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La imaginación desafiante

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Palabras de Graciela Daleo para despedir a Horacio González, quien fuera su docente y compañero de aventuras en la Facultad de Sociología: “Horacio tenía un pensamiento no unidireccional, sino que se abría hacia todos lados. Al contrario de la imagen del intelectual clásico, era un tipo con muchísima imaginación. Tenía una imaginación desafiante. Fue un sembrador”. De la Juventud Peronista, Montoneros y Perón, a la mítica revista El ojo mocho. Su paso por la Biblioteca Nacional, Carta Abierta, y un texto que Graciela comparte para coronar el recuerdo: Saberes de pasillo, de González, texto nacido de una intervención en un pasillo de la Facultad de Sociología, en noviembre de 1993.

“Después de haber estado en la ESMA, después de plantearme en los 80 que era una peronista desencantada, y de pensar en los 90 que tenía una identidad política en transición, me anoté para retomar la carrera de Sociología. Ahí conocí personalmente a Horacio González: cursar con él fue una aventura“, cuenta Graciela Daleo, ex detenida desaparecida y una de las principales testigos en múltiples juicios sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. Graciela estaba particularmente afectada ante la noticia de la muerte de Horacio González. “Estamos en una época donde el dolor es doble. Una amputación doble. Porque te amputan un ser muy querido, y además eso ocurre sin que puedas apretarle la mano y decirle ‘chau, hasta pronto’”. Lo dice, y envía a lavaca Saberes de pasillo, que publicamos más abajo, un texto de González que permite conocer un modo de sentir y de pensar que generó no solo reconocimiento sino algo acaso más difícil: afecto. .

Las dos JP

Aclara Graciela que seguramente hay mucha gente que conoció a González mejor que ella, “pero lo que puedo decir es que a partir de aquellas clases de Pensamiento Social Latinoamericano me pasaba lo siguiente: no sé si siempre comprendía a fondo lo que decía, pero sentía en mi cabeza la imagen de esos relojes antiguos, cuando los engranajes empiezan a girar. Eso lograba Horaco conmigo. Me hacía funcionar la cabeza”. En esos tiempos, en todos los tiempos, semejante funcionamiento es un privilegio.

“Empecé la carrera de Sociología en los 70 y obviamente no la terminé. Me había anotado en los 90 a través de un amigo, y no me gustaba mucho tener a Horacio González como profesor porque con mi esquematismo tradicional recordaba que en 1974 él se había ido con la JP (Juventud Peronista) y Montoneros Lealtad, que habían roto con los que quedamos en la organización. Así que venía con esa imagen”. Se refiere a una separación, en la Juventud Peronista, de quienes retomaron la idea de la lealtad ante Juan Domingo Perón, distanciándose de las miradas cada vez más críticas y conflictivas con el líder, por parte de la llamada Tendencia Revolucionaria.  

“Yo venía con esa imagen de González que no me gustaba, pero el esquematismo se fue desarmando y para mí conocerlo fue muy importante. No fue lo mismo haberlo conocido: ha hecho mucho por mi vida, por mi cabeza, por mis engranajes”.

Como profesor, en aquella materia González propuso hacer una revista sin contentarse solamente con exponer, tomar exámenes y otras burocracias universitarias. “Planteó que los trabajos los publicásemos y al tiempo apareció el nombre: El ojo mocho, que poco después se se convirtió en una publicación cada vez más sustanciosa, pero siempre con compañeros maravillosos como María Pía López y Eduardo Rinesi, entre tantos”. Graciela y Horacio no hablaron nunca sobre aquellos sismos y cismas de los 70. Dejaron sedimentar el pasado para pensar en tiempo presente.

Bayer, González: política de la generosidad

En El ojo mocho estaban los trabajos de López, Rinesi, Daleo y también los de Christian Ferrer, o las entrevistas a Juan Carlos Portantiero, Alcira Argumedo, Oscar Landi o Emilio de Ipola, además de los artículos, ensayos, reflexiones o como cada quien prefiera llamarlos del propio Horacio González. Una biodiversidad mental que confirmaba lo que recuerda Graciela: “Horacio tenía un pensamiento no unidireccional, sino que se abría hacia todos lados. Al contrario de la imagen del intelectual clásico, era un tipo con muchísima imaginación”, dice Graciela en una oración memorable. “Tenía una imaginación desafiante. Por eso saltó lo académico y propuso crear una revista. Fue un sembrador”.

El contexto era de menemismo puro y duro: «Mi relación con esa cátedra se cortó porque me tuve que ir de nuevo al exilio en noviembre de 1990”. Graciela fue la única persona que rechazó en términos jurídicos los indultos menemistas que la incluían (al igual que a militantes, a las conducciones de las organizaciones armadas, y a jerarcas militares). “Me reabrieron una causa y me fui a Uruguay para no ir a la cárcel”. En Uruguay justamente se reencontró con Horacio González. “Allí son tan antiperonistas que me puse de nuevo a reivindicar al peronismo. En una reunión Horaco me dijo: ‘en Argentina nadie defiende así al peronismo’”.

Ya de vuelta en la Argentina Graciela se transformó en motor de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras. “Horacio vino muchas veces, con una enorme generosidad. Era parecido a Osvaldo Bayer en ese sentido, esa disposición, ese entusiasmo, la generosidad y esa capacidad para compartir. Lo conocí hace 31 años, y tengo hoy la misma sensación” dice Graciela, que aclara: “en estos casos empezamos a tener problemas con los verbos, para usar el presente o el pasado”.

Pulóver bordó con pelotitas

La imagen: “Lo que hizo en la Biblioteca Nacional fue maravilloso. Como correctora, me tocó trabajar justamente con textos de la Biblioteca entre los que había libros del propio Horacio, que para mí era un sacrilegio tener que corregir. Pero las veces que lo vi en esos años se me ensanchaba el corazón al notar algo. Siempre me da miedo de que los compañeros que pasan a ocupar cargos en el Estado se la crean. Él no era así. Nunca dejaba de ser quien era. No se creía el gran funcionario. Era un laburante que se ocupó de todo. Me lo imagino siempre con su pulóver bordó, escote en V, lleno de pelotitas. No con un traje de Armani”.

La conmoción de la noticia: “Me hace pensar que quedamos cada vez más huérfanos. Orfandad de quienes son parte de nuestro mundo, de mis contemporáneos. La paradoja es que vi morir a mis pares cuando teníamos 20 o 25 años. Los mataron las dictaduras, las opresiones. Ahora estamos en otra edad de morir. Y aunque uno sabe eso, estoy en edad, de todos modos no deja de sorprender y de doler una noticia así. Por eso de no poder despedirnos”.

Desde que González fue internado, Daleo se acercó nuevamente a sus libros, a sus novelas. “Es alguien que nunca le rehuyó a conflicto, incluso dentro de Carta Abierta (el espacio de intelectuales kirchneristas que funcionó hasta 2019). Era cualquier cosa menos obsecuente. Su cabeza analítica con esa mezcla de intelectual y militante, que a la vez venía de ser un muchacho de barrio. Su origen es ese, y de ahí llegó a filósofo, sociólogo, con esa cabeza crítica que ayudó tanto a pensar. No sé si hay mucha gente de la que se pueda decir eso”.

Graciela envía luego un trabajo de Horacio González, nacido de una intervención en un pasillo de la Facultad de Sociología, en noviembre de 1993. Saberes de pasillo, que publicamos para confirmar de qué modo Horacio era capaz de mover los engranajes con palabras, con actos y con generosidad.  

Saberes de pasillo

Por Horacio González

Alguna vez empleé la expresión “saberes de pasillo”. No recuerdo bien. Creo que era en los pasillos de la Facultad de Sociología, si mal no recuerdo, cuando estábamos en la Ciudad Universitaria. Eran pasillos mucho más aireados, mucho más grandes, y uno podría suponer que los saberes de esos pasillos se podrían homologar al tamaño de los mismos. No sé si era así. Los pasillos de la Ciudad Universitaria de Nuñez estaban pensados por un arquitecto que efectivamente había supuesto el placer ampuloso de transitar por ellos. Estaban concebidos como amplias sendas de comunicación interna de la gran caja que es la Ciudad Universitaria. De modo que esos pasillos, que tenían una alta resonancia espacial, impedían fijar bien los afiches, creo que no se prestaban para el milenario arte del graffiti. Recuerdo antes otra Facultad, en la memoria edilicia de las Facultades que contuvieron el nombre retintineante de “Sociología”. Si yo tuviera que decir hoy qué es la sociología, para mí son tres o cuatro edificios. No son muchas más cosas. Me parece que hay un placer en recordar edificios como libros, sobre todo cuando tenemos una memoria habitacional que podemos hojear o leer como si cada estancia arquitectónica fuese un capítulo diferente. Recuerdo Viamonte 430, que es el primer edificio de mi memoria universitaria. ¡Esos sí que eran pasillos! Efectivamente, eran los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, construidos a principios de siglo. Allí, hace más de treinta años, comenzó esta carrera de Sociología. Había una vieja escalera de madera; había un patio andaluz; había azulejos que sin ninguna dificultad me los imagino también de neto cuño hispánico; flores ya marchitas, alguna vez habría habido algún jardinero…

La Facultad de Filosofía y Letras se había fundado en 1896. El mismo año en que fue creada la de Agronomía, tal como lo recuerda un sarcástico escritor argentino: Ezequiel Martínez Estrada, que pensaba con el malhumor. En realidad, una persona así es impagable; uno quisiera tener algún pariente, algún tío, cuyo pensamiento surja de una especie de órgano interno que fuera algo así como el malhumor pero no convertido en una sensación sino en un órgano tan consistente como el hígado o el corazón. Solo un malhumorado podía recordar que el destino de la filosofía en este país iba a ser un destino irreal, paralelo a una vieja ocupación que la iba a derrotar y que se iba a convertir, por más proyectos que se hicieran, en la ocupación efectiva para la cual el país estaba destinado: las artes agropecuarias. La filosofía, esa otra cultura, nunca iba a superar a la Facultad de Agronomía. Martínez Estrada pensó que esta Facultad era inútil, y que la Facultad de Agronomía –que tampoco servia para nada– era útil pero en un país que no servia para nada. ¡Estos pensamientos son terribles! Eso sí es ser un malhumorado, pero no serlo ocasionalmente, es serlo siempre y hacer del malhumor un órgano pensante. ¡Formidables personas! Uno quisiera conocerlas, quisiera que nunca se hubieran ido de la Argentina. En realidad, son aquellos que están destinados a cargar con toda la incomodidad de que cuando los escuchemos pensemos que son profetas. ¡Por suerte fracasados! Los pasillos de la vieja Facultad de Filosofía y Letras tenían dos o tres canales rápidos de circulación cuando apareció Sociología; uno iba directo al bar Moderno, que estaba en la calle Viamonte, otro iba directo al bar llamado “El Coto” –hay una carnicería ahora en la Calle Viamonte, pero no tiene nada que ver. El nombre de “El Coto” era una abreviatura de su afanoso nombre en francés: “Bar Cote de Azur”. El otro canal nos llevaba a dar vuelta a la esquina para introducirnos en el edificio que se llamaba –y se sigue llamando– “Cadellada”, que estaba en Florida y Viamonte donde funcionaba el anexo de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras. Porque la Sociología siempre fue el incómodo anexo de Filosofía y Letras. Había que construir más pasillos, había que anexar más oficinas, había que construir boxes, pero sobre todo había que aguantar profesores que hablaban un idioma insoportable para los viejos filósofos. El pasillo de la Sociología era efectivamente algo que no podían tolerar los viejos filósofos y los viejos historiadores de la Facultad que se tuvieron que acostumbrar a un hecho que ocurrió apenas dos veces en el país, en momentos de afloramiento de la crisis social. Cuando eso ocurrió en la Argentina, sociólogos fueron rectores. La Sociología, por más mediocre que fuera, traía rumores urbanos, justamente por haber construido pasillos invisibles en la Facultad, que iban a bares, que iban a otros edificios que debían anexarse, que contribuían a arruinar un poco más aquel patio andaluz donde se había sentado Borges. Borges odiaba que hubiera sociólogos en su Facultad, donde quería enseñar Shakespeare, y el inglés antiguo, pero al mismo tiempo tan revolucionariamente, digámoslo así, que se negaba a tomar exámenes, se negaba a considerarse un profesor y se negaba a crear cualquier vínculo entre profesor y alumno. No sé si eso es la cúspide del pensamiento conservador aliada a la cúspide del pensamiento revolucionario. Pero lo cierto es que la sociología solo en dos oportunidades, en ciertas brechas, la del ‘73 y la del ‘83, dio rectores. No sé si esto puede ser el último elogio que se puede hacer de una ciencia que no sabe justificarse a sí misma. De una ciencia que ha perdido la capacidad de extrañamiento y de autoconciencia como para poder pensar en lo que hace.

Había otros pasillos que eran las organizaciones armadas argentinas. Era el otro pasillo con el que se comunicaba sociología. Era un pasillo invisible donde se rendía un examen muy riguroso. El examen era el examen de las armas. El examen era el examen de la disciplina. Eran todos los exámenes que conocemos reconcentrados en poderes que son quizás, a pesar de que los terminamos justificando y nos vemos envueltos en ellos, muy terribles, porque son poderes que nosotros creamos. Creo que hay cosquillas incomodas en el poder que creamos cuando fundamos algo; es muy difícil tolerar las situaciones que se producen por nuestro arbitrio, o por lo menos mucho más difícil que si lo encontramos hecho. Cuando el poder lo encontramos hecho y somos convidados ya está naturalizado, y más en lo que era la vieja Argentina de aquella Facultad de Filosofía y Letras, una vieja democracia muy rutinaria y que por lo tanto aceptaba en su mecanismo muchos alumnos nuevos. Aceptaba algo absurdo: que los infusos aspirantes a sociólogos nos hiciéramos alumnos de esa Facultad, quizás con la secreta confianza de que también leyéramos una revista como Cuestiones de Filosofía, que dirigía un joven llamado Eliseo Verón, o que alcanzáramos a leer una revista que había circulado alguna vez pero que algunos aún tenían en sus manos y revisaban, la revista Contorno, que hacían los hermanos Viñas. De este modo, los sociólogos cumplían a la vez un papel revulsivo, democratizador, plebeyo y con muchos más pasillos invisibles, con algunos saberes que desdeñaban o no sabían que existían aquellos viejos filósofos. Y sin embargo la sociología estaba destinada a ser ese saber, cuya mediocridad había merecido el dictamen desaprobatorio de Martínez Estrada y que con justeza la consideraba también un saber menor.

Por alguna razón estamos circulando permanentemente alrededor de un saber menor cuya propia enunciación, “sociología”, es una enunciación que recuerda todas las farmacopeas, los encasillamientos y anaqueles de las trastiendas de pequeños gabinetes de insidiosas investigaciones clasificatorias. Muchos años después, ciertas grillas clasificatorias se siguen llamando “boxes”, muchos años después profesores siguen repitiendo ciertos esquemas de clasificación. ¿Por qué razón seguimos alrededor de un saber cuya enunciación misma nos recuerda su pasado vinculado a la historia del hospital, a la historia de la clasificación de las personas, a la historia del mando y de la orden en el ejército? Por alguna razón que tiene que ver con la cantidad de pasillos que ha sabido recorrer una ciencia, que se decía ciencia y que al mismo tiempo tenía esa vertiginosidad. Ernesto Villanueva, muy joven y en esa brecha del año 1973, sociólogo, fue rector y en la brecha que se correspondió con el año 1983 otro sociólogo fue rector, esta vez quizás menos ilusionado respecto a la capacidad compulsiva que tenía ese conocimiento terminado en “ía”. En “logía”. No es lo mismo que Medicina, no termina en “logía”. No es lo mismo que farmacia. Sí es lo mismo que Odontología, un saber que termina en logía, cercano a los que terminan en nomos, como Agronomía. Hay algunos que se conforman con su “logía”, su “nomía” y sin embargo es notable la diferencia, y me da la impresión que es Medicina la que contiene la mayor cantidad de posibilidades de que disponemos para pensar al mismo tiempo un edificio, una profesión, un conjunto de saberes y las incisiones sobre el cuerpo humano. Y su nombre, sin embargo, no alude ni al “nomos” ni al “logos”.

Ninguna Facultad logra en todos sus planos reconocer su propia aventura de conocimiento. Para esa Facultad, con tener graduados, basta. Porque los graduados están en laboratorios, hospitales, y al mismo tiempo, originan ciertos saberes en la sociedad que son saberes muy perdurables; basta escuchar a Favaloro, a Matera. Son de algún modo los que resumen una cierta novelística preservativa de una sociedad que tiene que ver con Medicina, con la forma en que se abren cadáveres, con la forma en que se considera al cuerpo, contiene esa parte más ancestral del saber que es curar a alguien a través de ciertas manipulaciones y conjuros. Lo más odioso y lo más esperado por muchas personas que solo tienen esa última esperanza: que se les manipule el cuerpo como curación. Volviendo a los pasillos: Viamonte 430 tenía todos sus pasillos invisibles en una Facultad de una arquitectura antigua, neoclásica afrancesada. Hoy lo podemos ver claramente. No era un edificio hospitalario, no era como éste de Marcelo T. de Alvear, que era una vieja maternidad, no era un edificio de departamentos, de oficinas de la calle Florida, que en la expansión de las Facultades la gente lo va ocupando en la ilusión de pertenecer a la misma facultad; esa fue una ilusión que gobernó la vida de Sociología durante bastante tiempo: pertenecer a una Facultad. Esa fue la ilusión del sociólogo. ¿A qué Facultad?: a una que se llamaba de Filosofía y Letras, que es un nombre genial. En realidad tiene una “y”, junta todo y no junta nada. Están las letras que es como decir literatura, el habla, la escritura, y esta la filosofía, que es decir todo y al mismo tiempo decir muy poco, si escuchamos a los profesores de Filosofía y Letras. Toda esa añoranza, de tener una Facultad a la cual pertenecía sin gustarle, convivía al mismo tiempo con el hecho de Sociología como una segunda alma, la conciencia política de esas facultades, solicitada en los momentos en que aparecían las brechas en el terreno histórico. El sociólogo era aquel que estaba escribiendo la historia, a veces invisible, de las organizaciones políticas, de las organizaciones sociales y de las formas de dominio en la sociedad argentina. Esta fue la primera gran ocupación de la sociología; no es verdad que la sociología surge en la Argentina pensada en los términos científicos que prometió Germani. Surge como la oscura crónica de una revolución que escurría cualquier definición.

La obra de Germani se hace inevitable e inesperadamente interesante hacia el final: es la obra de un gran pesimista, muy parecido a Martínez Estrada, al cual había combatido pero junto con el cual, irónicamente podemos afirmarlo ahora, había fundado la sociología en Argentina. Germani sufrió un gran disgusto, y por eso termina siendo tan pesimista como aquellos textos contra los cuales quiso fundar una carrera. Terminó igual, porque la sociología era la vasta y persistente ansiedad irrealizada por el poder de las personas. Esto no lo podemos ocultar de ningún modo. Por eso me da la impresión de que hay una cierta reluctancia a examinar el examen, a pensar el parcial, a pensar la fotocopia, a pensar las fotocopiadoras, a pensar de qué modo leemos. Es una incomprensible incomodidad relacionada con la imposibilidad de aceptar el oscuro y frustrado origen de la Sociología. Una incomodidad que nos obliga a preguntarnos si está bien que construyamos tantos metalenguajes, tantos presuntos conocimientos sobre aquellos conocimientos que queremos encarar, porque nos coloca en la difícil situación de las personas que continuamente piensan sobre lo que hacen. No es éste el caso del que no le gustaría actuar, del que no le gustaría la acción directa, del que no quiere comprometerse con lo que el saber tiene de rústico, de irreflexivo y por lo tanto de inmediato y productivo. La sociología que se hizo contra Germani, que a su vez la había hecho contra Martínez Estrada, es una sociología que se hizo muy rústica: habló los idiomas del poder, los reprodujo, los sigue reproduciendo. Escuchar a los profesores de sociología hoy resulta realmente interesantísimo, porque la mayoría de ellos produce un espectáculo conmovedor. Me incluiría. Producimos el espectáculo de que mereceríamos ser más leídos, más atentamente estudiados. En realidad, somos el testimonio museístico de los lenguajes que se usan para ocupar el poder. Sólo que a muchos de nosotros eso nos obliga a poner en práctica técnicas que no conocemos, fracasos seguramente escritos a los que no nos queremos arriesgar, a impedimentos que obturarían esa otra vocación que seguramente tenemos: la vocación de que no hay que impedir ninguna acción. Es la vocación de examinar lo que hacemos, examinar el examen, pensar que la crítica no tiene fin, fatigar a los alumnos con una larga cadena de observaciones sobre las observaciones, y preguntarnos permanentemente por el presente, de modo tal de desnaturalizarlo o desarmarlo. Un profesor así, que puede cuestionar una fotocopia, o un conjunto de fotocopias, nos está quitando las rutinas más obtusas que tiene la Universidad, pero al mismo tiempo produce cierta libertad del saber que no corta nuestra vida, no nos imposibilita ser libres, no nos impide establecer todo tipo de vínculos y no nos imposibilita acceder a los pasillos invisibles que recorren la Facultad hacia otros destinos.

Entonces, los pasillos de esta Facultad que siguieron recorriendo aquellos que no se preguntaban qué fotocopias usaban, qué saberes citaban, de qué autores se consideraban el emisario virreinal en un país como Argentina, que es un país sin filosofía y con ciencias sociales, un país de lectores agudos y creativos. Pero seguramente desde José Ingenieros y el propio Martínez Estrada –quizás Germani, no sé si agregar a José Aricó– muy poco es lo que se ha desarrollado en términos de un pensamiento que podríamos decir respira de algún modo la historia de los edificios por los que atravesamos. Lo que estamos haciendo hoy no respira, no sólo porque los edificios se tornan cada vez más arquitectónicamente irrespirables sino porque los pasillos invisibles están demasiado obturados, no sabemos qué otros pasillos construir con la historia, con la política y los compromisos autoexaminadores de la universidad.

Después de la Facultad de Viamonte 430 me tocó ir en el año 1964 a la calle Independencia, donde hoy está Psicología. Ese fue el segundo paso que yo di, y es el segundo paso de toda la Facultad de Filosofía y Letras, porque siempre había estado en Viamonte 430. Por eso Ernesto Laclau le dedica su último libro a un edificio, donde dice que “todo empezo”. Dedicar un libro a un edificio también significa dedicárselo a ciertos libros, a ciertas revistas, a ciertas personas, a ciertas discusiones y ciertos bares, y a ciertas librerías. Quiero mencionar una de ellas: la librería Verbum, que estaba justo enfrente de la Facultad. Era una de esas librerías antiguas de Buenos Aires que tenía en la pared las fotos dedicadas al dueño de todos los poetas y escritores de aquel momento. Decir Viamonte al 400, donde hoy está la Universidad, era decir la historia de ciertas revistas, de ciertas resistencias, era pronunciar ciertos nombres malditos, era decir Oscar Masotta, era decir –sin duda– los hermanos Viñas, y era decir –de algún modo– lo que podría haber sido el terreno de experimentación de lo que fue el futuro de la Facultad de Ciencias Sociales en la Argentina hasta hoy. En esa Facultad hicimos una primera huelga en contra de todas las metodologías “empiristas” en ciencias sociales. Hay una conocida ironía de las personas, por la cual no hacen más que combatirse a sí mismas. En esa huelga tuvo un papel preponderante, según recuerdo, Heriberto Muraro, que hoy emplea justamente todas esas metodologías. Ahora bien: ¿esta facultad estudia la política, estudia la sociedad? No, me parece que no. Hace algo que es interesante también: hablar del mismo modo a como habla la política en esta sociedad. Eso es interesante. ¿A eso puede llamárselo, exclusivamente, construcción del conocimiento, ese concepto pomposo que a veces se usa? No, no creo que se lo pueda llamar exactamente construcción del conocimiento. Parece un conocimiento muy especular, muy atado, reproducción empírica del habla real política, una pequeña garantía respecto a los poderes circulantes en la Argentina, porque al final aquí se habla en ese idioma homólogo al del poder real. Entonces, ofrece garantías. Hay canales, hay pasillos que no son ya invisibles, porque son pasillos de homologación de redes sociales reales. Puede surgir en esta clase, puede dar la vuelta y entrar en el Instituto de la Facultad. Puede salir del Instituto e ir a otro instituto de investigación; puede pasar menos por los bares, quizás, donde se tejen las ya escasas utopías de la política argentina. Finalmente, puede construir aquello que Argentina nunca tuvo: un destino de sociólogo profesional. En Argentina nunca hubo sociólogos profesionales. Por eso creo que es crucial esta discusión sobre si esta Facultad da definitivamente el paso hacia la construcción del sociólogo profesional en la Argentina. Es cierto que hay colegios de graduados, que efectivamente el tema preocupa a muchas personas, que forma parte de la angustia vocacional y política de muchos, es una inquietud que no se puede disfrazar de ningún modo. Efectivamente, esta es una Facultad muy lacerada por diferencias irreversibles en el cuerpo profesional, que si bien no impiden armar una lista electoral única sí impedirían pensar que habría un monolítico cuerpo profesoral, una ciencia unificada, homogénea, con una historia enteramente asumida y con realizaciones comprobables. No sucede así, lo cual –en mi opinión– hace las cosas mucho más interesantes. Porque recuerdo el sabor de los viejos pasillos, de los viejos saberes de pasillo que conducen en Argentina a las formas del conocimiento. Un conocimiento que, sin dejar de autointerrogarse, representa la forma más terrible del conocimiento (aristotélicamente, diríamos “más ereccionante”). Se confunde mucho con la pasividad, por eso es muy sutil, y al mismo tiempo no sólo no impide sino que los paneles corredizos que deja ese saber hacia la real política argentina son muchísimos.

Bueno, ya pasé a Independencia, Independencia al 3000, 3065, las direcciones se pueden recordar como uno recuerda las de su casa y de los lugares donde estuvo más tiempo: Viamonte 430, Independencia 3065… Era un viejo convento, no había sido construido como una Facultad. La Facultad de Filosofía y Letras, y Sociología, que se entromete en ella en los años ‘60, estaba en un edificio que había sido construido en 1903. Y ahora –estamos en los fines de la década del ‘60– la Carrera de Sociología estaba en un convento. Cuando entrábamos nos reíamos, porque todavía estaba en la puerta el nombre de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Y estuvo mucho tiempo, hasta que al final alguien lo sacó. No sé qué celador, qué bedel prudente limó el nombre grabado en cemento de relieve, que siguió por mucho tiempo declarando la presencia del orden monástico en ese reducto de revolucionarios. Ese edificio había perdido su destino. En los años ‘60 tenía la carga de ser la Facultad de Filosofía y Letras, donde todos fuimos, con Borges. Borges fue con su Swedenborg o su Shakespeare, e insistió en no tomar examen a sus alumnos, y nosotros –que éramos los que tomábamos examen– inventábamos formas de tomar examen en las que se notaba inmediatamente el afán político que nos movía. No sé si hoy lo deberíamos hacer así; creo que ya no lo hacemos así. Y tampoco sé si hoy, pensándolo retrospectivamente, habría que suponer que eso estuvo bien. Pero nos llevaba a convertir el examen tomado en una Facultad en un acto político, y a la ciencia en un lugar en el que se daban cita todas las contradicciones de una sociedad. ¿Teníamos derecho a hacer tal cosa? Yo, que lo recuerdo con nostalgia pero también con angustia, recuerdo los exámenes que tomábamos. Eran actos panfletarios, de deliberación y compromiso político. Eran actos por los que rondaban las estampas de Mao Tse Tung, de Perón, del Che Guevara, de Lenin, de las organizaciones guerrilleras, ¿teníamos derecho a hacerlo? Ignoro si lo teníamos… yo lo hice; otras personas no lo hicieron. Los que no lo hacían percibían con mucha claridad; una claridad que no les debo envidiar, porque esa claridad de alguna manera los privaba del arrebatamiento de la época. Habría que diferenciar los motivos epistemológicos de los motivos políticos, los compromisos académicos de los compromisos políticos. Extendida hasta las últimas consecuencias, esa diferenciación da como resultado esta ambigua Facultad de Ciencias Sociales.

Creo que resulta muy difícil recordarnos allá por los años ‘60. Los que pasamos esos años y que en aquel momento pensamos la alegría de escribir artículos en revistas políticas, creo que hoy los consideraríamos órdenes de captura contra nuestro propio presente. En realidad, uno no sabe realmente si el pasado de los que tuvimos alguna actividad en los años ‘60 nos impediría este presente tan distinto, o si este presente es tan balsámico que nos impide preocuparnos por aquel pasado que ya todos nos disculparon. Yo no sé bien cuál es el pasado biográfico que podría adjudicarme, pero tampoco sé si colectivamente se lo puede adjudicar a la Facultad y a sus pasillos. La Facultad, en Independencia 3065, era un gran hall, muchos de ustedes lo conocen, en el barrio de Boedo. En los años ‘20 había habido una gran polémica: Boedo y Florida. Bueno, la Facultad no la recordó, porque la Facultad tenía otros pasillos, ya había mucha guerrilla. Ya los exámenes estaban muy politizados. Había una escalera muy angosta, que provocaba aglomeraciones. Esa escalera todavía no se ha modificado, es una escalera que servía para las monjitas; pero los estudiantes de sociología, de psicología, de historia, también usaban esa escalera. Y lo hacían de una manera espectacularmente “hablativa”, digamos. Muy narrativa, como sucede en las escaleras de esta misma Facultad: hay mucha narración política. Del primero al quinto piso se pueden leer, aquí, historias alucinantes. Historias de este país y de otros países verdaderamente remotos.

Aquella Facultad tenía dos entradas, una por la calle Urquiza y otra por Independencia. Esto era muy útil en momentos de ocupación de la facultad, cuando la cercaba la policía. Había también muchos bares antiguos, la vieja Unión Ferroviaria, el cine Unión, el bar Unión. El barrio se mantenía tal cual como en los años ‘30, cuando la Unión Ferroviaria había construido un magnífico edificio, un art-decó, revolucionario para el movimiento sindical de aquel entonces. Ese viejo edificio de la Unión Ferroviaria, que aún se conserva, alojó a la primera gran CGT que hubo en Argentina antes de que el peronismo construyera la actual, con el edificio de líneas racionalistas en la calle Azopardo. El gran edificio sindical de la Unión Ferroviaria marcaba el ritmo del barrio: el gran cine del barrio se llamaba Unión, y estaba en el mismo edificio que la Unión Ferroviaria, y el único bar importante del barrio también se llamaba Unión. En el otro bar, que se llamaba Buenos Aires, recuerdo que una de sus mesitas era una máquina de coser que la dueña del bar modificó y puso ahí. Los 5000 alumnos de Sociología y Psicología, hordas fanáticas y famélicas, que buscaban a sus padres primitivos, Freud y Durkheim, arrasaron con todo eso. Arrasaron con la memoria ferroviario del barrio y con el bar Buenos Aires, y crearon los bares Sócrates, Platón, Prospectiva, Perspectiva, Proyección, Introyección, Retroversión. Apareció un bar Boliche y otro Bowling. Los nombres se iban mezclando; el bar Buenos Aires se siguió llamando así, pero inmediatamente todas sus mesas se modificaron. Bueno, no tan inmediatamente; me parece que sus dueños conservadores querían aprovechar la oportunidad pero sin embargo la máquina de coser seguía allí. Ahora quien vea el bar Buenos Aires puede percibir el impacto que causó la Facultad. Fue un impacto con pasillos aeroespaciales. La Facultad estaba comunicada con el pasado y con el presente del país: los pasillos eran mucho más que aquellos grandes cartelones que se colgaban en el hall de la Facultad. Los carteles eran enormes porque así lo permitían las grandes dimensiones del patio central. Se hacían carteles tan pero tan grandes que tapaban la visión. Hasta tal punto que, si me disculpan, puedo contar una anécdota. El decano de aquel momento era José Luis Romero, que para mí fue el último gran decano que tuvo esta Universidad, es decir, el último gran profesor que se animó a cumplir tareas administrativas. Así que yo lo recuerdo con mucho cariño. Un buen día Romero amenazó con renunciar si no se sacaban los cartelones que impedían caminar por los pasillos de la Facultad. Aquellos eran años en los que no se podía hacer otra cosa más que pegar grandes cartelones. Y efectivamente renunció. Nadie creyó que fuera a renunciar de verdad, pero renunció. Recuerdo una noche terrible, en que hicimos un viaje arltiano a Adrogué, él vivía en Adrogué, para pedirle a José Luis Romero que por favor no renunciara, que no íbamos a pegar más carteles hasta determinada altura, que íbamos a dejar veinte centímetros para la comunicación de Bedelía, en fin… La cuestión es que José Luis Romero dijo que no, “no vuelvo más a esa facultad”, y efectivamente no volvió más. Cuando volvíamos en el viejo tren, a las dos de la mañana, después que nos endilgó una filípica moralista-laica, y una especie de historia social de la Argentina que terminaba en el peronismo, pero que comenzaba muy lejos (por eso salimos a las dos de la mañana.), Daniel Hopen, que era el delegado estudiantil de la Facultad, y que había sucedido a Marcos Schlaster en esa entidad que se llamaba Delegación Estudiantil, comentó algo, con esa especie de desesperación que tenía Daniel Hopen: “que le vamos a hacer, es un viejo socialista”. Porque Daniel Hopen fue un gran dirigente político, un gran orador, quizás el último gran orador de la vida universitaria argentina, uno de los grandes oradores trotskistas, uno de los cadáveres argentinos sin memoria, porque no veo que salga nunca en los recordatorios de Página/12, en fin, por eso esta noche lo quiero recordar acá, por lo menos como un gran orador, era también un gran trotskista, aunque hoy no sabría definir muy bien qué es un gran trotskista. Pero algo cierto es que un gran trotskista era un gran orador: siempre que hablaba lo hacía por veinte minutos, media hora, y ponía el mundo en sus manos. Efectivamente, antes de la televisión había una escuela de la oratoria, que también pasó por esta Facultad y se perdió con estos nombres, con estos grandes nombres, que hacían política –creo– para poder hablar, para poder subirse a una escalera y endilgar un gran discurso. Me parece que allí se hacia notorio el gran placer de la oratoria, donde se unía cierta vocación universalista y cósmica del trotskismo. Pero había algo que Daniel Hopen no entendió de Romero en esa noche terrible, cuando Romero –el viejo socialista laico– dijo que no. Open, el gran orador trotskista, que le fue a pedir “tácticamente” que no renunciara, salió diciendo aquello de que era un viejo socialista. Muchas veces tuvimos que decir eso de nuestros viejos profesores: “viejos socialistas”. Si hoy José Luis Romero dirigiera esta Facultad, sería un ultraizquierdista.

Bueno, los pasillos obligaron nuevamente. Voy a recorrer más rápidamente los pasillos que faltan, del convento al hospital, al Hospital de Clínicas demolido. Otra vez un edificio que no nos pertenecía. En el Hospital de Clínicas hubo tiroteos, esa parte de la historia se me pierde, porque yo ya no estaba, pero escuchaba los tiroteos. Yo estaba en la Facultad de enfrente en esos momentos. Para mí era mi vieja Facultad, la facultad donde me había recibido, donde había desarrollado mis compromisos políticos, esa facultad donde entonces escuchaba tiroteos. Los tiroteos sonaban en el lugar donde estaba el viejo Hospital de Clínicas, que no podemos considerar que no fuera fruto de un gran momento edilicio y político de la Argentina. Ahí están los viejos bustos que hoy podemos ver en esa plaza. Los bustos no los tiraron abajo, son de los prohombres de la medicina, que ponían audaces inyecciones o descubrían el veneno de las víboras. La iglesia también quedó. Y al mismo tiempo, es una parte de la memoria de la sociología argentina la que transcurrió ahí sin saber que secretamente enlazaba con los verdaderos fundadores médicos de esta disciplina, sin duda, un Ramos Mejía. Luego hubo que ir a Derecho, y luego al edificio que se compartía con Arquitectura. Visitantes, trashumantes, expulsados, marginales, errantes… Es una historia de edificios, de viajes, de trenes nocturnos, de grandes figuras de la política, de la oratoria, de grandes dramas políticos, de grandes guerrilleros argentinos. Una gran historia en un lugar donde no hay un gran saber. Eso, de algún modo, no deja de ser interesante. El saber es pobre, pero las historias calcan como esos instrumentos que se venden en las calles, con un espejito, que sirven para calcar de un lado a otro, el dibujo de la historia política argentina. Me parece que eso no debe desdeñarse en el momento de contar la historia política, pedagógica y académica de la facultad, o de la carrera. Porque además no se sabe bien qué es. Es un producto inoportuno, que nace maldito, que no tiene clara conciencia de sus potencialidades, que no sabe estrictamente cuáles son sus dimensiones científicas, que origina un profesionalismo que no está en condiciones de atender todos los compromisos de vida que esta facultad originó. Entonces, cuando en este edificio recorremos los pasillos de la Facultad, efectivamente podemos festejar los saberes de pasillo que son rebeldes, ese lugar donde se pegan carteles, aunque las agrupaciones estudiantiles ahora pegan muchos carteles en las aulas. Ese es un indicio de debilidad. Es un indicio de debilidad porque creo que es en los pasillos donde se construyen las verdaderas alternativas. Las agrupaciones estudiantiles que antes entraban raudas y podían sentirse disputando el poder al profesor, que intimidado concedía que hablaran; hoy son mucho más cautelosos para pedir la palabra al profesor cuando entran con sus volantes. Y de algún modo suponen que el pasillo es de nadie, es un lugar inhóspito, neutro, donde se camina rápidamente por las escaleras. Incluso ahora no prohíben tomar el ascensor, de modo que puede perderse la fabulosa narración política que cuentan los pasillos, este mercado de propaganda electoral, pero también estos pasillos donde cualquier mercachifle hace su publicidad porque hay un público y hay un mercado, hay publicidad de revistas, de viajes a Miami con descuento, no hay ninguna publicidad microscópica ni macroscópica que se deje de hacer en los pasillos de esta facultad. Cuando la publicidad política entra en el aula señala una debilidad del movimiento estudiantil. He ahí el lugar donde el movimiento estudiantil dice: ¡pero no leen los carteles! Este estudiante que pasa sin leerlos es el que tenemos que descubrir, interceptar, en el lugar donde está recogido, o en el lugar donde finalmente encuentra su realización: en el misterio del aula. Porque el aula es misteriosa. Me parece que es el lugar donde se reproduce la más vieja escena del drama del conocimiento: el hablar, el refutar, el neutralizar, el salir puteando en silencio. Son todas figuras del conocimiento que dudosamente vayan a desaparecer nunca, por más grabadores que haya en las aulas. Aún cuando las aulas terminen siendo como los bancos, con cámaras filmadoras que comuniquen con su terminal en el despacho del decano, quien –como en los aeropuertos– vea simultáneamente todo lo que se está diciendo en cincuenta clases al mismo tiempo. Un método muy recomendable para volver loco a cualquiera, no solamente a los decanos. Aunque se hiciera ese panóptico de la facultad, creo que la vieja idea de un escritorio, de una clase y de los profesores que hablan es casi indestructible. Digamos que tienen el mismo valor que las Confesiones de San Agustín, de la Crítica de la razón pura de Kant, del 18 Brumario de Marx o de la Operación Masacre de Walsh. Aún seguimos pensando en esos términos. No sé si decir que mientras haya profesores dispuestos a invocar esos nombres, aunque sea mal, la vieja comedia del conocimiento se va a seguir realizando. En ese lugar es, entonces, donde la relación de la clase con el pasillo es no sólo indispensable sino que es una guerra permanente. El estudiante que entra….lo imagino así porque yo entré así a interrumpir clases de profesores. Alguna vez me atreví a interrumpírsela a Borges, y salí mal parado, porque Borges –el cuchillero– salió a enfrentar a lo que en aquel momento tímidamente representábamos: el movimiento estudiantil. Hoy los profesores no enfrentan a un movimiento estudiantil, porque no lo ven hostil. El movimiento estudiantil debe tener hostilidades, diría, conceptuales. Sería preciso un movimiento estudiantil que reflexionara sobre sí mismo, que se cuidara de renovar el lenguaje, porque así se convertiría en el lugar efectivo de la reflexión política en la universidad. Pero finalmente está como todos, a la espera de que ocurra lo peor y sin azuzar su autorreflexión. Es el movimiento estudiantil que ve sólo territorial y tácticamente a la facultad, que la percibe como lugar de acumulación de poder, como ocupación de espacios, de territorios, etcétera. Ahora el movimiento estudiantil habla como los profesores que hablan como los políticos, que hablan en términos de un silenciamiento de los estudiantes que ellos fueron en los años ‘60, obligados a rechazarlos como aquel secreto tesoro que de algún modo podían contener o rememorar. O incluso lo digo mal: muchos recuerdan aquel tesoro porque al final es una forma de destacar muy galantemente que no está mal que las épocas cambien a las personas; yo pienso lo mismo. Y finalmente, con mayor o menor elegancia, podemos recordar a los estudiantes que fuimos en aquellos años, que a su vez reproducen como reflejo de un espejo muy fiel, a los del movimiento estudiantil de hoy, que están anunciando a los futuros diputados y senadores, a los futuros ocupadores de espacios, futuros acumuladores de poder.

Bueno, pero es deber del movimiento estudiantil, es deber de los profesores y de una facultad neutralizar esa historia por lo menos en un punto: en el punto donde de vez en cuando –no sé si siempre– debe declarar como lugar absolutamente indispensable el lugar de la autorreflexión, el del autoreconocimiento, de la gratuidad del conocimiento y del hecho de que debe cesar el intercambio para que haya saber. El lugar donde se hace algo por nada. Pero ese nada es por algo también, como decía Marcel Mauss. Ese algo viene con la historia, viene con otro tipo de recompensas, con ciertas fórmulas de la amistad, con ciertos huecos que se crean en lo social cuando hacemos esto, que se retribuyen, ya sea cuando los de arriba nos dicen que somos unos boludos, ya sea suponiendo que esto puede ser un recuerdo interesantísimo en la memoria de quienes hayamos participado en un acontecimiento como éste, por ejemplo, el de hoy. Entonces, la posibilidad de suponer que el pasillo, que nos molesta, puesto que el aula está sonoramente encapsulada a las 9 de la noche entre los que pasan con su murmullo inacabable –son los que vienen de reírse del profesor de la hora anterior– y los colectivos de las líneas 39, 152, 12… Tendríamos que enorgullecernos, son las líneas de colectivos más importantes del país las que pasan por acá, cargando miles y miles de pasajeros a los que no les interesan para nada nuestras historias, y que por supuesto tampoco quisieran ser responsables –ni aún involuntarios– del ruido vital que causan superponiéndose con nuestros conceptos fundamentales.

Bien, también yo veo esto como parte de una lucha que por supuesto me molesta, pero no sería un ecologista más de nuestra facultad. De todos estos itinerarios, de esta historia edilicia, de la vieja Facultad de Filosofía y Letras, con su patio andaluz, conventos, hospitales, de esos inenarrables edificios del desarrollismo de los años ‘50 y ‘60 como la Ciudad Universitaria de Nuñez, de esta carrera a la que nadie quiere, quizás nosotros seamos los últimos enamorados equívocos de esta Facultad. Porque la maltratamos, decimos que la sociología así como está es un saber que tiene muy poco que ofrecer y que ofrecernos, y a pesar de todo, la persistencia con la cual seguimos viniendo acaso se debe a que querríamos leer una historia en los cinco pisos que atravesamos, una gran narración política en el pasillo. Creo que es por eso que seguimos viniendo, aún los más jóvenes, y por eso quisiera evitar hablar como un viejo conocedor de pasillos y festejador de las inscripciones y grafitis en los baños, que son como verdades ocultas pero secretos a voces. Venimos porque alguien creó esos vacíos, esos apellidos de la extraña inmigración argentina que pasaron por esta Facultad y que formaron parte de un largo encadenamiento de pensamientos irrealizados, como éstos que estamos haciendo ahora. Quizás lo que nos convoque, lo que nos mueve a seguir en esta facultad y en esta carrera que tanto criticamos, es que –impropia como es, incapacitada de pensarse a sí misma– de algún modo nos recuerda todo aquello que involuntariamente pasó por ella, como si fuera un papel vegetal, algo que imprime involuntariamente todo lo que se le pega. Y eso sí lo hizo bien. Esta Facultad coleccionó grandes vidas y grandes pensamientos, y lo sigue haciendo. Es un lugar que cuando clasifica lo hace mal, pero cuando colecciona lo hace con partes muy vitales de la historia política y de la historia del conocimiento en la Argentina. Sigue siendo un compromiso que nos gusta, a pesar de que para decir que nos gusta tengamos que hacer todos estos malabares de pasillo y crear todas estas alternativas tan fatigosas, que suponen decir que no nos gusta. Así, si se entiende esta paradoja, creo que puede entenderse el secreto fundamental de lo que hacemos.

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«Queremos que no se olviden: seguimos buscando a Tehuel”

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La hermana de Tehuel de la Torre, el joven trans de 22 años que desapareció el 11 de marzo, habla con lavaca tras un nuevo rastrillaje sin resultados. Cuenta por qué se busca en el lugar – un campo entre Alejandro Korn y San Vicente- y la falta de recursos para investigar a fondo, mientras el tiempo transcurre. “Nos da impotencia no tener respuesta concretas: la búsqueda gira en lo mismo. Pedimos que se siga buscando a Tehuel, que la gente no se olvide, que sigan publicando su foto”, reclama Verónica, que llama a seguir compartiendo su cara, hasta que aparezca.

Por Inés Hayes y Melissa Zenobi

“Ayer a la tarde se hizo un nuevo rastrillaje con más de 100 efectivos en un campo cercano a Alejandro Korn, -algunos efectivos fueron caminando y otros, en parapente-, por donde pudieron haber pasado Montes, o Ramos, o ambos, con el carro”, dice a lavaca Verónica Alarcón, la hermana de Tehuel. “Es en la zona de la Esperanza y parte de La Laurita, que termina en un santuario que hay al fondo de Alejandro Korn, en el camino a San Vicente”, ubica Verónica para quienes conocen el lugar: una especie de descampado que no había sido rastrillado antes, y por donde se presume habrían transitado los dos principales sospechosos de la causa de la desaparición del joven trans de 22 años. “Una antena del lugar captó al celular de Montes el 12 de marzo a las 4 de la mañana, por eso se están rastrillando esos campos”, explica Verónica.

Tehuel de la Torre sigue desaparecido desde el 11 de marzo de este 2021.

Alarcón amplía la información sobre este nuevo rastrillaje: dice que en la zona hay lugares donde no se pudo pasar, por lo que la fiscalía planea volver. La DDI, la Policía Científica y Gendarmería van a elaborar un informe conjunto para detectar más puntos posibles donde investigar.

Mientras, el tiempo pasa. “Es un campo muy grande, hay partes que no se puede pasar porque hay arboledas con espinas, también hay espejos de agua, y como un lago. El próximo rastrillaje va a ser con drones”, prometen desde la Fiscalía.

A casi 5 meses de la desaparición de Tehuel, su hermana dice a lavaca: “Queremos que no se olviden de Tehuel, que se lo siga buscando, que no quede en el pasado. Que no haya silencio, que haya justicia y que paguen los que tienen que pagar. Ahora que se levanta la feria judicial, esperamos tener noticias pronto de todas las pericias que hay”.

Desde el Estado, las respuestas escasean : “Nos da impotencia por no tener respuesta concretas, la búsqueda gira en lo mismo. Pedimos que se siga buscando a Tehuel, que la gente no se olvide, que sigan publicando su foto”, reclama Verónica, que llama a compartir la siguiente imagen:

Tehuel salió de su casa el jueves 11 de marzo a las 7 de la tarde para encontrarse con Luis Alberto Ramos quien, presuntamente, le había propuesto un trabajo de mozo para un evento. Desde que comenzaron a buscarlo se allanaron diferentes viviendas y terrenos de la zona, así como la casilla donde vivía Ramos, donde se encontró el celular de Tehuel destruido y su campera quemada.

Por la desaparición de Tehuel hay dos detenidos: Luis Alberto Ramos y Oscar Alfredo Montes, las dos personas que vieron con vida a Tehuel antes de desaparecer, y que mantienen un pacto de silencio que pretende ocultar la verdad.

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Lo que se viene en la Trinchera: Negra, una propuesta donde la obra sos vos

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La compañía Monomujer, Teatro para unx espectadorx cumple cinco años y lo festejan todos los sábados de agosto en MU Trinchera Boutique con la presentación de su obra Negra, con las actuaciones de Olave Mendoza y Melina Cruz. Basada en el poema Me gritaron negra de la compositora afroperuana Victoria Santa Cruz, es una pieza que cruza lenguajes –el teatral y el musical- para plantear el tema de la inmigración. Las entradas pueden adquirirse aquí.

Es una estructura de madera de poco más de un metro de ancho y tres metros de largo -como una caja negra que envuelve un misterio dispuesto a develarse-  y basta con ingresar para vivir una experiencia teatral única. ¿Cuántas personas entran a ver la obra? Solo una por vez.  ¿Cuánto dura? Diez minutos.  Cada expectadorx es mucho más que eso. Es parte de lo que sucede. Observa y es observadx. Su presencia es fundamental para que se produzca ese intercambio personalizado que por un corto –pero intenso- lapso le mantendrá suspendidx en un microuniverso, una caja de resonancia que invita a despojarse de corazas, entregarse al relato y explorar la propia sensibilidad.

La compañía Monomujer, Teatro para unx espectadorx cumple cinco años y lo festejan todos los sábados de agosto en MU Trinchera Boutique con la presentación de su obra Negra, con las actuaciones de Olave Mendoza y Melina Cruz. Basada en el poema Me gritaron negra de la compositora afroperuana Victoria Santa Cruz, Negra es una pieza que cruza lenguajes –el teatral y el musical- para plantear el tema de la inmigración. Componen el equipo creativo de Monomujer las actrices Virginia Curet, Jimena García Conde, Mica García, Julia Sánchez, Olave Mendoza y Luz Moreira, que vive en Chile.

Luz fue “la maga”, como dicen las actrices, que las unió hace un lustro, antes de regresar a su país. Junto al actor y director Felipe Rubio montó Gabinete, Teatro para un espectador en la sala de espera del teatro Timbre 4.  Cuenta Virginia: “Empezamos a hacer algunas pruebas en la sala de espera de Timbre a la gorra, en el marco de esas investigaciones a nosotras se nos fue ocurriendo hacer un ciclo de micromonólogos y así nació Monomujer, Teatro para un espectador, con el tiempo, le agregamos las x. Había diferentes micromonólogos dentro de un gabinete en la sala de espera y esto era en los momentos en que vos ibas a ver una obra, tenías que esperar y te invitábamos a pasar, veías cinco minutos de micromonólogo a la gorra y te ibas a ver el espectáculo para el que habías ido”.

Suma Mica: “Hacíamos de diez a quince funciones por día. Teníamos el público de la sala de espera y después también el nuestro, se conjugaban los dos públicos”. Las Monomujer heredaron la estructura que les dejaba Gabinete y lanzaron una convocatoria de dramaturgia en la que seleccionaron dos obras. Siguieron creando juntas y estos cinco años fueron de labor ininterrumpida. Solo pararon las funciones durante la cuarentena, aunque de manera virtual establecieron rutinas de trabajo conjunto.

Al tiempo de iniciada la compañía, sumaron obras cortas y tres estructuras para contenerlas. En el Festival Temporada Alta de 2017 la propuesta sumó el ciclo Migrantes, con tres obras en un total de 33 minutos y llegaron a hacer 18 funciones por día. Virginia: “Descubrimos con esta experiencia que éramos quince artistas actuando para unx solx espectadorx cada vez. Era muy loca esa ecuación porque por lo general buscás el público masivo, si no, no funciona. Pero no perseguimos ese fin sino otro, que es el acto de comunicación que sucede con esx únicx espectadorx”. Describe Olave la lógica que las mueve a confiar en este formato corto e intimista: “Cuando vas al teatro oficial o comercial, estás resguardada porque vas a una sala grande, estás mucho más protegida, la mirada no está interpelándote. Lo que  hacemos también es anticapiltalista, no buscamos lo masivo, ahí estás sola con tu alma, siendo parte. Acá no hay manera de que pases desapercibida, nosotras te vamos a cuidar estando adentro de la caja, en esta experiencia”.

Lo que sucede después

Este colectivo de actrices adquirió y sostiene una forma horizontal de encarar su labor artística. Algunos roles se van intercambiando de acuerdo al deseo de cada una. Julia entró como productora y luego le dieron ganas de actuar: “Son desafíos, terminamos escribiendo, dirigiendo y haciendo toda la puesta. Todo entre todas. Vamos probando, modificando procesos, siempre buscando trabajar juntas”. No hay cabeza de compañía sino que todas toman decisiones y las consensúan en asamblea. Para afianzar lo comunitario, hicieron un seminario de creación grupal con Piel de lava, el colectivo artistico formado por las actrices, directoras y dramaturgas Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes.  

Julia: “Fue la primera vez que actuamos todas juntas porque en este formato podés actuar sola o con alguna otra, pero nunca estuvimos actuando todas juntas. Eso estuvo buenisimo porque nos descubrimos como actrices, entre todas. Nos conocíamos escribiendo, dirigiendo, pero en el seminario estábamos actuando todas al mismo tiempo”.

Antes de que arrancara la pandemia, estaban por reestrenar el ciclo Migrantes en el Centro Cultural San Martín y a punto de viajar a Brasilia. Durante la cuarentena, Julia se fue a Venado Tuerto y Olave a Chaco. Se mantuvieron conectadas, incluyendo a Luz desde Chile y crearon el ciclo Interior, que estrenaron en el verano pasado en el Centro Cultural San Martín. Olave: “Queríamos probar y actuar nosotras, siempre convocábamos actores y actrices, la pandemia nos permitió hacer Interior y fue el primer ciclo donde solo actuó la compañía. Era más íntino porque no nos podíamos juntar a ensayar con  nadie. Es el primer ciclo con nuestros cuerpos, nuestras voces y nuestras miradas”.  

En el micromonólogo La Perla hay arena en el piso del cubículo. “Había espectadorxs que se sentaban en la arena, y no en el banquito, otrxs se sacaban las zapatillas”, recuerda Virginia. En María, alas de Caráu, hay plantas que recrean un patio correntino. Cada micromonólogo tiene su ambientación, su atmósfera particular. “En cada escena siempre pensamos en invitar al público con algo. En la escena del conventillo en Migrantes, se le daba un tereré, o en otra obra les dábamos un paquetito de pochoclos. Estaba esa experiencia no solo visual, sino sensorial, desde el gusto, el olfato. Ahora no podemos dar nada. Ahora es texto, mirada, acontecimiento”, afirma Jimena.

Con la llegada de los protocolos, se replantearon cómo continuar. Después de analizarlo, decidieron sacarle el techo a la caja y alargar la profundidad para que haya más distancia física entre actrices y espectadorx. “Nosotras focalizamos en la mirada, es importante porque sentimos la entrega. Además, ahora es solo mirada, porque la gente entra con barbijo, entonces es como si se focalizara mucho más”, advierte Julia. Una vez finalizada la obra, está la posibilidad de volcar la vivencia por escrito en un cuaderno. La lectura compartida de ese cuaderno se convirtió en ritual al término de cada función.

En esta oportunidad, la propuesta es la experiencia Negra. Olave y Melina –tocando el cajón peruano- ponen materia, voz y sentimiento. Olave: “Ese ´negra´ queda resonando. Puede tomar otras variantes, como gorda, puta, trava, fea, chaqueña, negrita. Muchas personas nos dijeron ´a mí me pasó´. Te afecta la vértebra que te tiene que afectar. Es el acto de discriminación puesto en una palabra, que pueden ser mil palabras. Y en lo personal, que yo haya venido del Chaco a Capital, con esa migración interna, no es menor, en mi experiencia”. Las cinco coinciden en que la obra es la persona espectadorx tras el hecho teatral, lo que le pasa después.

Para sumergirse en Negra, habrá que descender algunos escalones hasta llegar a la sala del subsuelo de MU Trinchera Boutique, anque estos pasos no serán a solas. Un banquito ubicado en el extremo de la caja nos espera para acomodar el cuerpo. Lo que le sigue es una vivencia en comunión, que les sucede a las tres personas que respiran allí dentro. El cajón peruano late en la madera y en el pecho. Seguirá sonando cuando subamos las escaleras y cada une verá qué le pasa después.

Adquirí tus entradas acá.

Foto: Martina Perosa.
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Santiago Maldonado: la causa que se está convirtiendo en otra desaparecida

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Hoy, 1º de agosto, se cumplen cuatro años de la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado. El aniversario llega en medio de una parálisis de la causa que tiene a la familia esperando hace un año y medio que la Corte Suprema se expida sobre el avance de la investigación. La “solución amistosa” que propuso la CIDH no prosperó, así como la denuncia del Ministerio de Seguridad que recayó en el propio juez Gustavo Lleral, denunciado por la familia por obstaculizar la investigación. Un repaso de los  hechos en una causa que conmovió al país y se suma a tres reclamos de siempre: Memoria, Verdad y Justicia.

“La sensación es que no hay Estado de Derecho: vivimos en un país en el que alguien puede terminar preso por una causa cualquiera o que tu vida transcurra en la impunidad”.

La voz de Sergio Maldonado suena calma, pero también cansada, en medio de una seguidilla de entrevistas que tuvo durante este viernes: hoy domingo se cumplen cuatro años de la desaparición forzada seguida de muerte de su hermano Santiago, y se reavivan recuerdos, preguntas, sensaciones, pero también una cruda certeza que Sergio explica así: “Seguimos como el año pasado: la causa detenida en la Corte Suprema, esperando que se designe un juez que quiera investigar, y que diga que hay que investigarla como desaparición forzada. Pasa el tiempo, pero no pasa absolutamente nada. Estamos igual desde noviembre de 2018”.

La parálisis es un dato en medio de una causa que conmovió al país con movilizaciones multitudinarias para exigir justicia. La referencia a 2018 remite a cuando el juez Gustavo Lleral decidió archivar la causa, tema que la familia peleó en diversas instancias judiciales. “Desde que apareció el cuerpo, todo fue rechazo, destiempo y nada se movió: son 4 años de impunidad”.

En noviembre del 2020, Sergio viajó de Bariloche hacia Buenos Aires para presentar el informe del Grupo de Expertos convocado por la familia para desarrollar una investigación imparcial e independiente del caso. El estudio concluyó no sólo que no es posible descartar la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago sino que no hubo “actuación investigativa” acorde al delito. El informe fue entregado a la CIDH y al Estado argentino, el cual propuso al organismo internacional llegar a una “solución amistosa” con la familia. Sergio resume: “No solamente nada prosperó, sino que tampoco hubo resultados”.

El informe –elaborado por un grupo conformado por más de 10 expertos de Chile, Colombia y México– entre sus principales puntos, remarcó:

  • “La desaparición forzada debía ser la primera posibilidad a considerar y no se procedió así”.
  • “Se advierte la ausencia de legislación adecuada para prevenir, reconocer, registrar, investigar, sancionar y reparar las desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales posteriores a 1983”.
  • “En el marco de los análisis que se realizan con propósitos de identificación, el segundo informe emitido por el Equipo Argentino de Antropología Forense indica que en las muestras analizadas se identifica el perfil genético de al menos un individuo masculino desconocido además del perfil del Sr. Maldonado. Este hallazgo no es discutido en la pericia y podría tener implicaciones significativas en el análisis de los hechos, por lo cual deben analizarse las hipótesis relacionadas con este hallazgo”.
  • “La información revisada del expediente no permite establecer hipótesis razonables que expliquen por qué a pesar de las labores de rastrillaje realizada en el río Chubut y sus área circundantes, el cuerpo fue hallado río arriba 77 día después de la desaparición”.
  • “La ausencia de información sobre lesiones en el cadáver no puede interpretarse como una inexistencia de hechos de violencia alrededor de la muerte. El hallazgo e identificación del Sr. Maldonado y el establecimiento de su causa de muerte sólo da cuenta parcial de lo acaecido con la víctima”.
  • “El análisis de medios y de redes en torno al caso de Santiago Maldonado, evidencia un interés e injerencia por diluir responsabilidades y explicaciones de los acontecimientos vinculados a la desaparición forzada y posterior hallazgo de su cuerpo sin vida”.

En 2020, el Ministerio de Seguridad denunció penalmente a Pablo Noceti, exjefe de Gabinete de Patricia Bullrich, junto a dos altos mandos de Gendarmería, por su responsabilidad en las irregularidades en el operativo donde desapareció Santiago, y sus encubrimientos posteriores. El Ministerio informó que las órdenes de Noceti y los procedimientos internos constituyeron una “ingeniería jurídica de la impunidad”.

Sergio dice que esa denuncia también cayó en un vacío: “No pasó nada. El Ministerio denunciaba el accionar de Gendarmería por el operativo, pero no la responsabilidad que tuvo en la desaparición forzada. Esa causa, además, le cayó al propio Lleral, que ya se había querido sacar la causa de encima y dijo que Santiago se ahogó solo, que Gendarmería no tenía nada que ver. Si bien fue una manera de reconocer que la Gendarmería actuó mal, que fue un pésimo operativo, no decía nada en concreto respecto a la desaparición forzada”.

Por eso, subraya Sergio, la sensación respecto al Estado de Derecho: “Nadie está exento de padecer este sistema judicial. Así está diseñado. Pasaron cuatro años y todos los jueces y camaristas que intervinieron siguen en funciones, dando veredictos. ¿Con qué autoridad?”.

Desde marzo del año pasado, la familia Maldonado espera la resolución de la Corte Suprema que habilite la investigación por desaparición forzada. “Tuvimos pinchaduras, un médico que filtró fotos del cuerpo de Santiago, la causa del espionaje, la denuncia del Ministerio de Seguridad: no pueden ser causas separadas, porque todas están relacionadas con lo mismo. Todo es parte de una desaparición forzada, pero lo que hacen es demorar. La fecha límite que tenían para responder era de 10 días. Llevamos casi un año y medio”. –

Los hechos

Estos son los principales puntos del caso.

  1. La violencia del operativo: la importancia del contexto

A Santiago Maldonado lo vieron por última vez con vida huyendo de una violenta represión de Gendarmería en el marco de una irrupción ilegal sin orden judicial a la Pu Lof en Resistencia del Departamento de Cushamen, en Esquel, el 1 de agosto de 2017. Había llegado un día antes, el 31 de julio al mediodía, para sumarse al corte de ruta de la comunidad mapuche en reclamo de la libertad del lonko Facundo Jones Huala, que había sido detenido el 27 de junio. Santiago, que había cumplido 28 años cuatro días antes, iba a continuar su viaje a 25 de Mayo, su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires, porque extrañaba a su mamá y a su abuela.

Ese 1º de agosto, el juez federal Guido Otranto ordenó despejar la ruta. La Gendarmería llegó a las 3:30 de la madrugada del 1 de agosto, según informó el primer alférez Daniel Gómez en las actas de la fuerza. Horas después, entre 8 y 10 personas regresaron a la ruta para continuar el reclamo y los gendarmes los reprimieron con violencia pese a que, según las propias actas de la fuerza, a las 11:15 la ruta ya estaba liberada. Un informe del CELS subrayó que ningún gendarme fue siquiera sancionado por las ilegalidades del operativo, que duró hasta las 17 horas:

  • Ingresar al territorio sin orden judicial.
  • Arrojar piedras a los manifestantes.
  • Quemar las pertenencias de la comunidad en una hoguera.
  • Retener durante cuatro horas a dos mujeres y dos niños.
  • Ocultar fotografías y videos del operativo.
  • Portar escopetas, bastones, hachas, piedras.
  • Ingresar a la comunidad con cuatro camionetas y un camión.
  • Bajar hasta la vera del río en persecución de los manifestantes.

2. La respuesta del Estado

La familia de Santiago denunció que en las primeras semanas, claves para toda investigación, el Poder Ejecutivo –Mauricio Macri como presidente y Patricia Bullrich como ministra de Seguridad– respondió de tres maneras:

  1. Plantear hipótesis infundadas: que Maldonado no estaba en el lugar, que estaba ausente por propia voluntad o que había fallecido antes de la represión (la falsa hipótesis del puestero, que insumió recursos y tiempo claves en la pesquisa, fue introducida en el expediente de hábeas corpus por el propio Ministerio de Seguridad).
  2. Ocultar cómo había actuado Gendarmería en el operativo.
  3. No buscar a Maldonado de manera eficiente.

La postura del Gobierno nacional no se modificó aun cuando se constatara que un participante de una protesta social había muerto durante una represión desatada por una fuerza federal. Tampoco hubo cambios respectos a la figura de “flagrancia”: la Gendarmería tenía orden de la justicia federal sólo para despejar la ruta, pero bajo esa figura promovida desde el Ejecutivo y, en particular, por el jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad, Pablo Noceti –presente en el operativo el 1º de agosto–, la fuerza ingresó a la comunidad persiguiendo a los manifestantes.

Tampoco modificó su enfoque la certeza de que el Ministerio plantó y reprodujo falsedades aun cuando contaba con las actuaciones administrativas de la Gendarmería que, si bien fue cuestionada en duros términos por la Procuraduría de Investigaciones Administrativas (PIA) por su nulo rigor jurídico, daban cuenta de, al menos, la irregularidad del operativo. El dictamen de la PIA denunció el direccionamiento de las entrevistas y los diálogos actuados.  Describe algunas preguntas como de una “superficialidad análoga a una encuesta casera sobre algún producto alimenticio en un supermercado”. Y también cuestiona que no hace foco sobre el rol de Noceti.

A través de un duro informe, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU remarcó su preocupación por las falencias en el accionar del Estado en la búsqueda de Santiago y la investigación judicial por la responsabilidad en su desaparición. El informe, firmado por el jefe de la Subdivisión de Tratados de Derechos Humanos, Ibrahim Salama, cuestionó la postura del Poder Ejecutivo que, en sus declaraciones públicas, rechazó “la hipótesis de involucramiento de las fuerzas federales en los hechos”. Los expertos enumeraron, en particular, algunas de las declaraciones de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich:

Por esa razón, concluyó: “El Comité está altamente preocupado porque estas posiciones e hipótesis fueron presentadas de forma pública antes de que se haya realizado una investigación integral y exhaustiva de los hechos y, en particular, del proceder de Gendarmería. Como resultado de esta situación, el posible involucramiento de la Gendarmería solamente fue integrado como hipótesis de investigación seria más de un mes después de la desaparición del señor Maldonado, tiempo en el cual no se ha cumplido con las acciones calificadas como urgentes dentro de los estándares básicos de personas desaparecidas”.

3. El rol del Poder Judicial

Como se marcó, la intervención de la Gendarmería comenzó con una orden judicial para despejar el corte de ruta pero luego utilizó el supuesto de flagrancia para ingresar con violencia a la comunidad. Ese mismo día, el defensor oficial Fernando Machado registró las irregularidades del operativo y que una persona estaba desaparecida. Fue el único actor judicial que intervino en persona y acorde a la gravedad del hecho el 1º de agosto. Así también lo denunció Julio Saquero, integrante de la Regional Noroeste de Chubut de la APDH, cuya denuncia abre la foja 1 del expediente que tramitaba como desaparición forzada. Sin embargo, ni el juez federal Otranto ni la fiscal federal Silvina Ávila dieron credibilidad a la denuncia sino que actuaron bajo la hipótesis de si Maldonado estuvo o no en el lugar y criminalizando a la comunidad mapuche. Un ejemplo: en la audiencia de habeas corpus del 4 de agosto, ni el juez ni la fiscal exigió explicación alguna a los representantes de la Gendarmería presentes. El juez Otranto fue apartado tras un pedido de recusación. Desde ese entonces, la causa la llevó el titular del Juzgado Federal de Rawson N°2, Gustavo Lleral.

En septiembre del 2019, la Cámara Federal de Apelaciones de Comodoro Rivadavia resolvió reabrir la causa que el juez Gustavo Lleral había archivado en noviembre de 2018. Sin embargo, en ese fallo los camaristas descartaron una desaparición forzada. Este es el punto central: ese delito sólo lo comete el Estado. “Descartar la desaparición forzada es descartar la responsabilidad de la ex ministra Patricia Bullrich quien fue la primera persona que salió a festejar este fallo”, precisó la familia.

Por esa razón, la familia presentó un recurso de casación ante el fallo de los jueces de Comodoro. Así se llegó a la audiencia en diciembre frente a los jueces Gustavo Hornos, Marcelo Borinsky y Javier Carbajo en la que la familia expuso los argumentos por los que debería investigarse la causa como una desaparición forzada. La abogada de la familia, Verónica Heredia, citó dos fallos que esa misma sala había dictado respecto a otras dos desapariciones forzadas: Iván Torres (en 2003, Chubut) y César Monsalve (en 2013, también en Chubut). Sin embargo, en un fallo confuso, la Sala IV rechazó por mayoría el recurso de la familia Maldonado para que la causa por la desaparición y muerte de Santiago sea investigada como una desaparición forzada de persona. El único voto que hizo lugar al recurso de la familia fue el de Hornos: “La ausencia de signos físicos de violencia no permite concluir sin más la inexistencia de ilícitos tales como la desaparición forzada, el homicidio, o la tortura”, expresó.

El 30 de diciembre, el propio Lleral sostuvo la denuncia de la familia le generaba una “inevitable afectación moral” y aconsejó “el cese” de su participación en el expediente. Sin embargo, hace dos semanas, la familia comunicó que la Sala IV nuevamente rechazó el pedido de recusación e inhibición de Lleral como juez. Cabe recordar que en la audiencia, la familia había destacado que una investigación por desaparición forzada (atendiendo la jurisprudencia por los casos en los que el Estado argentino fue condenado) debe contemplar el contexto en el que se produce. En ese sentido La familia destacó tres ejes fundamentales:

  • La última vez que a Santiago lo vieron con vida fue huyendo aterrorizado de más de cien gendarmes en una brutal represión de Gendarmería enmarcada en una irrupción ilegal sin orden judicial a la Pu Lof en Resistencia del Departamento de Cushamen, en Esquel.
  • 78 días después aparece en ese lugar sin vida.
  • Y aparece en un lugar que ya había sido rastrillado tres veces por las fuerzas de seguridad.

La familia fue clara: “Nada se investigó. Por eso, no se puede descartar una desaparición forzada”.

4. Los medios

El rol de las empresas comerciales de comunicación, junto a operadores mediáticos y figuras de Juntos por el Cambio, también formó parte del contexto en el que se buscó tapar el rol del Estado en la desaparición y muerte de Santiago.

“Se describe quiénes fueron los actores involucrados en la comunicación oficial del gobierno, funcionarios de segunda línea, y también de los periodistas más famosos, operadores y el rol central que asumieron los creadores de noticias falsas y las granjas de trolls que diseminaron los contenidos a través de las redes sociales para polarizar la sociedad”. Así comienza el informe que la familia de Santiago Maldonado presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y que refleja los ataques que sufrieron por parte de los funcionarios de Cambiemos y del Gobierno (que debían investigar la desaparición de un joven de 28 años en contexto de protesta social) a través de las redes y los medios de comunicación.

El informe completo puede leerse aquí:

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