, y habrá algo de vanidad en lo que digo, pero muchas veces ni siquiera van a corrección, porque yo escribo correctamente y porque nunca mando una nota sin haberla releído por lo menos dos veces, aunque la nota sea larguísima. No tengo errores de ortografía y creo que tengo una gramática correcta dentro de lo que se puede pedir. De modo que cuando es tarde no hay que perder tiempo pasando por corrección. Sí por censura.
Un argumento de Tiffenberg es que yo mandé la nota vencidos todos los horarios de cierre. Quiero aclarar que él, cuando contestó con su célebre editorial, lo cerró a las 2.30 de la madrugada. De modo que cerró dos horas cuarenta y cinco minutos después que yo, con otra diferencia: mi nota no afectaba la salida normal del diario. La suya hizo que Página perdiera toda la circulación del interior. Por otro lado, cualquier día en que Martín Granovsky esté a cargo de la redacción, se le puede preguntar a cualquier compañero de Página/12 qué pasa con el cierre. El entierro es fabuloso. A la 1.30 ni siquiera se sabe todavía cuál es la tapa.
-Otro argumento es: Nudler dijo que se volvió loco y rompió los códigos.
-Quiero aclarar esto. Yo creo que los periodistas respetamos escrupulosamente algunos códigos que sin querer, o a veces queriendo, nos convierten en cómplices de todo este estado de cosas. Es como el cura y el secreto de confesión. Viene alguien y le confiesa al cura que ha comprado un arma y que dentro de media hora va a matar a la suegra. ¿Qué hace el cura con ese secreto? Es un secreto de confusión… mirá qué lapsus… secreto de confesión. Tiene por un lado que preservar el secreto, y por el otro la vida de esa mujer: un dilema.
Nosotros, los periodistas, sobre todo los que andamos en economía, nos enteramos de muchísimas cosas que son, entre comillas, impublicables. ¿Por qué no las publicamos, o no lo intentamos siquiera? Porque nos fueron dichas informalmente en un pasillo, o porque nos advirtieron que no era para publicar. O ni siquiera nos lo advirtieron pero por la forma en que se nos dijo, o por la relación que tenemos con esa fuente… o porque si lo decimos no tenemos pruebas y nos van a querellar, y nos vamos a meter en líos y corremos peligro, o nos pueden expropiar la casa. Hay una serie de razones por las cuales información muy jugosa y que consideramos fehaciente y confiable, nos la guardamos. Nunca llega al lector. A la larga, con esos códigos que respetamos tan escrupulosamente, triunfa el sistema de la corrupción que nos hunde a nosotros mismos, a nuestras familias, y a todos los argentinos. Tienen que salir personajes como Pontaquarto, Scilingo, alguien que se vuelva «loco» entre comillas. Pero no un periodista. Los periodistas somos muy sensatos, racionales, nunca nos piantamos, y con eso le hacemos un juego extraordinario a la corrupción.
Últimamente supe de dos o tres casos que me resultaron particularmente repugnantes. Por ejemplo, cómo estaba tarifado todo en el Ministerio de Economía y en el Ministerio de Planificación Federal, según el hombre que es tenido como «cajero» de Lavagna, al que todos llaman el «Ratón» Pérez. Un alto empresario me lo ha ratificado. Este hombre, Pérez, le decía al empresario que si no estaba de acuerdo con el precio, con la coima que debía pagar por una cierta medida, se la fuera a pedir al ministro De Vido, pero que le iba a costar el doble.
Eso es lo concreto. ¿Yo lo vi? No ¿La persona que me lo dice es una fuente indubitable? Sí. Es más, he estado reunido con él en una torre de Catalinas. Es el presidente de una multinacional importante en la Argentina, y hemos tenido una conversación magnífica durante dos horas. Yo le dije: si estamos tan de acuerdo ¿por qué no me apoya en esto? Yo lo denuncio y usted sale y lo ratifica. Y me dice: no puedo. ¿Por qué? Me explica: si él lo hace, afecta gravemente a la filial de la empresa para la cual trabaja. Porque en la Argentina se cometea, o no se puede ser empresario a ese nivel. ¿Qué hace, entonces? Él no se siente en condiciones de cambiar el país. Pero además, él viene pagando hace años, como todos estos empresarios. Y dice: si yo denuncio esto, voy a estar reconociendo que he cometido reiteradamente el delito de cohecho. Y voy a ir preso. ¿Puedo ir preso por esto?
Entonces yo escucho eso que me dicen, y pienso: y yo, ¿para qué soy periodista? ¿Para qué sirve que sea periodista? Entonces, a qué llamo yo volverme loco o brotarme, o que lo digan los demás. Y… que me inviten a un programa de televisión de cable para hablar de la colección La Marcha, que estoy sacando. Me dicen que hable de economía, de la negociación del fondo, de la deuda… y en ese momento me asalta un hastío. Y les digo: tengo algo más interesante para hablar. Y cuento esto. En vez de «Ratón» Pérez hablo de un pequeño roedor, en fin, doy todos los indicios. En vez de Julio De Vido hablo de un ministro cuya mujer es síndica general adjunta de la Nación. Es decir, los nombro sin nombrarlos. Al otro día yo esperaba una cédula judicial enviada por el roedor, pero en lugar de eso recibo una llamada de Armando Torres, vocero del Ministerio de Economía, diciéndome que el señor Pérez, funcionario de Economía, me invita a tomar un café. Eso ocurre en el día que voy a partir a Boston. Le digo que no puedo, porque no tenía tiempo.
Pero eso me dio una nueva visión de la realidad. Si en vez de querellarme me invita a tomar un café ¿cómo es la cosa? Lo mismo me había pasado con alguien que me llama de parte de Miguel Pesce, flamante vicepresidente del Banco Central, del cual yo había dicho algunas lindezas, y que es otro instrumento que Alberto Fernández puso en la SIGEN por cuarenta días, lo cual es una absoluta inmoralidad tratándose de un organismo clave en la lucha contra la corrupción. Después se entendió por qué lo hizo, esperando para meter a Claudio Moroni, que es su secuaz en todo el negocio del seguro que manejó desde el Estado con Menem desde el 89 al 95 y que después manejó el propio Moroni que ahora, como premio a sus actos de corrupción, es nombrado al frente del organismo que tiene que luchar contra la corrupción. Eso me sacó. Realmente.
Y fijate cómo continúa la cosa: dentro de los superpoderes que le dan a Alberto Fernández, recibe el superpoder de pagarle mediante el INDER (Instituto Nacional de Reaseguros, en liquidación) las deudas que tiene con el sector asegurador. O sea, esto ya estaba publicado en el diario Página/12, que también lo dirigía Tiffemberg, ahí está publicado todo el detalle de las tropelías de Alberto Fernández y Moroni favoreciendo desde el Estado a un sector tan corrupto como el del seguro, notas que no motivaron ninguna querella de ellos ni al diario ni a mí, lo cual algo está diciendo de la documentación de esas notas que ahora Tiffenberg en su editorial dice que debían ser más investigadas.
Alberto Fernández ahora con los superpoderes tiene la potestad, sin control parlamentario, de pagarle a esas compañías a las que él quería que se le pagaran en su momento 1.200 millones de dólares, cuando Roberto Guzmán, liquidador del INDER entre el 94 y el 96, haciendo cuentas en serio, concluyó que en bruto se les debía 500 millones, o sea 700 millones de dólares menos de lo que quería pagarles Fernández. Y además las compañías tenían un montón de deudas con el INDER que el organismo ni siquiera se había molestado en calcular. Por ende, la deuda neta del INDER con las compañías era imprecisable, y podía muy bien ser que el neto fuera una deuda de las compañías con el INDER y no al revés. Por alguna razón el INDER fue declarado en liquidación en 1992 y en el 2004 todavía no ha sido liquidado. ¿Por qué? Porque entre que las compañías piden cualquier disparate, y que hay funcionarios como Guzmán, que acaba de morir, de una honestidad intachable, que se le han cruzado en el camino a esos corruptos, nadie se ha atrevido a poner el gancho, pensando que tarde o temprano si este país se regenera un poco, va a ir preso. Entonces eso sigue empantanado 12 años después. Alberto Fernández tal vez lo desempantane, pero cuidado, que nos pueden estar estafando en cientos de millones de dólares.
-Usted decía que hay aspectos positivos del gobierno…
-Sí, lo de derechos humanos, o la relación con el FMI… bah, más o menos, porque le estamos pagando más que nunca. Pero bueno: esas son cosas discutibles.
-Pero esos argumentos supuestamente favorables hacen que mucha gente que apoya al gobierno, decía en su carta, no quiera ver el costado que usted denuncia como corrupto.
-Claro, es una gran estupidez tomar esa actitud de pensar «roban pero hacen».
-Lo que está diciendo es: roban.
-Roban, roban, roban. Eso no cambió. El bochorno con China también tiene que ver con la corrupción oficial. Yo lo juzgo en la misma dirección. Yo creo que Moroni en la SIGEN es incompatible con China. Si va a entrar un montón de plata en lugares como Enarsa, hay que tener mecanismos de control muy bien aceitados de cómo se maneja la plata. Fijate: en la SIGEN tenés a Moroni, que fue el gran compinche de Alberto Fernández para favorecer a las aseguradoras en contra de los asegurados y en contra del Estado. Ahora el Parlamento le da plenos poderes a Fernández para pagarle a través del INDER a las aseguradoras. Y el que tiene que fiscalizarlo es Moroni. Bueno: dos más dos es cuatro. Este es un gobierno poco serio, como era el de Menem, pero este proclama que es un país en serio.
-Si se sigue el hilo de su denuncia, la pregunta natural es, recordando viejos lemas, ¿roban para la corona?
-No sé, yo no investigo esos temas. Pero uno trata de razonar. ¿Para qué están tarifadas las cosas en el Ministerio de Economía, o en el de Planificación?. Si hay cajas paralelas, uno puede suponer que gente con aspiraciones, como Lavagna o Kirchner, necesitan financiamiento independiente. Mi tímida conclusión, tentativa, es que muchas de estas familias se convierten en millonarias. Ahí está el caso de Arafat, con una fortuna de miles de millones y una lucha feroz de la viuda con la dirigencia palestina. Yo pienso que con el tiempo vamos a tener luchas parecidas en torno de Carlos Menem, y quién sabe si en torno de los actuales. Entramos en un terreno muy pantanoso.
-¿Y la comparación con China?
-Se dice que China va a aportar fondos asociándose a Enarsa, que es una empresa estatal nueva y cae en el ámbito que los organismos de control tienen que fiscalizar. En el ambiente empresario, apenas surgió lo de China, el primer comentario fue averiguar de qué nivel serían las cometas. No es que lo diga yo, es lo que la gente da por cierto. Y no nos olvidemos que, por lo que se sabe, China es un país bastante corrupto, entonces un negocio con China puede implicar jugosos retornos para funcionarios de ambos lados. No digo que los vaya a haber, pero no estoy tranquilo si los organismos de contralor están paralizados. Entonces digo: China, así, no va. Para que tengan sentido inversiones y permitan el desarrollo hay que hacer determinadas cosas. Vos construyendo caminos solamente no te desarrollás. Argentina es un país muy corrupto donde efectivamente no hay seguridad jurídica, y entonces no puede funcionar el capitalismo para que haya más bienestar. Hay enormes pozos de evasión, y entonces tampoco puede haber equidad. Porque la plata que evade un Eurnekián, es plata que se podría usar para que en los hospitales haya buena atención, que las escuelas estén equipadas. Son miles de millones. Pero ¿cómo va a haber equidad si hay una evasión monstruosa que es posible no tanto por las normas, sino por la actuación de funcionarios corruptos en el Poder Ejecutivo y el Judicial?
Si no resolvemos ese problema institucional, todo lo demás no va a servir para nada. Durante el menemismo hubo enormes inversiones en la Argentina, y terminamos en un colosal desastre. Los chinos no van a invertir lo que dijo Kirchner, pero, aunque lo invirtiera, este país no se va a desarrollar con eso. Mucho más importante es que haya instituciones funcionando, y eso implica que no haya corrupción, o que haya la menor corrupción posible. Y no que el gobierno esté asociado con la corrupción.
-¿Añorá alguna época como periodista? ¿La Opinión, La Razón o alguno de sus otros trabajos?
-Añoro la época de Página/12.

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Memoria, verdad y un nuevo reclamo de justicia a 3 años sin Carla Soggiu

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A 3 años del femicidio de Carla Soggiu su familia realizó un ritual junto a un mural con la cara de la mujer asesinada por su ex pareja, que no fue juzgada por el crimen por decisión del fiscal César Troncoso. Recordaron así y ahí, en Nueva Pompeya, los alertas que Carla le hizo a un Estado que no la protegió de la violencia machista ni la encontró cuando se encontraba desaparecida. La causa por el femicidio fue investigada recientemente por MU: lo que el expediente oculta y tergiversa, y lo que devela sobre la falta de funcionamiento del sistema de botón antipánico. Una historia que demuestra paso a paso cómo lo judicial puede encubrir la responsabilidad estatal y archivar procesos, convalidando la impunidad.

En uno de los límites de esta ciudad infinita está el mural que recuerda a Carla Soggiu sonriendo. “Madre, hija y vecina del barrio Nueva Pompeya” proclama con delicadas letras esta pared pintada que hoy da lugar a una ceremonia de dolor y memoria. “A esta hora empezó el infierno” dirá Roxana, la mamá, en este sábado de calor asfixiante. Señala entonces la esquina para marcar el lugar donde Carla activó por primera vez el botón antipánico que el Poder Judicial le entregó para protegerla. No funcionaba.

Aquel 15 de enero de hace ya tres años Carla pidió ayuda cinco veces y cada vez el patrullero policial llegó a la casa de la familia Soggiu preguntando dónde estaba. Comprendieron así, cruelmente, que Carla estaba en peligro y que nadie podía ayudarla. Cuatro días después un trabajador de limpieza encontró su cuerpo en el Riachuelo, que en ese límite es apenas unas cuadras.

Días antes Carla había sido torturada y violada por su pareja, con su hija de 2 años como testigo. Cuando logró escapar presentó una denuncia: fue la que originó la entrega del botón, una medida de protección que en esta ciudad portan tres mil mujeres al año.

La pareja de Carla fue condenada por esos delitos, pero la causa por su femicidio fue archivada: el fiscal César Troncoso consideró que no había delito alguno que investigar. Haber sido golpeada y violada días antes, soportar golpes en la válvula que calmaba su hidrocefalia, pedir ayuda a través de un dispositivo inútil, entre otras tantas de violencias, no son considerados por el fiscal como indicios de una trama que une ambas causas. La familia de Carla se enteró del archivo hace apenas unos días y de casualidad y ahí está ahora, parada frente al mural, clamando ayuda porque contra tanta injustica “solos no podemos”.

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial cómplice de la impunidad. Está su tía y su primo y una vecina con su hijita y en ese abrazo la familia de Carla encuentra la fuerza para recordar sin lágrimas lo que necesitan: justicia. La exigen por sus nietos que todavía no accedieron a la pensión a la que tienen derecho según la Ley Brisa. Tras reclamos y trámites solo tuvieron una Asignación Universal por Hijo. Un abogado les cobró 40 mil pesos para renovarla, pero el trámite no lo completó y quedó nulo. De eso también se enteraron hace apenas unos días y de casualidad, cuando acudieron a la Defensoría General a pedir ayuda y se encontraron allí con la abogada que asistió a Carla en su primera denuncia. Ella los ayudó a solicitar la renovación del subsidio, pero en esta tarde de infierno Roxana cuenta que ya pasaron los 10 días previstos y la asistente social que debía visitarlos para darles la aprobación nunca llegó, así que tendrán que seguir esperando a ese Godot que es la justicia en Argentina. Mientras, el sustento sigue dependiendo de la espalda de Alfredo, que hace años trabaja en la misma empresa cumpliendo tareas de carga y descarga. Lo ayudan dándole horas extras: más peso.

En esta tarde de dolor y memoria hay flores y globos violetas, el color preferido de Carla, que su madre suelta para que rueden por las calles silenciosas del barrio de Nueva Pompeya. Docenas de globos mecidos por la brisa ardiente que anticipa una tormenta. Ahí quedan, en ese límite y a la espera.

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Lo que falta: 16va Carta al Presidente de Familiares Sobrevivientes de femicidios

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A plena luz del sol y en un centro desolado, las familias que componen el grupo Familiares Sobrevivientes de Femicidios se reunieron en Plaza de Mayo para dejar por vez número 16 una carta al Presidente Alberto Fernández, pidiendo que los reciba, exigiendo justicia por sus hijas y acercando medidas concretas para que eso suceda.

En la jornada de hoy estuvieron presentes Daniel y Susana, papá y mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte, Córdoba; Marta y Guillermo, padre y madre de Lucía Pérez, asesinada en Mar del Plata; y Analía Romero, mamá de Camila Flores, asesinada en Santa Fe.

En todos los casos estas familias debieron trasladarse hasta Plaza de Mayo; recorrido que significa a la vez que las causas que se tramitan por las muertes de sus hijas distan muchos kilómetros de la Casa Rosada; distancia que garantiza la impunidad, ya que facilita las trabas judiciales y las tramas territoriales; y complica el acceso a la justicia como un derecho para familias que no cuentan con recursos para viajar ni para sostener abogados ni peritos.

Así lo denuncia la mamá de Camila Reyes:

Así reclama Guillermo Pérez, papá de Lucía, que Alberto Fernández los reciba:

Estas son las fotos de algunas de las jóvenes asesinadas por la violencia machista, cuyas causas siguen impunes:

Estas son las cartas que entregan las familias al Presidente cada segundo miércoles del mes:

Esta es el informe que junto a las cartas las familias entregaron en la Rosada, un diagnóstico y una muestra de lo que falta para lograr un Nunca Más de la violencia patriarcal, de la que el Estado es parte:

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Infeliz año nuevo: trabajadores de alfajores La Nirva con orden de desalojo

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“Resuelvo: disponer el lanzamiento de los ocupantes de la planta fabril deudora ubicada en laa calle Dorrego Nº854, Lomas del Mirador, La Matanza, Provincia de Buenos Aires y restituir la posesión de la misma a la concursada”.

El fallo lleva la firma del juez nacional en lo Comercial Fernando D’Alessandro, está fechado el 30 de diciembre, y precisa dos aclaraciones: cuando se lee “lanzamiento” debe entenderse “desalojo” y “ocupantes” a 57 familias de la tradicional fábrica de alfajores La Nirva que recuperaron sus fuentes de trabajo en plena pandemia después de la estafa de los exdueños Matías Paradiso y Marcelo Iribarren. Las familias pusieron las máquinas a producir nuevamente luego de conformarse en una cooperativa de trabajo, y así trabajaron este año y medio pandémico hasta recibir el fallo previo al año nuevo.

“Estamos laburando muy bien”, dice a lavaca Marcelo Cáceres, presidente de la cooperativa. “En este último tiempo estábamos con pan dulces y muchos proyectos de ampliar la máquina de galletitas y alfajores, de inaugurar una línea más: estamos en crecimiento. El síndico ya había venido a revisar la fábrica y quedó sorprendido de lo bien que estaba. La decisión nos lleva a pensar que hubo un arreglo político con plata de por el medio, porque el juez no se fijó en esto, y directamente decretó el desalojo”.

La decisión, por ahora, no tiene fecha, pero las familias sí están en alerta y la noche de año nuevo reforzarán la presencia de guardia en la fábrica.

Dice Cáceres: “Vamos a aguantar la que se venga”.

Compartimos la nota de MU sobre la recuperación de la empresa.

Triple sabor: La Nirva, recuperada por sus trabajadorxs

Luego de estafas patronales, amenazas de la Bonaerense y dos meses en la calle durante la pandemia, la popular fábrica de alfajores de La Matanza se hace cooperativa. La autogestión como salida ante la crisis. Por Lucas Pedulla.

(publicada en julio 2020)

Después de trabajar 20 de sus 42 años en el control de la máquina de chocolate de La Nirva, Lorena Pereyra se encontró en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio enviándole al dueño una foto de su tupper en la olla popular que cocinaban al frente de la empresa, con un mensaje: “Mirá a lo que llegué”. La foto era la misma para cada una de las 65 familias que desde el comienzo de la cuarentena tuvieron que desoír el consejo de quedarse en casa, con los riesgos que eso implicaba, e instalar una carpa frente a la fábrica de alfajores en el partido bonaerense de La Matanza para reclamar por sus fuentes de trabajo.

Allí permanecieron durante casi dos meses con venta de torta fritas y budines para el fondo de lucha, y con carteles que explicaban la necesidad preventiva, social y obligatoria de otro virus:

  • “Nuestro virus tiene nombre: Matías Paradiso y Marcelo Iribarren (los dueños)”.
  • “Nos dieron cheques sin fondo en diciembre. Nos estafaron”.
  • “Si nos quedamos en casa nadie escucha que pasamos hambre. Queremos recuperar nuestro trabajo y vivir dignamente”.
  • “Queremos cobrar”.

Con cuatro hijos y su marido que había sido despedido de la misma empresa años atrás, Lorena nunca imaginó que atravesaría la lucha en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. “La patronal cambió hace tres años y vimos cómo empezaron a irse compañeros. De 120 pasamos a 65. Hace dos años que no tenemos aportes, mientras vemos cómo en la ANSES figura que cobramos sueldos de 70 mil y 80 mil pesos, cuando hace nueve meses que no cobramos nada. Pero ante la necesidad te hacés fuerte, quieras o no”.

Lorena ya no habla desde la olla popular en la calle, sino desde adentro de la fábrica, donde permanece de forma pacífica junto a sus compañeros y compañeras en resguardo de las maquinarias y su fuente de trabajo que hoy toma una forma que augura un futuro pospandemia sanitaria y laboral: la forma cooperativa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Conflicto grandote

La popular fábrica La Nirva es la encargada de hacer los famosos alfajores Grandote y La Recoleta, entre otros productos como cubanitos y copitos de chocolate y dulce de leche. El 80 por ciento de su personal son mujeres. “Mi pareja trabajó 31 años acá: lo echaron el año pasado pagándole una sola cuota de 51 mil pesos como indemnización”, contaba María de los Ángeles Santillán, 46 años, 23 en la empresa, cuando MU se acercó a la fábrica una semana después de iniciado el acampe. “No tiene nada fijo. Y la plata no alcanza, las boletas aumentan, tenemos mamás enfermas que tenemos que dejar para venir acá. Se complica todo: no tenemos ni para cargar la SUBE, por eso estamos vendiendo tortas fritas”. 

Marcelo Cáceres (34 años, 12 en la fábrica) pasó de ser delegado sindical a presidente de la futura cooperativa. Desde esa transformación recuerda que la caída  comenzó en 2018, cuando la firma cambió de dueños. “Se vendió al grupo Blend. Durante dos meses seguimos con el ritmo de trabajo que teníamos. Al tercer mes, el salario empezó a retrasarse. De a poco, se fueron cerrando líneas. Al tiempo, nos cortaron todos los servicios: agua, gas y luz. Nos quedamos literalmente a oscuras”.

Empezaron los despidos de personal administrativo: de más de 120 trabajadorxs quedó la actual planta de 65 personas. Y como en la pandemia, se contagió el miedo. Santillán: “Había miedo a hablar porque si alguien criticaba, al día siguiente era despedido”.

Cáceres aclara que el problema no era la producción. “Por quincena, y laburando una sola línea, hacíamos un millón 200 mil alfajores. En 2001, año de la peor crisis, ni se sintió: hasta horas extras se hacían. Fue un mal manejo. No sabemos lo que es cobrar un sueldo completo. Eran puchitos: de 2.000, 3.000 pesos. De octubre a hoy, solo en salarios la deuda con nosotros es de 18 millones de pesos”.

Hay más: “En diciembre nos dieron cheques a 60 y 90 días. El dueño nos dijo que vayamos a cobrarlo a una financiera, que nos iban a sacar un porcentaje, pero que lo íbamos a poder cobrar. Nadie vio un peso”.

Cáceres tuvo que vender su auto para poder pagar deudas. El 24 de diciembre llamaron al dueño para que les diera algo de efectivo para pasar las fiestas: “Nos dieron 3.000 pesos”. Y el 2020 arrancó con más promesas. “El primer día de febrero nos prometieron 40 mil pesos para arrancar y que, mientras producíamos, iban a abonar la totalidad de la deuda. Trabajamos una semana: nos dieron 20 mil. Hay buena predisposición, pensamos. Trabajamos otra semana más, pero ahí ya dijeron que no había efectivo. Como veníamos de dos años de mentiras, decidimos dejar de trabajar hasta que nos pagaran”.

Así llegó marzo, la pandemia agudizó todas las crisis y la situación  de los trabajadores era desesperante. Al combo se sumó que un vecino les avisó que un camión había ingresado de madrugada a la fábrica a llevarse cosas. No dudaron: estaba en juego la fábrica y sus fuentes de trabajo. 

Y votaron la instalación de la carpa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Unión & galleta

Cuando el acampe cumplió una semana, recibieron una visita inesperada. Cáceres: “Apareció la policía, con la excusa de que no podíamos estar en la calle por la pandemia, cuando hacía siete días que estábamos ahí. Y nos corrieron por todo el barrio: un grupo terminó en la plaza, otro cerca de la ruta”. El efecto se vio al otro día: entre vecinos, vecinas y movimientos sociales hubo 200 personas apoyando a las familias en la puerta con olla popular. Y la policía no volvió más.

Ante la evidencia del apoyo, los dueños firmaron un acta en la que se comprometieron a cumplir el 100 por ciento de los salarios adeudados. Pero esta promesa tampoco se cumplió. “Agotamos todas las instancias legales que había. Primero, el dueño nos tomó el pelo a nosotros. Segundo, al sindicato. Y tercero, al Ministerio de Trabajo: hicimos cinco audiencias y no cumplieron ninguna, hasta que con los abogados del sindicato decidimos cerrar el acto y quedarnos en asamblea permanente, pero ya adentro de la fábrica”.

Lorena Pereyra hace una lectura de todo el proceso: “20 años son toda una vida. Tuvimos un mes en la puerta sin la ayuda de nuestro sindicato, con la ayuda de los vecinos. Ahí te das cuenta de que tu lucha vale, y que tiene un poder. Antes, con un pago mínimo entrábamos y desistíamos, pero ahora la pandemia terminó de desatar todo. Fui aprendiendo mis derechos. Uno viene acá, exponiéndose a todo, cuando lo que más queremos es estar en casa, pero lo valió”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras buscan volver a la producción, Cáceres fue denunciado por “usurpación” por los exdueños, causa que tramita en los tribunales matanceros. “Por ahora el fiscal actuó bien. Y entre nosotros tenemos mucha unión. Sin eso, no hubiéramos llegado a nada. Esa es la base: la unión y la convicción que tenemos”.

Paula Rojas, 30 años, fue una de las últimas trabajadoras que entraron, hace cuatro años, en el área donde se colocan las galletas y empieza el proceso del alfajor. Sus compañeros la eligieron para que sea la tesorera de la futura cooperativa. “Me gusta y es una responsabilidad, porque si nos hubiéramos quedado en casa no habríamos conseguido nada. Mucha gente va a quedar desocupada después de todo esto, y si no recuperábamos también nos íbamos a quedar sin nada. Por eso tampoco podíamos quedarnos en casa. En casa estábamos todos separados, cada uno en su vida, aislados. Acá es distinto, estamos apostando a un mismo objetivo: recuperar nuestras fuentes laborales”.

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