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En busca del último Walsh

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Facundo Barrio reconstruye en esta investigación el destino del último cuento de Rodolfo Walsh: Juan se iba por el río. Un relato que, como el escritor, desapareció en la ESMA. Quién era el personaje de Juan y qué contaba su historia. Por qué representaba una alegoría de esos tiempos.

walsh

Ésta debería ser la historia de un cuento póstumo, pero es la historia de un robo ensañado. De una desaparición tan triste como la de Rodolfo Walsh: la de Juan se iba por el río, su última obra de ficción, escrita durante sus últimos y clandestinos meses de vida y apropiada por los represores de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) un día después de su secuestro, en 1977. Es la historia de la caída de Walsh, de su desaparición, del saqueo de su casa y del secuestro de su obra inédita. Del archivo que los militares armaron en la ESMA y de los militantes sobrevivientes que recuerdan haber visto allí los papeles perdidos del escritor. Es, también, la historia del paisano Juan Antonio Duda, protagonista del cuento, de cuya existencia sabemos gracias a la memoria de las únicas dos personas en el mundo que pudieron leer el relato. De la batalla judicial por recuperar los textos secuestrados. De la certeza testimonial de que sobrevivieron al desmontaje de la ESMA. Y de una incertidumbre que vertebra todo lo demás: ¿Los represores conservan todavía hoy los papeles inéditos de Walsh?

La última vez

¿Qué casualidad, no? Al último cuento le puso Juan se iba por el río, y después lo secuestraron a media cuadra de San Juan y Entre Ríos. Patricia Walsh dice que esa ironía le hubiera causado gracia a su papá, que tenía un particular sentido del humor negro. Pero no le parece factible que Walsh se haya burlado de su propio destino en el título de su obra final. Patricia cree, en serio, que fue una casualidad. Porque Walsh desapareció el 25 de marzo de 1977, y el cuento era un desglose de una novela que hacía tiempo había decidido abandonar. El paisano Duda ya existía para cuando el escritor supo que su próxima –y, como el cuento, última cita clandestina- sería en una esquina de la avenida San Juan, en el barrio de San Cristóbal. Aquella tarde, la patota militar le disparó hasta que se desplomó sobre el asfalto y después se lo llevó a la ESMA. Su cuerpo sin vida fue visto por última vez en la escalera que conducía al sótano del centro de detención.

Juan Duda también fue visto por última vez en el sótano de la ESMA. El cuento llegó a la Escuela de Mecánica luego de que un grupo de tareas de los militares reventara la casa de Walsh en San Vicente y se robara una vasta colección de memorias, cuentos, notas periodísticas, cartas personales, material de archivo, documentos internos de Montoneros y borradores de futuros proyectos literarios que el icónico periodista había producido y acumulado durante la clandestinidad. Varias carpetas de escritos inéditos del Walsh maduro, casi vírgenes de lecturas. “No sería raro que hayan conservado los escritos como trofeos de guerra”, dice Patricia, que no solo busca los huesos de su padre.

El personaje desaparecido

La desaparición de Juan Duda –paisano arquetípico y derrotado del siglo diecinueve, soldado de guerras ajenas, compañero generacional de Martín Fierro– no solo ocurrió en la realidad, sino también en la fantasía walsheana. En el final de Juan se iba por el río, el Río de la Plata de pronto baja y se vacía, dejando a la vista peces muertos, restos de barcos y seres fantásticos. Con el agua retirada, Juan se lanza a cruzar el río a caballo, para cumplir con su crecido anhelo de pisar la orilla de enfrente. Pero el viento cambia de dirección y la sudestada trae consigo una tormenta fenomenal. La silueta del protagonista se esfuma en el horizonte. No se sabe si Juan llega o no al otro lado. El final es meditadamente abierto.

Algunos años atrás, Lilia Ferreyra, última compañera de Walsh y una de las dos personas que leyeron el cuento, reveló que cierta vez le preguntó al escritor si Juan alcanzaba la otra orilla. “No sabemos. Lo importante es que se animó a cruzar”, le respondió Walsh.

“Hasta allí acompañó a su personaje; no quiso definir su destino –escribiría Ferreyra años después–. Por eso Juan no ‘se fue’; el verbo no cerraba la acción. Juan ‘se iba’ por el río”.

Los papeles de Walsh fueron apropiados por el Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA, la misma banda de asesinos que mató al escritor y luego desapareció su cuerpo. El robo de los escritos está contenido en la investigación judicial en torno a la desaparición del autor. En la justicia argentina llegó a dilucidarse que, entre 1977 y 1978, algunos detenidos vieron los escritos dentro de la Escuela de Mecánica.

Lo que casi nadie sabe es que, en 1979, los textos también fueron vistos por una sobreviviente fuera de la ESMA. Los encontró en una casa operativa a la que el Grupo de Tareas había trasladado parte del botín obtenido en los asaltos a los secuestrados. Pero con la obra perdida del autor de Operación Masacre ocurre lo mismo que con un detenido desaparecido: podemos reconstruir una parte del derrotero posterior a su secuestro, pero no conocemos su destino final.

En cierto punto se nos escapa el rastro. Y entonces solo nos queda ilusionarnos con su reaparición.

Los textos desaparecidos

Conocemos con exactitud lo que había entre los papeles robados gracias a una presentación judicial que Ferreyra hizo en mayo de 1997 para reclamar la restitución del cuerpo de Walsh y de sus obras secuestradas, “que forman parte del patrimonio cultural de la sociedad por la que vivió y murió”. Había documentos críticos sobre Montoneros; memorias de Walsh separadas en tres temas: política, literatura y afectos; páginas de su diario personal; borradores de proyectos no consumados; material de investigación; selecciones de notas periodísticas; una carta que escribió a su hija Victoria luego de su muerte; otra al militar que dirigió el operativo para que “usted, coronel, sepa quién era la joven de 26 años que ustedes mataron”, y copias de la célebre Carta abierta de un escritor a la Junta Militar.

Pero la pérdida mayor tal vez sea la de cuatro cuentos inéditos: cosechas literarias tardías, robadas por sujetos incapaces de dimensionarlas. En su reclamo judicial, Ferreyra reseñó brevemente esos relatos, cuyos borradores pudo leer durante los últimos meses que compartió con Walsh en la casita de San Vicente:

El 27, año del nacimiento de Walsh y evocación de la memoria de su padre y de su propia infancia en el campo, parece ser una precuela de El 37, publicado en 1960, acerca de la angustiosa etapa de su niñez que el autor pasó en un colegio irlandés para huérfanos y pobres.

El aviador y la bomba (sin título definitivo) reconstruía la historia de uno de los aviadores navales que bombardearon la Plaza de Mayo durante el intento golpista contra Juan Domingo Perón del 16 de junio de 1955, que un joven Walsh apoyó.

Ñancahuazú, en cambio, se inscribe en otra era ideológica de Walsh: la de su admiración por la Revolución Cubana y sus corolarios. El cuento recreaba la experiencia guerrillera que el Che Guevara comandó en la selva boliviana entre 1966 y 1967. El relato se basó en un reportaje que Walsh le hizo en Bolivia al mayor Rubén Sánchez, quien había sido prisionero de los guevaristas, y a quien el escritor ya había citado en Bolivia: el general proletario, un retrato publicado en 1970 en la revista Panorama sobre el efímero y popular presidente boliviano Juan José Torres.

El cuarto cuento robado –el único terminado y en versión definitiva– es Juan se iba por el río.

En la ESMA

Martín Gras es el último testigo que vio el cuerpo sin vida de Rodolfo Walsh. Fue el mismo día del asesinato y desaparición del escritor. A Gras lo subían del sótano de la ESMA –donde estaban las salas de tortura y la enfermería– cuando vio bajar por las escaleras a un grupo de militares que llevaban a Walsh sobre una camilla. Tenía el pecho abierto por una ráfaga de balas. Gras también es –además de Lilia Ferreyra, fallecida en marzo de 2015– la otra persona que leyó el último cuento inédito del escritor. Un par de días después de la llegada del cadáver del autor a la Escuela de Mecánica, encontró la versión acabada de Juan se iba por el río en la oficina del marino represor Antonio Pernías.

Sentado en su despacho anexo a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, donde trabajó durante años, Gras recuerda bien aquella mañana. “Pernías tenía una oficina chiquita en el sótano donde solía citarme –cuenta Gras, ex oficial mayor de Montoneros–. Ese día me llevaron ahí y me dejaron esperándolo en su escritorio. Pero Pernías no estaba, y podían pasar quince minutos o quince horas hasta que viniera: en la ESMA, el tiempo no existía para los detenidos. En el fondo de la oficina había un trastero con papeles. Aproveché para curiosear un poco, porque cualquier dato que obtuviera podía servir a nuestra estrategia de supervivencia”.

Gras no tardó en identificar a quién pertenecían las cosas robadas que encontró allí. “Primero vi unos archivadores con recortes periodísticos. Después, la colección completa del periódico de la CGT de los Argentinos. Y finalmente unas carpetas con escritos a máquina. En ese momento me olvidé de mi situación, de Pernías, de todo. Me senté en el piso y me puse a leer, fascinado. Había una serie de documentos críticos sobre Montoneros y sobre la línea política y militar que había adoptado la conducción, en los que se planteaba la necesidad de un repliegue ante la ofensiva estratégica del enemigo. Y también estaba Juan se iba por el río. No era copia carbónica: era el original”.

El argumento

En los primeros días de 1977, Rodolfo Walsh se había impuesto dos objetivos para el 24 de marzo de aquel año, primer aniversario del golpe de Estado: terminar su último cuento y escribir una denuncia pública de los crímenes de la dictadura. Las pinceladas finales de Juan se iba por el río fueron, por lo tanto, simultáneas a la elaboración de la Carta abierta a la Junta Militar. Ambas obras corresponden a la etapa clandestina en San Vicente, tal vez el momento de mayor clarividencia política de Walsh y el de mayor peligro para su propia vida. Esas, y no otras, fueron las condiciones de producción de su última ficción.

“Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina; y su mujer, Teresa”. Lilia Ferreyra era capaz de recitar de memoria las primeras líneas del cuento, que ella misma ayudó a pasar en limpio tres días antes del secuestro de Walsh. En esas hojas mecanografiadas, Ferreyra pudo leer la historia de Juan Duda, exponente de la generación de paisanos argentinos inmediatamente anterior a las grandes oleadas inmigratorias del siglo diecinueve. Sobreviviente a su época y ya viejo, Juan se sienta en un banquito a la vera del río y rememora su vida. Se acuerda del día en que vio pasar el féretro con los restos repatriados del general San Martín. De la noche anterior a la batalla de Cepeda, cuando a él y al negro Ansina los hicieron formarse para escuchar la arenga patriótica del general Mitre. Y del negro diciéndole al oído: “En la patria de ellos, yo me cago”. Desde la orilla, Juan fantasea con llegar al otro lado del Plata, donde las casitas blancas de la colonia se dejaban ver en los días de sol. Hasta que la bajada del río lo invita a arriesgarse.

Pero volvamos a la escena lamentable de Martín Gras: un prisionero en la oficina de un torturador, vestido con ropas harapientas y sentado en el piso, con grilletes en los tobillos y capucha al hombro, leyendo el último cuento de un escritor asesinado y desaparecido. “En ese momento sentí que, a través de Juan, Walsh hablaba de sí mismo y de todos nosotros: del aniquilamiento de una generación de militantes que no sabíamos si llegaríamos o no ‘al otro lado del río’. Me desesperaba no conocer la respuesta. Pero probablemente no hubiera contestación posible. Lo importante era haberlo intentado”.

Algunos días después, Gras ya no volvió a ver los papeles en la oficina de Pernías.

La carta robada

Lila Pastoriza regresa casi todos los días al predio de la ex ESMA, donde hoy funciona el ente público Espacio para la Memoria y la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. Desde hace años trabaja vinculada a las políticas sobre memoria. Estamos dentro del extenso terreno que perteneció a la Escuela de Mecánica, a unos pocos cientos de metros del sitio donde se encontraba el Casino de Oficiales, núcleo del centro clandestino de detención. En general, Pastoriza evita entrar a ese edificio donde, entre junio de 1977 y octubre de 1978, vio morir y desaparecer a compañeros y amigos.

Lila conoció bien a Rodolfo Walsh. Además de la militancia compartida en Montoneros, trabajaron juntos en la  Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). Pastoriza dice que no le costó reconocer los escritos que cierto día encontró en la Pecera, la oficina transparente que los militares habían montado en la ESMA. “Ya desde el 76, ellos habían empezado a hacer trabajar a algunos detenidos. A fines del 77, construyeron la Pecera en el tercer piso. Era un recinto con un corredor en el medio y muchas oficinas pequeñas a ambos costados, separadas por tabiques de acrílico, en las que guardaban libros y papeles obtenidos en allanamientos. El pasillo estaba controlado por cámaras colocadas en el fondo del corredor, que no llegaban a tomar las oficinas”.

Existen distintas versiones sobre el nombre de la Pecera. La más difundida dice que, en los primeros meses, los oficiales pasaban a mirar a los presos que trabajaban allí y los veían hablar, pero no llegaban a escuchar lo que decían. Entonces a alguno se le ocurrió que parecían pececitos moviendo la boca. “A mí me llevaron por primera vez ahí en diciembre del 77 –continúa Pastoriza–. En la Pecera pude ver los cables de la ANCLA. Y en uno de los cuartos había un mueble donde habían separado papeles que pertenecían a Rodolfo, entre ellos, textos críticos sobre Montoneros y algunas cartas personales. En esas carpetas yo no vi los cuentos”.

Lo que sí vio Pastoriza fue la carta que Walsh había dedicado a su hija María Victoria, muerta en un enfrentamiento con una patota militar. El 29 de septiembre de 1976, al verse rodeada por sus perseguidores, Victoria dejó a un lado su ametralladora, se subió a una terraza y, antes de llevarse una pistola a la sien, les gritó a sus enemigos: “Ustedes no nos matan: nosotros elegimos morir”. Lila rescató de la Pecera la carta a Vicki escrita por su padre. “Un día me dijeron que me iban a llevar a ver a mi familia, entonces me metí a la oficina donde había visto la carta y la saqué. Estaba escrita a máquina, con tinta roja. Me la llevé para dársela a Lilia Ferreyra, como prueba de que Rodolfo había pasado por la ESMA. El acto no tenía nada de heroico: en ese momento, ni soñábamos con que una cosa así pudiera servir algún día como evidencia en un juicio. A lo sumo fantaseábamos con que, si sobrevivíamos, haríamos una película sobre lo que nos había pasado”.

La pista de las cajas

Mercedes Cuqui Carazo es la única persona que dice haber visto los escritos robados de Walsh fuera de la ESMA. Lo dice a través de Skype, desde Lima, donde se exilió en abril de 1980. A los 73 años, y después de 35 fuera de la Argentina, su pasado le queda lejos: la militancia en Montoneros, el asesinato de su marido, el hecho de haber sido la mujer guerrillera de más alto rango capturada por los marinos, los tormentosos meses en la Escuela de Mecánica. Pero el afecto personal por Walsh y su familia la estimula a recordar el día en que se topó con unas cajas marcadas con las iniciales R. W.

“A mí me sacaron de la ESMA y me mandaron a Europa para usarme en el Centro Piloto”, cuenta Carazo. El Centro Piloto fue un proyecto del almirante Emilio Massera para blanquear la imagen de la dictadura en el exterior. “Cuando regresé a la Argentina, en abril del 79, ya no volví a la ESMA, sino que debía ir a trabajar todos los días a una casa en la calle Zapiola, a la que también iban otros detenidos. Nos obligaban a hacer tareas vinculadas con un plan de Massera para convertirse en presidente electo”.

Ubicada en el barrio de Núñez, a pocas cuadras de la Escuela de Mecánica, esa casa en la esquina de Zapiola y Jaramillo pertenecía a los padres del marino Jorge Radice. Funcionaba como base del Grupo de Tareas de la ESMA y en ella eran forzados a trabajar algunos prisioneros. Los militares la habían puesto operativa a comienzos de 1979, tras un cambio de mando en la ESMA que había obligado a la vieja gestión del represor Jorge El Tigre Acosta, vinculada con Massera, a reubicar sus materiales en distintos domicilios.

“En Zapiola acumulaban cosas robadas a los secuestrados: ropa, cuadros, libros –recuerda Carazo–. Nosotros trabajábamos en el segundo piso. En el primero había un cuarto largo al que teníamos prohibido entrar. Pero estábamos tentados de hacerlo porque ellos se jactaban de tener cosas de Walsh. Un día, la puerta quedó sin llave ni vigilancia, y entramos con el Pelado Diego (Nelson Latorre, jefe de la columna Capital Federal de Montoneros, fallecido en 1998). Vimos muchísimas cosas del archivo del diario Noticias. Y unas cajas marroncitas que decían R. W., llenas de hojas manuscritas y escritas a máquina. No llegamos a leerlas: salimos de la habitación justo antes de que volviera la vigilancia”.

Escritos escondidos

Carazo se exilió en 1980 y no sabe qué ocurrió después con la casa de Núñez. Pero intuye: “Si hubieran querido eliminar los escritos de Walsh, no se hubieran tomado el trabajo de mudarlos desde la ESMA. En el fondo creo que ellos tenían respeto por cierta gente, aunque también la odiaran. Y Walsh era un tipo que merecía respeto”.

En Carazo se pierde el rastro: desconocemos lo que sucedió con las cajas que quedaron bajo llave en Zapiola. Pero lo significativo del recuerdo de Cuqui es que nos revela que la obra inédita de Walsh –o al menos una parte de ella– sobrevivió a la ESMA. Por vocación archivística o por orgullo criminal, los militares conservaron los escritos hasta años después del asesinato del periodista. Razón suficiente para preguntarse si no los habrán escondido incluso hasta hoy.

Pero, ¿preguntarle a quién? ¿A los perpetradores, cuyo pacto de silencio se mantiene 32 años después del fin de la dictadura? Los represores no hablan. En la última década, la actitud general de los ex militares condenados por delitos de lesa humanidad ha sido la negación de sus crímenes y el ocultamiento en torno a las desapariciones. “La esperanza de recuperar los escritos es parte de nuestra necesaria postura frente a lo que nos ocurrió –dice Patricia Walsh, querellante en la causa ESMA–. Mi padre se hubiera reído de que no pudiéramos encontrar sus restos óseos. Pero la desaparición de su obra inédita, de su último cuento, le causaría dolor”.

El mensaje

En su Mensaje a los trabajadores y el pueblo, el primero de mayo de 1968 Rodolfo Walsh escribió: “Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que, comprendiendo, no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra”.

Walsh comprendió y actuó. Para el escritor, enfrentar la realidad fue tan necesario como interpretarla. Por eso quiso que Juan se fuera por el río.

Y allí lo dejó; allí lo dejamos.

Hasta que algún día lo veamos volver.

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La guerra más cercana

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Entrevista al escritor que mejor describió la violencia que arrasa a México, Sergio González Rodríguez, fallecido el 3 de abril de este año. Por el periodista español Ciudad de Iguala, Estado de Guerrero, México, noche del 26 de septiembre de 2014: decenas de estudiantes son atacados por policías y criminales. Sucede entonces una de las masacres más terribles de la historia reciente del país. Los jóvenes son secuestrados y sufren torturas antes de ser asesinados. Los cuerpos al día de hoy siguen sin encontrarse. El Estado atribuye la autoría a “bandas criminales”. Las familias de los 43 estudiantes desaparecidos se niegan a aceptar la versión oficial de los hechos y en todo México se disparan las movilizaciones bajo las consignas de “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!” y “Fue el Estado”.

Unos meses antes, de visita en Ciudad de México, le comenté a una amiga lo perdido que estaba en la desmesurada realidad mexicana, mi incapacidad para entender casi nada de lo que sucedía, sobre todo esa “extraña guerra” en la que se vive allá y que se ha cobrado en torno a 100.000 muertes entre 2007 y 2012: la llamada “guerra contra el narcotráfico”. Mi amiga me dijo: “Tienes que conocer a Sergio para saber dónde estás”. Se refería a Sergio González Rodríguez, periodista y escritor mexicano, uno de los primeros que se acercó e intentó echar algo de luz sobre los feminicidios de Ciudad Juárez. Es célebre su libro Huesos en el desierto, en el que conjuga el reportaje, la crónica y el ensayo para intentar desentrañar la naturaleza de los asesinatos de Juárez. Luego vinieron El hombre sin cabeza y Campo de guerra, ensayos sobre la violencia contemporánea que encuentra en México un laboratorio avanzado y terrible.

En esa comida que compartimos, tuve que ponerme en el lado derecho de Sergio porque no podía oír con el oído izquierdo desde que fue golpeado por unos desconocidos casi hasta la muerte en el barrio chilango de la Condesa. “Pero estoy vivo”, decía. Su capacidad de percepción no ha disminuido en absoluto y así lo prueba Los 43 de Iguala, el libro que acaba de publicar dedicado a analizar el caso de los estudiantes de la aldea de Ayotzinapa desaparecidos.

Hablando de México, del capitalismo salvaje, de la confusión entre el poder político, económico y criminal, del desmantelamiento del concepto de soberanía, de la militarización y paramilitarización del país, de la ilegalidad como negocio, de la sociedad fragmentada y del recurso a la excepción como forma de gobierno, Sergio no se refiere en absoluto a una anomalía o una realidad aparte, sino que nos describe las tendencias mayores que configuran a día de hoy el futuro de todos.

El Estado a-legal

-En Los 43 de Iguala dices: “Debo hablar de lo que nadie quiere hablar”. ¿Por qué el silencio?

-Cada vez más, las sociedades actuales tienden a silenciar los actos de abusos en todo sentido, los estados de excepción, la barbarie, el terror, el riesgo y la vulneración de los derechos, libertades y dignidad de las personas. El silencio al que aludo tiende a establecer nuevas líneas de coexistencia en todas partes donde la polarización y las tensiones sociales establecen una dinámica de adhesión versus rechazo tajante de una u otra causa, y la reflexión racional deja de ser importante para ser reemplazada por la simple emotividad de “buenos contra malos”. Las movilizaciones posteriores a la masacre de Ayotzinapa señalaron “Fue el Estado”. ¿Cuál es tu interpretación del papel del Estado en la masacre? Con la información disponible a la fecha, postulo que el Estado mexicano es presunto responsable de delitos de lesa humanidad por omisión en aquella noche. La participación activa de policías y militares debe ser indagada, desde luego. Tanto el gobierno local, como el estatal y el municipal, tienen responsabilidad al respecto y la investigación debe precisar los detalles de por medio. Asimismo, estoy convencido de que el gobierno de Estados Unidos también es corresponsable, por mantener dos mercados de alto impacto a partir de México y, en especial, en Guerrero: el de las drogas y el de las armas. Rechazo por completo la versión del gobierno acerca de que lo que sucedió en Iguala fue un mero asunto de drogas y criminalidad. En mi libro me permito analizar lo político y lo geopolítico que surge de aquellos hechos.

-La figura de Abarca, el ex-alcalde de Iguala, me parece muy llamativa porque condensa la fusión y confusión de poder político, económico y criminal que a tu juicio está devastando el país. ¿Podrías hablarme de esa figura y de esa conexión y entrelazamiento entre esos distintos poderes en México?

-La figura de tal individuo, su esposa y la trama de corrupción que de él se ostenta, entrega otro episodio más, ya no sólo de la corrupción mexicana, sino de procedimientos perversos de ejercer la política. Por ejemplo, emplear a criminales en tareas policiales, obtener el apoyo de fuerzas políticas, económicas y partidarias a pesar de tener pésimos antecedentes, reemplazar la legalidad a través de componendas de alto nivel, simular un respeto a la ley, funcionar, en suma, por dis-funcionalidades. Es lo que llamo un Estado a-legal. Son procedimientos estructurados que unen lo legal y lo ilegal.

Democracia formal

-En  otro de tus libros utilizas el concepto de An-Estado, ¿de qué se trata? ¿Cómo funciona el An-Estado en México? 

-El An-Estado es un Estado a-legal, como el mexicano, pero esto no es privativo de México. Funciona por sus dis-funcionalidades. Está fuera y contra -eso significa el prefijo “a”- de la legalidad y simula respetar la ley. En otras palabras, no sólo cumple fórmulas de excepción o ruptura de normas, sino que las incluye y las llega a invertir. Por ejemplo, sus nexos con el crimen organizado, que puede ser un instrumento de gobernabilidad o de apoyo, mediante aportaciones financieras, dentro del orden constituido. En este tipo de Estado, el gobierno puede ser reemplazado por prácticas comunicativas de control de daños, propaganda y campañas de contra-información en lugar de atender problemas concretos. En un An-Estado la democracia es formal, no sustancial, y se reproduce a partir de una clase política cada vez más ajena a la sociedad.

-México es un “campo de guerra”, dices, ¿podrías explicarnos este concepto y la realidad que nombra?

-México es un campo de guerra desde que el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa decidió desatar, bajo el patrocinio de Estados Unidos, una guerra contra el narcotráfico (2007-2012) y las fuerzas armadas del país fueron entregadas a tareas de gendarmería. Hay localidades, zonas, trayectos tomados, en forma temporal o continua, por el crimen organizado; el país mantiene un índice de impunidad de todos y cada uno de los delitos que se cometen del 98 al 99 por ciento, por lo que los ciudadanos son víctimas reales o potenciales de los abusos de las fuerzas armadas, las policías, el crimen organizado o el delito común. Estados Unidos es co-responsable de la degradación institucional en México, pues el estado de guerra descrito es producto directo del Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN 2005). La soberanía del país fue entregada a los intereses estadounidenses.

Revolución de las mentes

-¿Dónde colocas tus esperanzas en este momento en México?

-En el conocimiento, la información, la reflexión, la claridad, en una revolución de las mentes que pueda sentar las bases prácticas para dejar atrás las imposiciones del sistema de mundo actual. Hay que re-pensar en forma integral la realidad y proponer nuevos entendimientos al respecto. En cuanto a las dem
andas específicas de las familias de las víctimas, su cumplimiento sería alentador. El petitorio de ocho puntos planteado por las familias al gobierno de Enrique Peña Nieto debe ser aceptado. Y habrá que evitar que el gobierno postergue la investigación judicial debida para favorecer acciones supletorias de tipo burocrático o comunicativo.

Mi impresión leyéndote, Sergio, es que describes un mundo cada vez más fragmentado donde “todo son bandas”, incluido el Estado, incluida la izquierda en muchos casos. Es la caída del Estado de Derecho. Hay opciones políticas, como el EZLN, que parecen olvidarse de esa “misión imposible” y dedican sus esfuerzos a construir espacios de justicia, solidaridad y autonomía. ¿Se trataría entonces, a tu juicio, de restablecer el Estado de Derecho o de constituirse en él como fuerza asimétrica emancipadora?

-La fragmentación señalada atañe a ciertas partes del país; en otras se mantiene cierta inercia de unidad a través del clientelismo partidario-electoral, a través de sindicatos como el de los maestros (que incluye grandes porciones disidentes), a través del impacto colectivo de los medios masivos de comunicación, a través de buena parte de la población que trabaja y mantiene un respeto parcial, pero concreto a la ley y a la convivencia. El Estado de derecho debe restablecerse porque, de otro modo, las instituciones se degradarán más cada día. La aceleración de la decadencia actual sólo reafirmará al poder constituido. El surgimiento de un contra-poder asimétrico que defienda de verdad valores de igualdad, justicia y solidaridad resulta deseable, pero en el entendimiento actual de las cosas políticas en México es una posibilidad difícil de ser realizada en el corto plazo: la izquierda ofrece más dichos que hechos en tal sentido.

-¿Qué propones en concreto para ese restablecimiento del Estado de Derecho?

-Desde tiempo atrás he sugerido:

  1. Retirar al ejército y a la marina de su función de gendarmería de la seguridad pública, al mismo tiempo que se fortalezcan y renueven los cuerpos policiales;
  2. Controlar el flujo y la posesión de armas ilícitas en el país, y desarmar a los grupos criminales;
  3. Establecer un plan de desarrollo para las localidades con los mayores índices de violencia con el fin de reducir la pobreza, la desigualdad, la violencia y los delitos, y regularizar servicios eficaces de salud, empleo, vivienda, transporte, educación, cultura, etcétera.
  4. Se requiere más inversión productiva, y menos gasto en armas. Por desgracia, el gobierno actual ha gastado en tres años 3.500 millones de dólares en armamento, todo para satisfacer los protocolos del ASPAN y la “seguridad nacional” de Estados Unidos.

Como muestro en mis libros, basta ahondar en el examen de los hechos para descubrir su evidencia ofensiva, su claridad perversa. Y si bien en un primer momento podemos confundirnos sobre el verdadero estatuto del policía que es un criminal, o viceversa, el mecanismo que lo posibilita puede ser desarmado por la observación, la denuncia, la insistencia política, la crítica.

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