Protesta social
San Cayetano: el espejo del presente

Miles de personas participaron en la marcha de San Cayetano a lo largo de 15 kilómetros desde Liniers hasta la Plaza de Mayo. ¿Qué nos dice lo que ocurrió y lo que se manifestó en esas 150 cuadras? Las voces y vidas que casi nunca se escuchan y lo que explican sobre esta época: cuándo y cómo se come, el trabajo, el no trabajo, los alquileres, las facturas, las incertidumbres, lo horrible y lo extraordinario.
por Lucas Pedulla
Fotos: Tadeo Bourbon/lavaca.org
Hace diez años los movimientos sociales argentinos tomaron el 7 de agosto, día de San Cayetano, patrono del pan y del trabajo, para realizar una marcha de 15 kilómetros que une Liniers –sede de la iglesia del santo, pero también portal entre CABA y conurbano– y Plaza de Mayo con una agenda de temas que la política tradicional toma, más o menos, cuando les conviene: economía social, agricultura familiar, reciclado social, barrios populares.

A esa plataforma de propuestas hoy se le suman las problemáticas de la era Milei: desempleo, recorte de programas sociales, parálisis de las obras de integración sociourbana, acceso a la vivienda, mercadería que no llega a los comedores, y el crecimiento del narcotráfico que se disputa la vida y la muerte de jóvenes.

Muchas de esas dificultades son las que explican que la convocatoria no tenga en su punto inicial la masividad de otros años, además de llegar un día después de la enorme concentración en el Congreso contra la ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, cuya represión se extendió por horas.


Pero como nadie sabe lo que un cuerpo puede, cientos de ellos están a las ocho de la mañana frente a la estación de Liniers. Por la cabecera se sumará algunas cuadras el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. En la homilía, el arzobispo porteño José García Cuerva plantea cosas como “que se multiplique la justicia social”, “en el centro de cualquier dinámica no deben ubicarse el capital, las leyes del mercado ni el lucro, sino la persona, la familia” y reclamó por un país en el que “nadie sea descartable”.
Luego, una vez que la columna llegue al Congreso, ya serán miles, y en Plaza de Mayo se sumarán algunos gremios de la CGT y partidos de izquierda.
De todos modos, con más o menos personas, con más o menos banderas, San Cayetano siempre alumbra un caleidoscopio de agendas que es todo lo que la dirigencia política –¿cuál?– debería escuchar, sentir y responder.

Porque allí marcha Carolina –47 años, un hijo, de Ciudadela–, que vende espigas a 1.000 pesos y no consigue trabajo formal desde que la echaron de un comercio durante el macrismo.
Marcha Gabriel, a quien no le gusta la política pero va con su bici para vender chipá y pagar la factura de 100.000 pesos que le llegó de luz o los 300.000 de alquiler en Avellaneda, donde vive con su señora y su hijo.

Marcha Brenda –34 años, ocho hijos, dos nietos–, del Movimiento Evita, porque el changuito del súper ya ni siquiera es un lujo, «es algo extraordinario», y eso que pasó por un kiosco, por un almacén, por una pollería y ahora vende jabones artesanales en la feria de Pontevedra. Pero “nadie tiene un peso».
Marcha Carlos –65 años, de Lomas de Zamora–, jubilado de todos los miércoles, con una bandera que pide un «Sindicato de Jubilados», quien a sus 65 años pudo acceder a una Pensión Universal para el Adulto Mayor (PUAM, un 80% del haber mínimo) porque el gobierno eliminó la moratoria, y solo por el bono 70.000 pesos supera apenas los 400.000 pesos por mes: «Como una vez al día, generalmente a la tardenoche, porque las mañanas la paso con mates tratando de ver alguna galleta».

Marchan Juan y Bautista –del Evita y de atrevidos 13 años, envueltos con una bandera de “Las Malvinas son argentinas”–, que vinieron desde San Fernando, porque quieren colaborar, quieren militar, quieren conocer y hablar con gente: «Si en el futuro sigue este gobierno, esto no va a ser un país».
Marcha Dalila -también de 13, amiga de los tres varones-, que vino a pedir por su papá: «Lo echaron del municipio. Lo re usaron. Se tenía que hacer muchos estudios y ahora está mal».
Marcha Enzo, su profesor, que dice que su generación antes militaba desde el centro de estudiantes y ahora tiene que rescatar a los chicos del pasillo.

Marcha Gustavo –64 años, de Laferrere, La Matanza–, con pechera de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), que ve a chicos de 11 años luchando contra los soldaditos narco: «Me da impotencia porque mi país es rico».
Marcha María –33 años, de Máximo Paz, Cañuelas–, con la agrupación De Frente de los Misioneros de Francisco, porque el municipio les está pisando la instalación de luz que beneficiaría un plan de viviendas para 500 familias («la intendenta es peronista, mirá vos») y espera la visita del Papa León a la Argentina en noviembre: «Hoy tengo que decidir si le compro un par zapatillas a mi hijo, si compro comida, si pago un servicio o si compro un medicamento».

Marcha Vanesa –42 años, de Fiorito, donde nació Maradona–, con una espiga, una espumadera y un delantal de Somos Barrios de Pie, cuyo comedor da de comer a más de 100 familias por semana aunque el gobierno «dejó pudrir toda la mercadería en un galpón» y hoy tengan que hacer rifas para bancar la comida: «Encima le quieren sacar los 78.000 pesos del programa social a un millón de familias».

Sonrisas, frío, sol y una mano para el santo. Tadeo Bourbon/lavaca.org
Marcha Norma –47 años, barrio Nicol, La Matanza–, de la rama Construcción del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), porque hasta las changas se le dificultan si se tiene que tomar tres colectivos ida y vuelta –casi 9.000 pesos en total–, sin contar comer, “que no sale dos pesos”, y a su hijo de 14 años entonces le tiene que pedir si no puede agarrar algún rebusque para comprarse las cosas del colegio: «Donde vivo no veía gente en la calle, ahora sí».

¿Quién escucha estos cuerpos?
¿Quiénes los ven?
¿Quiénes trabajan el fondo del problema y no la selfie?
San Cayetano ofrece un día 15 kilómetros de posibilidades, pero también alerta sobre los otros 364 que permanecen fuera de los reels progres.
A diez años, con más o menos gente, con más o menos banderas, San Cayetano sigue mostrando una marcha posible hacia algún otro país por querer trabajar.

Protesta social
Punto de inflexión

Pese al frío, la lluvia y la violencia policial que dejó al menos 12 detenidos y más de 1.500 personas heridas y lastimadas, se realizó este jueves 6 de agosto la movilización revista contra la “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”. El gobierno había eliminado el miércoles solo un capítulo sobre extranjerización de la tierra ante la falta de votos. La movilización mostró un espíritu que se percibe estas semanas, con la bandera “Las Malvinas son argentinas” como disparador intelectual y emocional de muchas causas, enfrentado a políticas del gobierno que no resuelven problema social alguno, agravan los anteriores, y borran horizontes. La política de Estado más coherente, volvió a verse, es la represiva: un posible síntoma de su propio fracaso.
Por Lucas Pedulla y Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro y Manuela Mendiondo/lavaca.org
Las islas Malvinas están en todos lados en la movilización en el Congreso. En banderas, remeras, gorritos –de lana o pilusos–. En pines, en parches, en buzos, en las sonrisas, en las miradas cómplices de miles de personas que decidieron lanzarse a las calles pese al frío, la lluvia y la permanente amenaza de violencia gubernamental, que parece ser una de las pocas formas del Estado presente en estos años.

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org
La historia puede haber comenzado antes, cuando un grupo de amigos del barrio porteño de Villa Luro agarró una sábana en un cuarto de hotel en Atlanta, Estados Unidos y escribe “Las Malvinas son Argentinas”.
No podían saber que estaban empezando a provocar un efecto mariposa.
A menos de un mes de aquel 15 de julio –en que uno de los amigos se mete la sábanabandera en sus partes íntimas, pasa los controles, la lanza al campo de juego una vez consumado el triunfo de Argentina ante Inglaterra y Giovani Lo Celso la despliega para que la viera el mundo– la sábanabandera es ahora emblema en la concentración masiva que le espeta a los senadores y al gobierno nacional una aspiración:
- “Argentina no se vende”.
Y que, horas después, terminará en una represión desmedida –1.500 heridos según la Comisión Provincial por la Memoria (CPM)– en un intento del gobierno nacional por evitar una movilización mayor.
¿Lo logró?

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org
Las Malvinas por todos lados
Dentro del Congreso se trata la que denominaron Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, impulsada por el Ministro de Desregulación Federico Sturzenegger. Antes de empezar el debate a las 14.15, el gobierno ya había recibido su primera y principal derrota: este miércoles debió recular al quedarse sin el apoyo de gobernadores aliados y bajaron el capítulo que habilitaba la compra ilimitada de tierras por privados extranjeros.
La otra derrota fue lo que generó en la gente: un hartazgo que fue creciendo con el correr de los días y que hoy llegó al límite cuando se conoció que el libertario Joaquín Benegas Lynch es director de una empresa que se dedica a gestionar, justamente, ventas de tierras a extranjeros. Un hartazgo que se vio afuera del Congreso.

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org
Afuera: una movilización futbolera. Cánticos de cancha: “el que no salta es un inglés”, “no se vende, la patria no se vende”. Baile, tambores, alegría y mucha juventud en una concentración bien malvinera. El merchandising está en todas las veredas: las banderas de «Las Malvinas son argentinas» se venden a $15.000, las remeras a $10.000.
Desde el escenario montado de espaldas al Congreso y de frente a la gente, un ex combatiente de Malvinas dice que cuando las islas se ponen en agenda, la discusión política se mejora, porque se pone arriba de la mesa el tema de la soberanía.


Foto: Juan Valeiro / lavaca.org
Gladys y Jorge llevan una de las tantas telas blancas y sencillas. Son docentes de La Plata, en contexto de encierro en una cárcel de mujeres. Dicen que la bandera que mostraron los futbolistas fue el impulso, que ahí nació un gen. Un motor. Y que antes funcionó el “coraje” de los pibes que la entraron a la cancha.
–Fue el fosforito que necesitábamos. El puntapié para animarse. Para animarnos.

Foto: Manuela Mendiondo / lavaca.org

Sobre las vallas colocadas por la policía para alejar a la gente, la bandera, y los mensajes a los senadores y senadoras que dejó la gente. Foto: Manuela Mendiondo / lavaca.org
La chispa que encendió
Un papá y un hijo llevan una remera con el mismo diseño. Tres estrellas estampadas en el pecho por los mundiales obtenidos, y al lado, las Islas Malvinas. El papá se llama Fabián y el hijo se llama Pablo. Pablo Grillo: fotógrafo que recibió en la cabeza un proyectil de gas lacrimógeno disparado por el gendarme Héctor Guerrero y casi lo mata en marzo de 2025. Hoy Pablo está entre nosotros.
–Fue una chispa esa bandera. Hizo más que la Cancillería argentina en los últimos 40 años. Despertó algo, para dentro y fuera, un sentimiento que está en el pueblo y que emergió –dice Fabián, y señala a la multitud.
–El fútbol mueve mucho de lo que siente el pueblo y eso se ve hoy acá. Lo otro que se ve es que la gente está hinchada las pelotas –dice Pablo.

Pablo y Fabián Grillo. Foto: Juan Valeiro/lavaca.org
Graciela Daleo es sobreviviente de la ESMA y camina sorprendida de la cantidad de gente que ve. “Se tocó un resorte colectivo, algo similar a lo que pasa los 24 de Marzo. El pueblo argentino me sorprende siempre, a veces para mal, pero hoy no es el caso. Me gustaría que ese sentimiento se despertara no por el efecto de un mundial, sino por el cuidado de nuestra soberanía”.
Cuando comienza la sesión, la plaza ya rebalsa.
Y son, recién, las dos y media de la tarde.

Foto: Manuela Mendiondo / lavaca.org
Ideas jóvenes
“¡En-so-brados!, ¡en-so-brados!”.
El grito hecho cantito es de jubilados y jubiladas, los mismos y las mismas que están todos los miércoles en el Congreso, dirigido a los senadores que ingresan en autos negros y con vidrios polarizados al Senado. No son las tres de la tarde y esa actitud ya marca una constante que se verá durante el resto del día, a pesar de la lluvia: un gesto de lucha. Algo, también, de irreverencia, como esos muchachos que se subieron al tacho y descolgaron la bandera estadounidense del Hotel Savoy, sobre Callao. Abajo, cientos de personas que pasaban los aplaudían.
La convocatoria de los gremios y centros de estudiantes, sumada a artistas que también aportaron lo suyo desde lugares impensados –desde Tini hasta Dante Spinetta, desde Niki Nicole hasta Emilia Mernes–, multiplicó el efecto mariposa esparcido a nivel mundial. En Ushuaia, Río Grande, en Córdoba capital, en San Salvador de Jujuy, en Bariloche –Fito Paéz se grabó marchando: “La argentina no se vende, man”–, en Mendoza, en Chubut, en todo el país. En CABA, por Avenida de Mayo, por Rivadavia, por Hipólito Yrigoyen, las calles explotaban de gente. Mucho –muchísimo– piberío, gracias a la convocatoria de las coordinadoras estudiantiles.
Catalina, presidenta del centro de estudiantes del Cortázar, es una de ellas. Tiene tan solo 15 años y mucha lucidez. “Se nos juega como jóvenes el simple hecho de que vendan algo que nos pertenece como país. Somos un pueblo que fuimos una colonia, en el colegio estudiamos cómo nos independizamos, y es una falta de respeto que eso se cuestione”.
Rubén, su compañero del centro, también tiene 15 y piensa el efecto mundial: “Que personas tan influyentes como Messi hayan visibilizado el luchar por estas tierras es un tremendo orgullo”. Catalina piensa su escuela: “El último día previo a la final pusimos la Marcha de Malvinas, el himno y fuimos todos los jóvenes. Muchos dicen que la juventud está en cualquiera, pero eso lo hicimos los propios adolescentes”.
–También se habla de una crisis de representatividad: ¿cómo se habla de política con jóvenes de 15 años si no hay ningún dirigente que les represente?
Catalina: Esa crisis es complicada. Los jóvenes sentimos esa falta de “algo”. Quizás nuestros viejos crecieron con otros referentes. Me parece que la manera que estamos teniendo de construir tiene que ver con que todos juntos seamos nuestros propios referentes. En la cotidiana del día a día somos nosotros, con nuestras ideas. La referencia está en nosotros mismos construyendo la nueva política.
Milagros tiene 21 años y lleva un cartón en la mano que además de decir que la tierra no debe venderse, tampoco debe quemarse. La Ley que el Senado debatió hoy genera un retroceso en el cuidado ambiental: transforma la ley de manejo del fuego, reduciendo protecciones y permitiendo construir sobre tierras incendiadas. Además, acelera desalojos y limita la capacidad del Estado para expropiar.
–Todo el proyecto se debería haber caído. Lo único que ve y le importa a este gobierno son dólares, aunque para eso estén vendiendo nuestros recursos estratégicos.

Foto: Juan Valeiro/lavaca.org
Reprimir para vaciar la masividad
La lucidez de la juventud dialoga con la plaza que se fue llenando con el correr de las horas. Quizás eso mismo también detectó el gobierno al comenzar la represión sobre Callao y Bartolomé Mitre, por temor a que la plaza se siga llenando con los que salían del trabajo. Unos minutos antes, periodistas y artistas llevaron desde MU una bandera de doce metros con consignas que mandaron de todo el país dirigidas a senadores y senadoras:
- “No traicionen, no se vendan”.
- “Cuiden la patria”.
- “Ni olvido ni perdón”.
- “No regalen el país”.
Y alguno con otro tipo de vuelo poético:
- “¿Por qué no te vendés el orto?”.

Foto: Juan Valeiro/lavaca.org
Fue la propia gente la que ayudó a colgar esa bandera sobre la valla de Callao y Mitre. Algunos empezaron a dejar sus propios mensajes. Media hora después, desde los handies de Gendarmería se escuchó la orden de reprimir. Empezaron con hidrantes y gases lacrimógenos que, ayudados por el viento, quemaban los ojos, la garganta y la piel. Pero la gente no se iba. Esa actitud con la que los jubilados le gritaban “ensobrados” a los senadores era la que esta esquina estaba empezando a irradiar.
“¡Cipayos unitarios”, gritó un joven con barba y lentes.
“¡Traidores vendepatria”, gritó una quinceañera con aparatos.
“¡No son argentinos!”, gritó un joven con piercing en la nariz.
“¡Andá a Malvinas, la puta que te parió”, gritó una cuarta voz, y esa orden prendió como un mantra que se transformó, al instante, en canción.

Foto: Juan Valeiro/lavaca.org
Y la canción, minutos después, en una represión feroz que comenzó minutos antes de las 17 con un camión hidrante tirando agua, siguió con gases lacrimógenos –insoportables que quemaban los ojos, la garganta– y balazos de goma. La barbarie del gobierno –a través de Gendarmería, Prefectura y Policía Federal– duró más de tres horas y se extendió a varias cuadras del microcentro porteño, con escenas que no eran de película: otro hidrante avanzando por 9 de Julio, cortes de la policía sobre Corrientes, efectivos disparando entre colectivos y taxis cerca del Obelisco. Uno de los balazos le pegó en la ceja derecha, a milímetros del ojo, a Lautaro: “Estábamos protestando pacíficamente y nos empezaron a provocar y a reprimir”, le dice a lavaca.
El SAME trasladó a una fotógrafa que recibió un impacto en la cabeza, por detrás. Una integrante de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) dijo que era un “traumatismo de cráneo, estaba mareada y le sangraba el oído”. Desde el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA) y la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina (ARGRA) informaron que se encuentra «estable» en el Hospital Argerich y permanecerá en observación toda la noche.
La CPM informó: “1.500 personas heridas en una de las represiones más salvajes del último tiempo”.
Pero la gente siguió devolviendo los gases lacrimógenos a patadas o agarrándolos a mano pelada para arrojarlos del otro lado de la valla.
La gente seguía.
Y, a las 21, salió a cacerolear. En muchos sentidos, todo está empezando.

Foto: Juan Valeiro/lavaca.org
Protesta social
Marcha de jubilados: la heladera terrorista

Otro miércoles protagonizado por jubiladas y jubilados, que tuvo como novedad la noticia de que Patricia Bullrich y el gobierno bajaron el capítulo de venta de tierras a extranjeros en su turbia Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Un triunfo de la movilización de estos días, pero de todos modos se mantendrá la marcha prevista para este jueves. La aparición de jóvenes del radicalismo. Las banderas y carteles y los mensajes sobre el presente de la levotiroxina y de ciertos electrodomésticos.
Por Lucas Pedulla Fotos: Tadeo Bourbon/lavaca.org

Antes de bajarse de la línea B del subte porteño en Callao y Corrientes, o de tomarse el ferrocarril San Martín desde su conurbana Bella Vista, incluso antes del primer matecito de la mañana, lo primero que Ana Tapia hace todos los miércoles, porque en verdad lo hace todos los días, es tomar levotiroxina, un medicamento para la tiroides.
–Yo tenía nada más que dos nódulos, pero desde que me gasearon por primera vez hace dos años, todo lo que me metieron en la cara me provocó muchísimos más ganglios, más nódulos. Ahora me cambiaron la medicación para ver si voy a cuchillo o se va solo.

Tiene 73 años, el pelo cano coloreado de un tono lila, y un cuerpo que ha soportado balazos de gomas por las fuerzas federales que el gobierno dispone en cada marcha de jubilados y jubiladas. Aquel día de hace dos años el bautismo represivo fue con el gas.
–Me vaciaron un cargador.
La atacaron por detrás –“como cada vez que me atacaron”– mientras llevaba una bandera palestina. “Cuando ponés el cuerpo es algo que puede pasar”, se repite como un mantra, y se da fuerza –junto a sus compañeras y compañeros de la organización Jubiladxs Insurgentes– para seguir cada miércoles, con lluvia furiosa o sol inclemente, en la plaza.

Cada quince o veinte días le suma, entre los semaforazos en Callao y Corrientes y la marcha en el Congreso, una caminata de siete cuadras hasta la calle Mitre a buscar medicamentos para uno de sus seis nietos, que tiene parálisis cerebral.
–Me jubilé a los 68 años como trabajadora en discapacidad. Lo que me llevó a ese trabajo, tristemente elegido, es mi nieto. Yo era transportista: manejaba una camioneta por barrios de zona noroeste, como Las Catonas (Moreno), Pacheco o Luján, desde las cinco y media de la mañana y, a veces, hasta las doce de la noche, porque llevaba chicos a la universidad.

Ana trabajaba con amigos y familiares. No les gustaba llamarlo “empresa”, porque no se consideraban “empresarios”, y todo lo que entraba por la facturación a las obras sociales se repartía equitativamente. Al jubilarse, a ninguno de sus tres hijos varones les sorprendió que mamá siguiera militando, ahora por sus haberes: Ana es una de las infaltables en cada ronda de Madres de Plaza Mayo, todos los jueves a las 15.30, frente a la Casa Rosada. También milita en la comisión de sobrevivientes, familiares y compañeros de Campo de Mayo, uno de los centros clandestinos de detención en la última dictadura argentina.

–Tuve muchísimos compañeros desaparecidos. Como vivía en Villa Martelli (partido bonaerense de Vicente López), lo más posible es que se encuentren en Campo de Mayo. Todavía nos faltan entre cinco mil y siete mil compañeros que pasaron por allí. Estamos luchando por un espacio de memoria y que se investigue y se rastrille, porque esa tierra tiene mucho que contar. Para eso, que se vayan los militares de ahí es fundamental.
Por esos reciclamientos de la política argentina, hoy podría pasar como una “terrorista disfrazada”, tal como definió recientemente el presidente Javier Milei a los sectores críticos –nombró particularmente a “estudiantes”, “periodistas”, “profesores” e “investigadores”–, y como ya fue gaseada y baleada en varias oportunidades, el mote no sería extraño.
–Somos la generación del setenta. Nos tocó esa: te persiguen, te quieren matar o desaparecer. Mis nietos ya saben toda la realidad porque la viven. A veces me acompañan a las marchas. No tengo algo que me llene más que la militancia, porque en verdad lo que está mal es este sistema. Todo lo que involucra una lucha que tenga una injusticia me marca el lugar en el que tengo que estar. Es una enseñanza de Norita Cortiñas.

Ana cobra la jubilación mínima –un haber de $419.827 más un bono de $70.000– y a veces hace changas como remisera –“llevo solo mujeres”– o ayuda en una parrilla familiar en General Rodríguez los viernes, sábados y domingos. En la plaza, todos los miércoles, se pone la pechera de la comisión Campo de Mayo, sus pins de Palestina y de Floreal Avellaneda –estudiante de 15 años desaparecido en 1976 en ese campo de concentración cuyo cuerpo fue arrojado al Río de la Plata por los vuelos de la muerte–, su pañuelo por el aborto legal, su cadenita con el símbolo de las Madres, y una bandera wiphala, entre otros accesorios políticos. Hoy también lleva dos carteles:
- “Las Malvinas son argentinas, las jubiladas también”.
- “La deuda es con el pueblo, no con el FMI”.
La marcha comienza. Se canta que al gobierno lo va a “echar” una huelga general y que “la patria no se vende”: durante la caminata llega la noticia de que la senadora Patricia Bullrich ordenó el retiro del capítulo de venta de tierras sin límite a extranjeros que iba a votarse este jueves con la Ley de Inviolabilidad de Propiedad Privada, pero todos refuerzan la necesidad de sostener la manifestación convocada para este jueves al mediodía. Un jubilado lleva un cartel con la bandera argentina que dice:
- “Juraron defenderla, no venderla”.
En otro cartel se lee, como respondiendo a Milei y sus acusaciones a quienes lo cuestionan como “terroristas”:
- “Heladera vacía sin trabajo es terrorismo de Estado”.

Alrededor marchan chicas y chicos con boinas blancas: son de la Juventud Radical de CABA. “Vamos los radichas”, los reciben y saludan jubilados de todos los colores. ¿Otro signo de estos tiempos?
Ana espera que la gente se despierte.
–Nos estamos quedando sin país, lo están rifando. Están quemando el futuro de nuestros nietos. Lo único que les vamos a dejar como herencia es aprender a luchar. Lo único que espero es que mañana no tengan los votos. Nada se consigue si no es con lucha.

Protesta social
Marcha de jubilados: “Un plan para eliminar viejos”

Banderas recordando que “Las Malvinas son argentinas” con réplica a las exhibidas por la Selección y los hinchas en EE.UU, pancartas pidiéndole perdón a Lula por ciertas visitas que recibió Brasil, jubiladas que además de marchar bailan durante la manifestación, policías que acompañan filmando todo, otro cartel que plantea “La soberanía de la Patria no se negocia, la tierra argentina no está en venta” (al revés de las políticas oficialistas que intentan votar el 6 de agosto el Senado). La marcha de jubilados sumó concurrencia y el entusiasmo de estar en la calle haciendo algo por cambiar las cosas. El recuerdo de una nieta a su abuelo sobre La Noche de los Bastones Largos.
Por Lucas Pedulla

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
De todas las noticias de este miércoles que tanto le remueven la memoria, Ricardo Magliavacca se queda con el mensaje de su nieta.
Por la televisión pasaban el sismo de magnitud 7,1 en Japón, los desaguisados del presidente Javier Milei en Brasil apoyando la candidatura de Flávio Bolsonaro y los allanamientos en Fuerte Apache en busca de un adolescente acusado de matar a un policía, pero fue su nieta la que lo conmovió al escribirle:
“60 años de la Noche de los Bastones Largos”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Hace sesenta años Ricardo tenía 29 y se estaba por recibir de Contador en la Universidad de Buenos Aires (UBA). El 29 de julio de 1966, su profesor de Derecho Constitucional le dijo de ir a la Facultad de Ciencias Exactas y Ciencias Naturales para “defenderla”. El dictador Juan Carlos Onganía, que un mes antes había derrocado al radical Arturo Illia, había intervenido las universidades con la excusa de “combatir al enemigo comunista”. De esta forma no sólo violaba la autonomía de las casas de estudio (y se produciría la llamada “fuga de cerebros”, con científicos y profesionales que se exiliaron del país), sino que estrenaba la entonces Doctrina de Seguridad Nacional propuesta por Estados Unidos (el foco era perseguir el “enemigo interno»), un nombre que volvió a resonar en la agenda política argentina: hace diez días, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, convocó en Washington una cumbre contra el “resurgimiento del terrorismo político”, agitando fantasmas por “la violencia de la extrema izquierda”, según sostuvo. Allí participaron delegaciones de 61 países, entre ellas Argentina, y el funcionario estadounidense habló de “reeditar lo que se había hecho décadas anteriores en la lucha contra los movimientos de izquierda”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
La cabeza de Ricardo sabe qué significan ese tipo de definiciones. En 1966, la policía ocupó su Facultad, ubicada a metros de la Plaza de Mayo (hoy es la Manzana de las Luces), y formó hileras para desalojar y apalear a los profesores, estudiantes y graduados que salían. “37 puntos de sutura”, sintetiza el palazo y todo un país que le sigue resonando.
Hoy tiene 89 y una jubilación que apenas pasa el millón de pesos, cuya mayor parte se va en el alquiler y en las expensas. “Estoy bastante apretado, pero fundamentalmente vengo por una cuestión de dignidad. Nos están metiendo la mano descaradamente: es un plan sistemático y diabólico tendiente a eliminar viejos. Aparte nos tratan de viejos meados. No lo viví nunca y no hay que permitirlo. Si me cruzara al presidente me tendrían que agarrar entre varios, porque lo quiero fajar, aunque me lleven en cana”.

Foto: lavaca.org
Ricardo camina todos los miércoles las catorce cuadras que lo separan del Congreso de la Nación con un andador que cubre con una bandera argentina. También tiene pegada una calcomanía de Pablo Grillo, el fotógrafo que sobrevivió a un disparo en la cabeza de un gendarme en una represión a una marcha como la de este miércoles. Por eso, cada vez que ve un cordón policial, Ricardo les dice algo, les habla cara a cara, como la semana pasada cuando se cruzó a un pelotón y les gritó: “Viva mi Patria querida, carajo”.

Ricardo marcha todos los miércoles con su andador, su boina y su bandera de Argentina. Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Hincha de Boca (“de qué otro podría ser siendo tan pasional”), amante del tango y del folklore, Ricardo crio tres hijos y una nieta, Simone, que hoy le escribió y lo emocionó. Le respondió que no soñaba que sesenta años después su nieta se iba a acordar de esa fecha. Y le contó que, “con renovada fe”, iba a marchar como siempre al Congreso. Ella le agradeció porque seis décadas después sigue defendiendo sus derechos.
Y se despidió: “Cuidate, abu. Y salí abrigado. Te amo mucho”.
Ricardo se enjuaga los ojos: “Fue mi mejor noticia del día”.
Se acomoda la boina, agarra el andador con las dos manos y se mete en la movilización.
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