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Perder y sonreír

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Cómo viven los rusos la revolución futbolera después de quedar afuera del Mundial.

Por Ariel Scher desde Moscú


Y justo justo justo en la mitad del cemento de la calle Tverskaya, donde siempre queda el centro de Moscú y en estas semanas queda el centro del mundo, un argentino ve a una rusa y no dice «qué linda», «qué interesante», «qué alta» o «qué bajita». Lo que dice es esto: «Qué increíble». Dice esto y tres palabras más: «Qué increíble. Perdió y sonríe».
Sonríe la muchacha rusa, joven, acompañada de más y más rusos y rusas que son y que no son jóvenes, con las mejillas entintadas de azul, de blanco y de rojo, con el nombre de su país indespegable en los labios, con una primera certeza de que a esos colores y a ese nombre no les quedan más partidos en el Mundial luego de un desempate frustrante en los penales con Croacia por los cuartos de final, con una segunda certeza consistente en que el desempate frustrante no puede y no debe quitar del cemento de la calle Tverskaya ni a las rusas ni a los rusos, ni a los ecos de fútbol ni a las memorias frescas del Mundial. Ni a la sonrisa.
En el más futbolero de los días de la historia extensa de Rusia, con millones de personas entregadas al dios televisor para que la pelota gire un centímetro más lejos o más cerca de los dedos de los arqueros, con gente abrazadísima a los conocidísmos y a los desconocidísimos, con la eliminación del Mundial propio consumada apenas por una patada imprecisa, en las veredas de Moscú y de mucha Rusia ocurre lo que explica Evgenia, que es rubia, que es flaca, que es futbolera desde antes de que Rusia se volviera futbolera: «Nuestro equipo nos fue entusiasmando y el Mundial también nos fue entusiasmando. Hace un mes las dos cosas eran bastante más ajenas. Tengo amigas y amigos que nunca habían estado expectantes por el fútbol y en este campeonato lo han estado. Antes de jugar con Croacia ya sabíamos que, si seguíamos o si no seguíamos, íbamos a llenar las calles para celebrar».
«Rusia, Rusia», cantan montones de pibes de 15 y de 16 años que emprenden el regreso a casa a bordo de un vagón de la línea 1 de subte, un poco para desplazarse antes de que ese y todos los subtes clausuren su actividad nocturna, otro poco para no ligarse ningún reto familiar por retornos a destiempo y más que un poco porque alrededor lo único que se oye, que fuerte se oye, es «Rusia, Rusia». «Mi deporte favorito es el hockey sobre hielo -detalla uno de esos pibes, cubierto por la camiseta del delantero local Artem Dzyuba-, pero creo que ahora lo que más me gusta es el fútbol». Un amigo se le abalanza con la fiereza afectiva que distingue a los que andan en los 15 o a los 16 años, de inmediato vuelven ambos al «Rusia, Rusia» y se dejan sumergir en un «Rusia, Rusia» que es de muchos y de ellos.
Señoras y señores que rezan al unísono en el tránsito de un futbolista rumbo a un penal, laburantes de cualquier rubro que alientan con timbres de barítonos, bares repletos de rusos y de cervezas, vendedores de esas cervezas que trajinan más que nunca, un himno nacional estremecedor que retumba en cada esquina, en cada cocina, en cada ventana, en cada aire: Rusia es una emoción en movimiento y es, a la vez, la verificación más flamante de lo que aparece en esta etapa del devenir humano con el pretexto del fútbol (quizás suena a mucho afirmar que es «por» el fútbol) o como consecuencia del espacio de identidad colectiva que suscitan los matrimonios del fútbol con las maquinarias de la comunicación, con el nacionalismo, con la industria del entretenimiento.
Separado del Teatro Bolshoi por la superficie de una avenida ancha, rodeado de hoteles de cinco estrellas y de las multinacionales del hiperconsumo que desembarcaron en Moscú desde el cierre de un siglo ya muy viejo, Carlos Marx perdura en la escena pero transformado en estatua. Alguien, inevitable, grita «Rusia, Rusia», debajo de su barba mitológica. Paradoja: surge difícil que el presente consiga desmentir las entrañas de sus tesis, pero se lo observa rodeado de seres a los que, al menos en esta circunstancia, no los une la condición proletaria sino la condición futbolera. Más fácil lo expresa Olga, adoradora reciente de Stanislav Cherchésov, el entrenador de la selección rusa: «Todo esto es muy lindo».
En las proximidades de la calesita que gira a media cuadra de la Plaza Roja, un hombre gigante baila despoblado de ropa en la mitad alta del cuerpo y con la panza (también gigante) pintada de Rusia. En las inmediaciones de un espacio que frecuentó el maestro Anton Chejov, un guitarrista toca a Eric Clapton en «Tears in Heaven», con unas banderitas rusas colgándole del clavijero. En los largos pasadizos de la medular estación Kitay-Gorod, un violinista se atreve con las Czardas de Vittorio Monti con una camiseta de Denis Cheryshev, el del golazo a Croacia, desfilando cerca del estuche de su instrumento. En las puertas de un almacén que abre las veinticuatro horas en un suburbio de Moscú, cuatro pibes charlan arriba de sus bicicletas sobre todo, sobre nada y sobre la ilusión que les creció cuando Igor Afinkeev, su arquero, pudo con uno de los penales. En un restorán barato del barrio de Lubyanka, una pareja bien adulta entrecruza las manos luego de que la eliminación se cristaliza, añade dos botellitas a su vida compartida de esa noche y brinda, en la derrota como en los sueños, por lo que fue y por lo que vendrá.
El argentino que, en la calle Tverskaya, no emerge de su pasmo porque la joven rusa, vencida y sin semifinales, persevera en sonreír, concluye, veloz e incompleto en el análisis: «Somos distintos». Distinto y todo, la sonrisa lo encanta, lo conmueve. Lo desarma. Cada noche de fútbol, cada calle de cada ciudad, cada gente que avanza por esas calles, cada parpadeo delante de lo distinto, es una invitación a comprobar que las cosas no son sino que están siendo. Se da cuenta el argentino que, sacudido por esa verificación, abre súbitamente su bolso de viajero, saca un ejemplar de El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, se arrima a la chica rusa y le señala la primera línea. Ahí está escrito: «Ganamos, perdimos, igual nos divertimos». La joven no entiende una palabra, pero, siempre cobijada por la bandera de su Rusia, agradece. Y después, de nuevo, sonríe.

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