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Camino al Mundial: radiografía de la lista argentina
¿La lista de jugadores que Jorge Sampaoli armó para ir al Mundial ruso refiere solamente a lo que el equipo puede hacer en ese torneo? ¿O no? ¿O expresa más? ¿La lista no es, por ejemplo, una colección de claves para pensar -parcialmente, claro- la situación estructural del fútbol de la Argentina? ¿No demuestra esa lista algunos modos de construcción que de tan naturalizados ya ni se comentan y otros bastante menos visibles que describen qué fue y qué está siendo el fútbol como negocio y como cultura en este país o, incluso, en otros países? ¿Puede ser esa misma lista un modo de radiografiar qué permanece y que cambió en los mundiales y en ciertas zonas de poder en el fútbol? Algunos ejes que van en busca de otros ejes, en esta nueva nota de Ariel Scher camino al mundial para lavaca.org.
Por Ariel Scher
1. El fútbol de la Selección Argentina se juega fuera de la Argentina
Es una ratificación. Sólo tres de los 23 integrantes de la lista visten ahora la camiseta de equipos argentinos, con la peculiaridad de que uno de ellos, Franco Armani, está jugando en River su primera temporada en la máxima división inicial recién a los 31 años, y otro, Cristian Pavón, de Boca, puede ya haberse despedido de las canchas locales, según voceros de su club. ¿Cuánto más brillará Maximiliano Meza, de Independiente, el tercero de la breve enumeración, bajo el cielo de Avellaneda? Se trata de un concierto de música previsible para el público del fútbol que oye a dirigentes que, con balances en la mano, demuestran que los ingresos por transferencias de jugadores a las ligas más ricas funcionan como sustento central para las finanzas institucionales. Problemas de muchos, consuelo de vaya a saber quién: Islandia y Croacia, los dos primeros rivales de Argentina en Rusia, llevarán hacia ese destino sólo dos señores que compiten cada fin de semana en su patria.
Tres habían sido los jugadores del torneo argentino que compusieron la nómina en el Mundial de Brasil 2014 y otros tres lo hicieron en el de Alemania 2006, lo que representaba todavía más que en la cumbre de Japón y Corea del 2002 a la que apenas se desplazaron dos miembros del plantel de River (Ariel Ortega y Claudio Husain). Distanciados en algunos episodios de sus carreras, Daniel Passarella y Diego Maradona, los dos capitanes campeones del mundo con Argentina, convergieron en un número más alto, ya que, como entrenadores nacionales en 1998 y en 2010 respectivamente, subieron a seis a los convocados que actuaban en el país. La de Maradona es una oscilación más curiosa, dado que quebró una tendencia bien del siglo XXI, o sea un tiempo de expansión de la economía de mercado en el fútbol y de las asimetrías entre los escenarios locales y los europeos. En los mundiales de 1990 y de 1994 eran 10 los jugadores seleccionados que durante los fines de semana sudaban en los estadios argentinos. Paradoja o no, la última delegación a los mundiales en la que había más protagonistas de dentro que de fuera de las fronteras del país fue la que se desempeñó en México 1986 (15 a 7, en una edad en la que viajaban 22). También constituyó el último título.
«Los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas», escribió, uruguayo y universal, Eduardo Galeano. Como en otras circunstancias y en otros temas, le sobraba certeza.
2. Desde lejos
Lionel Messi expresa la consumación más maravillosa de este época y de unas cuantas épocas sobre lo que representa el fútbol en la Argentina, un país capaz de alumbrar jugadores hasta cuando casi todo lo demás se opaca. Sin embargo, ese crack de cracks también retrata perfiles nada menores de la estructura que distingue al fútbol del país donde nació: jamás jugó un partido en la Primera División nacional. De nuevo: un argentino que juega al fútbol como ninguno ahora y como casi ninguno nunca conoce el césped profesional de este costado del mundo sólo como emblema de la Selección. Podría constituir una rareza, pero no lo es.
Paulo Dybala, eventual sustituto y posible socio de ataque de Messi, jamás jugó en la categoría superior argentina. Saltó de Instituto, en la Primera B Nacional, a la competición europea. Ese tránsito lo ata con Federico Fazio, que perduró 48 partidos en Ferro, también en la Primera B Nacional, antes de surcar el Atlántico cuando arrancaba su segunda década de vida. El lesionado Sergio Romero, que atajó los últimos 14 partidos de Argentina en los mundiales y estaba en la designación primera de Sampaoli, ocupó el arco de Racing, su único equipo nacional, sólo en cuatro presentaciones. Wilfredo Caballero, otro de los arqueros, no ataja en el sur del planeta desde el 2006 y en Boca, su institución de origen, se paró bajo los tres palos apenas 15 veces.
Maravillosa para la vida hogareña, burda en las pantallas de televisión, la discusión sobre qué ausentes notorios saltan en la lista obligó a mencionar a Mauro Icardi, alguien al que casi nadie de los que predican sobre sus virtudes y sobre sus defectos vio correr desde cerca: rosarino como Messi, también igual que Messi jamás jugó un partido oficial de clubes en el país en que llegó al mundo.
3. Como nunca, Inglaterra
En conversaciones de tonos más bajos que altos, los dirigentes de algunos clubes argentinos señalan al de Inglaterra como el mercado más gravitante del universo del fútbol en esta era. La descomposición de la lista parece concederles cierta razón, ya que, por primera vez en la historia, la Premier League está entre los torneos que más nutren a la Selección. Hay cinco futbolistas (Sergio Agüero, Nicolás Otamendi, Wilfredo Caballero, Manuel Lanzini y Marcos Rojo) que intervienen allí y eran seis mientras estuvo Romero. Esa cantidad iguala a Italia (cinco: Gonzalo Higuaín, Paulo Dybala, Lucas Biglia, Fazio, Cristian Ansaldi) y supera a España (tres: Messi, Gabriel Mercado, Ever Banega), líderes reiterados en ese ránking cuatrianual.
En el 2014, la cima de ese ranking había sido para Italia (seis), por encima de cuatro en España (un país en el que los negocios del fútbol ya representan el dos por ciento del PBI) y de tres en Inglaterra. Mundo desigual, fútbol desigual. ¿Cuántos de los ingleses que se pondrán la camiseta de su selección en Rusia juegan fronteras afuera? Ninguno. Desde la historia o desde la poesía, amaga con obrar como un empecinamiento: los lazos de ida y vuelta entre la Argentina e Inglaterra, lazos que explican la era fundacional del fútbol en este rincón de la Tierra, siempre añaden un sorprendente y nuevo vaivén. Contraste que quizás fundamente mucho o quizás fundamente todo: la liga inglesa es la que más recauda en el mundo por la televisión, con un total de unos 4.550 millones de dólares anuales, un poco más que los 3.200 millones de pesos que las corporaciones que televisan los movimientos de la liga argentina desembolsan a los clubes. El antropólogo Eduardo Archetti, padre de las ciencias sociales aplicadas al deporte en América Latina, detalló cómo «La Nuestra», la modalidad argentina sobre cómo jugar al fútbol, germinó por oposición a las formas inglesas. No parece sencillo distinguir en la cultura global en la que nada es tan global como el fútbol qué cosa es «nuestra» y qué cosa es de «ellos».
4. Como nunca, China
A Javier Mascherano le apuntan en las cuentas presuntamente flojas que ya suma demasiados años (33 que serán 34 antes de que la pelota ruede en Moscú, o sea que es el mayor del plantel después de Caballero) y cierto rendimiento en declive. Pero, más que eso, gente que no lo vio jugar en el Hebei Fortune de China le señala que juega, precisamente, en China. Liga competitiva menor, potencia política y económica que no consigue trasladar esa potencia al fútbol, China, con suficientes argumentos, es captada por ahora como una superficie a la que los futbolistas van más tentados por lo económico que por lo deportivo. Sin embargo, el flujo de trabajadores de la pelota que rumbea hacia Oriente es tan creciente (durante el 2018, se multiplicaron los convenios futbolísticos bilaterales entre la Argentina y China al compás de las reuniones de las más altas autoridades de ambos países) que surge lógico que Mascherano se convierta en el primer argentino de la historia que, durante un mundial, se calza la ropa futbolística patria mientras juega en China.
Retumba extravagante si se evoca que José Nehín era estandarte de Sportivo Desamparados de San Juan y Francisco Rúa brillaba en Dock Sud cuando se esmeraron en el único duelo que disputó Argentina en el Mundial de Italia en 1934. «Que soy capaz de ser hincha chino si , jugando Argentina-China, veo jugar mejor a los chinos», asumió el gran Dante Panzeri. Ni él, que intuía lo suficiente como para ver con anticipación, debe haber imaginado que el fútbol chino y el de Argentina se enlazarían de semejante modo.
Los tiempos cambian.
Y el fútbol, parte nada silenciosa de esos tiempos, también.
5. El ascenso social
Cuando la Selección Argentina estrenó sus días de mundiales en 1930, se abastecía de futbolistas de Estudiantil Porteño, de Sportivo Barracas y de Argentino de Quilmes, equipos que hoy -aunque no entonces- portan ecos distantes del fútbol altisonante. A pesar del devenir de los almanaques, las entidades que no truenan a cada segundo en la industria global de la comunicación siguen cumpliendo un papel insoslayable para que la Argentina se pueble de jugadores que forjan expectativas. Como avisó el periodista Karim Amores, ocho de los 23 muchachos que ya acarician su pasaporte mundialista desparramaron sueños de crecimiento en el ascenso argentino. Además de Dybala y de Fazio, Armani (Ferro y Deportivo Merlo), Marcos Acuña (Ferro), Biglia (Argentinos Juniors), Pavón (Talleres de Córdoba), Nicolás Tagliafico (Banfield) y Meza (Gimnasia) ratificaron la idea de que el tránsito del anonimato (o el semianonimato) a la notoriedad deportiva (y no sólo deportiva) persiste como ruta posible en el imaginario y en la realidad de la pelota. Esa parábola que corrobora la percepción de que el fútbol de las categorías menos enfocadas alimenta a las luces del centro de la escena contradice políticas desplegadas desde el poder del fútbol argentino que castigan a los clubes de esas categorías en beneficio de los ya consolidados como poderosos entre los poderosos. No es poquito: el propio Jorge Sampaoli fue entrenador del ascenso cuando acaso soñaba con dirigir algún día a la Selección. En el cuento «10.6 segundos», Roberto Fontanarrosa hace eje en un árbitro que no es cualquier árbitro. «Sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído», consigna.
Sin ser ni árbitros ni tunecinos ni imaginaciones de Fontanarrosa, a más de un jugador argentino que será ahora mundialista lo debe atravesar una sensación idéntica.
6. Oscilaciones y permanencias
Insustanciales o coherentes, oportunistas u oportunos, argumentados o huecos, los diagnósticos sobre lo que sucedió en los años recientes y no tan recientes con la Selección Argentina acuerdan en que hubo suficientes cambios de timón como para no saber hacia dónde navegar. Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino, Edgardo Bauza y Sampaoli, con concepciones distintas se sucedieron, en nada más que ocho años, al frente del equipo celeste y blanco promoviendo cambio tras cambio. Sin embargo, hay un rastro que anuda sus pasos: existe un núcleo de jugadores a los que, en medida plena o relativa, recurrieron de manera permanente. Sólo así se deduce que, rumbo a Rusia, Maradona extraviará su condición de único participante argentino en cuatro mundiales (21 partidos) para ser alcanzado por Mascherano (16) y Messi (15) en esa marca. Será, además, el tercer mundial consecutivo para Higuaín, Agüero y Ángel Di María. Se trata de otra extrañeza si se la sitúa en un contexto signado por inestabilidades y que se potencia porque Biglia y Rojo palpitarán su segundo mundial seguido. ¿Habrá sido esa constancia el motivo por el que la Selección encadenó, en medio de un fútbol con excesivas rupturas e invisibles proyectos estratégicos, tres subcampeonatos -lo que muy pocos- en tres torneos internacionales (un mundial y la Copa América dos veces)? ¿Habrá sido -replicarán los que fustigan la colección de subcampeonatos- esa misma la raíz de que no hubiera un desenlace con vuelta olímpica? En cualquier caso, la continuidad de siete apellidos (Romero era el octavo) entre el 2014 y el 2018 (hubo nueve jugadores repetidos entre el Mundial 2010 y el Mundial 2014) testimonia una estabilidad en medio de tanta cosa inestable.
7. Siempre Argentina, lo demás no siempre
Tan excepcional es Messi que irá por su cuarto mundial con un sello inamovible: la única camiseta que se enfundó, aparte de la de Argentina, es la del Barcelona. Casi un gesto contracultural. Mascherano, al revés, confluirá en la cifra pero no en la procedencia: cuatro mundiales y cuatro clubes (Corinthians, Liverpool, Barcelona, Hebei Fortune). Conservar el espacio de empleo no es un rasgo sugerido en esta etapa de los negocios del fútbol, al menos para el tipo de inmigrantes bien recibidos al que caracterizó el maestro Galeano. Los jugadores (o sus representantes) acuerdan en partir rápido de la Argentina y acuerdan, matices más o matices menos, en que, andando por otros mapas, el mejor negocio es moverse. El itinerario de los tres mundiales de Di María enlaza al Benfica, al Real Madrid y al PSG. El de Higuaín va del Real Madrid al Nápoli y de allí a la Juventus. Bandera del Manchester City (más de 200 partidos), Agüero también encarará este mundial saliendo desde Manchester, pero el primero suyo, en el 2010, lo encontró con los colores del Atlético de Madrid. Un repaso a las listas de muchas selecciones posibilita que afloren conclusiones parecidas.
No todo puede ser argentinidad al palo.
8. Hacer una trayectoria
El periodista y escritor Walter Vargas evalúa que el mayor de los defectos que pintan las prácticas dominantes del periodismo deportivo es ser «portador de toneladas de violencia simbólica». Una de las manifestaciones de esa violencia simbólica es sucumbir a la tentación de la sentencia y de la contundencia. Y una de las sentencias contundente más repetidas es que un futbolista argentino que traza su trayectoria saliendo del país hacia las periferias del fútbol (es decir, fuera de Inglaterra, España, Italia, Alemania, Portugal o Francia) «elige» mal su carrera. Armani y Cristian Ansaldi, incluidos en la nómina de Sampaoli, brotan allí para refutar aquella inverificable enunciación no periodística de los periodistas deportivos (o, de acuerdo con la denominación que ilumina Vargas, «depordivos»). Armani se armó un sitio en la Selección por sus últimos meses especialmente visibles en River pero porque se fortaleció como profesional y como especialista en el arco durante muchos años de actividad en Colombia, desatendido por las miradas centrales del show deportivo pero no por la de los observadores sistemáticos del fútbol. Algo análogo podría suscribirse de Nahuel Guzmán, que sí se destacó mucho en los estadios argentinos y fue campeón con su Newell’s, pero ratificó su categoría en los torneos de México, otro país que no acapara las pantallas futboleras en la Argentina. Y Ansaldi, de las divisiones jóvenes de Newell’s cuando en esas divisiones emergía Messi, asentó su carrera en Rusia, levemente antes de la proliferación de negocios futbolísticos con esas latitudes y cuando el Mundial que ahora es inmediato todavía sonaba remoto. Ansaldi invita a cerciorarse de que los directores técnicos y sus equipos de labor miran más partidos que los hinchas de a pie: a este lateral ambidiestro lo llamaron para la Selección tanto Maradona como Sabella y tanto Martino como Sampaoli. Futbolistas argentinos que se ilusionan en grande -son muchos y, por cierto, muchos también son los que se atreven a ir hacia campeonatos sin resonancia clásica- ya están enterados de dos certidumbres: por un lado, los senderos con flechas hacia la cumbre son múltiples; por el otro, no hace falta hacerle caso a lo que dice ese actor al que con frecuencia no sustenta lo que afirma y al que aún se denomina «periodismo».
9. Como Brasil, ¿como Brasil?
Demasiado coincide. Brasil también apoyará sus suelas talentosas en Rusia con más jugadores activos en Inglaterra que en otras parte (seis), también con un venido del fútbol en China, también con España (cinco) e Italia (tres, igual que Francia) como fuentes proveedoras, también con tres que juegan en su patria. Puro determinismo si se rememora que Brasil escala al primer puesto y Argentina sube al tercero en el ránking de países exportadores de futbolistas que elabora el Observatorio de Fútbol CIES. Y demasiado no coincide si lo cuantitivo se entrecruza con lo cualitativo: tres brasileños y ningún argentino jugarán la final de Liga de Campeones de Europa (Marcelo y Casemiro, en el Real Madrid; Firmino, en el Liverpool), un brasileño y ningún argentino representa hace años al flamante campeón de la Europa League (Filipe Luis, Atlético Madrid), dos brasileños están en el Barcelona que siempre es el Barcelona (Paulinho y Philippe Coutinho) y, encima, Neymar juega en el PSG francés y es Neymar. Sin embargo, demasiado no coincide será, desde luego, el retruque argentino a todo eso. Un retruque que no anida ni en los estructural ni el poder económico o político sino en la cancha.
Demasiado no coincide ni con Brasil ni con nadie: Messi es Messi.
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Infierno Infantino

Desde Europa, la visión de una escritora y dramaturga sueca sobre el conflicto FIFA-UEFA y quiénes son los dueños del fútbol.
Por América Vera-Zavala
Para lavaca.org, desde Suecia
Mientras el resto del mundo se ocupa de teorías conspirativas sobre «La Selección» y de firmar una petición para expulsar a Argentina del Mundial para siempre -la campaña «Argentina Out» ya reunió más de 23 millones de firmas-, los argentinos hacen aquello en lo que son campeones mundiales: componer cánticos de fútbol. Nosferatu 2.0 se define como una ópera rock villera y está dedicada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una de sus frases dice:
«Le robaste el fútbol a los pobres
y se lo diste a los ricos
a cambio de un sobre con dinero».
Infantino, desde luego, no se queda de brazos cruzados. Cuando leo sobre la propuesta de poner a la venta los torneos de fútbol, acudo a mi estantería y saco el libro de portada rosa de Erik Niva, el periodista de fútbol más destacado de Suecia. Busco la sección dedicada a Eric Cantona y leo la historia de aquel futbolista que, tras su primer entrenamiento con su nuevo club-el Manchester United- le pidió a su entrenador que le prestara dos jugadores.
«¿Para qué?», se preguntó Alex Ferguson.
«Para entrenar», respondió Cantona.
Corría el año 1992 y la Premier League aún no existía.
Cantona hizo historia en el fútbol. Infantino también está haciendo historia.
La FIFA ha sido un infierno desde hace décadas. Infantino la ha conducido hacia los círculos más profundos del Infierno de Dante, con particularidades específicas que nos permiten llamarlo el ”Infierno Infantino”. Un ejemplo basta: instituir un premio de la paz solo para otorgárselo a un asesino. Otro ejemplo, que en realidad es el mismo: durante el Mundial aceptó perdonar una tarjeta roja por pedido del presidente de Estados Unidos.
Si el Mundial de 1978 en Argentina se celebró en un país gobernado por una dictadura militar —donde la tortura se intensificó durante el torneo mientras el mundo exterior fingía que todo era normal— el Mundial de 2026 en Estados Unidos se celebra en un país regido por una democracia parlamentaria que, durante el torneo, bombardeó Irán y fue cómplice activa del genocidio en curso en Palestina. Ese era el panorama geopolítico cuando comenzó el Mundial, y nada ha cambiado. Durante unas semanas, hicimos exactamente lo mismo que el mundo hizo con respecto a Argentina en 1978. La diferencia fue que, esta vez, era imposible decir que no sabíamos nada.
Como dice la ópera villera dedicada a Infantino
”Tu nombre sabe a sospecha,
hasta en las cosas bien hechas”.
¿Por qué queremos politizar aún más el fútbol cuando ya es tan político? El fútbol es una pasión, el deseo se impone al intelecto. Puedo entenderlo. Así es como debo entenderme a mí misma y mi persistente atención hacia el campo de juego menor, plenamente consciente de que el terreno de juego mayor dicta que no debería estar mirando el pequeño. Porque se trata de una elección.
Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que el sentimiento que albergo hacia la selección argentina es pura pasión, algo totalmente ajeno al razonamiento intelectual. Pero esta vez y por alguna razón explícitamente política con la Selección se abrieron las compuertas: un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Hablé con personas y leí publicaciones que afirmaban que la FIFA había decidido que Argentina ganaría la Copa del Mundo. La razón aducida era que el Presidente del país apoya a Israel y el genocidio. Vi imágenes del primer ministro de Israel vistiendo la camiseta de la selección argentina, presentadas como prueba de que el país es sionista. Vi publicaciones que aseguraban que hay una gran cantidad de nazis en Argentina —que fue allí donde huyeron tras la Segunda Guerra Mundial, y que eso explica el racismo. Leí que Argentina es un país extremadamente racista del que se ha expulsado a la población negra. Escuché a amigos decir que Messi es detestable porque representa al capitalismo. Como suele ocurrir con las teorías conspirativas, algunos elementos pueden ser ciertos mientras que otros son mentiras, pero la mezcla resultante es tóxica y exige constantemente nuevos ingredientes. Aquello no cesaba y, por momentos, me dejaba totalmente atónita y desconcertada. ¿Por qué existe la necesidad de buscar agendas ocultas cuando todo está a la vista? ¿Qué necesidad de buscar lo oculto en un mundo donde todo se exhibe descaradamente ante nuestros ojos?
Ahora, la noticia es que la FIFA quiere vender acciones en todos sus torneos.
Luego, la noticia es que la UEFA, la federación europea de fútbol que está jerárquicamente bajo la FIFA, ha declarado que boicoteará todos los eventos de la FIFA.
En tanto, canta la ópera villera:
“Infantino
llagara tu hora
no importa si no fue ahora”.
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¿Por qué miramos fútbol?
¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.
Por América Vera-Zavala

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.
Igual fue lindo.
Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.
Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?
Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.
En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.
Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.
¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?
¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?
He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.
En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.
Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.
Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.
Quizás el fútbol, más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.
Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.
Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.
MUndial
Para quienes la ven de lejos

por Claudia Acuña
Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.
Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.
Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.
En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.
Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.
Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.
Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:
“Estos jugadores son como indios”, definió
“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.
Ajá.
Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.
Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.
Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.
Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.
Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.
Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.
Ajá.
Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.
Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:
“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.
“Esto” es Messi.
La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.
La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.
La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.
El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.
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