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Clases de batucada

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Cuando Los Piojos llegaban al techo de popularidad se bajó de la batería para poner toda su energía en La Chilinga, una escuela. Hoy lleva cuatro discos editados y cuatro sedes abiertas, a las que concurren 700 personas.

Daniel Buira tiene 36 años y dedicó los últimos doce a desarrollar un proyecto de escuela de percusión al que llamó La Chilinga. “Nació en 1995 y yo me fui de Los Piojos en el 2000, así que ya venía trabajando en esto desde antes”, aclara desde el comienzo. Hoy La Chilinga tiene cuatro discos editados, además de contar con casi 700 alumnos. ¿Cuál es el origen y el recorrido de este milagro? “Lo armamos en una época en la que yo viajaba mucho a Bahía, Brasil, a visitar escuelas de percusión. Ese era el proyecto: queríamos hacer un trabajo social que apostara a la percusión y también a la enseñanza”.
 
La escuela
En las salas hace un calor casi insoportable. Los diferentes grupos ensayan con las ventanas cerradas por piedad con los vecinos. “Si no se escucha a tres cuadras” me dicen. La entrevista es en un balcón y los ruidos que se filtran son otros: varias líneas de colectivos y el tren, que pasa apenas a una cuadra.
¿Cómo se financia la escuela?
Es un tema complicado. Una de las formas que tenemos de autofinanciarnos son los eventos. Eso ayuda a que la escuela pueda mantenerse y a que los profesores puedan ganar un poco más. Además, se cobran cuotas que van desde 5 a 30 pesos. No vivimos de subsidios, aunque un proyecto como este debería estar subsidiado, así de simple.
¿Creen que los subsidios pueden hacerles perder el foco?
No, porque la estructura acá ya está armada y es muy concreta. Los objetivos están muy marcados. El único miedo es llegar a depender de los subsidios sabiendo que un día pueden dejar de estar. No entiendo cómo un año le dan guita a un proyecto y al año siguiente se lo sacan. ¿Qué hacés ahí? Es todo un tema. Acá es muy ridículo cómo se distribuye el dinero: estamos peleando por 30 mil pesos anuales para La Chilinga y los eventos que la ciudad organiza en el verano salen 300 mil. Es un desastre. En Brasil, en cambio, ya está resuelto: grupos como Oludum directamente son empleados del gobierno. Al principio no lo entendía, pero en realidad ese aporte es un derecho. Yo no voy a cambiar la forma de pensar porque un gobierno esté financiándome un proyecto.
Entonces ¿cómo se organizan financieramente?
Básicamente vivimos de los shows, las cuotas de la escuela y la venta de los discos. Siempre estamos en deuda. Ya nos acostumbramos y no le tenemos más miedo. Hace diez años que estamos endeudados y vamos pagando como podemos. Así y todo la escuela se mantiene, abrimos sedes, tocamos, sacamos discos… la plata no es lo primordial y eso es muy sano. ¿Cuántas bandas dejan de ser auténticas y reales porque el tema económico empieza a tomar protagonismo? Nosotros tenemos que estar agradecidos al gobierno porque aprendimos a no depender en nada de ellos y a poder mantenernos solos.
Al margen de las cuestiones económicas, ¿cuál es la idea pedagógica en la escuela?
Vamos creciendo y aprendiendo permanentemente. Lo importante es tener un objetivo claro: aprender a tocar, a desarrollarse como artistas y a auto-producirse como artistas. Al año de entrar los chicos están tocando, y eso es lo más lindo que tiene la escuela. La idea no es que salgan percusionistas, sino que tengan creatividad: que sepan cómo hacer un show, cómo se arma, desde el vestuario al repertorio. Así logramos que en un mismo grupo haya un médico, un abogado y un chico que vende cosas arriba de un colectivo formando parte del mismo proyecto y hablando de las mismas cosas. Eso es buenísimo.
¿La escuela tiene un programa?
Sí, tiene un programa que dura 6 años y está orientado al repertorio y a lo escénico. Trabajamos sobre diferentes estilos de percusión –africana, brasileña, uruguaya–, y lo mismo con la danza: argentina, cubana, brasileña. Acá los alumnos a partir de 3º año ya se manejan con bastante autonomía, arman sus propios shows. Este fin de semana, por ejemplo, hubo cuatro recitales: cada grupo planificó y armó el suyo. Esa dinámica responde a lo que queremos lograr en la escuela.
 
La Chilinga realiza viajes por el país llevando su música. Hace poco estuvieron en Tilcara, Jujuy. “Son propuestas que empiezan con un mail y la abrimos a toda la escuela. El de Tilcara lo organizamos en tres semanas y se anotaron 50 alumnos”. Otro de los lugares a donde llevaron su música fue a la cárcel de Ezeiza, donde tienen un proyecto con el Ministerio de Seguridad y Derechos Humanos que surgió porque una de las alumnas de danza trabaja dentro del penal. “A mí me interesaba entrar a las cárceles porque es gente que no tiene acceso al arte y la cultura, sólo existe la violencia. Hicimos una muestra y hasta tocaron chicos del penal para el resto de los presos. Fue muy emotivo”. Daniel cree que todos, ocupen el lugar que ocupen, tienen en su poder el arma más poderosa. “El arte es siempre revolucionario. Es oculto, silencioso, pero fijate cómo las generaciones cambian a través de la música, cómo se despiertan. Ese espacio se lo tenemos que dar, tienen que tenerlo. Ahora estamos peleando para que puedan salir del penal en un micro a ver tocar a otras bandas. Es difícil, pero lo estamos intentando”.
 
La calle es nuestra
Uno de los objetivos de La Chilinga es llegar a la mayor cantidad y variedad de público posible. “Lo popular tiene que se masivo o no es popular. Tenés que bancarte la masividad. Nosotros buscamos lo popular, desde la gente que viene a la escuela hasta los ritmos que elegimos, y eso incluye al público. En un mismo día podemos estar tocando en una escuela de un barrio carenciado, a la tarde en un salón de Palomar con gente de clase media, y a la noche en una fiesta donde la entrada cuesta 20 pesos. Es muy variado y todos los shows están buenísimos”, cuenta Daniel. La veta popular aparece por varios rincones. Uno es el fútbol: hace diez años que la música de La Chilinga es la cortina de El Aguante, programa que emite tyc Sports. “El otro día tocamos en el entretiempo de Argentinos Juniors–Racing. Nos gusta mucho el fútbol, tiene que ver con el barrio. Creo que estamos del otro lado de la elite de la percusión”, confiesa con una sonrisa. Otro de los bastiones populares que trata de conservar La Chilinga es la calle. “A mi me gusta más tocar en la calle que arriba de un escenario”, se despacha. “Cuanto más alta es la tarima, más te alejás de la gente. Por eso muchos músicos no pueden volver a tocar a la altura del cordón de la vereda, se subieron tan alto que les da miedo volver a estar al nivel del público. Una de las cosas que hacemos todos los años desde 1995 es el bautismo a los de 1º año: el primer show tiene que ser siempre en la calle, a fin de año, por las calles de Palomar, para que no se lo olviden nunca. Esa es la política de la escuela: nunca perder la calle”.
Daniel me cuenta que el objetivo social de la escuela es la integración, vengan de donde vengan, sean de la clase social que sean. “Cuando a la clase media le falta el ocio creativo es muy peligroso y puede estar sufriendo tanto como alguien de clase baja o de clase alta”, afirma. Le pregunto por el futuro de la escuela y me dice que va a seguir existiendo “de por vida” aunque él no esté al mando. Y que en el futuro le gustaría contribuir a combatir “el desastre político y cultural que existe hoy en día”, aunque no sepa desde qué lugar. Apago el grabador y anoto las palabras “ocio creativo” en mi cuaderno. Salgo de la escuela y camino la cuadra que me separa de la estación para volver. Ya es de noche y los ruidos de los tambores me siguen haciendo compañía. Algo me dice que va a ser así por mucho tiempo.

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