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Camino al Mundial: radiografía de la lista argentina

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¿La lista de jugadores que Jorge Sampaoli armó para ir al Mundial ruso refiere solamente a lo que el equipo puede hacer en ese torneo? ¿O no? ¿O expresa más? ¿La lista no es, por ejemplo, una colección de claves para pensar -parcialmente, claro- la situación estructural del fútbol de la Argentina? ¿No demuestra esa lista algunos modos de construcción que de tan naturalizados ya ni se comentan y otros bastante menos visibles que describen qué fue y qué está siendo el fútbol como negocio y como cultura en este país o, incluso, en otros países? ¿Puede ser esa misma lista un modo de radiografiar qué permanece y que cambió en los mundiales y en ciertas zonas de poder en el fútbol? Algunos ejes que van en busca de otros ejes, en esta nueva nota de Ariel Scher camino al mundial para lavaca.dream.press.
Por Ariel Scher

1. El fútbol de la Selección Argentina se juega fuera de la Argentina

Es una ratificación. Sólo tres de los 23 integrantes de la lista visten ahora la camiseta de equipos argentinos, con la peculiaridad de que uno de ellos, Franco Armani, está jugando en River su primera temporada en la máxima división inicial recién a los 31 años, y otro, Cristian Pavón, de Boca, puede ya haberse despedido de las canchas locales, según voceros de su club. ¿Cuánto más brillará Maximiliano Meza, de Independiente, el tercero de la breve enumeración, bajo el cielo de Avellaneda? Se trata de un concierto de música previsible para el público del fútbol que oye a dirigentes que, con balances en la mano, demuestran que los ingresos por transferencias de jugadores a las ligas más ricas funcionan como sustento central para las finanzas institucionales. Problemas de muchos, consuelo de vaya a saber quién: Islandia y Croacia, los dos primeros rivales de Argentina en Rusia, llevarán hacia ese destino sólo dos señores que compiten cada fin de semana en su patria.
Tres habían sido los jugadores del torneo argentino que compusieron la nómina en el Mundial de Brasil 2014 y otros tres lo hicieron en el de Alemania 2006, lo que representaba todavía más que en la cumbre de Japón y Corea del 2002 a la que apenas se desplazaron dos miembros del plantel de River (Ariel Ortega y Claudio Husain). Distanciados en algunos episodios de sus carreras, Daniel Passarella y Diego Maradona, los dos capitanes campeones del mundo con Argentina, convergieron en un número más alto, ya que, como entrenadores nacionales en 1998 y en 2010 respectivamente, subieron a seis a los convocados que actuaban en el país. La de Maradona es una oscilación más curiosa, dado que quebró una tendencia bien del siglo XXI, o sea un tiempo de expansión de la economía de mercado en el fútbol y de las asimetrías entre los escenarios locales y los europeos. En los mundiales de 1990 y de 1994 eran 10 los jugadores seleccionados que durante los fines de semana sudaban en los estadios argentinos. Paradoja o no, la última delegación a los mundiales en la que había más protagonistas de dentro que de fuera de las fronteras del país fue la que se desempeñó en México 1986 (15 a 7, en una edad en la que viajaban 22). También constituyó el último título.
«Los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas», escribió, uruguayo y universal, Eduardo Galeano. Como en otras circunstancias y en otros temas, le sobraba certeza.

2. Desde lejos

Lionel Messi expresa la consumación más maravillosa de este época y de unas cuantas épocas sobre lo que representa el fútbol en la Argentina, un país capaz de alumbrar jugadores hasta cuando casi todo lo demás se opaca. Sin embargo, ese crack de cracks también retrata perfiles nada menores de la estructura que distingue al fútbol del país donde nació: jamás jugó un partido en la Primera División nacional. De nuevo: un argentino que juega al fútbol como ninguno ahora y como casi ninguno nunca conoce el césped profesional de este costado del mundo sólo como emblema de la Selección. Podría constituir una rareza, pero no lo es.
Paulo Dybala, eventual sustituto y posible socio de ataque de Messi, jamás jugó en la categoría superior argentina. Saltó de Instituto, en la Primera B Nacional, a la competición europea. Ese tránsito lo ata con Federico Fazio, que perduró 48 partidos en Ferro, también en la Primera B Nacional, antes de surcar el Atlántico cuando arrancaba su segunda década de vida. El lesionado Sergio Romero, que atajó los últimos 14 partidos de Argentina en los mundiales y estaba en la designación primera de Sampaoli, ocupó el arco de Racing, su único equipo nacional, sólo en cuatro presentaciones. Wilfredo Caballero, otro de los arqueros, no ataja en el sur del planeta desde el 2006 y en Boca, su institución de origen, se paró bajo los tres palos apenas 15 veces.
Maravillosa para la vida hogareña, burda en las pantallas de televisión, la discusión sobre qué ausentes notorios saltan en la lista obligó a mencionar a Mauro Icardi, alguien al que casi nadie de los que predican sobre sus virtudes y sobre sus defectos vio correr desde cerca: rosarino como Messi, también igual que Messi jamás jugó un partido oficial de clubes en el país en que llegó al mundo.

3. Como nunca, Inglaterra

En conversaciones de tonos más bajos que altos, los dirigentes de algunos clubes argentinos señalan al de Inglaterra como el mercado más gravitante del universo del fútbol en esta era. La descomposición de la lista parece concederles cierta razón, ya que, por primera vez en la historia, la Premier League está entre los torneos que más nutren a la Selección. Hay cinco futbolistas (Sergio Agüero, Nicolás Otamendi, Wilfredo Caballero, Manuel Lanzini y Marcos Rojo) que intervienen allí y eran seis mientras estuvo Romero. Esa cantidad iguala a Italia (cinco: Gonzalo Higuaín, Paulo Dybala, Lucas Biglia, Fazio, Cristian Ansaldi) y supera a España (tres: Messi, Gabriel Mercado, Ever Banega), líderes reiterados en ese ránking cuatrianual.
En el 2014, la cima de ese ranking había sido para Italia (seis), por encima de cuatro en España (un país en el que los negocios del fútbol ya representan el dos por ciento del PBI) y de tres en Inglaterra. Mundo desigual, fútbol desigual. ¿Cuántos de los ingleses que se pondrán la camiseta de su selección en Rusia juegan fronteras afuera? Ninguno. Desde la historia o desde la poesía, amaga con obrar como un empecinamiento: los lazos de ida y vuelta entre la Argentina e Inglaterra, lazos que explican la era fundacional del fútbol en este rincón de la Tierra, siempre añaden un sorprendente y nuevo vaivén. Contraste que quizás fundamente mucho o quizás fundamente todo: la liga inglesa es la que más recauda en el mundo por la televisión, con un total de unos 4.550 millones de dólares anuales, un poco más que los 3.200 millones de pesos que las corporaciones que televisan los movimientos de la liga argentina desembolsan a los clubes. El antropólogo Eduardo Archetti, padre de las ciencias sociales aplicadas al deporte en América Latina, detalló cómo «La Nuestra», la modalidad argentina sobre cómo jugar al fútbol, germinó por oposición a las formas inglesas. No parece sencillo distinguir en la cultura global en la que nada es tan global como el fútbol qué cosa es «nuestra» y qué cosa es de «ellos».

4. Como nunca, China

A Javier Mascherano le apuntan en las cuentas presuntamente flojas que ya suma demasiados años (33 que serán 34 antes de que la pelota ruede en Moscú, o sea que es el mayor del plantel después de Caballero) y cierto rendimiento en declive. Pero, más que eso, gente que no lo vio jugar en el Hebei Fortune de China le señala que juega, precisamente, en China. Liga competitiva menor, potencia política y económica que no consigue trasladar esa potencia al fútbol, China, con suficientes argumentos, es captada por ahora como una superficie a la que los futbolistas van más tentados por lo económico que por lo deportivo. Sin embargo, el flujo de trabajadores de la pelota que rumbea hacia Oriente es tan creciente (durante el 2018, se multiplicaron los convenios futbolísticos bilaterales entre la Argentina y China al compás de las reuniones de las más altas autoridades de ambos países) que surge lógico que Mascherano se convierta en el primer argentino de la historia que, durante un mundial, se calza la ropa futbolística patria mientras juega en China.
Retumba extravagante si se evoca que José Nehín era estandarte de Sportivo Desamparados de San Juan y Francisco Rúa brillaba en Dock Sud cuando se esmeraron en el único duelo que disputó Argentina en el Mundial de Italia en 1934. «Que soy capaz de ser hincha chino si , jugando Argentina-China, veo jugar mejor a los chinos», asumió el gran Dante Panzeri. Ni él, que intuía lo suficiente como para ver con anticipación, debe haber imaginado que el fútbol chino y el de Argentina se enlazarían de semejante modo.
Los tiempos cambian.
Y el fútbol, parte nada silenciosa de esos tiempos, también.

5. El ascenso social

Cuando la Selección Argentina estrenó sus días de mundiales en 1930, se abastecía de futbolistas de Estudiantil Porteño, de Sportivo Barracas y de Argentino de Quilmes, equipos que hoy -aunque no entonces- portan ecos distantes del fútbol altisonante. A pesar del devenir de los almanaques, las entidades que no truenan a cada segundo en la industria global de la comunicación siguen cumpliendo un papel insoslayable para que la Argentina se pueble de jugadores que forjan expectativas. Como avisó el periodista Karim Amores, ocho de los 23 muchachos que ya acarician su pasaporte mundialista desparramaron sueños de crecimiento en el ascenso argentino. Además de Dybala y de Fazio, Armani (Ferro y Deportivo Merlo), Marcos Acuña (Ferro), Biglia (Argentinos Juniors), Pavón (Talleres de Córdoba), Nicolás Tagliafico (Banfield) y Meza (Gimnasia) ratificaron la idea de que el tránsito del anonimato (o el semianonimato) a la notoriedad deportiva (y no sólo deportiva) persiste como ruta posible en el imaginario y en la realidad de la pelota. Esa parábola que corrobora la percepción de que el fútbol de las categorías menos enfocadas alimenta a las luces del centro de la escena contradice políticas desplegadas desde el poder del fútbol argentino que castigan a los clubes de esas categorías en beneficio de los ya consolidados como poderosos entre los poderosos. No es poquito: el propio Jorge Sampaoli fue entrenador del ascenso cuando acaso soñaba con dirigir algún día a la Selección. En el cuento «10.6 segundos», Roberto Fontanarrosa hace eje en un árbitro que no es cualquier árbitro. «Sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído», consigna.
Sin ser ni árbitros ni tunecinos ni imaginaciones de Fontanarrosa, a más de un jugador argentino que será ahora mundialista lo debe atravesar una sensación idéntica.

6. Oscilaciones y permanencias

Insustanciales o coherentes, oportunistas u oportunos, argumentados o huecos, los diagnósticos sobre lo que sucedió en los años recientes y no tan recientes con la Selección Argentina acuerdan en que hubo suficientes cambios de timón como para no saber hacia dónde navegar. Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino, Edgardo Bauza y Sampaoli, con concepciones distintas se sucedieron, en nada más que ocho años, al frente del equipo celeste y blanco promoviendo cambio tras cambio. Sin embargo, hay un rastro que anuda sus pasos: existe un núcleo de jugadores a los que, en medida plena o relativa, recurrieron de manera permanente. Sólo así se deduce que, rumbo a Rusia, Maradona extraviará su condición de único participante argentino en cuatro mundiales (21 partidos) para ser alcanzado por Mascherano (16) y Messi (15) en esa marca. Será, además, el tercer mundial consecutivo para Higuaín, Agüero y Ángel Di María. Se trata de otra extrañeza si se la sitúa en un contexto signado por inestabilidades y que se potencia porque Biglia y Rojo palpitarán su segundo mundial seguido. ¿Habrá sido esa constancia el motivo por el que la Selección encadenó, en medio de un fútbol con excesivas rupturas e invisibles proyectos estratégicos, tres subcampeonatos -lo que muy pocos- en tres torneos internacionales (un mundial y la Copa América dos veces)? ¿Habrá sido -replicarán los que fustigan la colección de subcampeonatos- esa misma la raíz de que no hubiera un desenlace con vuelta olímpica? En cualquier caso, la continuidad de siete apellidos (Romero era el octavo) entre el 2014 y el 2018 (hubo nueve jugadores repetidos entre el Mundial 2010 y el Mundial 2014) testimonia una estabilidad en medio de tanta cosa inestable.

7. Siempre Argentina, lo demás no siempre

Tan excepcional es Messi que irá por su cuarto mundial con un sello inamovible: la única camiseta que se enfundó, aparte de la de Argentina, es la del Barcelona. Casi un gesto contracultural. Mascherano, al revés, confluirá en la cifra pero no en la procedencia: cuatro mundiales y cuatro clubes (Corinthians, Liverpool, Barcelona, Hebei Fortune). Conservar el espacio de empleo no es un rasgo sugerido en esta etapa de los negocios del fútbol, al menos para el tipo de inmigrantes bien recibidos al que caracterizó el maestro Galeano. Los jugadores (o sus representantes) acuerdan en partir rápido de la Argentina y acuerdan, matices más o matices menos, en que, andando por otros mapas, el mejor negocio es moverse. El itinerario de los tres mundiales de Di María enlaza al Benfica, al Real Madrid y al PSG. El de Higuaín va del Real Madrid al Nápoli y de allí a la Juventus. Bandera del Manchester City (más de 200 partidos), Agüero también encarará este mundial saliendo desde Manchester, pero el primero suyo, en el 2010, lo encontró con los colores del Atlético de Madrid. Un repaso a las listas de muchas selecciones posibilita que afloren conclusiones parecidas.
No todo puede ser argentinidad al palo.

8. Hacer una trayectoria

El periodista y escritor Walter Vargas evalúa que el mayor de los defectos que pintan las prácticas dominantes del periodismo deportivo es ser «portador de toneladas de violencia simbólica». Una de las manifestaciones de esa violencia simbólica es sucumbir a la tentación de la sentencia y de la contundencia. Y una de las sentencias contundente más repetidas es que un futbolista argentino que traza su trayectoria saliendo del país hacia las periferias del fútbol (es decir, fuera de Inglaterra, España, Italia, Alemania, Portugal o Francia) «elige» mal su carrera. Armani y Cristian Ansaldi, incluidos en la nómina de Sampaoli, brotan allí para refutar aquella inverificable enunciación no periodística de los periodistas deportivos (o, de acuerdo con la denominación que ilumina Vargas, «depordivos»). Armani se armó un sitio en la Selección por sus últimos meses especialmente visibles en River pero porque se fortaleció como profesional y como especialista en el arco durante muchos años de actividad en Colombia, desatendido por las miradas centrales del show deportivo pero no por la de los observadores sistemáticos del fútbol. Algo análogo podría suscribirse de Nahuel Guzmán, que sí se destacó mucho en los estadios argentinos y fue campeón con su Newell’s, pero ratificó su categoría en los torneos de México, otro país que no acapara las pantallas futboleras en la Argentina. Y Ansaldi, de las divisiones jóvenes de Newell’s cuando en esas divisiones emergía Messi, asentó su carrera en Rusia, levemente antes de la proliferación de negocios futbolísticos con esas latitudes y cuando el Mundial que ahora es  inmediato todavía sonaba remoto. Ansaldi invita a cerciorarse de que los directores técnicos y sus equipos de labor miran más partidos que los hinchas de a pie: a este lateral ambidiestro lo llamaron para la Selección tanto Maradona como Sabella y tanto Martino como Sampaoli. Futbolistas argentinos que se ilusionan en grande -son muchos y, por cierto, muchos también son los que se atreven a ir hacia campeonatos sin resonancia clásica- ya están enterados de dos certidumbres: por un lado, los senderos con flechas hacia la cumbre son múltiples; por el otro, no hace falta hacerle caso a lo que dice ese actor al que con frecuencia no sustenta lo que afirma y al que aún se denomina «periodismo».

9. Como Brasil, ¿como Brasil?

Demasiado coincide. Brasil también apoyará sus suelas talentosas en Rusia con más jugadores activos en Inglaterra que en otras parte (seis), también con un venido del fútbol en China, también con España (cinco) e Italia (tres, igual que Francia) como fuentes proveedoras, también con tres que juegan en su patria. Puro determinismo si se rememora que Brasil escala al primer puesto y Argentina sube al tercero en el ránking de países exportadores de futbolistas que elabora el Observatorio de Fútbol CIES. Y demasiado no coincide si lo cuantitivo se entrecruza con lo cualitativo: tres brasileños y ningún argentino jugarán la final de Liga de Campeones de Europa (Marcelo y Casemiro, en el Real Madrid; Firmino, en el Liverpool), un brasileño y ningún argentino representa hace años al flamante campeón de la Europa League (Filipe Luis, Atlético Madrid), dos brasileños están en el Barcelona que siempre es el Barcelona (Paulinho y Philippe Coutinho) y, encima, Neymar juega en el PSG francés y es Neymar. Sin embargo, demasiado no coincide será, desde luego, el retruque argentino a todo eso. Un retruque que no anida ni en los estructural ni el poder económico o político sino en la cancha.
Demasiado no coincide ni con Brasil ni con nadie: Messi es Messi.

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